Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.
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Capítulo 11
El viernes entero se transformó en una lenta tortura de expectación. Abajo en el taller de diseño, cada vez que el eco de unos pasos resonaba en la escalera metálica, el corazón se me disparaba contra las costillas pensando que era él. Sin embargo, Aksel cumplió su palabra al pie de la letra: mantuvo una distancia estrictamente profesional durante toda la jornada y no bajó al sótano en ningún momento.
En cuanto mi turno terminó, salí casi corriendo hacia mi nuevo departamento. Me di una ducha rápida para quitarme el cansancio de la semana y me puse el conjunto verde oliva frente al espejo. Respiré hondo varias veces, intentando en vano aplacar los nervios que me hacían temblar las manos, y bajé a la calle justo cuando las manecillas del reloj marcaron las ocho en punto.
Aksel ya estaba allí, recargado con total naturalidad contra una imponente camioneta negra de lujo. Vestía unos jeans oscuros, una playera negra impecable que enmarcaba a la perfección sus hombros anchos y una chaqueta de cuero que le daba un aire completamente distinto. Sin el traje corporativo formal, su presencia física imponía muchísimo más. Al verme salir, se enderezó de inmediato y me abrió la puerta del copiloto con una sonrisa que me desarmó antes de que pudiera articular palabra.
El trayecto por la ciudad fue sorprendentemente relajado, pero la verdadera magia comenzó cuando llegamos a un pequeño restaurante italiano escondido en las zonas altas. Era un lugar exclusivo, envuelto en una luz tenue y diseñado para la absoluta privacidad. Nos guiaron hasta una mesa apartada en la terraza, donde el bullicio del mundo exterior simplemente desapareció. La conversación fluyó de maravilla; compartimos metas a futuro, platicamos sobre la inmensa presión de su carrera deportiva y él se tomó el tiempo de escuchar mis sueños más ambiciosos dentro de la ingeniería.
Sin embargo, en el momento en que el mesero retiró los platos principales, el ambiente experimentó un cambio drástico. Aksel apoyó los codos sobre la mesa, cruzó las manos y fijó su mirada en mí con una intensidad tan concentrada que me dejó sin aliento.
—Elena —empezó, con un tono de voz mucho más grave y pausado—. Te invité a salir hoy porque no quiero seguir jugando al jefe y la empleada, ni pasarme la semana buscando pretextos absurdos para cruzarme contigo en los pasillos de la tienda. Quiero hacer las cosas bien contigo. Busco algo serio, algo real.
Las palabras cayeron sobre la mesa con un peso absoluto, definitivo. Sentí que el aire me faltaba por un segundo. Lo miré de frente y, aunque una parte de mí experimentaba una felicidad inmensa, la otra estaba genuinamente aterrada por la velocidad de los acontecimientos
.
—Aksel, yo... yo también quisiera lo mismo —admití, bajando la vista hacia mi copa de vino mientras sentía que un nudo me apretaba la garganta—. Pero no sé si estoy lista al cien por ciento para dar un paso así. Y te juro que no es por mi ex, de verdad que no. Es que me acostumbré tanto a esa vieja vida, a esa rutina que ya tenía completamente armada, que ahora mismo siento que mi mundo entero está metido en cajas de mudanza. Apenas estoy tratando de reconstruirme, de saber quién soy yo sola. No quiero arrastrarte a mi desastre.
Él no respondió de inmediato. Simplemente guardó un silencio cargado de empatía, se levantó de su silla con parsimonia, rodeó la mesa y me ofreció su mano enorme y cálida.
—Ven conmigo —susurró.
Tomé su mano con cierta timidez. Me guió con suavidad lejos de la terraza principal, adentrándonos en un pequeño jardín interior del restaurante que se encontraba completamente vacío, iluminado apenas por unas pequeñas luces cálidas enredadas entre las ramas de los árboles. El silencio allí era absoluto, protector. Aksel se detuvo, quedó justo frente a mí y me tomó el rostro con suma delicadeza empleando ambas manos. Su tacto era firme, pero increíblemente cuidadoso.
—No eres ningún desastre, Elena —me dijo, mirándome con una devoción tan honesta que me hizo temblar—. Estás empezando de cero, y eso requiere una cantidad enorme de valor. Si tu vida está en cajas y te estás reconstruyendo, entonces déjame ayudarte a acomodar cada pieza en su lugar. No tengo ninguna prisa, y no me asusta en lo absoluto tu proceso.
Mis manos subieron instintivamente hacia su pecho, aferrándose a la tela de su chaqueta de cuero. Estábamos tan ridículamente cerca que el aire entre nosotros parecía vibrar con electricidad pura. Los nervios me invadieron por completo, pero al mismo tiempo, una urgencia repentina y una desesperación brutal me quemaron por dentro. Llevaba semanas ahogándome en la tensión de nuestras miradas compartidas, en las palabras que siempre dejábamos a medias y en la soledad de mi departamento. Lo necesitaba allí, conmigo.
Él también lo registró al instante. Vi cómo su respiración se agitaba y cómo sus ojos descendían hacia mis labios con una necesidad cruda y contenida. Ninguno de los dos aguantó un segundo más en esa distancia.
Aksel acortó los últimos milímetros que nos separaban y me besó.
No fue en absoluto un beso tímido. Fue un choque intenso, cargado de toda la desesperación acumulada durante los últimos días. Mis manos subieron con urgencia hasta su nuca, enredándose en su cabello, mientras él me rodeaba la cintura con un brazo posesivo y firme, apegándome por completo a su cuerpo como si temiera que fuera a desvanecerse en el aire. El beso era profundo, eléctrico; una mezcla perfecta entre el lógico nerviosismo de nuestra primera vez y la certeza absoluta de que esto era exactamente lo que ambos necesitábamos para volver a respirar.
Cuando finalmente nos separamos un poco para recuperar el aire, nos quedamos con las frentes unidas. Él acarició mi mejilla con el pulgar, mirándome con una ternura infinita.
—Seré lo que tú necesites que sea, Elena —prometió en un susurro ronco contra mis labios—. En este preciso momento, y en cualquier otro que venga en nuestro futuro. Te lo juro.
Cerré los ojos, sintiendo por primera vez en muchos meses que volvía a pisar terreno firme. Esa noche, cuando la camioneta se detuvo frente a mi edificio, la despedida fue solo otro beso lento y profundo que se quedó grabado en mi memoria. Subí las escaleras hacia mi departamento y, al abrir la puerta y mirar las cajas apiladas en las esquinas, ya no vi un panorama hostil o desastroso. Vi un lienzo en blanco, y ahora tenía la certeza de que no iba a tener que pintarlo sola.