Entregada a un implacable líder de la mafia para saldar las deudas de su padre, elena debe firmar un matrimonio por contrato de un año sin imaginar que el peligro real será enamorarse de su comprador.
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capitulo 22 ella movió mi corazón
La camioneta blindada se desplazó a toda velocidad por la autopista lluviosa, sorteando el tráfico nocturno con las sirenas en silencio. En el asiento trasero, Alexander mantenía el cuerpo de Elena pegado a su pecho. El calor de su propia piel contrastaba brutalmente con el frío helado que emanaba de la joven. Sus dedos, manchados con la sangre de Volkov, apretaban la sábana con una mezcla de desesperación y posesividad.
Al llegar a la mansión, el portón principal se abrió de par en par. El doctor Ramírez y dos enfermeras de su confianza aguardaban en la entrada del ala médica con una camilla de transporte rápido.
—¡Llévala al quirófano ahora mismo! —ordenó Ramírez, tomando el control de la situación.
Alexander no la soltó hasta depositarla él mismo sobre la mesa de operaciones. Sus ojos fijos en el rostro desfigurado de Elena reflejaban un vacío abismal.
—Señor Vance, tiene que salir de aquí —dijo el médico con voz firme, colocándose los guantes estériles—. Sus lesiones físicas son graves: tiene hemorragias internas, múltiples fracturas faciales y un estado de shock traumático agudo. Si no me deja trabajar ya, morirá en esta mesa.
Alexander apretó los puños, dio un paso atrás y abandonó la sala sin pronunciar palabra.
Durante más de cinco horas, la mansión permaneció sumida en un silencio sepulcral. Alexander no se lavó la sangre de las manos ni se cambió de ropa; permaneció de pie frente al cristal del quirófano, observando cada sutura, cada descarga del monitor cardíaco y cada maniobra desesperada del equipo médico. La frialdad con la que solía dominar su mundo había sido reemplazada por una culpa lacerante que le devoraba las entrañas.
A las cinco de la mañana, el doctor Ramírez salió del quirófano quitándose la mascarilla. Su rostro denotaba un agotamiento extremo.
—Logramos estabilizarla —anunció el médico, mirando a Alexander a los ojos—. Logramos detener las hemorragias y reparar los daños físicos principales. Su cuerpo sobrevivirá, señor Vance... pero su mente es otra historia.
Alexander dio un paso al frente.
—¿A qué te refieres?
—El nivel de trauma psicológico que ha sufrido —la pérdida del feto, la agresión, la subasta y el abuso— ha desencadenado un colapso catatónico disociativo profundo. Elena ha cerrado todas las puertas de su mente para no sentir el dolor. Está despierta, pero no está aquí.
Tres días después, Elena fue trasladada de regreso a la suite principal de la mansión.
La estancia había sido transformada: los espejos habían sido retirados o cubiertos por orden expresa de Alexander, y una luz tenue filtraba a través de las cortinas pesadas. Elena permanecía sentada en el borde de la cama, vistiendo un camisón de seda blanco. Sus ojos claros, antes llenos de vida o de terror, ahora miraban fijamente un punto invisible en la pared. No parpadea casi, no hablaba, no reaccionaba a los sonidos ni a la presencia de nadie. Era una cáscara vacía.
La puerta se abrió despacio y Alexander entró. Caminó hacia ella con pasos lentos, desprovisto de su habitual aura de dominación. Se arrodilló lentamente frente a la cama, quedando a la altura de sus ojos.
—Elena... —murmuró, intentando tomar su mano.
Al contacto de los dedos de Alexander sobre su piel, Elena no se apartó ni gritó. Simplemente no reaccionó. Su mano permaneció inerte, fría y liviana entre la palma del mafioso, como si el hombre que tenía enfrente no existiera.
Alexander sintió un nudo opresivo en la garganta. Prefería su odio, sus gritos, su pánico o sus súplicas antes que esta indiferencia absoluta. Comprendió en ese instante el castigo definitivo que el destino le había reservado: había recuperado a la mujer que deseaba proteger, pero había destruido para siempre el alma de la única persona que había logrado conmover su corazón de piedra.
—Voy a traer a los mejores especialistas del mundo —susurró Alexander, apretando su mano contra su propia frente en un gesto de súplica inédito en él—. Vas a volver, Elena. Aunque me tome la vida entera, voy a hacer que me mires otra vez.
Elena continuó mirando la nada, mientras la lluvia volvía a golpear los cristales de la mansión, sellando el inicio de una nueva y oscura etapa en la que el verdadero prisionero de esa casa ya no era ella, sino él.