Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 9
—Tu amigo es un imbécil —le dijo Pablo a Abril, después de ver a Milo alejarse.
Ella lo miró, seria.
—Vete a clases —dijo Abril.
Y también sacó unos billetes de su mochila. Se los extendió.
Pablo negó con la cabeza.
—No, no es necesario —dijo, apartando la mano—. Ya estás haciendo demasiado por mí.
—Vamos, no te preocupes —insistió ella, poniéndole el dinero en la palma—. Cuando tengas un empleo me lo puedes devolver.
Pablo miró los billetes. Luego la miró a ella.
—Muchas gracias —dijo, y su voz tembló un poco.
Guardó el dinero en el bolsillo.
Hizo una pausa. Respiró hondo.
—La verdad... no sé qué sería de mí sin ti —exclamó Pablo.
Y esas palabras eran las más reales que había dicho en años.
Pablo había crecido en un entorno muy egoísta. Donde la violencia era lo cotidiano. Nadie lo cuidaba. Nadie lo escuchaba. Eso lo hizo ser una persona arisca y violenta.
Pero ella le mostró algo diferente.
—Cuando el automóvil venga por nosotros, te enviaré un mensaje —dijo Abril, y se fue.
Pablo se quedó mirándola alejarse.
A los minutos
Milo lo interceptó en el pasillo.
—¿Qué demonios haces? —le preguntó, con los puños apretados.
Pablo alzó la vista, sin inmutarse.
—No hago nada —dijo.
—No creas que no lo sé —siseó Milo, acercándose—. Te estás aprovechando de ella.
Pablo soltó una risa amarga.
—No es así. Solo me está ayudando porque me echaron de casa —respondió.
Luego lo miró fijo. Directo a los ojos.
—Además... tú, ¿con qué cara me dices eso? Eres un sinvergüenza.
Milo dio un paso atrás.
—La usas —dijo Pablo, con la voz fría—. Y te avergüenzas de ella.
El silencio se hizo denso.
Milo apretó la mandíbula. Su mirada cambió. Se volvió peligrosa.
—Sé lo de la apuesta —dijo Milo, en voz baja—. Si te sigues acercando a ella... se lo diré.
Pablo sintió un golpe en el pecho.
No era miedo.
Era algo peor.
Vergüenza.
Otra vez.
Porque Milo tenía razón. Él también estaba mintiendo. Él también la estaba usando.
Solo que ahora... ya no quería.
Pablo no respondió.
Se dio vuelta y se fue.
Pero las palabras de Milo quedaron flotando en el aire, como una espada sobre su cabeza.
Pablo suspiró profundo y se fue.
No dijo nada más. No hizo nada más. Solo se alejó por el pasillo, con las manos apretadas en los bolsillos y la mirada fija en el suelo, mientras las palabras de Milo le resonaban en la cabeza.
"Sé lo de la apuesta. Si te sigues acercando a ella, se lo diré."
Pero no fue a esconderse.
Fue a la cafetería.
Compró bocadillos.
Dulces. Varios. Cosas que él suponía que a cualquier persona le podían gustar. Los puso en una bandeja y buscó a Abril con la mirada.
La encontró sola. Como siempre.
—¿Estos te gustan? —le preguntó, mostrando los dulces—. Aún no conozco tus gustos.
Abril alzó la vista. Vio la bandeja. Vio su cara seria, casi nerviosa.
Y sonrió.
—Sí, me gustan.
—Me alegro —dijo Pablo, y se sentó a su lado.
Abril lo miró. Dudó.
—Es mejor que no te sientes junto a mí —le dijo, bajando la voz.
—¿Por qué? —preguntó él, frunciendo el ceño.
—Porque van a molestarte —respondió ella, con una naturalidad que dolió.
Pablo la miró.
Vio cómo sus ojos se desviaban hacia las mesas de los populares. Vio cómo encogía los hombros, como si ya estuviera acostumbrada.
Y algo dentro de él se rompió un poco más.
—Eso no me importa —dijo Pablo, con una calma que no era fingida—. Si alguien dice algo, le meto un golpe.
Abril soltó una risa. Corta. Sorpresa.
—Eres ridículo —dijo, pero ya no estaba tan tensa.
—Ya lo sé —respondió él, partiendo un dulce por la mitad y dándole un pedazo—. Pero igual me voy a quedar aquí.
Abril tomó el dulce.
Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola en la cafetería.
—Soy malo en matemáticas —dijo Pablo, resignado, dejando caer la cabeza sobre la mesa.
Abril se rió suavemente.
—Te puedo ayudar con eso. Soy muy buena.
Pablo levantó la vista, una ceja arqueada.
—¿Existe algo que no puedas hacer, Abril?
Ambos se rieron.
Fue una risa fácil. Cómoda. Como si llevaran años siendo amigos, no apenas días.
Diana los vio.
Estaba al otro lado de la cafetería, con su mesa llena de populares, sus jugos verdes y sus miradas afiladas. Observó cómo Pablo le sonreía a Abril. Cómo Abril le devolvía la sonrisa. Cómo compartían dulces como si fueran iguales.
Y sintió asco.
—Miren a la gorda —dijo en voz alta, para que todos escucharan—. Se está enamorando de Pablo. Qué idiota es, ¿verdad?
Vanessa, su sombra, asintió con entusiasmo.
—Sí, imagínate si alguien como él se fijara en alguien como ella. Está totalmente fuera de su liga.
Las risas se extendieron como un incendio.
Abril escuchó.
No podía no escuchar.
Sus dedos se detuvieron sobre el dulce. Su sonrisa se congeló. Pero no bajó la mirada. No se encogió.
Pablo también escuchó.
Y sintió cómo la furia le subía por el pecho.
No por él. Por ella.
Se giró lentamente hacia la mesa de Diana. La miró fijo.
Diana lo desafió con una sonrisa. Esperando. Provocando.
Pablo apretó los puños debajo de la mesa.
Pero no se levantó.
Porque si se levantaba, si la enfrentaba, todo el plan se vendría abajo. Diana le recordaría la apuesta. Le recordaría que él también era parte de esto.
Y Abril lo descubriría todo.
Así que se quedó quieto.
Y odió cada segundo.