Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
NovelToon tiene autorización de Azul zafiro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17
Conté los días que faltaban para que mi bebé naciera: de veinticuatro pasaron a diecisiete. Saberlo me tranquilizaba. La idea de ver su carita pronto me daba fuerzas y una alegría que no lograba contener. Sin embargo, no dejaba de sentir que mi hijo corría peligro junto a Martin. No sé explicar qué es lo que percibo, pero sé que no me equivoco.
—Mi pequeño amor… pronto podré verte —susurró Bellamy, acomodando el huevo con ternura en la cuna—. Ahora que lo pienso… todavía no he podido escoger un nombre para ti.
Ignis, que permanecía en la habitación, se acercó despacio para tomarlo en brazos y llevarlo a la cama.
—Bellamy, ya es hora de dormir —dijo con suavidad—. Aún no sabemos si es niño, niña… ni qué género será. Dejemos eso para cuando nazca.
—Tengo que ponerle un nombre. Ayúdame a elegir uno —Bellamy hizo un puchero, rodeando con sus brazos el cuello de Ignis—. ¿Qué te parece si le ponemos un apodo hasta que salga del cascarón?
Ignis sonrió y lo depositó con cuidado entre las sábanas.
—¿Un apodo? —repitió, divertido—. Creo que ya tiene uno. Mi pequeño amor. Suena perfecto para él.
Bellamy frunció el ceño y, con un movimiento rápido, se le subió encima.
—¡No me digas que como su padre no has pensado en un nombre para nuestro hijo!
Ignis se sonrojó, descubierto, pero enseguida cambió su expresión por una mucho más seductora.
—Bellamy… ¿quieres que hagamos otro bebé? —dijo, esquivando la pregunta.
—¡Qué cosas dices! —Bellamy se recostó de golpe y se cubrió por completo con la manta—. No haremos nada hasta que ese… ese hermano-amigo se vaya.
Ignis lo abrazó con fuerza entre las sábanas.
—Ya lo sé… te da vergüenza que nos escuche.
—¡Ah, ya duérmete! —ordenó Bellamy, con las mejillas ardiendo.
No es por eso… pensó él, sin atreverse a decirlo en voz alta. Es porque nuestro hijo está aquí. No puedo dejar que escuche o vea esas cosas.
Esa noche todo parecía tranquilo, perfecto. Bellamy se quedó dormido sin darse cuenta, recostado sobre el pecho de Ignis. Pero en mitad de la madrugada, algo lo despertó. No era una voz… era algo más profundo, como un pensamiento aterrado que lo llamaba. Se levantó de golpe y miró hacia la cuna por instinto.
—No está…
Su respiración se cortó. Se acercó de un salto, revisó la cuna una y otra vez, y el pánico comenzó a apoderarse de él. Pero entonces sintió ese llamado de nuevo: no era su respiración la que fallaba, era algo dentro de él que le gritaba que corriese. Sin pensarlo, salió de la habitación, dejándose guiar únicamente por su instinto.
Minutos antes…
Martin permanecía despierto. No era cansancio lo que lo consumía, sino un odio puro y silencioso. Ver y escuchar, día tras día, cómo Ignis consolaba y cuidaba a Bellamy… lo carcomía por dentro.
—Ignis… ¿por qué no ves lo que es realmente Bellamy? —murmuró para sí mismo, con voz gélida—. Tiene que ser hoy. Si espero más, ya no habrá otra oportunidad.
En el suelo, sobre una inmensa hoja de papel, comenzó a dibujar símbolos. No usó tinta: usó su propia sangre. Cinco círculos unidos por triángulos, con letras grabadas en los espacios.
—Ya está listo. Solo falta una cosa —dijo, y salió de su habitación sin hacer el menor ruido.
Caminó en silencio hasta el cuarto donde dormían Ignis y Bellamy. No llamó a la puerta. Se aseguró de que ambos estuvieran profundamente dormidos y se acercó a la cuna de oro con una sonrisa fría. Tomó el huevo entre sus manos y salió.
De regreso en su habitación, lo colocó con cuidado justo en el centro del dibujo. Sin dudarlo, se cortó la mano de nuevo y trazó más símbolos sobre el cascarón, mientras recitaba palabras en un idioma que nadie hablaba.
Su voz, cargada de odio, recitaba una oración terrible: un conjuro para someter el corazón de un dragón. Su fuerza, su voluntad, todo dejaría de pertenecerle. Sería una marioneta, y quien lo dominara sería su dueño absoluto.
—Con esto, cuando rompas el cascarón, solo a mí me reconocerás como tu madre —dijo con una dulzura venenosa—. Bellamy no lo soportará. Su farsa terminará, su verdadero ser saldrá a la luz… e Ignis se divorciará de él. Todo volverá a ser como antes. Antes de que Bellamy apareciera.
Sonrió, triunfante. Y el huevo comenzó a oscurecerse: su brillo dorado y cálido se apagaba con cada palabra que salía de sus labios. El cascarón empezó a vibrar, a moverse por sí solo, como si luchara por escapar.
—¿Quieres huir? —susurró Martin, sujetándolo con fuerza para inmovilizarlo—. No lo lograrás. Serás mío y de Ignis. No te resistas. Te trataré bien… aunque te parezcas a él.
Pero el huevo no dejaba de resistirse. Llamaba, con todas sus fuerzas, a quien realmente lo amaba.
Y en ese momento…
Bellamy lo sintió. Corrió con todo lo que tenía, derribó la puerta de la habitación de Martin de un golpe. El estruendo rompió el silencio de la noche y despertó a toda la casa.
Entró y lo vio todo: Martin sujetando a su hijo, el huevo oscuro y apagado entre sus manos. No preguntó nada. Corrió hacia él y lo empujó con todas sus fuerzas, arrebatándole al bebé.
—¡Desgraciado! —gritó Bellamy, temblando de rabia y desesperación—. ¿Qué le hiciste? ¿Por qué está así?
—Llegaste tarde, Bellamy —respondió Martin, levantándose con calma—. Ya no te pertenece. Es mío.
—¿Qué dijiste? —la voz de Ignis sonó fría, helada, desde la puerta.
Bellamy se giró, fuera de sí, y agarró a Ignis del cuello de la camisa.
—¡Ignis, esto es culpa tuya! ¡Mi hijo está mal, todo por culpa de ese hombre! —gritó, con la vista nublada por la furia—. ¡Si algo le pasa lo mataré! ¡Lo mataré con mis propias manos!
Pero en cuanto el huevo volvió a los brazos de Bellamy, poco a poco recuperó su calor y su brillo dorado.
Ignis apretó los puños, conteniéndose. Dejó que Bellamy se desahogara, lo apartó con suavidad y caminó hacia Martin.
—Ignis… déjame explicarte —trató de decir él, pero Ignis no lo escuchó y lo golpeó por primera vez en su vida.
—¿Por qué hiciste esto, Martin? ¿Qué te pasó? —su voz no sonaba furiosa, sino profundamente dolida—. ¿Someter a mi propio hijo?
Ignis conocía perfectamente esos símbolos. Sabía exactamente qué era lo que Martin intentaba hacer. Y darse cuenta de que la persona en la que más confiaba le había hecho algo tan imperdonable… rompió todo vínculo de amistad y cariño que alguna vez existió entre ellos.