Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 2
Capítulo 2: Qué miedo das
Como si la conociera.
Valentina dejó de respirar un segundo.
La yema de los dedos de Adrián apenas rozaba la filigrana de plata, pero el gesto tenía una intimidad absurda. Nadie tocaba esa peineta. Ni Mariana, que podía entrar a su clóset sin pedir permiso. Ni Paloma, que la ayudaba a recoger alfileres cuando una clienta cambiaba de opinión veinte veces.
Ese adorno era lo único que Valentina no prestaba.
—Le dije que no lo tocara —dijo, y su voz salió más baja de lo que quería.
Adrián no retiró la mano de inmediato.
—No obedeces muy bien para exigir obediencia.
—Yo no exijo obediencia. Exijo que devuelvan lo robado.
—Y para eso entras a una sala privada, mientes a seguridad y amenazas a un hombre que no conoces.
—También traje vestido rojo. No minimice mi preparación.
Su pulgar seguía sobre la muñeca de ella. Valentina podía sentir su propio pulso chocando contra la piel de él, rápido, traicionero. Adrián miró ese punto como si escuchara algo.
—Tienes miedo.
—No.
—Sí.
—¿Y qué? Tener miedo no me vuelve estúpida.
—Entraste aquí. Eso complica tu argumento.
Valentina apretó la mandíbula. Si se iba ahora, perdería. Si se quedaba, tal vez también. Pero una cosa era segura: no iba a regalarle la satisfacción de verla temblar.
Le soltó la corbata, pero antes de separarse tocó con un dedo el centro de su pecho, justo sobre la camisa blanca.
—Escuche, Castellán. Usted parece muy acostumbrado a que la gente haga silencio cuando habla. Yo no vendo silencio. Vendo vestidos. Y para hacerlos necesito mis textiles.
Adrián bajó la mirada al dedo sobre su pecho.
—Quita la mano.
—Devuelva la tela.
—Valentina.
Que dijera su nombre sin haber sido presentado debió asustarla más. En cambio, le provocó una descarga extraña en la columna. Sonaba distinto en su boca. Menos nombre y más advertencia.
—Ay, qué miedo das —susurró ella.
Los ojos de Adrián se oscurecieron.
La mano que sostenía su muñeca subió con una velocidad limpia. En un parpadeo, Valentina tenía la espalda contra el borde de la mesa, la copa vibrando a un lado y los dedos de Adrián cerrados alrededor de su mano.
No dolía.
Ese era el problema.
La inmovilizaba con una precisión que dejaba claro que podía hacer mucho más y elegía no hacerlo.
—No juegues conmigo —dijo él.
Valentina sintió la madera fría contra la parte baja de la espalda. Estaban demasiado cerca. Podía ver una línea mínima de cansancio bajo sus ojos, el nudo perfecto de su corbata que ella había torcido, la vena en su cuello latiendo con una calma insultante.
—¿Quién está jugando? —preguntó.
—Tú.
—¿Porque no salí corriendo?
—Porque sigues provocando.
Ella sonrió. Mal. Demasiado cerca de su boca.
—Tal vez funciona.
Adrián inclinó la cabeza apenas.
—¿Eso crees?
—Usted todavía no llamó a seguridad.
—Puedo hacerlo.
—Pero no quiere.
La frase cayó entre los dos con el peso de una llave girando en una cerradura.
Adrián no respondió.
Valentina debería haber usado ese silencio para salvarse. Para decir algo sensato. Para mencionar abogados, facturas, artesanas, cualquier cosa que perteneciera al mundo normal.
En lugar de eso, empujó un poco el dedo contra su pecho.
—¿Ve? Sí tiene corazón.
El gesto de Adrián cambió.
No fue ira abierta. Fue algo más peligroso: una paciencia que se rompía por dentro.
Le sujetó la barbilla con la otra mano y la obligó a alzar el rostro.
—Mírame bien, Vale. Si tuviera el tipo de corazón que imaginas, ya estarías abajo, pidiendo disculpas frente a todos.
Valentina tragó saliva.
—No me diga Vale.
—¿Por qué? ¿También es de tu abuela?
La rabia le borró el miedo durante un segundo.
—No se meta con ella.
—Entonces no uses su recuerdo como escudo para meterte en mi territorio.
Mi territorio.
La frase debió parecerle ridícula. Sonó real. Como si El Mirador, el piso cuarenta y dos, la noche, la ciudad y el aire entre ellos tuvieran dueño.
Valentina alzó la mano libre.
Adrián la atrapó antes de que pudiera empujarlo.
—Basta.
—Suélteme.
—Cuando dejes de intentar golpearme.
—No iba a golpearlo.
—Ibas a intentarlo.
—Qué arrogante.
—Qué predecible.
Valentina soltó una risa sin aire. Estaba atrapada, sí, pero no indefensa. Si él quería asustarla, estaba logrando algo peor: hacerla enojar lo suficiente para olvidar el instinto de conservación.
Se inclinó hacia él.
—¿Quiere que sea impredecible?
Adrián no alcanzó a contestar.
Valentina le mordió la piel del cuello, justo sobre la nuez, no fuerte, pero sí lo suficiente para que él se quedara inmóvil.
El mundo se apagó medio segundo.
La música de abajo, el zumbido del teléfono, la ciudad detrás de los cristales. Todo se redujo al sabor tibio de su piel y a la forma en que los dedos de Adrián se cerraron sobre sus muñecas.
—Valentina.
Esta vez su nombre sonó más grave.
Ella se apartó apenas, con el corazón en la boca.
—Ya. Impredecible.
La mirada de Adrián bajó a sus labios.
Valentina entendió tarde que acababa de cruzar una línea que no sabía nombrar.
Él la soltó.
No porque hubiera perdido interés.
Porque eligió recuperar control.
El silencio posterior le pegó más que cualquier grito. Adrián levantó la mano hacia el cabello de ella. Valentina retrocedió, pero la mesa se lo impidió.
—No.
—Muy tarde.
Con un movimiento lento, preciso, Adrián retiró la peineta de plata.
El cabello de Valentina cayó sobre sus hombros.
Sintió el tirón pequeño en el cuero cabelludo y luego un vacío inmediato, como si le hubieran quitado una parte del cuerpo. Estiró la mano, pero Adrián alzó la peineta fuera de su alcance.
—Devuélvamela.
Él la observó bajo la luz ámbar. La filigrana brilló entre sus dedos: plata antigua, flores diminutas, un borde gastado por años de uso.
Adrián dejó de mirarla a ella.
Miró solo la peineta.
Y por primera vez desde que Valentina había entrado, su cara perdió un poco de dureza.
No fue ternura.
Fue memoria.
El teléfono de la mesa vibró otra vez. Luego el de Valentina empezó a sonar dentro del pequeño bolso que llevaba cruzado bajo el brazo.
El nombre de Mariana apareció en la pantalla.
Valentina no quería contestar. No con Adrián frente a ella, sosteniendo el recuerdo de su abuela como si tuviera algún derecho.
Pero Mariana insistió.
Aceptó la llamada.
—¿Qué? —susurró.
—¡Vale! ¡Sal de ahí ya!
La voz de Mariana venía rota por el pánico.
Valentina frunció el ceño.
—Estoy ocupada.
—No, no estás ocupada, estás muerta si sigues ahí. Lorenzo acaba de confirmar algo. Diego no subió al cuarenta y dos. Diego está en el estacionamiento desde hace veinte minutos.
Valentina sintió que el piso se abría.
Miró a Adrián.
Él la miraba de vuelta, tranquilo. Demasiado tranquilo.
—Entonces... —Valentina apenas pudo hablar—, ¿quién está aquí?
Mariana respiró como si fuera a llorar.
—Adrián Castellán.
El nombre golpeó el cuarto con más fuerza que cualquier puerta.
Adrián.
No Diego.
Adrián Castellán.
El hombre que no era el sobrino arrogante sino el centro del apellido. El dueño de Capital Solaris. El que podía deshacer un contrato, una empresa o una vida social con una llamada. El que Roberto Serrano mencionaba con esa mezcla incómoda de respeto y advertencia.
Valentina bajó el teléfono.
Sintió que se le iba el color de la cara.
—Dios mío.
Adrián ladeó apenas la cabeza.
—¿Ya terminaste de ubicarte?
Ella abrió la boca. Nada salió.
Luego miró la peineta en su mano.
La vergüenza la empujó antes que el miedo.
—Me la llevo.
Se lanzó por ella.
Adrián levantó el brazo.
Valentina rozó su muñeca, falló, perdió el equilibrio y casi chocó con su pecho. Él la sostuvo por la cintura una fracción de segundo, lo justo para que no cayera. Ese contacto fue peor que la caída.
—No —dijo él.
—Es mía.
—Ahora está conmigo.
—¡Eso es robo!
—Interesante. Me acusa una mujer que entró con identidad falsa a una zona privada.
—¡Fue por un error!
—Mordiste mi cuello por error también.
Valentina sintió que la cara le ardía.
Mariana gritaba algo al otro lado del teléfono. Probablemente una mezcla de oración, insulto y despedida.
—Usted... —Valentina retrocedió, recogiendo el bolso con torpeza—. Usted es un problema.
—Y tú eres imprudente.
—Qué miedo das —repitió, pero esta vez sí le tembló la voz.
Adrián guardó la peineta en el bolsillo interior de su saco.
Como si acabara de quedarse con una prenda.
Valentina no esperó otra palabra. Rodeó la mesa, abrió la puerta y salió al pasillo con el cabello suelto, la llamada aún abierta y el pulso golpeándole en la garganta.
Esta vez sí corrió.
Detrás de ella, Adrián Castellán se quedó inmóvil.
Tocó con dos dedos la marca mínima que la mordida había dejado en su cuello.
Después sacó la peineta y volvió a mirarla.
La plata antigua descansaba sobre su palma como una respuesta que llevaba años esperando.
—Solo es una zorrita tonta —murmuró.
Pero no la devolvió.
excelente
Gracias.