Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 23
Valentina no supo qué contestar.
Porque Roberto Serrano tenía razón.
Ese hombre no miraba como amigo. Miraba como si ya hubiera aprendido la forma exacta de una ausencia y no pensara permitir que se repitiera. Valentina subió a su cuarto con esa frase pegada a la nuca, y durante los dos días siguientes la escuchó hasta en el ruido de la máquina de coser.
El veintitrés de diciembre amaneció con el cielo limpio y una maleta abierta sobre su cama.
—No lleves tacones imposibles —le dijo Carmen desde la puerta—. Es Valle de Bravo, no una pasarela.
Valentina sostuvo un par plateado en el aire.
—Mamá, esto no es imposible. Es carácter.
—Carácter es saber bajar escaleras empedradas sin romperte un tobillo.
Roberto apareció detrás de ella con el celular en la mano.
—Ya me mandaron ubicación, nombre del anfitrión y número de emergencia. Santiago Montiel respondió en tres minutos.
—¿Le escribiste?
—Le escribí.
—Papá.
—Me contestó con educación. Me cae mejor que tu amigo.
Valentina metió los tacones en la maleta de todos modos.
—Adrián también contestó.
—Sí. Con un documento.
Carmen soltó una risita.
—Ese hombre mandó itinerario, contacto médico, choferes asignados y hasta el número de la administración de la hacienda.
Valentina se tapó la cara.
—Qué oso.
—Qué útil —corrigió Roberto—. Pero sigue sin mirar como amigo.
No hubo forma de discutir eso sin perder. Valentina cerró la maleta, besó a su madre, prometió llamar en la noche y dejó que Joaquín la recibiera abajo con una sobriedad que ya le parecía parte del paisaje.
Adrián la esperaba junto a la camioneta. No llevaba traje completo, sino pantalón oscuro, suéter negro y abrigo de lana. De alguna manera se veía más peligroso vestido para descansar.
—Buenos días —dijo él.
—Mi papá leyó tu documento.
—¿Comentarios?
—Dice que eres útil.
—Voy mejorando.
—También dice que no miras como amigo.
Adrián abrió la puerta para ella.
—Tiene buen ojo.
Valentina se quedó un segundo en la banqueta.
—No digas cosas así antes de que me suba a un coche contigo.
—Entonces súbete.
Lo hizo, pero solo para que no viera la sonrisa que se le había escapado.
El camino a Valle de Bravo le limpió la cabeza a medias. La ciudad se quedó atrás poco a poco, con sus avenidas tensas, sus anuncios luminosos y sus bocinas impacientes. Luego llegaron los pinos, las curvas de carretera, los puestos de quesadillas junto al camino y el aire frío que entraba cada vez que Joaquín bajaba un poco la ventana para pagar casetas.
Mariana mandó audios cada quince minutos.
“Vale, ya llegamos. Hay chimenea. Repito: hay chimenea. Si el señor oscuro te secuestra, por lo menos que sea cerca del chocolate caliente”.
Paloma escribió después: “Tu papá me pidió que le confirmara si había señal. Tu papá me tiene más miedo que Carlos”.
Valentina intentó no reírse. Adrián, sin mirar su celular, preguntó:
—¿Mariana?
—Y Paloma.
—¿Me están insultando?
—Con cariño.
—Qué alivio.
La Hacienda Valle de Bravo apareció detrás de una reja de hierro forjado, extendida sobre una ladera verde que bajaba hacia el lago. No era ostentosa en el sentido frío de La Hacienda Castellán; aquí había piedra volcánica, techos de teja, bugambilias trepando los muros y vapor saliendo de una zona de terrazas donde se adivinaban las aguas termales.
Santiago Montiel los recibió en la entrada principal.
Era más alto de lo que Valentina esperaba, con esa elegancia tranquila de quien no necesitaba ocupar el centro para controlar la habitación. Su abrigo camel parecía elegido por alguien que nunca llegaba tarde ni sudaba en las reuniones.
—Valentina Serrano —dijo con una sonrisa contenida—. Por fin. Mariana habla de ti como si fueras una combinación entre heroína trágica y contadora de emergencias.
—Depende del día.
—Hoy intentemos que no sea trágico.
Adrián saludó a Santiago con un apretón breve.
—Gracias por recibirnos.
—Gracias por traerla sin escolta militar. Me preocupaba ver un convoy subiendo por la carretera.
—Lo consideré.
Valentina le dio un codazo discreto.
—Ni de broma.
Santiago no perdió la sonrisa, pero su mirada fue hacia las puertas abiertas del vestíbulo.
—Ven. Hay alguien a quien quiero presentarte.
Natalia Mendoza estaba junto a una mesa de madera cubierta de flores de Nochebuena blancas y velas bajas. No era la mujer frágil que Valentina habría imaginado al oír "exbailarina con una lesión". Tenía la espalda recta, el cabello oscuro recogido en un chongo bajo y un vestido de punto color vino que le caía con sencillez. Al dar un paso, su pierna derecha marcó una leve resistencia. Ella no la ocultó ni la convirtió en disculpa.
Santiago se colocó a su lado, no delante.
—Natalia, ella es Valentina Serrano.
Natalia extendió la mano.
—Mariana me enseñó fotos de tus piezas. El collar con filigrana de Oaxaca me pareció precioso.
Valentina aceptó la mano con cuidado, no por lástima, sino porque había algo en Natalia que pedía delicadeza sin pedir permiso.
—Gracias. Todavía estamos arreglando el desastre del textil, pero va tomando forma.
—Las cosas que se rehacen tienen otra memoria —dijo Natalia.
La frase fue suave, pero no débil. Valentina la entendió sin que nadie la explicara.
—¿Bailabas ballet? —preguntó, y luego se arrepintió—. Perdón. Si no quieres hablar de eso...
Natalia sonrió apenas.
—Bailaba contemporáneo. Ahora dibujo movimiento. No es lo mismo, pero tampoco es nada.
—Eso suena más difícil.
—Lo es.
Santiago la miró con una ternura tan limpia que Valentina tuvo que apartar los ojos. Había parejas que se tocaban todo el tiempo y no decían nada. Ellos apenas se rozaban los dedos, y aun así llenaban el vestíbulo.
Adrián se inclinó hacia Valentina.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Respiras raro.
—Estoy viendo gente funcional. Me intimida.
Santiago escuchó y soltó una risa baja.
—Aquí nadie es funcional. Solo servimos buen ponche.
Natalia le ofreció a Valentina recorrer el invernadero antes de que llegara el resto. Adrián quiso acompañarla con la mirada, pero Valentina levantó un dedo.
—Cinco minutos sin supervisión.
—Tres.
—Cinco.
—Cuatro.
Natalia observó el intercambio con una calma divertida.
—Puedo regresarla completa.
Adrián miró a Natalia. Luego a Santiago. Finalmente a Valentina.
—Cinco.
Valentina se fue con Natalia por un corredor lateral que olía a tierra húmeda y madera caliente. El invernadero estaba detrás de la casa, protegido con cristal y hierro negro. Dentro crecían helechos, orquídeas, hierbas aromáticas y, en un rincón imposible para diciembre, una jacaranda joven con pocas flores moradas abiertas bajo luz controlada.
—Santiago la mandó rescatar de un vivero que iba a cerrar —explicó Natalia—. No debería florear ahora. Pero a veces las plantas también se confunden.
Valentina tocó apenas el aire cerca de una flor.
—Es hermosa.
No oyó entrar a Adrián, pero lo sintió antes de verlo. Él se había quedado en la puerta del invernadero, con las manos en los bolsillos del abrigo.
—Si te gusta, pido que corten una rama para tu cuarto.
Valentina retiró la mano de inmediato.
—No.
Adrián frunció el ceño.
—No la dañan por una rama.
—No es el punto.
Natalia no intervino. Solo miró la jacaranda como si la respuesta le importara más que el gesto.
Valentina se acercó a Adrián.
—Una flor se puede cortar y sigue siendo bonita un rato. Pero ya no crece. Yo no quiero cosas bonitas que se mueren para demostrar que alguien puede dármelas.
Adrián sostuvo su mirada.
—Quise darte algo que te gustó.
—Entonces déjala donde está y tráeme a verla mañana.
La tensión le cruzó el rostro como una sombra breve. Después Adrián miró la rama, la flor morada, la mano de Valentina quieta a su costado.
—Mañana —aceptó.
Natalia sonrió, apenas.
—Buena respuesta.
Antes de que Valentina pudiera agradecerle, Mariana apareció en la puerta del invernadero con un suéter enorme y una taza humeante en la mano.
—¡Por fin! Vale, necesito que vengas ya. Hay gente con apellidos muy pesados preguntando por ti, y Santiago acaba de decir una cosa gravísima.
—¿Qué cosa?
Mariana abrió los ojos con malicia.
—Que todos están esperando conocer a la novia del señor Castellán.
Adrián no negó nada.
Valentina, en cambio, sintió que la jacaranda entera le florecía en la cara.
excelente
Gracias.