⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️
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Soy un monstruo
El refugio de Kenny ya no era un estudio de música; era un búnker de guerra saturado por un olor a roble quemado y romero amargo. El aroma era tan potente y agresivo que sus propios hombres, Alfas y Betas por igual, mantenían la cabeza baja, evitando el contacto visual con su líder. Kenny no caminaba, acechaba. Se movía por la sala principal con la inquietud de un animal herido que ha perdido su razón de ser.
Habían pasado apenas unas horas desde el ataque en el muelle, pero para Kenny, cada segundo sin el aroma a miel y café de Cass era una tortura física. El lazo en su pecho tiraba con fuerza, una cuerda invisible que se tensaba hasta doler, enviándole ecos de la angustia y el frío que su Omega estaba sintiendo.
—¡Quiero nombres! —el grito de Kenny retumbó contra las paredes, haciendo que varios cristales vibraran—. ¡Nadie llega al muelle sur con esa precisión a menos que alguien le haya abierto la puerta!
Kenny se detuvo frente a un grupo de cinco hombres, sus soldados de mayor confianza. Sus ojos, antes brillantes por la astucia, ahora eran pozos de furia pura. Agarró a uno de ellos por la solapa de la chaqueta y lo estampó contra la pared de madera con una fuerza que hizo crujir la estructura.
—Tú —gruñó Kenny, su rostro a milímetros del otro—. Tú eras el encargado de la ruta de salida. ¿Cómo supo Danilo que estaríamos allí?
—Señor... se lo juro, no lo sé —balbuceó el hombre, cuya esencia a pino se desvanecía ante el poder abrumador del roble de Kenny—. Hubo una interferencia en las radios... pensamos que era el clima...
Kenny soltó un rugido de desprecio y lanzó al hombre al suelo como si fuera basura. No había piedad en él. Sin Cass para suavizar sus bordes, Kenny era un monstruo desatado. Caminó hacia la mesa de mapas y, de un manotazo, voló las pantallas y los papeles al suelo.
—Hay un informante —sentenció Kenny, su voz ahora baja, ruda, cargada de una promesa de muerte—. Alguien en esta habitación vendió el aroma de mi Omega a ese perro de Danilo. Y juro por la marca que llevo en el alma que, cuando lo encuentre, le haré desear no haber nacido.
Kenny tomó su arma y cargó el proyectil en la recámara con un clic seco que sonó como una sentencia. La sospecha era un veneno que se mezclaba con su necesidad de rescate. Miró a cada uno de sus hombres, olfateando el aire, buscando el rastro metálico del miedo o la mentira. El ambiente era eléctrico. Todos sabían que Kenny era capaz de quemar la ciudad entera con tal de recuperar a su Omega.
—Preparen los motores —ordenó Kenny, guardando el arma en su espalda—. No vamos a esperar a que Danilo nos llame. Vamos a ir a cada uno de sus clubes, a cada una de sus bodegas. Voy a derribar cada puerta de esta maldita ciudad hasta que el aire vuelva a oler a miel.
Salieron del estudio en una procesión de sombras negras. Kenny conducía su propia camioneta, con las manos apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. A través del lazo, intentó enviarle a Cass un mensaje, una vibración de fuerza. “Espérame”, pensó con desesperación. “Voy a quemar el mundo por ti”.
La primera parada fue el club más grande de Danilo, un lugar lleno de luces de neón violetas y música que hacía vibrar el suelo. Kenny no se detuvo en la entrada. Aceleró el vehículo y atravesó las puertas de cristal, aterrizando en medio de la pista de baile entre gritos y cristales rotos.
Bajó del auto antes de que el humo se disipara. No dio advertencias. Cada hombre de Danilo que intentó levantar un arma fue derribado por la furia supersónica de Kenny. Se movía como un rayo de roble y pólvora. Agarró al gerente del club por el cuello y lo levantó del suelo, ignorando los disparos que sus propios hombres intercambiaban con la seguridad del lugar.
—¿Dónde lo tiene? —preguntó Kenny, su voz resonando por encima de la música que aún sonaba.
—No lo sé... Danilo se lo llevó a la mansión en el acantilado... —gimió el hombre.
Kenny lo soltó y le dio un golpe que lo dejó inconsciente. No había tiempo para interrogatorios largos. Pero antes de salir del club en llamas, Kenny notó algo. En el suelo, cerca de la barra, había un pequeño dispositivo de rastreo, del mismo modelo que usaba su propia organización.
La rabia de Kenny alcanzó un nuevo nivel. El informante no solo había dado su ubicación, sino que seguía enviando señales. Se giró hacia sus hombres, que acababan de terminar de "limpiar" el lugar.
—Uno de ustedes —dijo Kenny, caminando hacia ellos con una calma aterradora— todavía tiene el rastreador encendido.
El silencio que siguió fue más ruidoso que los disparos anteriores. Los hombres se miraron entre sí, el pánico empezando a filtrarse en sus aromas. Kenny se detuvo frente a su segundo al mando, un Alfa llamado Abel que lo había acompañado durante años.
—¿Abel? —preguntó Kenny, su voz casi suave, lo cual era mucho más peligroso que sus gritos.
Abel dio un paso atrás, su mano bajando hacia su cintura. Fue el único error que Kenny necesitó. Antes de que Abel pudiera desenfundar, Kenny lo tenía contra la barra, su antebrazo presionando la garganta del traidor.
—¿Por qué? —preguntó Kenny, sus ojos inyectados en sangre.
—Él... él prometió que te dejaría vivo si le daba al Omega —jadeó Abel—. Cass es solo un chico, Kenny. Nos estás llevando a la ruina por un aroma de miel...
Kenny no esperó más. La mención de Cass como algo insignificante fue la gota final. Con un movimiento seco y brutal, Kenny terminó con la traición. No hubo dudas, solo la ejecución fría de quien ha perdido su brújula moral.
Kenny se apartó del cuerpo de Abel y se limpió la sangre de la cara con el dorso de la mano. Se sentía vacío, pero ahora su camino estaba despejado. No más dudas. No más informantes. Solo él y su necesidad de recuperar lo que era suyo.
—A la mansión del acantilado —ordenó Kenny a los hombres restantes, que ahora lo miraban con un respeto rayano en el pánico—. Y prepárense. No quiero prisioneros. Quiero que Danilo vea cómo su mundo se convierte en cenizas antes de que yo le arranque el corazón.
Subió de nuevo a la camioneta. El motor rugió, un eco de su propio grito interno. La furia de Kenny era ahora una tormenta perfecta de roble y venganza. Sabía que Cass estaba sufriendo, sentía el ciprés de Danilo intentando ensuciar su lazo, y eso lo volvía invencible.
"Está mal", pensó Kenny mientras aceleraba hacia la oscuridad de la carretera. "Soy un monstruo, soy un desastre diabólico. Pero ese Omega es mi vida, y voy a matar a cualquiera que se interponga entre nosotros".
La ciudad temblaba ante el paso de su caravana. El Alfa posesivo había regresado, y esta vez, no traía café, sino el fin del mundo para cualquiera que llevara el aroma de Danilo en la piel.
corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho