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Por Mi Reina

Por Mi Reina

Status: Terminada
Genre:Yuri / Romance / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:773
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Marcharemos hacia la cumbre

La tormenta del día anterior había dejado un aire denso y húmedo en la terraza baja de Aethelgard. En el almacén privado de la herrería, lejos de los ojos de los ministros corruptos, la penumbra estaba rota únicamente por el resplandor azul de las armas rúnicas de Osoria y el fuego moribundo de una pequeña chimenea de carbón.

Kaelith estaba sentada en un banco de madera, con la túnica militar abierta hasta la cintura. Tenía los dientes apretados mientras se retiraba el vendaje ensangrentado. El golpe del escudo del gigante en el patio de armas había reabierto la herida, y unas delgadas líneas grises de veneno amenazaban con extenderse de nuevo.

La lona de la entrada se movió con suavidad. Lysandra entró en el almacén, vestida con su capa de cazadora oscura. Al ver el estado de la militar, la princesa dejó caer el bolso que traía y corrió hacia ella, arrodillándose entre sus piernas.

—Te dije que no debías forzar el cuerpo de esa manera —susurró Lysandra, con los ojos verdes empañados por la preocupación. Sus manos delgadas y suaves viajaron de inmediato hacia la piel expuesta del costado de Kaelith, tocando los bordes de la herida con un cuidado extremo.

—Tenía que hacerlo, mi princesa —respondió Kaelith, soltando un suspiro tembloroso ante el calor del contacto de Lysandra—. Valkarn quería humillarnos. No podía dejar que pensara que tiene el control de nuestras espadas.

—Ya no hables —interrumpió Lysandra.

La princesa cerró los ojos y canalizó la última chispa de su magia de luz pura a través de sus palmas. Un brillo blanco y cálido brotó de sus manos, hundiéndose en la piel de Kaelith. El veneno gris retrocedió de inmediato, pero el esfuerzo mágico dejó a Lysandra agotada, haciéndola tambalear hacia adelante.

Kaelith la rodeó con sus brazos fuertes, atrayéndola contra su pecho. La respiración de la princesa era agitada, pegada al cuello de la militar. El aroma a rosas de Lysandra se mezcló con el olor a hierro y sudor del almacén, encendiendo una electricidad latente que ambas habían contenido durante demasiado tiempo.

—Quédate conmigo —susurró Lysandra, levantando la mirada. Sus ojos verdes estaban fijos en los labios de la general, brillando con una necesidad humana y desesperada que ya no tenía nada que ver con la política de la corte—. Mañana el palacio podría arder. Valkarn sospecha demasiado. Si esta es nuestra última noche de paz, no quiero pasarla fingiendo que somos extrañas.

Kaelith sintió que un fuego le corría por las venas. Olvidando el dolor de sus heridas, subió sus manos grandes y callosas hacia las mejillas de la princesa, acunando su rostro con una devoción absoluta.

—Tuya, mi reina. Siempre he sido tuya —susurró la general.

Kaelith se inclinó y unió sus labios con los de Lysandra en un beso profundo, hambriento y lleno de una pasión que quemaba más que el fuego mágico. Ya no era el beso rápido de la carpa ni el consuelo bajo la lluvia; era un momento de entrega total. Lysandra soltó un leve gemido entre los labios de la general y se subió al banco, rodeando la cintura de Kaelith con sus piernas, hundiéndose por completo en el abrazo.

Las manos de Kaelith bajaron por la espalda de la princesa, desabrochando los lazos de su capa oscura con urgencia, buscando el calor de su piel bajo la seda de la túnica. Lysandra, por su parte, acariciaba los hombros desnudos y marcados por las cicatrices de su soldado, delineando con sus dedos cada marca que Kaelith había aceptado con orgullo por proteger su sonrisa.

En la penumbra del almacén, iluminadas por el resplandor azul de las espadas rúnicas, las dos mujeres se entregaron la una a la otra en un pacto de cuerpos y almas. Los susurros de amor se mezclaron con los jadeos apagados y el calor de la chimenea. No había imperios, ni príncipes del norte, ni matrimonios arreglados. En ese rincón olvidado del barro del sur, ellas eran solo dos mujeres luchando por el derecho de amarse en libertad, sellando una devoción prohibida que ninguna guerra iba a poder destruir.

El momento de paz duró apenas una hora.

Todavía en la penumbra de la madrugada, mientras Lysandra descansaba la cabeza sobre el pecho de Kaelith, escuchando el latido constante de su corazón, un silbido agudo cortó el aire del exterior, seguido de un estallido ensordecedor.

¡BOOM!

El suelo de la herrería tembló con violencia. Un resplandor naranja iluminó las rendijas de las paredes de madera.

Kaelith se puso en alerta por puro instinto militar. Se levantó del banco de un salto, abrochándose la túnica con rapidez mientras desenvainaba la primera espada rúnica de Osoria que estaba sobre la caja. Lysandra se colocó su capa de cazadora en un segundo, tomando sus dos dagas finas con una mirada que recuperó de inmediato su frialdad calculadora.

—¡Nos están atacando! —gritó Mael desde el exterior, seguido por el sonido de las campanas de bronce que alertaban del desastre.

Ambas mujeres salieron del almacén hacia el patio de los cuarteles inferiores. El escenario era un caos de fuego y gritos. Decenas de soldados del norte, vistiendo las armaduras de Zephyria y portando hachas pesadas, habían prendido fuego a las carpas de suministros de la infantería. Liderando el asalto nocturno iba uno de los capitanes principales de Valkarn.

—¡Arresten a los traidores! —rugía el capitán del norte—. ¡Por orden del príncipe Valkarn, la infantería del sur queda destituida por sospecha de alta traición contra la corona!

Valkarn no había esperado a encontrar el cadáver de su espía; tras la humillación del patio de armas, había decidido descender a la terraza baja para aplastar la rebelión antes de que naciera, subestimando la velocidad de las chicas.

—¡Mantengan la línea, maldita sea! —gritaba Mael, intentando organizar a un grupo de lanceros heridos en mitad de las llamas.

Kaelith no dudó. Con la espada rúnica del este brillando con una luz azul intensa, se arrojó al centro de la batalla. Su primer movimiento fue un corte descendente que partió en dos el escudo de madera de un soldado del norte que intentaba apuñalar a un herido. La magia elemental del este congeló el aire alrededor de la hoja, quebrando el acero de Zephyria como si fuera vidrio.

—¡La general está aquí! —gritaron los soldados del sur, recuperando la moral en un segundo al ver a su líder luchar con esa nueva fuerza rúnica.

Lysandra se movió por los flancos de las sombras con la agilidad de una pantera. Un soldado del norte intentó cerrarle el paso con una lanza, pero la princesa se deslizó por debajo de la guardia del arma larga, usó su velocidad para rodear el cuerpo del hombre y le clavó una de sus dagas finas en el espacio blando de la nuca, justo donde la armadura no protegía. El hombre cayó muerto en el lodo.

El capitán de Valkarn, al ver a la princesa luchar vestida de cazadora junto a la general, entendió que sus sospechas eran correctas.

—¡La princesa es la verdadera traidora! —rugió el capitán, desenvainando su pesada espada rúnica de hielo—. ¡Llévense su cabeza al príncipe!

El capitán se abalanzó directamente hacia Lysandra. Kaelith, al ver el peligro, espoleó sus propios músculos y se interpuso en el camino con un grito de furia. El acero rúnico chocó contra la hoja de hielo del norte con un estallido de chispas azules y blancas que iluminó todo el patio en llamas.

El impacto fue brutal. El capitán del norte era fuerte, pero Kaelith llevaba en su sangre la magia de luz que Lysandra le había entregado antes, sumada a la furia de proteger a la mujer que acababa de entregarse a ella en el almacén. Con un movimiento giratorio de su cadera, Kaelith desvió la pesada espada del capitán, dio un paso al frente y le hundió la hoja rúnica directamente en el centro del pecho de su armadura brillante.

El metal del norte se agrietó y las runas azules congelaron el corazón del capitán, quien cayó de rodillas antes de desplomarse inerte sobre la tierra gris.

Al ver caer a su líder, los soldados supervivientes de Valkarn entraron en pánico. Los hombres de Kaelith, armados ahora con las nuevas espadas del este, terminaron de repeler el asalto nocturno, obligando a los pocos invasores que quedaban a retirarse hacia los niveles superiores del palacio.

El patio de los cuarteles quedó sumido en un silencio tenso, roto solo por el crujido de la madera quemándose. Mael se acercó a Kaelith, con la respiración agitada y la espada salpicada de sangre.

—Valkarn ya sabe lo de Osoria, general —dijo Mael con gravedad—. El ataque a los cuarteles significa que la boda se canceló de facto. El príncipe va a atrincherarse en el palacio real con sus hombres.

Lysandra caminó hasta colocarse al lado de Kaelith, limpiando su daga en su capa oscura. Su rostro plateado estaba iluminado por el reflejo de las llamas, mostrando una determinación absoluta. La máscara diplomática de las Torres de Marfil se había roto para siempre.

—Valkarn cometió su último error al atacar mi infantería —sentenció la princesa, mirando hacia las altas torres blancas que se alzaban sobre el abismo—. Mael, reúne a todas las divisiones del sur. Kaelith, prepara las armas rúnicas. Ya no hay banquetes, ni mentiras, ni promesas de dolor. Esta misma noche marcharemos hacia la cumbre. Vamos a tomar el palacio real por la fuerza y a limpiar este imperio de los soldados del norte.

Kaelith tomó la mano de su princesa frente a todos los soldados, levantando su espada brillante hacia el cielo de la madrugada. Con los cuarteles en llamas, pero la revolución de las reinas acababa de declarar la guerra por el trono y por su libertad.

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