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Rojo Destino: El Último Nudo De Estefi Sterling

Rojo Destino: El Último Nudo De Estefi Sterling

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Autosuperación / Romance
Popularitas:475
Nilai: 5
nombre de autor: Estefi Sterling

¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.

NovelToon tiene autorización de Estefi Sterling para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cortocircuito.

​El caos comenzó exactamente a las diez de la mañana. Isela estaba en medio de la clase de historia cuando todas las pantallas del instituto, desde los monitores de los salones hasta los televisores del vestíbulo, parpadearon violentamente. El sistema de audio emitió un chirrido sordo y, de repente, una imagen fija apareció en todas partes: un cronómetro en rojo sobre un fondo azul eléctrico, el mismo tono de la droga que estaba destruyendo la ciudad.

​Debajo del cronómetro, una frase aparecía y desaparecía como un pulso: "Los secretos enterrados siempre vuelven a respirar".

​—¿Qué es esto? —susurró el profesor, tratando inútilmente de apagar el monitor.

​En el pasillo, Isela vio a través de la ventana de la puerta cómo el Director Villafañe corría hacia la oficina central con el rostro pálido, hablando frenéticamente por su transmisor. El ataque no era solo en el colegio; Hades le informó de inmediato que las pantallas publicitarias del centro de la ciudad y los sistemas internos de la central de policía estaban sufriendo el mismo "virus".

​—Bastián lo logró —la voz de Hades vibró en la mente de Isela—. Miller y los suyos están entrando en pánico. Están moviendo todas sus unidades técnicas para intentar rastrear el origen del hackeo. Es nuestra oportunidad, Ela. El perímetro de la clínica está desprotegido.

​Isela aprovechó la confusión del simulacro de evacuación que se activó para escabullirse por la salida de emergencia trasera. Allí, oculto tras unos arbustos altos, la esperaba Bastián en una motocicleta negra, con el casco puesto y un segundo casco preparado para ella.

​—Sube —dijo Bastián cuando ella se acercó—. Tenemos exactamente cuarenta minutos antes de que Miller se dé cuenta de que el ataque digital es solo una cortina de humo.

​El viaje hacia la zona periférica de la ciudad fue rápido y silencioso. Se detuvieron frente a un complejo de edificios rodeado por una cerca de alambre de espinas: la clínica "San Lucas", el lugar donde la madre de Bastián había pasado sus últimos días. El edificio se veía imponente y siniestro bajo la luz del mediodía, con paredes de concreto descascaradas y guardias que, según Hades, acababan de recibir órdenes de trasladarse al centro por los disturbios digitales.

​—Mi padre cree que este lugar es un santuario —susurró Bastián mientras cortaban un tramo del alambre—. Pero para mí es el lugar donde terminó mi infancia. El archivo de mi madre está en el subsuelo, en el área de registros restringidos.

​Entraron por un conducto de ventilación lateral que Hades había desbloqueado remotamente. El aire adentro era gélido y olía a desinfectante viejo. Isela sentía que el hilo rojo en su pecho tiraba con fuerza, guiándola a través de los pasillos en penumbra.

​—Cuidado, Ela. Hay un guardia de seguridad privado en el siguiente pasillo. No sabe nada del hackeo, sigue en su puesto —advirtió la voz de Hades.

​Isela y Bastián se pegaron a la pared. Ella cerró los ojos y se concentró. El hilo rojo comenzó a vibrar y, por un instante, Hades se materializó lo suficiente como para crear una interferencia física en las luces del pasillo. Las lámparas estallaron en una lluvia de chispas, sumiendo al guardia en la oscuridad total. En medio de la confusión, Bastián e Isela se deslizaron como sombras hacia las escaleras del subsuelo.

​Al llegar a la oficina de registros, Bastián forzó la cerradura electrónica. El lugar estaba lleno de estantes metálicos y cajas etiquetadas con números de serie.

​—Busca el año de la muerte de mi madre y el código de proyecto "Nudo Azul" —dijo Bastián, su voz temblando ligeramente.

​Isela encontró la carpeta. Al abrirla, vio fotos de la madre de Bastián, pero también una lista de nombres de "colaboradores externos". En la tercera página, con letra clara y oficial, figuraba la firma de su propio padre, Julián Novak.

​—Bastián... mira esto —susurró Isela, sintiendo un frío súbito—. Mi padre... el expediente dice que él estaba tratando de detener la producción desde adentro, pero Miller lo marcó como "colaborador" para incriminarlo.

​Bastián leyó los documentos con la mandíbula tensa.

—No solo eso, Ela. Aquí dice que Miller usó a tu padre para transportar las dosis que mataron a mi madre. Lo engañó para que creyera que eran suministros médicos. Cuando tu papá se dio cuenta de lo que realmente había en esas cajas... fue cuando decidieron eliminarlo.

​Isela apretó el expediente contra su pecho. Su padre había sido usado como un peón antes de ser sacrificado. Pero ahora tenían la prueba física, el nexo de unión entre el asesinato de Julián y el de la madre de Bastián.

​—Vámonos —dijo Bastián, guardando los documentos en una mochila—. Miller ya debe estar en camino.

​Salieron de la clínica justo cuando el sonido de las sirenas empezaba a escucharse a lo lejos. Mientras huían en la motocicleta, Isela se aferró a la cintura de Bastián, sintiendo el viento golpear su rostro.

​—Ya lo tenemos, Ela —la voz de Hades resonó en su cabeza, clara y firme—. Tenemos la pieza que faltaba. Ahora ya no estamos solo defendiéndonos. Ahora vamos a cazarlos.

​Isela asintió en silencio, mirando cómo la clínica quedaba pequeña en la distancia. El cortocircuito que habían provocado en la ciudad era solo el comienzo. La verdadera explosión estaba por venir, y esta vez, nadie en la familia Lombardi o los Villafañe estaría a salvo.

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