Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.
Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.
Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.
¿O de salvarlo?
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Capítulo 19
Capítulo 19
La trampa de Diego
La maleta de Valentina estaba abierta sobre la cama cuando Ivanna volvió a llamar.
No fue nota de voz esta vez.
Fue una llamada real, con respiración rota y ruido de calle al fondo.
—Vale, por favor, no cuelgues.
Valentina dejó doblado a medias un vestido de lino.
El vuelo a Monterrey estaba programado para el día siguiente al amanecer. Héctor había convertido la mudanza en operación: rutas falsas, camionetas duplicadas, cajas marcadas con nombres equivocados, Cascabel revisando hasta los frascos de hilo como si Nicolás pudiera esconder un micrófono dentro de una aguja.
Y aun así, el miedo de Ivanna entró por el teléfono como si no hubiera paredes.
—¿Dónde estás? —preguntó Valentina.
—En un café. No sé cuál. Me trajeron. Diego está... Diego está peor.
Valentina cerró los ojos.
—Ivanna, escucha. ¿Estás sola?
—No. Pero puedo salir si vienes. Dice que solo quiere hablar contigo antes de que te vayas. Dice que si no vienes...
La voz se quebró.
No hacía falta terminar.
Cascabel, que estaba en la puerta, ya tenía el teléfono en la mano. Héctor apareció segundos después, con Rodrigo detrás. Nadie preguntó cómo se enteraron. En esa casa, las alarmas viajaban más rápido que las palabras.
—No vas —dijo Héctor.
Ivanna sollozó al otro lado.
Valentina sostuvo el teléfono con fuerza.
—Voy —respondió, mirando a Héctor—. Pero esta vez no va a creer que puede movernos.
Rodrigo habló bajo:
—Ya ubicamos la llamada. Café pequeño en la Narvarte. No es de Diego. Rentó el salón privado con nombre falso.
—Entonces no voy sola —dijo Valentina.
—No vas a entrar sin nosotros —corrigió Héctor.
Ella no discutió.
Eso pareció preocuparlo más.
La diferencia con la vez anterior era que nadie fingía que se trataba solo de rescatar a Ivanna.
Rodrigo puso sobre la mesa las imágenes del café: entrada principal, pasillo al salón privado, cocina, baño, puerta de servicio. Diego había elegido un sitio pequeño porque creía que así controlaría cada movimiento. Héctor lo miró como se mira un error caro.
—Quiere que entres para demostrar que todavía puede llamarte —dijo.
—Entonces que crea que puede.
—Valentina.
—No voy a regalarle miedo desde lejos. Si quiere usar a Ivanna como cuerda, vamos a cortar la cuerda.
Cascabel cruzó los brazos.
—Esta vez no se improvisa. Usted habla con Ivanna, no toca a Diego y no se acerca a menos de dos metros. Si él toca a Ivanna, yo entro. Si la amenaza a usted, Rodrigo entra. Si saca arma, lo saco yo.
—¿Y usted? —Valentina miró a Héctor.
La respuesta de Héctor fue demasiado tranquila.
—Yo voy a estar donde Diego pueda verme cuando ya sea tarde.
No era consuelo.
Era sentencia.
En la camioneta, Ivanna no colgó. Valentina le habló todo el camino con voz firme, aunque tenía la garganta seca.
—Respira. No le contestes. Mira una salida. Si te toca, di mi nombre.
—Lo siento, Vale.
—Después.
—Siempre dices después.
—Porque todavía estás aquí.
El café estaba en una calle tranquila, con fachada azul y mesas pequeñas en la entrada. Desde afuera parecía cerrado por evento privado. La cortina interior estaba medio corrida. Rodrigo ya tenía hombres ubicados en la cocina y la salida trasera. Cascabel entró primero, como clienta aburrida con chamarra negra. Valentina entró después.
Héctor no entró con ella.
Lo vio en el reflejo del vidrio de una vitrina, de pie al otro lado de la calle, quieto, con la mirada fija en la puerta. Saber que estaba ahí no la tranquilizó.
La hizo avanzar.
Ivanna estaba sentada en una mesa del salón privado. Tenía el maquillaje corrido, el cabello suelto y una marca roja en el cuello que Valentina no quiso mirar demasiado para no perder el control. Al verla, intentó levantarse.
Diego Coronado apareció detrás de ella.
Tenía la mano derecha vendada de forma gruesa. Tres dedos menos no le habían quitado la sonrisa. La habían podrido.
—Llegaste —dijo.
Valentina se detuvo a dos metros.
—Deje que Ivanna salga.
—Siempre tan mandona para alguien que no manda nada.
Cascabel se movió apenas hacia la izquierda. Diego levantó la mano vendada.
—Ah, no. Hoy no vine a pelear con la perra de seguridad.
La temperatura de Cascabel no cambió.
—Qué bueno. Porque no sería pelea.
Diego ignoró la frase. Sus ojos estaban clavados en Valentina con una intensidad febril. Ya no había elegancia cara. Ya no había control de hombre mimado. Había odio y una necesidad enferma de dejar marca antes de perderlo todo.
—Mírate —dijo—. Te llevan a subastas, te ponen diamantes, te enseñan a disparar. ¿Crees que eso te hace distinta?
Valentina no respondió.
—Sigues siendo la misma costurera que recogí de un taller barato. La diferencia es que ahora Elizondo te puso precio.
Ivanna negó con la cabeza.
—Diego, ya basta.
Él le agarró el cabello por la nuca.
Valentina dio un paso.
—Suéltela.
—¿Qué vas a hacer? ¿Pedirle a tu dueño que me compre otra familia para destruir?
La puerta del salón se abrió.
Rodrigo entró.
No levantó la voz. No sacó arma. Solo cerró la puerta detrás de él con una suavidad que hizo que Diego mirara por fin hacia otro lado.
—Señor Coronado —dijo—. Retire la mano.
Diego soltó una risa quebrada.
—¿Tú otra vez? ¿Vienes a terminar lo que empezó tu amiga?
—No.
Rodrigo caminó hacia él.
—Vengo a terminar lo que usted no entendió.
Diego jaló a Ivanna contra su cuerpo.
—Un paso más y le rompo el cuello.
Todo se volvió quieto.
Valentina sintió que el piso desaparecía bajo sus zapatos.
Pero Cascabel ya se había movido.
No hacia Diego.
Hacia Ivanna.
Fue un movimiento tan preciso que Valentina apenas lo siguió: Cascabel tomó la muñeca de Ivanna, giró su cuerpo fuera del agarre y la empujó hacia Valentina. Rodrigo entró en el espacio que quedó vacío. Diego intentó retroceder, pero la mano vendada lo hizo torpe.
Héctor apareció en la puerta abierta.
Ahora sí, Diego tuvo miedo.
Fue breve.
Pero Valentina lo vio.
—Sácala —dijo Héctor.
Cascabel tomó a Ivanna y a Valentina por los brazos.
—No —dijo Valentina, resistiéndose—. Héctor...
—No mires.
No fue una orden fría.
Fue casi una súplica.
Cascabel la llevó a la habitación contigua: una oficina pequeña con cajas de café, facturas y un ventilador apagado. Ivanna se desplomó en una silla. Valentina se quedó de pie junto a la puerta cerrada.
Del otro lado, Diego gritó:
—¡No me toquen!
Luego la voz de Rodrigo, serena:
—Usted tuvo muchas oportunidades.
Valentina se agarró al borde de una mesa.
No vio nada.
Escuchó un golpe.
Una silla arrastrarse.
Un insulto de Diego que se cortó en medio de la palabra.
Después un sonido que no supo nombrar y que su cuerpo entendió antes que su cabeza.
Ivanna se tapó los oídos.
Valentina no pudo.
El grito de Diego atravesó la puerta, el café, la piel. No fue largo. Eso lo hizo peor. Terminó de golpe, como si alguien hubiera arrancado el sonido de raíz.
Luego silencio.
Un silencio tan pesado que Valentina escuchó el zumbido del foco sobre ellas.
Ivanna empezó a llorar sin ruido.
Valentina se obligó a respirar.
Una vez.
Otra.
La puerta se abrió.
Héctor entró primero.
No tenía sangre en las manos. Ni una mancha en el traje. Eso, absurdamente, la hizo temblar más. Detrás de él, Rodrigo hablaba con alguien por teléfono, dando instrucciones médicas con la misma voz con la que habría pedido un auto.
—No está muerto —dijo Héctor antes de que ella preguntara.
Valentina no sabía si eso la aliviaba.
Cascabel sostuvo a Ivanna por los hombros.
—La ambulancia viene. También la policía correcta.
—¿Qué le hicieron? —susurró Ivanna.
Nadie respondió.
No hacía falta.
Rodrigo apareció en la puerta un minuto después. Se había quitado los guantes negros de trabajo y los llevaba doblados en una mano. Su camisa seguía impecable. Eso le dio a Valentina una náusea nueva, no por crueldad, sino por la precisión del mundo en que se movían.
—La ambulancia lo traslada a un hospital privado bajo custodia —informó—. Sus hombres están detenidos. El gerente va a declarar que Diego rentó el salón con identificación falsa y retuvo a una mujer contra su voluntad.
Ivanna levantó la cabeza.
—Yo no voy a declarar.
—No ahora —dijo Rodrigo—. Pero algún día le va a servir tener la opción.
Ella se abrazó el cuerpo.
—Él dijo que si hablaba, me iba a mandar con la gente de Nicolás.
Valentina sintió que el aire se volvía filo.
Héctor no cambió de expresión.
—Ya no puede mandar ni sus propios dedos.
No hubo burla en la frase. Solo un hecho.
Ivanna empezó a llorar de verdad entonces, con un sonido bajo, avergonzado, como si incluso llorar fuera algo que Diego todavía pudiera cobrarle. Valentina quiso abrazarla, pero se quedó quieta cuando Ivanna levantó una mano, pidiendo espacio.
Otra consecuencia de Diego: hasta el consuelo parecía peligroso.
Valentina miró a Héctor.
Él sostuvo su mirada, pero no intentó acercarse. Como si supiera que un paso podía romper algo que todavía no tenía nombre.
—No volverá a mirarte —dijo.
La frase le cerró el estómago.
Valentina pensó en las manos de Diego sobre Ivanna. En su mirada recorriéndola como si pudiera comprarla. En las amenazas. En los dedos perdidos. En el silencio del otro lado de la puerta.
Le temblaron las manos.
También las rodillas, aunque se negó a sentarse ante ellos.
Héctor lo vio.
—Valentina.
—¿Esto es lo que somos ahora?
La pregunta salió rota.
Héctor se acercó un paso, lento.
—Esto es lo que hago para que tú no tengas que serlo.