Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.
Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.
Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.
Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.
NovelToon tiene autorización de Tao P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16 — Prometida
El efecto fue inmediato.
Las conversaciones se cortaron como hilos.
Un grupo de estudiantes junto a la fuente dejó de reír. Dos chicas sacaron el celular con una discreción pésima. Un muchacho de segundo año, al que Marian había visto varias veces en la biblioteca, abrió tanto los ojos que casi pareció cómico. Alguien susurró el apellido Valcárcel. Alguien más dijo becada con esa mezcla de curiosidad y desprecio que en Aureum sonaba más fuerte que un insulto.
Marian sintió cada mirada como una piedrita lanzada contra la piel.
No bajó la cabeza.
Demian caminaba a su lado sin prisa, con su mano envolviendo la de ella de manera visible. No la exhibía con exceso. No la arrastraba. Solo la llevaba como si su presencia allí fuera inevitable.
Eso quizá era peor.
Porque la seguridad de Demian hacía que la mentira pareciera más real.
En la parte alta de la escalinata, dos estudiantes se apartaron demasiado rápido.
—Buenos días, Valcárcel —saludó uno.
Demian ni siquiera giró del todo.
—Buenos días.
El estudiante miró a Marian.
No la saludó.
Demian se detuvo.
Fue un movimiento pequeño, pero el aire cambió.
Marian sintió la tensión en la mano que todavía sostenía la suya.
El estudiante tragó saliva.
—Buenos días —dijo, ahora mirando a Marian.
Ella entendió el gesto.
También entendió el peligro.
Demian no la estaba tratando como novia.
La estaba instalando en una posición.
Y en Aureum, las posiciones se obedecían mientras el poder que las sostenía permaneciera de pie.
—Buenos días —respondió Marian.
Su voz salió firme.
Siguieron caminando.
Cuando entraron al vestíbulo principal, los murmullos ya los habían alcanzado antes que sus pasos. El vestíbulo de Aureum, con su techo alto de cristal y su piso de mármol claro, se convirtió en una caja de resonancia. Los estudiantes fingían revisar celulares, acomodarse libros, buscar a alguien al otro lado, pero todos miraban.
Demian soltó su mano tal como había prometido.
Marian sintió el vacío del contacto con una mezcla de alivio y nervio.
—Tengo clase —dijo.
—Lo sé.
—Claro que lo sabe.
—A las once tendremos que aparecer juntos en el patio central.
Marian giró hacia él.
—¿Qué?
—El rumor necesita una forma.
—¿Y usted piensa dársela en el patio central?
—Prefiero controlar el primer golpe.
—Yo prefiero enterarme antes de sus planes.
Demian la miró.
—Te lo estoy diciendo antes.
—Con dos horas de anticipación.
—Suficiente para prepararte.
—No suficiente para opinar.
—¿Vas a oponerte?
Marian apretó la mandíbula.
Sí.
Quería oponerse a todo.
A él.
Al contrato.
A Aureum.
A la necesidad.
Pero ya había firmado.
Y la cuenta de Lía estaba cubierta.
—¿Qué piensa decir? —preguntó.
—Lo mínimo.
—Eso no me tranquiliza.
—Debería. Mientras menos diga, menos podrán usar.
Marian cruzó los brazos.
—No voy a dejar que me ponga frente a todos como un trofeo.
—No eres un trofeo.
—Entonces no me exhiba como uno.
Los ojos de Demian se afilaron.
—Marian, si no aparecemos juntos, Isabell controlará la historia antes del mediodía.
El nombre cayó entre ambos.
Hasta ese momento, Isabell había sido una sombra elegante, una amenaza mencionada en conversaciones privadas. Pero al oír su nombre en voz de Demian, Marian sintió el peso real de la mujer que iba a desplazar públicamente.
No porque quisiera.
No porque Demian la hubiera elegido de verdad.
Sino porque el contrato la ponía en ese lugar.
—¿Ella ya sabe? —preguntó.
—Probablemente sospecha algo.
—¿Y su padre?
—Mi padre sabe que firmé un acuerdo que no aprobó.
Marian sintió un escalofrío.
—¿Y sigue viva mi beca?
—Por ahora, intacta.
—Qué tranquilizador.
—No te dije que sería fácil.
—No. Solo me dijo que era conveniente.
Demian se acercó apenas. No lo suficiente para tocarla, pero sí para bajar la voz.
—Hoy van a intentar medir cuánto pueden romperte en público.
Marian sostuvo su mirada.
—¿Y usted qué va a hacer?
—Medir quién lo intenta primero.
La respuesta fue fría.
Demasiado fría.
Pero Marian descubrió, con una incomodidad que no quiso nombrar, que esa frialdad no iba dirigida a ella.
Sonó una campana suave anunciando el cambio de clase.
Marian se apartó.
—Nos vemos a las once.
—Marian.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
Demian la miró con esa calma que siempre parecía una orden vestida de frase.
—No les expliques nada.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Marian caminó hacia su aula sintiendo que todos los ojos del vestíbulo se pegaban a su espalda.
La clase fue inútil.
Nadie escuchó al profesor.
O, al menos, nadie cerca de Marian.
Desde que entró, los murmullos comenzaron a moverse como insectos. Primero bajos, luego más seguros. Una chica de su fila no dejó de mirarle la mano, como si esperara encontrar una marca visible de Demian. Un alumno dos asientos atrás escribió algo en su celular y tres personas al otro lado del aula rieron.
Marian abrió su cuaderno.
Intentó copiar la fecha.
No pudo.
La pluma se quedó quieta entre sus dedos.
—¿Es verdad? —susurró alguien a su izquierda.
Marian giró apenas la cabeza.
Era Teresa, una compañera con la que había trabajado en un proyecto la semana anterior. No eran amigas, pero se habían tratado con cordialidad.
—¿Qué cosa? —preguntó Marian, aunque sabía.
Teresa se inclinó un poco.
—Lo de Demian Valcárcel.
Marian sintió que varias orejas se acercaban sin moverse.
—¿Qué dicen?
Teresa pareció incómoda.
—Que llegaron juntos. Que te tomó la mano. Que… bueno, que quizás ustedes…
No terminó.
No hacía falta.
Marian volvió la mirada al cuaderno.
—La gente habla demasiado rápido en Aureum.
—Pero ¿es cierto?
El profesor seguía escribiendo en la pantalla.
Marian pensó en el contrato.
En la confidencialidad.
En Demian diciendo que no explicara nada.
En Lía.
Siempre Lía.
—Sí —dijo.
Una sola palabra.
El aula se volvió más silenciosa de lo normal.
Teresa abrió la boca.
—¿Sí qué?
Marian la miró.
—Sí estoy con Demian.
Decirlo se sintió como pisar un vidrio.
No por amor.
Por mentira.
Por exposición.
Por la forma en que varios rostros cambiaron de golpe: incredulidad, burla, cálculo, envidia, desprecio.
Alguien soltó una risa baja.
—Claro —murmuró una chica del fondo—. Ahora resulta.
Marian no respondió.
No iba a empezar una guerra en medio de una clase.
Pero la frase se le clavó.
Ahora resulta.
Como si una becada no pudiera ser elegida.
Como si lo imposible no fuera el romance, sino la idea de que alguien como Demian pudiera mirar hacia abajo y ver a alguien como ella.
A las once menos diez, Marian salió del aula con la mochila sobre un hombro y la cara tranquila por puro esfuerzo.
El celular vibró.
Mensaje de Demian.
Patio central. Ahora.
Marian escribió:
No me dé órdenes.
La respuesta llegó de inmediato.
Patio central. Por favor.
Marian se quedó mirando la pantalla.
El “por favor” parecía tan fuera de lugar en Demian que casi le dio risa.
Casi.
Guardó el celular y caminó hacia el patio.