La devoción de la Santa Duquesa fue una vez el faro de esperanza para su pueblo. Con un toque, curaba heridas y consolaba almas. Pero su mundo se derrumbó la noche en que su hermana, casada con el hijo del rey, fue falsamente acusada de envenenar a la hija de la concubina real.
Sus súplicas de clemencia fueron ignoradas. Su pueblo le dio la espalda. Y ante sus propios ojos, vio cómo su hermana perdía la cabeza.
Rota por el dolor, pero con una determinación de acero, la Duquesa se retira a su hogar ancestral. Mantiene una imagen impecable, serena y devota ante el mundo. Pero tras esa máscara de pureza, se teje una red de astucia y alianzas sagradas. No busca violencia burda. Busca desmantelar, pieza a pieza, a quienes la traicionaron, empezando por el mismísimo rey.
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Capítulo 16: La Estratega de Plata y los Ojos Carmine
El viento del norte aullaba con violencia contra las vidrieras ojivales del Torreón del Dragón de Plata, pero en el interior de la vasta biblioteca táctica el silencio solo era interrumpido por el leve chasquido de la leña consumiéndose en la chimenea de piedra.
Lysandra no había contado las horas. El sol se había ocultado hacía tiempo tras los picos helados, cediendo el paso a una madrugada cerrada y brumosa, pero para ella el tiempo había perdido todo significado. La inmensa mesa de roble oscuro, ubicada en el centro de la estancia, estaba sumida en un desorden meticuloso: pergaminos desplegados y sujetados con dagas de hierro, mapas topográficos del reino de Mortemer, registros contables marcados con cera roja e informes confidenciales sobre las rutas de suministro de la Casa Real.
En medio de aquel caos de conspiración, Lysandra permanecía inclinada sobre un plano detallado de la capital imperial de Aldous.
Se había despojado de la pesada capa y de las joyas aristocráticas. Iba descalza sobre la alfombra de pieles, vistiendo únicamente una camisa de lino blanco con las mangas enrolladas por encima de los codos, revelando sus antebrazos pálidos. Su larga cabellera de plata, desprovista de peinados complicados, caía en desorden sobre sus hombros y se esparcía sobre las esquinas de los mapas. Entre sus dedos sostenía una pluma impregnada en tinta negra, trazando líneas, cruzando nombres de nobles corruptos y calculando los tiempos de marcha de las tropas enemigas con una lucidez casi inhumana.
No había rastro de la piadosa Santa que oraba en el templo, ni de la joven quebrantada por el luto. Lo que habitaba en esa sala era una mente helada, calculadora y decidida a destrozar un reino trozo a trozo.
Las pesadas puertas dobles de la biblioteca se abrieron sin hacer ruido.
Cassian ingresó a la estancia portando en la mano una pequeña carpeta de cuero sellada con el emblema de los espías imperiales. Vestía su túnica militar habitual, sin la armadura pesada, revelando el porte imponente de su torso y la soltura de sus movimientos. Tenía la intención de dejar los informes sobre la mesa auxiliar y retirarse para no perturbar su descanso, pero al cruzar el umbral se congeló.
Los ojos carmesí del príncipe heredero se fijaron en la escena.
Sostuvo la respiración durante un instante, atrapado por una fascinación magnética que jamás había experimentado hacia nadie en la corte del norte. Lysandra no parecía una dama de la alta nobleza ni una figura religiosa; parecía un general militar en vísperas de una invasión total. La luz cálida de las velas trazaba los ángulos perfilados de su rostro pálido, contrastando con la penumbra de las sombras. La precisión con la que movía las piezas de madera sobre el mapa, la frialdad de su mirada fija en los datos y la ausencia absoluta de duda en sus gestos proyectaban un aura de autoridad absoluta.
Cassian avanzó a pasos lentos y silenciosos, rodeando la mesa hasta quedar de pie al otro lado del plano que ella examinaba.
Lysandra no alzó la vista. La pluma continuó su trazo firme sobre el pergamino.
—No escuché vuestros pasos, príncipe —dijo ella con voz serena y pausada, rompíendo el murmullo del viento—. Pero reconozco el olor a nieve y cuero que siempre os precede.
Cassian dejó escapar una exhalación suave, manteniendo sus ojos rojos clavados en las facciones de la Duquesa.
—Traigo informes de última hora sobre los movimientos de las patrullas en la frontera sur de Mortemer —explicó Cassian, deslizando la carpeta sobre la mesa—. Aunque veo que vuestra propia red de análisis está trabajando bastante más rápido que mis oficiales.
—Vuestros generales son hombres capaces, Cassian —respondió Lysandra sin detener el rasgar de la pluma sobre la superficie rígida—. Pero piensan como conquistadores. Evalúan las murallas, la cantidad de catapultas y el número de hombres armados en las almenas. No entienden la psicología de las ratas que gobiernan Mortemer.
El príncipe se inclinó levemente hacia adelante, apoyando ambos puños sobre la mesa de roble. Su mirada recorrió los trazos de tinta roja que Lysandra había realizado sobre el plano arquitectónico del castillo de Aldous.
Al examinar las anotaciones, las pupilas de Cassian se contrajeron.
—Habéis marcado dos puntos ciegos en la fosa norte y en la torre del acueducto —observó el príncipe con la sorpresa marcándose en su voz—. Mis estrategas revisaron esos mismos planos durante tres días y concluyeron que el acueducto era impenetrable debido al flujo de agua y las rejas de hierro.
—Las rejas de hierro fueron instaladas durante el reinado del abuelo de Aldous —corrigió Lysandra, alzando por fin los ojos para conectar con la mirada del heredero—. Los registros contables de la corona, que estaban guardados en el cofre que me entregasteis, muestran que el presupuesto de mantenimiento de las infraestructuras subterráneas fue desviado hace cuatro años por la concubina Morgana para financiar sus festines privados. El hierro de esas rejas no ha sido tratado contra la humedad en casi media década. Está corroído por el moho y la salitre. Con dos hombres y una palanca de acero, ese acceso cederá en menos de diez minutos.
Cassian permaneció en silencio, procesando la brillantez analítica con la que ella había conectado un simple fraude financiero con una brecha táctica en la fortaleza más custodiada del sur.
—¿Y la fosa norte? —preguntó él, fascinado.
—La guardia de la fosa norte no responde al capitán del ejército, sino a los guardias personales de la Casa Real —explicó Lysandra, señalando con la punta de la pluma el sector marcado—. Aldous ha reducido sus salarios para pagar las deudas con la banca mercantil. No es necesario luchar contra ellos, Cassian. Basta con comprar al sargento de turno con dos cofres de monedas de plata del Gran Imperio. Nos abrirán los rastrillos desde adentro sin necesidad de derramar una sola gota de sangre.
Cassian erguó la espalda despacio, contemplándola con un respeto reverencial y una chispa de interés abrasador que encendió la penumbra de sus ojos carmesí. Había conocido a innumerables tácticos, guerreros sanguinarios y cortesanos astutos, pero jamás había presenciado una combinación tan letal de intelecto, frialdad y elegancia implacable.
—Ninguna mujer en la corte imperial tiene esa mente, Lysandra —admitió Cassian con la voz baja y rasposa, sin ocultar la admiración que le quemaba el pecho—. Nisiquiera mis generales más veteranos habrían ligado la corrupción de una cortesana con la caída de una muralla.
Lysandra no se inmutó ante el cumplido. No hubo sonrojo en sus mejillas ni modestia en su postura. Se limitó a mojar de nuevo la punta de la pluma en el tintero de cristal.
—La ira hace a las personas ingeniosas, príncipe —respondió ella con una serenidad helada, fijando nuevamente sus ojos azules en el mapa—. Y mi ira ha tenido bastantes días para madurar en el silencio.
Cassian rodeó la mesa despacio, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a solo un par de pasos de ella. El calor que emanaba del cuerpo del príncipe contrastó de inmediato con el aire frío de la biblioteca. Lysandra sintió la presencia imponente del heredero velando sobre su hombro, pero no retrocedió ni un solo milímetro.
—No estáis durmiendo —señaló Cassian, notando la leve sombra de cansancio bajo los ojos zafiro de la joven—. Habéis pasado tres noches seguidas encerrada en esta sala.
—El sueño es un lujo que solo pueden permitirse aquellos que no tienen promesas que cumplir —contestó ella de forma tajante—. Descansaré cuando la cabeza de Aldous esté clavada en una pica en la plaza principal de la capital.
Cassian la miró en silencio durante un largo instante. La tensión magnética entre ambos se volvió densa, cargada de palabras no dichas y de una fascinación peligrosa que comenzaba a enraizar en el corazón del príncipe del norte.
—Estaré aquí para verlo —afirmó Cassian con una promesa sorda en la voz—. Pero si queréis que este plan funcione, necesitaréis estar viva para ejecutarlo. Mañana al amanecer vendré a buscaros para el entrenamiento de combate. No podéis liderar una conspiración si vuestro cuerpo colapsa por el agotamiento.
Lysandra sostuvo su mirada durante unos segundos, midiendo la determinación en el rostro esculpido del heredero, antes de asentir levemente con la cabeza.
—Acepto la condición, príncipe. Ahora, dejadme a solas con mis mapas.
Cassian inclinó la cabeza con una leve sonrisa en los labios, una expresión rara en sus facciones habitualmente severas. Dio media vuelta y abandonó la biblioteca, dejando a la estratega de plata sumergida en sus sombras, mientras el eco de sus ojos carmesí permanecía grabado en la memoria de la estancia.
Por eso muchas veces es mejor ayudar a un perro.