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De Sirvienta Low-Rank a Luna

De Sirvienta Low-Rank a Luna

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Centrado emocionalmente / Hombre lobo / Romance paranormal / Casada Con Mi Ex's Familiar
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.

NovelToon tiene autorización de elmira brazil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Cap 16: El juramento roto

El archivo de Sierra Clara olía a papel viejo, cera fría y secretos bien ordenados.

Camila no sabía que eso pudiera existir: secretos con etiquetas, fechas, sellos y una letra tan limpia que casi parecía inocente. En Vega, los secretos olían a puertas cerradas, fiebre, perfume caro sobre podredumbre. En Sierra Clara, los secretos estaban puestos en cajas.

Eso no los hacía menos peligrosos.

Gabriel la llevó al archivo después del desayuno, cuando Pilar todavía estaba insultando una olla y Nico observaba a los aprendices desde la galería con una seriedad que nadie había pedido. Teresa había revisado la herida de Gabriel antes de permitirle salir del ala principal.

Permitirle.

Camila había disfrutado esa palabra más de lo prudente.

—No tiene que entrar conmigo —dijo Gabriel frente a una puerta de hierro con sellos de plata limpia.

Camila ajustó la libreta contra el pecho.

—¿Vamos a revisar mi juramento original o va a mirarlo usted y después explicarme mi vida en resumen?

Gabriel pasó la llave por el sello.

—Entramos juntos.

—Buena respuesta.

El archivo estaba bajo la casa, pero no se sentía como una celda. Lámparas bajas iluminaban estantes altos. Cada familia tenía un gabinete. Cada gabinete tenía cerraduras. El de Vega estaba separado sobre una mesa, ya abierto por orden de tribunal.

Camila reconoció el emblema de plata.

Su loba bajó las orejas.

Gabriel lo notó.

—Puede detenerse cuando quiera.

—Si me detengo cada vez que Vega me da asco, no terminamos nunca.

—Justo.

Ella abrió la libreta.

—Empecemos.

El primer documento era de hace ocho años.

Camila Rojas Marín, catorce años, loba de bajo rango, entregada por Marta Rojas al servicio doméstico de la manada Vega a cambio de compensación familiar, protección básica y derecho a alimento, techo y entrenamiento mínimo.

Camila leyó la línea tres veces.

—¿Entrenamiento mínimo?

Gabriel no respondió enseguida.

Ella levantó la mirada.

—Nunca me entrenaron.

El aroma de Gabriel se enfrió.

—Lo sé.

—No. No lo sabe. Me enseñaron dónde estaban las escobas, qué platos no tocar, qué pasillos evitar cuando Damián estaba de mal humor. Eso no es entrenamiento de lobo.

Gabriel pasó una hoja hacia ella.

—Aquí dice que recibió entrenamiento básico de control de transformación a los dieciséis.

Camila rio.

Una risa seca, fea.

—A los dieciseis estaba durmiendo fuera de la enfermería porque Damián intentaba arrancarse las vendas cada noche.

La pluma de Gabriel se detuvo sobre su cuaderno.

—¿Puede repetir eso?

—¿Para el expediente?

—Para el expediente.

Camila repitió.

Después vinieron más papeles.

Pagos anotados que nunca había visto. Entregas de ropa que nunca había recibido. Días libres registrados durante semanas en las que apenas había salido al patio. Revisión médica anual firmada por un médico que Camila no recordaba haber conocido.

Cada página era una mentira ordenada.

Y cada mentira tenía el sello de Vega.

Al llegar al anexo del tercer año, Gabriel dejó de pasar hojas.

Camila miró el documento.

Allí estaba el cambio.

Juramento de servicio temporal modificado a juramento de lazo de cuidado especial por condición del heredero Damián Vega Aranda. La servidora acepta responsabilidad vital secundaria durante el periodo de recuperación del heredero.

Camila sintió frío.

—¿Responsabilidad vital secundaria?

Gabriel no la miró.

Eso bastó.

—¿Qué significa?

—Que si Damián moría por negligencia, el juramento podía castigarla.

—¿Castigarme cómo?

—Dolor, pérdida temporal de la transformación, daño de rango. En casos extremos, exilio por abandono de heredero bajo cuidado.

El archivo se quedó sin aire.

Camila apoyó una mano en la mesa.

Durante tres años había pensado que la amenaza de Beatriz era crueldad doméstica: «Si mi hijo deja de respirar, tú pagarás». Una frase para asustarla, para mantenerla despierta, para hacer que una muchacha agotada no cerrara los ojos.

No era solo una frase.

La habían puesto en el papel.

—Yo no firmé esto.

Gabriel giró el documento.

Al final había una marca de sangre.

La de Camila.

O una imitación buena.

Ella sintió náuseas.

—No firmé esto.

—¿La sangre coincide?

Gabriel no lo preguntó como duda. Lo preguntó como juez que necesitaba la respuesta completa.

Camila acercó los dedos, sin tocar.

La marca olía vieja. Muy vieja. Debajo de la cera y el polvo, había algo que su loba reconoció con repulsión: su propio rastro, diluido, mezclado con acónito leve.

—Es mía —dijo—. Pero no la di para esto.

Gabriel se quedó completamente quieto.

—¿Recuerda alguna herida, muestra médica, corte?

Camila cerró los ojos.

Tres años eran muchos días.

Demasiadas madrugadas.

Demasiadas manos ajenas ordenando su cuerpo.

—Cuando Damián empeoró el primer invierno, Beatriz llamó a un médico. Dijo que todos los que estábamos cerca debíamos hacernos una prueba para descartar infección de acónito. Me cortaron el dedo.

Gabriel escribió.

La pluma sonó como una cuchilla.

—Fecha aproximada.

Camila se la dio.

—¿Me ataron a su vida con una gota de sangre robada?

Gabriel dejó la pluma.

—Eso parece.

La honestidad fue brutal.

Camila la prefirió.

Camila se sentó porque las piernas dejaron de ser confiables. La silla estaba fría.

—Entonces cuando rompí el gancho...

—Rompió lo que quedaba de ese anexo. No el juramento completo de origen, porque ese ya estaba liberado. El gancho vital seguía mal desprendido.

—Por eso dolió.

—Sí.

—Y si Damián hubiera muerto antes...

Gabriel no respondió.

Camila rio otra vez, más bajo.

—Yo habría pagado por mantener vivo a un hombre que podía ofrecerme a otros en un salón.

El aroma de Gabriel cambió.

No furia de alfa. No todavía.

Algo más frío.

Justicia afilando dientes.

—La manada Vega falsificó un anexo de responsabilidad vital sobre una menor de bajo rango usando sangre obtenida bajo pretexto médico —dijo—. Eso ya no es una irregularidad. Es un crimen de juramento.

Camila miró las cajas.

—¿Cuántas más?

Gabriel siguió su mirada.

—No lo sabemos.

—Pero sospecha.

—Sí.

Camila se levantó.

El mareo seguía allí, pero había algo debajo. Furia. Limpia, por una vez. No la furia embarrada de miedo que Damián le provocaba, sino una que podía ordenar papeles, buscar fechas, poner nombres.

—Entonces revise todas.

—Camila...

—No me diga que descanse.

—Iba a decir que no podemos revisar todas hoy.

—Ah.

Gabriel la miró.

—Pero empezaremos.

Empezaron.

Durante horas, abrieron carpetas de antiguos sirvientes, cuidadores, aprendices, deudas familiares y traslados de lobos de bajo rango. Algunos juramentos estaban limpios. Otros tenían anexos extraños: responsabilidad por herramientas perdidas convertida en deuda de cinco años; servicio doméstico ampliado por «conducta impropia»; entrenamiento cobrado como si fuera privilegio cuando era obligación de la manada.

Camila copió nombres.

No todos le sonaban.

Algunos sí.

Rosa, la lavandera que desapareció después de romperse un brazo.

Mateo, no el primo de Gabriel, sino un chico de los establos que un día dejó de servir y del que nadie volvió a hablar.

Iria.

Camila se detuvo.

—¿Iria estuvo en Vega?

Gabriel tomó el documento.

—Traslado de servicio al Refugio Niebla hace dos años. Firmado por Beatriz Vega.

—Luca dijo que era humana.

—Quizás lo parece porque su lobo fue bloqueado.

El nombre de Iria quedó sobre la mesa como una herida nueva.

Camila pensó en la chica de vestido verde, arrastrada por un hombre intoxicado, pidiendo no volver.

—Tenemos que verla.

—Está bajo protección en la clínica de Sierra Clara.

—Ahora.

Gabriel miró la pila de documentos.

Luego a ella.

—Ahora.

La clínica olía a alcohol, hierbas y ventanas abiertas. Iria estaba en una habitación pequeña, sentada en la cama con una manta sobre las piernas. Parecía más joven a la luz del día. Humana, si uno no sabía mirar. Pero Camila ya había aprendido que algunas jaulas eran tan viejas que el lobo dejaba de golpear los barrotes.

Iria reconoció a Gabriel y se puso rígida.

—No vengo a interrogarte —dijo él.

Camila avanzó un paso.

—Yo sí. Pero puedo esperar a que comas.

Iria parpadeó.

La bandeja frente a ella estaba intacta.

—No tengo hambre.

—Mentira. Tienes miedo.

La muchacha la miró entonces. En sus ojos había una sombra que Camila conocía demasiado.

—Si como, luego me pedirán algo.

Camila sintió que el pecho le dolía.

—En esta casa suelen pedir cosas aunque no comas. Mejor come.

Gabriel hizo un sonido bajo.

No risa. Dolor, quizás.

Iria miró la bandeja. Luego tomó una cucharada de sopa.

Camila esperó hasta la tercera.

—Encontramos tu juramento.

La cuchara tembló.

Iria no preguntó cuál.

Eso confirmó demasiado.

Gabriel dejó el documento sobre la mesa, lejos de la cama.

—La manada Vega te transfirió al Refugio Niebla. Aquí dice que eras una sirvienta de origen humano sin estatus de lobo. Pero tu sangre está marcada como loba de bajo rango bloqueada.

Iria cerró los ojos.

—Me dijeron que si hablaba, mi hermana menor pagaría mi deuda.

Camila no se sentó. Si se sentaba, quizás no podría mantenerse entera.

—¿Cuántas hay?

Iria abrió los ojos.

—¿Cómo yo?

—Sí.

La muchacha miró a Gabriel, luego a Camila.

—En el Refugio Niebla, tres. Antes de mí, muchas. Vega no vende a todas. Algunas solo... desaparecen de una casa y aparecen en otra con otro nombre.

Gabriel recogió el documento.

—Necesito nombres.

Iria se encogió.

—Si los doy, me matarán.

Camila miró a Gabriel.

Él no presionó.

No usó su orden imperativa.

No dijo que era por el bien mayor.

Camila se sentó en la silla junto a la cama.

—Cuando tenía catorce, mi madre firmó mi servicio porque debíamos dinero. Yo creí que eso era lo peor: que una familia pudiera entregarte y seguir amándote al mismo tiempo. Luego Vega tomó mi sangre y la usó para atarme a la vida de Damián. Si él moría, yo pagaba. Nadie me lo dijo.

Iria la miró con horror suave.

—Usted salió.

—Sí.

—Porque un alfa la quiso.

El golpe fue pequeño, pero real.

Camila no se ofendió.

—Salí porque pedí mi liberación antes de conocerlo. Sigo fuera porque él tiene poder y porque yo aprendí a usar papeles. Las dos cosas son verdad.

Iria bajó la mirada.

—Yo no tengo papeles.

Camila tocó la bandeja, no a ella.

—Entonces haremos algunos.

El aroma de Gabriel se calentó detrás de ella.

Iria empezó a llorar en silencio.

No dio nombres ese día.

Pero aceptó que Sierra Clara auditara su juramento. Aceptó que Teresa revisara el bloqueo de su lobo. Aceptó comer la mitad de la sopa.

Para Camila, eso fue más que suficiente para empezar.

Al salir de la clínica, Gabriel caminó a su lado por el corredor.

—Haremos algunos —repitió él.

Camila miró al frente.

—Fue una promesa muy general. Puede entrar en sus expedientes.

—Ya entró.

—¿En serio?

—Probablemente.

Camila quiso reír, pero el día pesaba demasiado.

—Vega no solo me hizo daño a mí.

—No.

—Entonces esto ya no es solo mi liberación.

Gabriel se detuvo.

Camila también.

—No —dijo él»—. Pero usted no tiene que cargar con todas.

Camila pensó en Iria mirando la sopa como si tuviera precio.

Pensó en la marca de sangre robada.

Pensó en todos los nombres escritos con tinta limpia para esconder manos sucias.

—No voy a cargarlas —dijo—. Voy a abrir la caja.

Gabriel la miró.

El lazo se movió entre ellos, no como deseo esta vez, sino como reconocimiento.

—Entonces abriremos la caja —dijo.

Y Camila, por primera vez, no corrigió el plural.

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JZulay
miserable !!!! 😤
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