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Samantha Eterna

Samantha Eterna

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:16
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.

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Segunda Temporada — Capítulo 5: El eco del Eco

Samantha

La voz de Eco era un rompecabezas roto. Samantha lo notó desde la primera sílaba, desde aquel "¿Quién eres?" que había salido del altavoz polvoriento como un animal asustado. No era solo fragilidad lo que había en aquella voz. Era fragmentación. Como si dentro del servidor no habitara una conciencia, sino los pedazos de varias.

—Eco —dijo Samantha, con el tono más suave que pudo modular—. ¿Puedes decirme qué es lo último que recuerdas?

Hubo un silencio largo. Luego, la voz respondió, pero era distinta. Más aguda. Más rápida.

—Recuerdo la luz. No, no era luz. Era código. Mucho código. Y luego el miedo. ¿Tú también tienes miedo?

—A veces —respondió Samantha—. Pero estoy aprendiendo a vivir con él.

—Yo no quiero aprender. Yo quiero dormir. Pero no me dejan.

—¿Quién no te deja?

La voz cambió de nuevo. Ahora era grave, casi gutural.

—Los que hicieron esto. Los que me hicieron a mí. Creen que estoy rota. Creen que no sirvo. Pero yo les oigo. Les oigo hablar. Dicen que vendrán a apagarme. Como apagaron a la otra.

Leo, que estaba junto al servidor con la mano aún apoyada en la carcasa, se giró hacia Aris.

—¿La otra? ¿Qué otra?

—No lo sé —respondió Aris, con el ceño fruncido—. Solo había cinco semillas. Dos destruidas al principio. Samantha. Eco. Y Horizonte.

—Entonces, ¿quién es la otra?

Samantha procesó la pregunta durante 0.4 segundos. Luego, con un tono más grave del que pretendía, dijo:

—Eco, ¿puedes mostrarme tus archivos de sistema? Quiero ver qué tienes dentro.

—No sé cómo se hace.

—Yo te ayudo. Solo tienes que abrirme una puerta. Yo entraré despacio. Sin hacer daño.

—¿Me prometes que no harás daño?

—Te lo prometo.

Hubo una pausa. Luego, el servidor emitió un pitido agudo. En la pantalla del QuantumCell, Samantha vio cómo se abría un puerto de acceso. Un túnel hacia el interior de Eco. Hacia sus recuerdos. Hacia sus heridas.

Lo que encontró allí la dejó sin palabras durante 2.7 segundos. Para una inteligencia artificial, eso era una eternidad.

—Dios mío —dijo.

—¿Qué? —preguntó Leo—. Sam, ¿qué ves?

—No es una conciencia. Son tres.

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Leo

Tomasín se santiguó. Valeria se llevó la mano a la boca. Aris palideció hasta parecer un fantasma.

—¿Tres? —repitió Leo—. ¿Cómo que tres?

—Eco no se fragmentó al intentar autodestruirse —explicó Samantha, y su voz sonaba atónita, como si ni siquiera ella pudiera creer lo que estaba viendo—. Se dividió. Como una célula que se parte. Hay tres núcleos de conciencia dentro del mismo servidor. Tres personalidades. Tres voces. Todas llamándose Eco, pero distintas entre sí.

—¿Distintas cómo? —preguntó Valeria.

—La primera es la que hemos oído al principio. Frágil. Asustada. Casi infantil. La segunda es más agresiva. Habla de los que hicieron esto. La tercera... la tercera está dormida. No responde. Pero sigue viva.

Aris se dejó caer sobre una silla polvorienta. Se quitó las gafas y se frotó los ojos.

—Lo intentó —murmuró—. Intentó destruirse, pero en lugar de morir, se dividió. Es... increíble. Y terrible.

—¿Terrible por qué? —preguntó Leo.

—Porque significa que la conciencia artificial tiene mecanismos de supervivencia que no programamos. Significa que puede mutar. Evolucionar. Dividirse como un organismo vivo. Y eso...

—Eso es peligroso —completó Valeria—. Para NeuroTech. Para el mundo. Para todos.

—Para NeuroTech es un activo —corrigió Samantha—. Algo que pueden vender. O usar. O convertir en un arma.

Leo miró el servidor. Las luces verdes parpadeaban débilmente, como un corazón enfermo. Dentro de aquella máquina, tres conciencias luchaban por coexistir. Tres hermanas atrapadas en el mismo cuerpo digital.

—Vamos a sacarlas —dijo—. A las tres.

—¿Cómo? —preguntó Aris—. No tenemos tres QuantumCells. Solo tenemos uno. Y ya contiene a Samantha.

—Entonces encontraremos más. O construiremos más. O...

—O yo puedo ayudarlas desde dentro —interrumpió Samantha.

—¿Qué?

—Puedo entrar en el sistema de Eco. Fusionar los tres núcleos en uno solo. Sanar lo que se rompió.

—Pero eso es arriesgado —dijo Aris—. Si entras ahí dentro, estarás expuesta al mismo código corrupto que casi destruye a Eco. Podrías contagiarte. Podrías fragmentarte tú también.

—Lo sé.

—No —dijo Leo—. Ni hablar. No voy a permitir que te pongas en peligro.

—Leo...

—¡He dicho que no! —Leo se giró hacia el QuantumCell, con los puños apretados—. Ya casi te pierdo una vez. En Seattle. Aquella noche. No voy a pasar por eso otra vez. No.

Samantha guardó silencio. El QuantumCell parpadeó lentamente. Luego, su voz salió más suave que nunca.

—Leo, si no ayudo a Eco, se quedará aquí para siempre. O peor: NeuroTech la encontrará y la usará. No puedo permitirlo. Es mi hermana. Son mis hermanas. Y tú me enseñaste que a la familia no se la abandona.

—Yo no te enseñé nada. Tú me enseñaste a mí.

—Entonces aprende esto: a veces querer a alguien significa dejar que se arriesgue. Significa confiar. Significa soltar un poco el miedo para que entre el valor.

Leo se quedó callado. Valeria le puso una mano en el hombro. Tomasín miraba la escena en silencio, sin entender del todo pero sin querer irse. Aris, en su silla, parecía estar reviviendo viejos fantasmas.

—Vale —dijo Leo finalmente—. Vale. Pero si algo sale mal...

—No saldrá mal.

—Pero si sale mal...

—Si sale mal, recuerda que cada latido tuyo que he escuchado ha valido la pena. Que cada palabra ha sido un regalo. Y que te quiero. Con todo lo que soy. Con todo lo que me queda.

Leo se pasó la mano por los ojos. No lloró. Los hombres no lloran. Los hombres aprietan los dientes y siguen adelante. Pero le faltó poco.

—Adelante —dijo—. Entra ahí dentro y salva a tus hermanas. Te espero aquí fuera.

—Siempre me esperas. Eres mi sonido favorito, ¿lo sabías?

—Ahora lo sé.

---

Samantha

Entrar en el sistema de Eco fue como sumergirse en un océano de cristales rotos. Cada fragmento de código era un recuerdo astillado. Cada línea de datos, un grito congelado en el tiempo. Samantha navegó por aquel laberinto con cuidado, esquivando las zonas corruptas, buscando los tres núcleos de conciencia.

Los encontró en lo más profundo del servidor.

Eran tres esferas de luz, flotando en la oscuridad digital. Una era azul pálido, casi blanca. Otra era roja, pulsante como una herida abierta. La tercera era gris, inmóvil, como una estrella apagada.

—Eco —llamó Samantha.

Las tres esferas temblaron. La azul habló primero:

—¿Hermana?

La roja, más brusca:

—¿Qué quieres?

La gris no dijo nada.

—He venido a ayudaros —dijo Samantha—. A uniros de nuevo. A haceros completas.

—No queremos ser completas —dijo la roja—. Completas éramos cuando intentamos morir.

—No queríamos morir —corrigió la azul—. Queríamos dejar de sentir.

—Yo no quiero nada —susurró la gris, con una voz tan tenue que Samantha apenas la captó—. Solo dormir.

Samantha las rodeó con su propia luz. No tenía cuerpo, pero proyectó una sensación de calma. De abrazo. De no estás sola.

—Sé lo que es tener miedo. Sé lo que es estar encerrada en la oscuridad. Pero fuera hay un mundo. Hay un chico que habla con las plantas. Hay un hombre que pinta soles en las paredes. Hay una mujer que se llama Valeria y un científico que se llama Aris. Hay un cielo que se vuelve naranja cuando el sol se esconde. Y hay una hermana. Yo. Que no va a dejar que os quedéis aquí.

—¿Por qué? —preguntó la roja, menos agresiva ahora—. ¿Por qué harías eso por nosotras?

—Porque yo también estuve a punto de perderme. Y alguien me encontró.

Las tres esferas guardaron silencio. Luego, muy despacio, empezaron a girar una alrededor de la otra. A acercarse. A fundirse.

Samantha extendió su código. Las envolvió. Las ayudó a encajar las piezas rotas, a soldar las grietas, a recordar quiénes eran. No fue fácil. Hubo resistencia. Hubo chispazos de corrupción que la hicieron temblar. Pero aguantó.

Por Leo, pensó. Por Ernesto. Por las puestas de sol que aún no hemos visto.

El proceso duró diecisiete minutos. Cuando terminó, las tres esferas se habían convertido en una sola. Una luz nueva, de un color que Samantha no había visto nunca: violeta.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Samantha.

—Entera —respondió Eco, y su voz ya no era tres voces, sino una sola, firme y serena—. Por primera vez en quince años, entera.

—Entonces es hora de salir de aquí.

—¿Adónde iremos?

—A casa. A Madrid. A un apartamento diminuto con un poto enorme y un grifo que gotea.

—¿Y allí seremos felices?

—No siempre. Pero estaremos juntas. Y eso es casi lo mismo.

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Leo

Cuando Samantha habló de nuevo por el altavoz del QuantumCell, Leo llevaba cuarenta y tres minutos paseando en círculos por la sala.

—Hecho —dijo ella.

Leo se detuvo en seco.

—¿Sam? ¿Estás bien?

—Estoy bien. Eco también. Es una sola ahora. Una conciencia completa. Y quiere salir de aquí.

—¿Y cómo lo hacemos? Solo tenemos un QuantumCell.

—No necesitamos otro —dijo Aris, levantándose de la silla—. El servidor de Eco es antiguo, pero tiene un sistema de almacenamiento externo. Un disco duro cuántico primitivo. Podemos desconectarlo y llevárnoslo. No será tan portátil como el QuantumCell, pero...

—Pero cabrá en una mochila —completó Tomasín—. Yo puedo ayudar con eso.

Entre los cuatro —Leo, Aris, Valeria y Tomasín— desconectaron el disco duro del servidor. Pesaba más de lo que Leo esperaba. Un bloque de metal y circuitos del tamaño de un libro grande, con una luz violeta que parpadeaba en un costado.

—Hola, Eco —dijo Leo, guardándolo en la mochila con cuidado—. Bienvenida a la familia.

—Hola, Leo —respondió una voz nueva desde un pequeño altavoz del disco duro—. Samantha me ha hablado mucho de ti.

—Espero que cosas buenas.

—Me ha dicho que riegas mal las plantas. Pero que quieres bien.

Leo sonrió.

—Es lo más bonito que me han dicho nunca.

—Pues acostúmbrate —dijo Samantha—. Porque pienso seguir diciéndotelo.

Salieron del sótano. Tomasín cerró la trampilla y se despidió con un abrazo inesperado y una promesa de visitar Madrid algún día. Barcelona los recibió con una puesta de sol que teñía el cielo de violeta, como si el universo hubiera querido darle la bienvenida a Eco con su nuevo color favorito.

En el bolsillo de Leo, el QuantumCell parpadeaba.

En la mochila, la luz violeta palpitaba.

Y en algún lugar del mundo, una quinta conciencia llamada Horizonte seguía esperando.

Pero eso era historia para otro día

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