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EL LEGADO DE LA AMBICIÓN

EL LEGADO DE LA AMBICIÓN

Status: En proceso
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Paulina Yolanda Olivares Carrasco

El Legado de la Ambición En la cúspide del éxito corporativo, los apellidos no son solo nombres; son sentencias. Samantha San Lorenzo ha pasado su vida bajo el escrutinio de una familia que valora la perfección por encima de la libertad. Su mundo de porcelana se agrieta cuando colisiona con Vladimir Musk, un hombre cuya visión del futuro es tan audaz como peligrosa. Lo que comienza como una rivalidad por el control de un imperio se transforma en una atracción prohibida que desafía toda lógica. Entre juntas de accionistas y secretos que podrían hundir industrias enteras, Samantha y Vladimir descubrirán que, en el juego del poder, el corazón es el único activo que no pueden permitirse perder. Una historia de redención, deseo y la lucha por escribir su propio destino.

NovelToon tiene autorización de Paulina Yolanda Olivares Carrasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

El Laberinto de Papel

POV: Samantha San Lorenzo

El sonido de la impresora láser en el estudio de mi padre era un martilleo rítmico que me taladraba los nervios. Cada hoja que caía sobre la bandeja de cristal era un pedazo de mi libertad que se deslizaba hacia el abismo. Eran las once de la mañana y los abogados de Vladimir Musk, un escuadrón de hombres con trajes grises y ojos de tiburón, habían invadido nuestra casa como una fuerza de ocupación.

Me senté tras el escritorio de caoba, el mismo donde mi abuelo firmó los acuerdos petroleros que cimentaron nuestro imperio. Hoy, yo estaba firmando su acta de defunción decorosa.

—Señorita San Lorenzo, la cláusula 14.4 estipula que cualquier propiedad intelectual generada por la división de diseño durante los próximos diez años será propiedad exclusiva del holding Musk-San Lorenzo —dijo uno de los abogados, ajustándose las gafas con una eficiencia mecánica.

—No —respondí, mi voz cortando el aire como un bisturí—. La división de diseño es mi santuario. El control creativo permanece bajo mi firma personal, sin supervisión de la junta de Musk. Si Vladimir quiere mi apellido, tiene que aceptar mis manos. No soy una empleada de su corporación; soy su socia.

El abogado intercambió una mirada con su colega. Sabían que yo estaba acorralada, pero también sabían que Vladimir me quería en el altar en setenta y dos horas. Mi resistencia era mi única moneda de cambio.

Mientras ellos consultaban en voz baja, me permití observar el documento. Trescientas páginas de jerga legal que resumían mi existencia en activos, pasivos y obligaciones conyugales. El término "matrimonio" aparecía solo tres veces; el término "fusión de activos", cientos. Era una autopsia en vida.

De repente, la puerta del estudio se abrió sin previo aviso. No hubo necesidad de mirar para saber quién era. El ambiente se cargó de ese olor a tormenta inminente que siempre lo precedía. Vladimir entró con una zancada segura, ignorando a sus propios abogados. Se detuvo frente a mi escritorio, apoyando las manos sobre la madera pulida, invadiendo mi espacio con una arrogancia que me obligó a enderezar la espalda.

—¿Problemas con la letra pequeña, Samantha? —su voz era una caricia peligrosa.

—Problemas con el concepto de "sociedad", Vladimir. Tu contrato parece más el manual de un dueño que el de un esposo —le sostuve la mirada, negándome a ser la primera en parpadear.

Él hizo una seña a sus abogados para que salieran. Se movieron con una rapidez casi cómica, dejándonos solos en el estudio que de repente se sentía demasiado pequeño para ambos. Vladimir rodeó el escritorio y se sentó en el borde, tan cerca que podía ver el tejido impecable de su pantalón.

—No te confundas —dijo, bajando el tono—. El mundo verá una boda de cuento de hadas corporativo. Las acciones de San Lorenzo subirán un 40% en cuanto anunciemos el compromiso esta tarde. Pero aquí dentro, en esta habitación y en la que compartiremos en tres días, la realidad es más cruda. Yo no compro empresas para dejarlas como están. Las optimizo. Y eso te incluye a ti.

—No soy una de tus aplicaciones, ni uno de tus cohetes —siseé, sintiendo un calor furioso subir por mi cuello—. Soy una mujer con una visión que tú nunca entenderás porque estás demasiado ocupado mirando gráficos de rentabilidad.

Él se inclinó, su rostro a centímetros del mío. Pude ver una cicatriz casi invisible en su mandíbula, un detalle humano en una máquina de hacer dinero. Por un segundo, su mirada bajó a mis labios y sentí una traición interna de mi propio cuerpo: un escalofrío que no era de odio.

—Tu visión es lo que me atrajo, Samantha. Pero tu orgullo es lo que te va a hundir si no aprendes a jugar conmigo en lugar de contra mí. Firma los papeles. Ahora. Mi paciencia tiene un límite y tu padre está en la habitación de al lado bebiendo whisky para olvidar que su hija es la única que tiene el valor de salvarlo.

Ese golpe bajo me dolió más que cualquier cláusula. Tenía razón. Mi padre se había roto y yo era el pegamento. Tomé la pluma estilográfica, una reliquia de oro, y firmé cada una de las trescientas páginas. Con cada rúbrica, sentía que entregaba una capa de mi piel. Al terminar, le tendí el fajo de papeles.

—Aquí tienes tu trofeo, Vladimir. Espero que sepas qué hacer con él, porque una vez que la puerta de la jaula se cierre, descubrirás que no soy una mascota dócil.

Él tomó los documentos, sus dedos rozando los míos por un segundo que pareció eterno. Una chispa de triunfo brilló en sus ojos, pero había algo más, algo oscuro y hambriento que me hizo comprender que el contrato era solo el inicio de una guerra mucho más íntima.

—Oh, Samantha... no te quiero dócil —susurró, guardando los papeles—. Te quiero encendida. Es mucho más divertido apagar el fuego cuando tú misma lo provocas.

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