Dos enemigos jurados, unidos por la supervivencia entre el odio y la traición nace un amor oscuro y feroz que desafía todo. Cuando el destino golpea, Augus da su vida para salvar a Kae. Años después, ella vive en paz con su pequeño hijo, quien lleva el nombre de su padre: la prueba de que su vínculo trasciende incluso la muerte.
NovelToon tiene autorización de Mikaela Martinez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El Eco De Un Amor Eterno
La noche siguiente a la advertencia fue tranquila, pero la tensión flotaba en el aire como una niebla espesa. Sabían que el ataque definitivo se acercaba, pero por un momento decidieron dejar de lado las armas y las estrategias. Querían guardar un recuerdo puro, solo para ellos.
En el baño principal, el agua caliente caía desde lo alto, llenando el espacio de vapor y calor. Kae y Augus entraron juntos, despojándose de las caparazones de frialdad que usaban frente al mundo. No hubo prisa, ni desafíos, ni palabras afiladas. Solo se miraban, viéndose tal como eran: dos almas que habían pasado del odio al amor más profundo, oscuro y verdadero.
Augus pasó una mano por su cabello mojado, apartándolo de su rostro, y luego acarició su mejilla con suavidad.
—No importa lo que pase mañana —susurró él—, siempre quiero recordarte así.
—Yo también —respondió ella, apoyando la frente contra la suya—. Aquí no hay enemigos, ni pasado, ni miedo. Solo nosotros.
Se limpiaron mutuamente con gestos lentos y tiernos, el agua deslizándose por sus cuerpos, llevándose consigo la fatiga y la sombra de lo que venía. El contacto era cálido, lleno de una pasión tranquila, no desesperada: era la certeza de pertenecerse el uno al otro. Se besaron bajo la lluvia de agua, un beso que hablaba de todo lo vivido y de todo lo que deseaban vivir.
Más tarde, se recostaron en la gran cama, envueltos en sábanas suaves. Augus la atrajo hacia sí, abrazándola contra su pecho, escuchando el latido de su corazón. Kae acurrucó la cabeza en su hombro, sintiéndose más segura que en ningún otro lugar del mundo.
—Si pudiéramos detener el tiempo aquí —murmuró ella, con los ojos cerrados.
—Lo llevaremos con nosotros —respondió él, dejando un beso en su frente—. Siempre.
Se quedaron dormidos así, entrelazados, en paz. Pero la calma duró poco.
Al amanecer, el estruendo de explosiones sacudió la mansión. Las alarmas sonaron, las paredes temblaron. El enemigo había atacado con fuerza, sin intentos de engaño esta vez: querían destruir todo.
Augus se levantó de un salto, tomando sus armas, pero antes de moverse, miró a Kae con una expresión decidida.
—Escúchame —le dijo con firmeza—. Hay una salida secreta en el pasillo del fondo. Tienes que irte ahora.
—No voy a irme sin ti —replicó ella, levantándose también.
—Sí lo harás —la detuvo, sosteniéndola por los hombros—. Te cubriré. Es la única forma. Si nos quedamos los dos, nos atraparán.
—¡No me dejes! —susurró ella, con la voz quebrándose.
—Te amo —fue lo único que respondió él, con una sonrisa triste pero serena—. Nunca lo olvides.
Sin darle tiempo a discutir, la empujó suavemente hacia el pasillo, cerrando la puerta y bloqueándola con un mueble pesado. Kae golpeó la madera, gritando su nombre, pero el ruido de los disparos y los golpes se acercaba. No tuvo más remedio que correr, con el corazón roto, sintiendo que se arrancaban una parte de sí misma.
Mientras ella escapaba, Augus enfrentó a los atacantes. Sabía que no saldría con vida, pero no le importaba: su único objetivo era ganar tiempo para que ella estuviera a salvo. Luchó con la fuerza de siempre, vendiendo cara su vida, hasta que una bala lo alcanzó en el pecho. Cayó al suelo, y lo último que vio fue el recuerdo de la sonrisa de Kae bajo la luz del sol en la casa de campo.
Dos años después.
La ciudad era nueva, tranquila, muy lejos de todo lo que habían vivido. Nadie sabía quién era ella, ni de dónde venía. Kae había reconstruido su vida en silencio, llevando con ella el recuerdo de Augus, pero también un regalo que él no había podido conocer: un hijo.
El pequeño tenía los ojos oscuros y el cabello igual que su padre, y llevaba su nombre: Augus. Ahora tenía dos años, era inquieto y curioso, y llenaba los días de Kae de una alegría que ella creía imposible.
Una tarde soleada, caminaron hasta el cementerio de la ciudad. Kae llevaba un ramo de flores blancas, las favoritas de él. Se detuvieron frente a la tumba, donde estaba grabado su nombre y una fecha que ella había elegido: Amado en la vida, eterno en la memoria.
Se agachó junto a la pequeña lápida, y el niño se acercó, tocando las flores con sus deditos. Miró la inscripción, luego levantó la vista hacia ella y dijo con su voz dulce y clara:
—¿Papá?
Kae sintió una punzada en el pecho, pero sonrió, una sonrisa llena de amor y paz, y acarició su cabello.
—Sí, mi amor —respondió con suavidad—. Es papá. Él nos cuida desde aquí.
Se quedaron un rato en silencio, ella contándole al niño pequeñas historias, hablándole de su padre, de lo valiente que era, de lo mucho que los amaba. El sol brillaba cálido, y el viento movía suavemente las hojas de los árboles.
En la distancia, entre la luz y la sombra, como una bruma suave, una figura se detuvo. Era Augus, etéreo, invisible para ellos, pero con una mirada llena de ternura y tranquilidad. Los vio a los dos, vio a su hijo con su nombre, vio a Kae feliz y en paz. Una sonrisa suave se dibujó en sus labios. Sabía que su sacrificio había valido la pena. Ellos estaban bien, y eso era todo lo que él siempre había deseado.
Permaneció allí un momento más, observando, hasta que poco a poco se desvaneció entre la luz del atardecer, sabiendo que, aunque no estuviera físicamente, su amor viviría en ellos para siempre.
Kae tomó la mano del pequeño Augus, y juntos se alejaron caminando despacio, hablando entre risas, dejando atrás la tumba pero llevando consigo el amor que nunca se apagaría.