🔞🔞En una ciudad donde las torres de cristal ocultan mafias, corrupción y cuerpos bajo neón, Cassian Cooling intenta vivir lejos de la violencia que marcó su juventud. Arquitecto prodigio de Central City, heredero de una fortuna y dueño de un talento capaz de construir maravillas, lleva años enterrando al monstruo que alguna vez aterrorizó las calles de Cuatro Leguas.
Cuando su mejor amigo queda atrapado en una deuda y la mujer de la que se enamora resulta herida, Cassian descubre que el pasado nunca desapareció. Solo esperó en la oscuridad el momento para volver.
Una guerra criminal comienza a devorar las dos ciudades más peligrosas, Cassian deberá decidir qué parte de sí sobrevivirá: el hombre que construye hospitales… o el que aprendió a destruir mafiosos.
Entre conspiración, mafias, tecnología, romance oscuro y una violencia tan brutal como adictiva, Cenizas y Cristal es una novela noir de ciencia ficción donde el amor puede salvar… o romper lo poco humano que queda dentro de t
NovelToon tiene autorización de XintaRo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cap. 5: Parte 2.
El trayecto hacia Walter dura doce minutos. Doce minutos en los que Central City vuelve a sentirse demasiado pequeña para contener toda la violencia que lentamente empieza a despertar dentro de mí, otra vez.
La tormenta arrecia mientras conduzco el aeromóvil a través de los niveles inferiores de la ciudad. Las avenidas aéreas van quedando atrás poco a poco, reemplazadas por estructuras industriales, fábricas abandonadas y barrios donde los drones policiales ya ni siquiera patrullan demasiado.
Lekan permanece sentada a mi lado en silencio. No intenta detenerme. No intenta convencerme de llamar a la policía. Sabe perfectamente que sería inútil. La policía de Central City trabaja para quien pague mejor… Y los Gizeh llevan décadas pagando fortunas.
El brillo elegante del centro financiero desaparece lentamente reemplazado por neón roto, humo industrial y callejones llenos de basura tecnológica. Las luces verdes de varios clubes nocturnos iluminan el interior del vehículo mientras descendemos hacia el distrito portuario. Afuera, cientos de personas continúan viviendo su noche entre música tecno, drogas sintéticas y negocios ilegales como si el mundo jamás fuera a acabarse.
Tal vez porque aquí todos entienden algo: el mundo ya se acabó hace tiempo… Solo seguimos bailando encima del cadáver.
Vuelvo a llamar dos veces a Walter durante el trayecto. No responde. Cada vez que no lo hace, escucho disparos de fondo en mi desquiciada cabeza…
Y eso me obliga a acelerar más. Mis manos aprietan el volante con demasiada fuerza mientras el Vortex atraviesa la lluvia. Puedo sentirlo. Ese cambio. La forma en que mi cabeza comienza lentamente a enfriarse. La forma en que mi respiración se vuelve más estable. Más calculadora. Más parecida al hombre que fui alguna vez en Cuatro Leguas.
Odio reconocerlo… Pero también hay algo peor. Parte de mí se siente cómodo otra vez. Lekan nota el cambio. Claro que lo nota.
—Tu mirada volvió a cambiar —dice suavemente.
No aparto los ojos del frente.
—No deberías venir conmigo, Lekan.
Ella ni siquiera duda.
—Demasiado tarde para eso.
Suelto una pequeña risa seca.
—Lekan…
—No voy a dejar que enfrentes esto solo.
La frase me golpea directo dentro del pecho. Y por un segundo recuerdo lo fácil que sería pedirle que se quede lejos de toda esta mierda. Podría dejarla en la torre. Mantenerla a salvo. Seguir fingiendo que todavía existe una línea clara entre mi vida actual y la violencia que me dominaba hace años.
Pero esa línea ya desapareció… En el momento que Gastón pronunció mi nombre… todo cambió. Aquí, la ciudad se parece demasiado a Cuatro Leguas. Eso también me incomoda.
Lekan me observa de reojo.
—Tu respiración cambió otra vez —me dice, tomando mi mano sobre el volante.
Mantengo la vista al frente.
—¿Ahora también analizas cómo respiro?
—Ahora mismo, sí…
Suelto una pequeña risa. Porque tiene razón. Mi cuerpo está cambiando. Lo siento. La adrenalina. La tensión. Ese viejo frío subiéndome lentamente por la espalda antes de la violencia. La sensación que tanto odiaba… y que una parte enferma de mí extrañaba.
El Club Cerberus aparece finalmente al fondo de una avenida mojada. Gigante. Oscuro. Cubierto por hologramas verdes defectuosos. La música tecno-industrial retumba incluso desde afuera mientras grupos de personas drogadas entran y salen bajo lluvia artificial proyectada desde los niveles superiores del edificio. Drones armados patrullan cerca del acceso principal.
Y entonces los veo… Hombres de los Gizeh. Trajes negros. Detalles verdes. Implantes visibles. Armas ocultas bajo las chaquetas largas. Reconozco inmediatamente la forma en que observan alrededor… Soldados Gizeh. No simples guardias de cantina.
Apago las Luces. El Vortex finalmente desciende sobre una calle oscura. Estaciono dos calles más atrás. Miro fuera… La zona parece salida directamente de Cuatro Leguas: edificios húmedos, neón defectuoso, música violenta escapando desde bares llenos de humo.
Las luces verdes de un cartel holográfico parpadean a la distancia: CLUB CERBERUS.
Ahí está Walter. O al menos eso espero.
Lekan me observa. Veo algo de preocupación en ella. Seguro ha de estar pensando —¿Dónde me vine a meter? —. No podría culparla… no todo el mundo tiene lo necesario para esto. Aun así, siento una valentía a regañadientes surgir en el brillo de sus ojos.
El silencio dentro del Vortex se vuelve pesado… Tomo lentamente la pistola, presiono el botón de carga alistándola, la guardo bajo el abrigo nuevamente. Después miro a Lekan.
—Última oportunidad para quedarte aquí —le digo, viendo directamente sus hermosos ojos verdes.
—Voy a acompañarte —me responde, completamente seria, profesional—. Dame un arma, Cassian. Te puedo ayudar.
La observo completamente incrédulo. Y por alguna razón bizarra, me excita, de una manera que no esperaba.
Abro el compartimiento central que separa los asientos. Dentro, un arma de fuego duerme. La Glock 19 que cargué durante tantos años… La tomo, su metal negro y frio vibra en mi puño. Como si me reconociera y, despertara lentamente.
—¿Tenías un arma escondida en el vehículo, todo este tiempo? —pregunta, abriendo los ojos.
—Tengo varias —le digo, con una sonrisa arrogante.
Ella asiente lentamente. No sorprendida. Solo confirmando algo que probablemente ya sospechaba… Ella revisa el arma con tranquilidad profesional.
—Sé disparar, Cassian.
—Eso definitivamente no ayuda a mi estabilidad mental, Lekan.
Lekan sonríe apenas. Y mierda si incluso ahora sigue viéndose hermosa. Le entrego un pequeño comunicador táctico.
—Quédate cerca de mí.
Lekan asiente, toma el dispositivo sin discutir. Guarda el arma dentro de su bolcillo, sin quitar la mano de la empuñadura.
Bajamos del vehículo bajo la lluvia. El aire nocturno huele a humo, alcohol y metal mojado mientras caminamos hacia Cerberus. Las luces verdes del club iluminan parcialmente las gotas cayendo alrededor nuestro. Y cuanto más nos acercamos…más me siento regresar a Cuatro Leguas. No Central City. No el arquitecto exitoso. Solo el chico violento que corría entre neón y sangre.
La lluvia empapa lentamente mi camisa negra mientras avanzamos hacia el club.
Dos hombres bloquean inmediatamente la entrada principal. Grandes. Armados. Implantes militares visibles en los cuellos. Uno de ellos me observa apenas un segundo antes de fruncir lentamente el ceño. Después me reconoce. Lo veo en sus ojos.
Uno de ellos da un paso al frente apenas me acerco.
—El club está cerra…
Me reconoce a mitad de frase. Y entonces ocurre algo interesante. Miedo. Pequeño. Instantáneo. Real. Sus ojos se abren apenas mientras observa mi rostro bajo la lluvia. Sus ojos se fijan sobre los míos…
—No puede ser… —murmura, apretando el culo.
El otro guardia también me mira.
Y lentamente entiendo algo. Walter tenía razón. Todavía me recuerdan.
La música electrónica retumba desde el interior del club mientras me detengo frente a ambos hombres.
Los miro directamente. Y durante apenas un instante… algo viejo vuelve a despertarse completamente dentro de mí. Lo siento en la comisura de mis labios. La sonrisa. Esa maldita sonrisa. La misma que aterrorizaba gente en Cuatro Leguas. Puedo sentirla apareciendo lentamente en mi rostro incluso antes de hablar.
—¿Dónde está Walter? —gruño, mi voz sale oscura y densa, llena de odio.
Ninguno responde enseguida. El primero intenta recuperar compostura. Traga saliva antes de responder.
—No sé de qué hablas… —murmura, con un leve temblor en la voz.
Sus dedos tiemblan apenas sobre el arma. Error. Grave error. Me acerco un paso más.
—Voy a preguntarlo una sola vez más, idiota.
El segundo hombre finalmente levanta la pistola. Lekan se tensa detrás de mí. Y entonces el imbécil comete el peor error posible.
—¡Tú ya no das miedo, Desquiciado! —me grita, temblando, a pesar de sus palabras.
La sonrisa aparece sola sobre mi rostro. La siento… Esa vieja sonrisa. La que tanto odiaba. La que aparecía antes de lastimar a alguien. Y mierda… la había extrañado más de lo que quería admitir.
Todo ocurre rápido después de eso.
Me muevo antes incluso de pensarlo. El primer disparo ilumina la lluvia de azul. Golpeo con fuerza la muñeca armada del guardia mientras el disparo se pierde contra una pared cercana. Tomo su muñeca metálica y la tuerzo con ira. El sonido metálico de la prótesis del infeliz rompiéndose se mezcla con la música del club. El arma cae de su mano y, antes de que toque el suelo, le hundo dos puñetazos rápidos en la nariz. Cae de rodillas al suelo, aturdido, llevándose la otra mano al rostro. Y pateo, directo a su mandíbula, mi bota vibra contra su cara, dejando un sonido a chapa abollada y carne machacada en el aire.
Lo suelto… Lo veo caer de cara al suelo, tiritando en un espasmo patético. Y río… Como un desquiciado. No lo controlo, la carcajada me sale sola, limpia, completamente natural.
El primero intenta reaccionar, se lleva la mano a la cintura. Demasiado lento. Mi mano golpea su garganta mientras lo estrello brutalmente contra la pared metálica del acceso. Aprieto mi mano bruscamente, buscando cerrar su tráquea. Escucho el crujido. Después, escupe sangre. Siento las tibias gotas caer sobre mi mano y muñeca. Doy un paso atrás, cargo el brazo, llevando todo mi peso a mi puño derecho. Se lo incrusto en el pecho. Siento como crujen sus costillas.
El segundo intenta levantarse, tambaleando, mientras intenta alcanzar otra arma de su cinturón. Saco la pistola del abrigo. Le disparo en la pierna sin contemplarlo, completamente frio. El fogonazo y el grito desaparecen rápidamente bajo la tormenta.
Lekan permanece inmóvil detrás de mí observando la escena. No aterrorizada. Eso sería más fácil. Lo que veo en sus ojos es otra cosa… Impacto. La diferencia entre escuchar sobre violencia… y verla realmente. Me observa de reojo. Probablemente acaba de entender que Walter no exageraba sobre quién fui realmente.
El hombre herido me observa desde el suelo, respirando desesperadamente, intentando detener la sangre que le sale del agujero de su pierna.
El guardia inmovilizado bajo mi mano intenta respirar, mientras lo mantengo incrustado contra el metal. Lo miro, fijamente a los ojos. Me acerco a él. Muy cerca de su rostro. Muy cerca, para que vea mis ojos. Y mi sonrisa, que nuevamente me quema las comisuras, casi tocando mis orejas.
—¿Dónde está Walter? —pregunto suavemente.
El hombre tiembla apenas. Y eso me enferma un poco, porque… sí. Parte de mí comienza a disfrutar esto otra vez.
Escupe sangre antes de responder.
—Arriba… segundo nivel…
Lo suelto violentamente contra el suelo.
Entro al club sin decir una palabra más. Lekan camina a mí, pegándose a mi espalda. Noto ese leve temblor valiente en todo su cuerpo. Y nuevamente me arden los nudillos… y la cara por sonreír.
La música industrial golpea las paredes del club mientras atravesamos la entrada. Y Cerberus nos devora inmediatamente. Humo. Luces verdes. Drogas. Cuerpos moviéndose bajo música brutal.
El interior parece un infierno elegante construido con neón verde y cristal negro. Personas consumen Sueño Blanco sobre mesas luminosas mientras drones sirven bebidas entre plataformas suspendidas. Las pantallas gigantes muestran peleas clandestinas transmitidas desde niveles inferiores, y de otras ciudades.
Todo apesta a corrupción. Todo apesta a Gizeh. Nadie presta atención a la sangre. Nadie presta atención a los disparos. Eso dice mucho sobre este lugar.
Caminamos rápidamente hacia el segundo nivel, mientras varias personas comienzan a observarnos demasiado. Ya saben quién soy. Lo noto enseguida. Susurros. Miradas. Tensión en sus rostros. Puedo escucharlo claramente bajo la piel, como susurran: “es él, El Demente de los Ojos Dorados, acaba de entrar nuevamente a un territorio Gizeh después de años desaparecido”.
Y la noticia ya está corriendo rápido. Demasiado rápido.
Avanzo rápidamente entre la multitud, sujetando la mano de Lekan, mientras varios hombres armados comienzan a reconocerme. Puedo verlo claramente. Confusión primero. Después miedo. Una mujer intoxicada me observa pasar y murmura algo, mientras sus ojos se abren al verme fijamente por un segundo.
Llegamos al segundo piso justo cuando escucho un golpe brutal detrás de una puerta metálica reforzada. Después una risa… La de Walter. Pero cansada. Dañada.
Abro pateando violentamente la puerta. Y ahí está… Walter, arrodillado en medio de la sala. Sangrando. Malherido. Un ojo completamente inflamado.
Cinco hombres armados lo rodean apuntándole directamente a la cabeza.
Y sobre la pared del fondo… aparece un holograma gigante de Gastón Gizeh sonriendo lentamente desde algún lugar desconocido. Como un demonio observando desde la distancia.
—Mira nada más… —dice con voz tranquila—. El héroe finalmente volvió al norte. A salvar a su hermanito…