Ella renace en otra época. Decidida a ser feliz y a no perder la sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansion Harlen 1
Unos días después, en medio de una de esas conversaciones breves en el taller, Emily lo miró con una sonrisa tranquila.
—Le agradezco los regalos, conde… Pero me gustaría ver algo hecho por usted.
El conde alzó apenas las cejas, sorprendido… y luego sonrió.
—¿Algo hecho por mí?
Ella asintió.
—Sí.
Había un pequeño reto en su mirada.
Algo juguetón.
Algo sincero.
El conde no dudó demasiado.
—Podría cocinarle una cena sencilla.
Emily lo observó un segundo… y su sonrisa se amplió.
—Me encantaría.
Y ahí quedó.
Al menos, eso pensó ella.
Porque después de eso, continuaron con su rutina, y al despedirse, Emily regresó a la mansión Nolan sin darle mayor importancia.
Creyó que era una idea más.
Una promesa ligera.
Algo que quizás quedaría en palabras.
Pero al día siguiente…
El conde estaba esperándola en el taller.
No con flores.
No con regalos.
Sino con una intención clara.
—Estoy listo —dijo simplemente.
Emily lo miró, sorprendida.
—¿Listo?
—Para la cena.
La sorpresa se convirtió en una risa suave.
No esperaba que lo tomara tan en serio.
Pero… le gustó.
—Entonces… vamos —respondió.
El trayecto hacia la mansión Harlen fue tranquilo.
Y al llegar, Emily no pudo evitar notar la diferencia.
Era más pequeña que la mansión Nolan.
Más sencilla.
Pero no por eso menos elegante.
Tenía un aire distinto.
Más íntimo.
Más… hogar.
Apenas cruzaron la puerta, una pequeña figura apareció corriendo.
—¡Emily!
Fred.
El niño llegó directo hacia ella, con una sonrisa abierta que no ocultaba su alegría.
Emily se inclinó de inmediato.
—Hola, Fred —dijo con dulzura.
El pequeño no dudó.
—¿Quieres jugar?
Ella rió suavemente.
—Claro que sí.
Se levantó, pero antes de avanzar, miró al conde.
—Nos quedaremos en el salón.
Su tono era tranquilo… pero había intención en sus palabras.
El conde la entendió al instante.
Y no pudo evitar reír.
—¿Quiere asegurarse de que no reciba ayuda?
Emily le devolvió una sonrisa ligera.
—Exactamente.
El conde negó con una sonrisa, divertido… y un poco desafiado.
—Entonces tendré que hacerlo bien.
—Eso espero —respondió ella, ya girándose hacia Fred.
En el salón, Emily se sentó en el suelo junto al niño.
Jugaron.
Hablaron.
Fred, que al principio había sido tímido, ahora se mostraba mucho más abierto con ella.
Reía.
Se acercaba sin miedo.
Y Emily, con esa calidez natural, lo acompañaba sin esfuerzo.
Desde la cocina, el conde podía escuchar las risas.
Y, por momentos, se detenía.
Solo para escuchar.
Esa escena… esa sensación…
Le resultaba demasiado valiosa.
Demasiado real.
Pero no se distrajo.
Se concentró.
Cocinó con esmero.
Con más dedicación de la que había puesto en muchas otras cosas en su vida.
Porque esta vez…
No se trataba solo de una cena.
Se trataba de demostrarle algo.
A ella.
Y a sí mismo.
Minutos después, la cena fue sencilla.
Nada ostentoso.
Nada perfecto.
Pero todo estaba dispuesto con un cuidado evidente.
El conde había puesto atención en cada detalle.. la mesa bien servida, los platos acomodados con precisión, la comida presentada con un esmero que no pasaba desapercibido.
Cuando Emily probó el primer bocado, lo hizo con calma.
El sabor…
Era bueno.
No extraordinario.
No memorable.
Pero sincero.
Real.
Y eso… tenía su propio valor.
El conde la observaba en silencio, casi conteniendo la respiración, como si su reacción fuera más importante que cualquier otra cosa.
Emily levantó la mirada.
Y sonrió.
—Está bueno.
Simple.
Honesto.
Pero suficiente para que algo en él se relajara.
—Gracias —respondió.
Ella dejó los cubiertos un momento, apoyando suavemente las manos sobre la mesa.
—Poco a poco… vuelvo a creer en su palabra.
Lo dijo casi con ligereza.
Como si fuera una frase más dentro de la conversación.
Pero para el conde…
No lo fue.
Fue mucho más.
Fue una señal.
Pequeña.
Pero inmensa.
Porque significaba que aún había algo que recuperar.
Algo que no se había roto del todo.
Y eso… le bastaba.
Después de la cena, el ambiente se volvió más distendido.
Fred insistió en jugar.
—¡Vamos a pintar!
Emily rió.
—Está bien.
Se sentaron en el suelo, rodeados de hojas y colores.
El niño estaba completamente feliz.
Más abierto.
Más confiado.
Reía sin parar mientras mostraba sus dibujos.
Emily lo acompañaba con paciencia, eligiendo colores, ayudándolo, celebrando cada pequeño trazo.
El conde los observaba desde un lado.
Y por un momento… todo se sentía en calma.
Hasta que..
—¡Oh!
Un pequeño accidente.
Fred, en medio de su entusiasmo, volcó un poco de pintura sobre el vestido de Emily.
El niño se quedó inmóvil.
Asustado.
—Lo siento…
Emily bajó la mirada… y luego sonrió con suavidad.
—No pasa nada.
Tomó un pañuelo, intentando limpiar un poco.
—Son cosas que pasan.
El conde se acercó.
—Ven.. Te llevaré a una habitación para que al menos se seque un poco.
Emily asintió.
—Está bien.
Caminaron por el pasillo en silencio.
Hasta que él abrió una puerta.
Emily entró… y se detuvo apenas.
Lo notó de inmediato.
Esa no era cualquier habitación.
Era la suya.
La del conde.
Giró levemente hacia él, con una sonrisa curiosa.
—¿Por qué aquí?
El conde cerró la puerta con calma.
Y la miró.
—Porque he pensado mucho en este momento.
No hubo evasivas.
No hubo rodeos.
Solo verdad.
Emily sostuvo su mirada.
Y no retrocedió.
Cuando él se acercó, lo hizo despacio.
Como si le diera espacio para detenerlo.
Pero ella no lo hizo.
El beso llegó suave.
Diferente al de antes.
Menos urgente.
Más contenido.
Más… esperado.
Cuando se separaron, él apoyó apenas su frente contra la de ella.
—He esperado mucho este beso.
Emily sonrió.
Esa sonrisa suya… que volvía poco a poco.
Pero aún con matices.
—Aún no está perdonado —dijo en voz baja.
No como rechazo.
Sino como verdad.
Como límite.
Pero no se apartó.
Y eso… decía todo lo que él necesitaba saber.
hermosa novela
ame a Fred