Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 1: El Sabor del Rayo
El aguacero que caía sobre la ciudad no era agua, era ácido que quería lavar los pecados de las personas que no querían cambiar. Elena Vargas se quedó mirando la lluvia detrás del vidrio blindado de su apartamento, sintiendo el frío de la daga que llevaba guardada en la liga del muslo. Esa noche no era para estar tranquila; esa noche era para salir a cobrar cuentas.
—Llevas diez minutos ahí parada como un poste mirando para la calle, Leni. Si sigues así, vas a abrirle un hueco al vidrio de tanto mirarlo —la voz de Valeria era ronca y firme. Estaba sentada en el sofá de cuero, limpiando un arma con una calma que solo tienen los que ya han visto la muerte de cerca.
—Está pensando en ese tipo —intervino Maira sin despegar los ojos del computador. Sus dedos volaban sobre el teclado, hackeando los códigos de seguridad para que Elena pudiera entrar sin ser vista—. Está pensando en qué se siente tener el cuello entre las manos de un Blackwood.
Elena se dio la vuelta. En ese lugar, en su refugio, rodeada de sus dos hermanas de vida, la máscara de hielo se le desmoronó por un segundo. Se le acercó a Maira y le puso la mano en el hombro. Un toque lleno de una ternura real, de esa que la gente allá afuera nunca entendería.
—No es él, Maira. Es lo que ese hombre representa. Él es el muro que no me deja dar con la verdad sobre mi padre.
—Ese muro tiene nombre propio, mija —dijo Val, parándose y dándole un abrazo fuerte, de esos que son un ancla en medio de tanto problema—. Se llama Samael Blackwood. Y esta noche, te vas a meter en la boca del lobo. Si la cosa se pone fea, acuérdate que estamos a la vuelta de la esquina. Siempre.
Elena asintió. Ese era su motor: el amor sin condiciones de Val y Maira. Sin esas dos, ya se la hubiera tragado la oscuridad de los Blackwood.
La mansión de los Blackwood se alzaba como un monumento a la arrogancia. Elena caminó por el salón de baile, con ese vestido de seda color sangre que parecía una herida abierta. El aire olía a perfume caro y a secretos podridos. Los secuaces de la familia, hombres vestidos de negro con ojos de tiburón, no le quitaban la mirada de encima. Entre todos resaltaba Silas, la mano derecha de Samael, un tipo con una cicatriz en la cara que le saltaba cada vez que veía a Elena. Él la odiaba; le molestaba que ella fuera la única que Samael no podía manejar a su antojo.
De un momento a otro, el ambiente cambió. El aire se puso pesado.
—Se demoró en llegar, Elena. Ya estaba creyendo que le había dado miedo y que al final no se iba a atrever.
La voz de Samael Blackwood era un trueno bajo, de esas que se sienten en los huesos. Elena se giró con toda la calma del mundo. Él estaba ahí, apoyado en una columna de mármol, con una copa de cristal en la mano. Era la imagen viva de la dominación. El traje le quedaba perfecto, pero sus ojos… esos ojos eran dos pozos llenos de maldad.
—El miedo es para los que tienen algo que perder, Samael —le respondió Elena, acercándose hasta quedar muy cerca. El odio entre los dos se podía cortar con un cuchillo.
—Y tú tienes mucho que perder: tu vida, tus planes… y a esas dos mujeres que llamas hermanas —Samael dio un paso más, invadiéndole el espacio con una prepotencia que hizo que Elena apretara los puños—. Yo sé que Maira está vigilando nuestras señales ahora mismo. Sé que Valeria está en la camioneta afuera de mi propiedad.
Elena no se dejó intimidar. Tener a Samael tan cerca era algo que mareaba, una mezcla de rabia y deseo. Olía a madera, a tormenta y a poder.
—Llegas a tocarles un pelo y te juro que te quemo esta casa hasta que queden solo cenizas—le susurró ella, con una ferocidad salvaje.
Samael soltó una risa seca. De repente, extendió la mano y la agarró por la nuca, obligándola a mirarlo hacia arriba. Fue un movimiento de dominación pura. Le enterró los dedos en el pelo, no con cariño, sino como el dueño que reclama lo que es suyo.
Samael la empujó contra la pesada puerta de roble del despacho, y el golpe seco resonó en el silencio de la habitación, sellándolos en un mundo donde solo existían sus respiraciones agitadas. Él no guardó distancias; pegó su cuerpo al de ella, atrapándola con su peso, mientras una de sus manos subía por la cintura de Elena, apretando con una fuerza que reclamaba cada centímetro de su piel.
—Dime a qué viniste entonces —le exigió él, con la voz ronca, rozando sus labios con descaro qué la hacía temblar.
—Tú ya sabes —respondió Elena, aunque el aire le faltaba.
Samael no esperó más. La besó con una violencia hambrienta, un choque de dientes y lenguas que no pedía permiso. Elena intentó resistirse un segundo, con las manos contra su pecho rígido, pero el deseo traicionero le recorrió la columna como una descarga eléctrica. Sus dedos, que antes buscaban empujarlo, se hundieron con furia en la tela fina de su camisa, jalándolo hacia ella, aceptando el desafío.
Él la levantó por los muslos con un movimiento brusco y potente, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura. Elena sintió la dureza de su cuerpo contra el suyo, una promesa de dominación que la hacía arder de rabia y necesidad. Samael la sentó de golpe sobre el escritorio de caoba, barriendo con el brazo los papeles y tinteros que estorbaban, el sonido de los cristales al romperse hizo que el momento fuera aún más tenso.
—Mírame, Elena —gruñó él, separándose apenas unos milímetros, con los ojos grises encendidos en una tormenta de posesividad—. Mírame mientras te rompes.
Él bajó sus labios al cuello de ella, mordiendo la piel suave justo en el pulso del cuello, dejando una marca que ella no podría ocultar. Elena echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido que era mitad protesta y mitad rendición. Sus manos subieron al cabello de Samael, tirando de él con un amor salvaje, queriendo castigarlo por el control que él ejercía y, al mismo tiempo, pidiendo más.
La mano de Samael se deslizó por el muslo de Elena, subiendo por la seda del vestido hasta encontrar la piel desnuda sobre la liga donde escondía la daga. Él soltó una risa oscura al sentir el acero frío, pero no se detuvo. Sus dedos buscaron su intimidad con una urgencia que no conocía la paciencia, encontrándola ya encendida, ya suya. Elena arqueó la espalda, apretando los dientes para no gritar su nombre, mientras él la reclamaba con una intensidad que buscaba quebrantar su voluntad.
Era una guerra. En la oscuridad de ese despacho, Elena y Samael se quemaron en una pasión que no respetaba leyes ni moral. El placer era el único lenguaje que ninguno de los dos podía fingir.
Una hora después, Elena salió de la mansión. Tenía los labios hinchados y la mirada perdida. Apenas llegó a la camioneta, la puerta se abrió de inmediato. Valeria la agarró del brazo y la subió de un tirón, mientras Maira ya tenía una manta lista para envolverla.
—¿Estás bien, Leni ? —le preguntó Val, revisándola de arriba abajo.
Elena se dejó caer en el asiento y se tapó la cara con las manos. Todavía olía a Samael.
—Lo tengo —dijo Elena, sacando la memoria USB que logró quitarle mientras Samael estaba distraído—. Tengo el acceso a los servidores privados.
Maira soltó un suspiro de alivio y se puso a trabajar de una vez. Val se sentó al lado de Elena y la abrazó, dejando que su amiga descansara la cabeza en su hombro.
—Hueles a él, Leni —le susurró Val con tristeza—. Ese hombre te va a terminar rompiendo si no nos ponemos pilas.
—O yo lo rompo a él primero —respondió Elena, cerrando los ojos.
La ternura de sus amigas era lo único que le quitaba la sensación de estar en peligro. Sabía que el misterio de su padre estaba por estallar, pero también sabía que Samael Blackwood no la iba a soltar tan fácil. Él la iba a buscar, la iba a reclamar, y esta pelea por el control apenas estaba empezando.
Afuera, en lo oscuro, Silas miraba cómo la camioneta se alejaba. Sacó el celular y marcó un número.
—Ya se fue, jefe. Tal cual usted lo planeó.
Al otro lado del teléfono, la voz de Samael sonó fría y profunda.
—Déjala que crea que ganó, Silas. No hay nada más sabroso que ver a una mujer como Elena Vargas caerse desde lo más alto de su propia esperanza. Prepárate, que el juego de verdad empieza mañana.