una guerra entre el bien y el mal....
un amor que intentará desafiar todo o morirá...
traiciones, amistades, pero por sobre todas las cosas ellos, amándose cuando deberían haberse matado el uno al otro.
la luz no acepta la oscuridad y la oscuridad aborrece la luz.
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capitulo 15
El mes se cumplió demasiado rápido, las ansias de que jamás llegara se habían desvanecido en cuanto la nota de Casius, avisando de un campamento de humanos en el norte de las montañas de Janriuk y la posibilidad de destruir armamento militar, llego a la mesa de Lorcan esa mañana. Muy dentro de el algo se oprimió con fuerza, no sabía de que era capaz la maldición qué su huésped poseía, pero podía llegar a darse una idea.
¿Iras?- la voz de Kindra lo detuvo un momento, sopesando todas las posibilidades.
Sabes que no hay alternativa- contesto mirando una y otra vez aquel pedazo de papel.
La lastimarás, más de lo que la maldición lo está haciendo. No puedes hacer que se enfrente a los suyos, hermano por favor- suplicar no servía de nada, Kindra lo sabía bien, pero no perdía nada con intentarlo.
¿cómo padre está dispuesto a esto?- Ciel quien no había desarrollado ningún sentimiento hacia Milena, era el único que aún podía pensar en frío -pregunto, porque después de lo ocurrido con la abuela, creí que jamás volvería a disponer de una mujer así- esa era la duda que los carcomía a los cuatro hermanos y el no poder ver a su padre para responder dudas era peor.
Casius habla con él- dijo Lorcan volteando a ver por el cristal a la muchacha que había salido con su sirviente a pasear como todos los días al jardín de rosas.
¿Y le crees?- pregunto Ciel y ambos hermanos lo miraron -no me miren así, poco me interesa la celestial, pero no soy idiota y algo no cuadra-
Hace mucho tiempo, padre quería destruirlo todo, pero paso los últimos 500 años torturando a todas las almas que llegaban, no pensé que volvería a pensar en eso- dijo Kindra mirando a Milena.
Quizás, al ver la oportunidad de poder ir a la tierra, decidió que era el momento- dijo Ciel.
Lorcan se mantenía serio, mirando de nuevo a la joven, debía hacer que se cambiará de ropa y que se preparará, pero algo dentro de él le decía que esto era muy mala idea y que terminaría demasiado mal.
La orden ha llegado, prepárense, iremos todos- sentenció y salió del despacho en busca de Milena.
La encontró como todos los días sentada bajo un árbol de cerezos encantado, las rosas negras, como si quieran levantarse el ánimo, se movían hacia ella haciéndole cosquillas con sus pétalos.
Debemos irnos- había un tono bajo en su voz, como si esperara que ella se resistiera, que le gritara.
Ni siquiera volteó a verlo, se levantó de la banca y se adentró nuevamente en el castillo a su habitación. Sobre su cama vio un atiendo muy peculiar, un conjunto engomado de color negro. Paso sus manos por la tela, la encontró demasiado incómoda, acostumbrada a las finas sedas de su pueblo, pero sus vestimentas estaban sucias, rotas y en algunos lugares manchados con sangre. Su magia no funcionaba en el infierno, se había bañado, con Laican como guardaespaldas apostado en las puertas del baño para que nadie ingrese, pero en vez de usar la ropa que había en el armario, siempre volvía a ponerse lo suyo. Intento no pensar demasiado y decidió cambiarse.
Por primera vez, desde que había sido secuestrada, se miró en el espejo, la imagen que este le devolvía era sumamente angustiante. había perdido mucho peso y sus costillas se marcaban bajo su pecho, sus alas, blancas, hermosas y grandes, ahora parecían las de una gallina vieja. Su cabello que antes brillaba como el fuego, estaba apagado, más largo que de costumbre y aunque lo lavaba todos los días, parecía demacrado. La marca de la maldición en su cuello, era lo único que brillaba en un tono violeta.
Lorcan ingreso sin pedir permiso, estaba enojado por el rechazo que ella había mostrado en el jardín, pero al verla tan frágil, mirándose en el espejo sin percatarse de su presencia en la habitación, todo rastro de molestia desapareció de su cuerpo, dando paso no solo al dolor de verla en ese estado, sino también a algo que jamás había sentido por una mujer. Se quedó en silencio admirando a esa criatura a la que supuestamente debería odiar, quería acortar esa distancia y envolverla en sus brazos, quitarle la maldición qué la consumía y tenerla reinando a su lado. Sacudió la cabeza ante tal pensamiento, avergonzado de siquiera permitir que cruzara por su mente y carraspeo para llamar su atención.
Milena ni siquiera volteó a verlo, solamente poso sus ojos en el atrevés del espejo y un tenue rubor cruzó sus mejillas, era la primera vez que un hombre, bueno en este caso un demonio, la veía en ropa interior. Noto que su mirada le recorría todo el cuerpo, pero no con asco por como estaba demacrada, sino con ansias, como un depredador mira a una presa que en breve se devorara. Trago saliva rápidamente y busco su voz.
¿Ocurre algo?- pregunto sin poder dejar de mirarlo.
Lorcan sacudió la cabeza desviando la mirada, quería disculparse por ingresar sin permiso e invadir su privacidad, aun cuando era su castillo y técnicamente su habitación, pero al no encontrar palabras, decidió que lo mejor era retirarse del lugar. Sus piernas estaban reacias a moverse y escucho como ella se deslizaba suavemente por la habitación, no podía mirarla, era como si algo le prohibiese volver a disfrutar de esa espléndida vista qué hace solo cinco segundos tenía frente a él.
Sintió la presencia de ella acercarse con cautela, recién en ese momento pudo volver su cabeza y notarla parada cerca de él, ya vestida con el traje que había dejado en su cama, sus alas estaban decaídas en su espalda y su mirada se posaba en el suelo como si temiera de él, quiso decirle algo, lo que fuera, pero solo pudo tragar duramente y seguir mirándola. ¿cómo era posible que aquella guerrera pareciera tan dócil?
Debemos irnos- su voz salió más dura de lo que pretendía, pero ella asintió y lo siguió por el corredor.
Ya en el patio, Cancerbero los esperaba, Milena sin decir nada, se acercó al perro gigante y este le permitió acariciarlo, bajo la mirada sorprendida de Lorcan, quien sabía perfectamente que su can jamás había permitido algo así de nadie que no fuese él.
¿Debo subirme?- dijo sin mirarlo.
si- no dijo nada más, no había ninguna palabra que pudiese suavizar este momento y se odiaba por ello, sabía que una vez que salieran, ella no volvería a ser la misma.