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Sobrevivir A Las Cenizas De Tu Amor

Sobrevivir A Las Cenizas De Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Aventura / Apocalipsis / Romance / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: May_Her

En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.

Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.

NovelToon tiene autorización de May_Her para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

—Voy a ver al señor Gutiérrez —dijo, rompiendo el hechizo—. Luego a la mujer del ático, luego a Roxana. Pueden esperar aquí o acompañarme, como prefieran.

—Te acompañamos, por si acaso.

El señor Gutiérrez los recibió con su habitual mezcla de alegría y queja. Estaba sentado en su balcón, con la manta sobre las piernas, y cuando vio a Mateo, sus ojos se entrecerraron con desconfianza.

—¿Estos quiénes son? ¿Te han secuestrado?

—No, señor Gutiérrez, son del mercado, me han traído para que los vea.

—Ah, el mercado. Ese sitio de mala muerte donde echan a los viejos, ya me han contado mucho sobre ese lugar.

Mateo no se ofendió, en su lugar dio un paso adelante y extendió la mano.

—Soy Mateo, el que echa a los viejos, según dicen.

El señor Gutiérrez lo miró con desconfianza, pero acabó estrechándole la mano.

—Gutiérrez. El que no necesita que lo echen porque ya está muerto por dentro.

—Entonces somos dos.

El viejo soltó una carcajada, una risa seca que acabó en tos. Pero sus ojos brillaban con una chispa que Jimena no había visto en semanas.

—Me gusta este tipo, Jimena. Tiene gracia.

—Y también tiene niños enfermos que necesitan medicinas —dijo Jimena, cambiando el vendaje de su pierna con movimientos rápidos y precisos—. Por eso he venido.

—Siempre salvando vidas, al igual que Carlos.

El nombre cayó entre ellos como una piedra en un estanque. Jimena sintió cómo Mateo se tensaba a su lado, cómo su mirada se posaba en ella con una intensidad nueva. El señor Gutiérrez, como si no hubiera dicho nada fuera de lo común, siguió hablando.

—Carlos era un buen hombre, un poco torpe, pero bueno. Siempre llegaba con esas plantas suyas, llenando el balcón de macetas. Yo le decía que eso era cosa de viejas, y él se reía y me decía que las plantas daban esperanza. ¿Tú crees en eso, Mateo? ¿Qué las plantas dan esperanza?

—No lo sé —respondió Mateo con calma—. Pero creo que la gente que cuida de los demás, como Jimena, da esperanza.

El señor Gutiérrez lo miró largamente.

—Eres un tipo listo y sincero. Eso es raro en estos tiempos.

—No es raro. Es necesario.

Jimena terminó el vendaje y se puso en pie. Antes de irse, dejó al señor Gutiérrez las provisiones que Mateo había traído: latas de conserva, mantas, y un frasco de analgésicos. El viejo tomó el frasco con manos temblorosas y lo sostuvo contra el pecho como si fuera un tesoro.

—Cuídate, señor Gutiérrez. Y no te levantes más de la cuenta.

—A ti te lo digo, muchacha. Cuídate. Y cuida a este —dijo, señalando a Mateo con la cabeza—. Parece de los que se meten en líos.

Mateo sonrió, y Jimena notó que esa sonrisa le transformaba el rostro, le quitaba años, le devolvía algo de la humanidad que la dureza de su papel ocultaba.

—Ya me lo han dicho antes —respondió Mateo—. Pero aún estoy aquí.

—Pues procura seguir estándolo.

La mujer del ático fue más complicada. Cuando llamaron a su puerta, tardó en abrir, y cuando lo hizo, fue solo una rendija por la que asomó un ojo enrojecido.

—¿Quiénes son esos? —preguntó, señalando a los hombres con un dedo tembloroso.

—Amigos —respondió Jimena—. De confianza.

—No hay nadie de confianza.

—Lo sé, pero estos lo son, te traen comida.

La mujer dudó, pero al final abrió la puerta lo justo para que Jimena entrara sola. Mateo y los otros esperaron fuera, en el rellano oscuro, mientras Jimena se sentaba junto a la mujer en el suelo polvoriento del salón.

—¿Estás bien? —preguntó Jimena, aunque sabía la respuesta.

—Hablan —dijo la mujer, con la mirada perdida en la fotografía que siempre sostenía entre las manos—. Anoche me llamaron. Me dijeron que fuera con ellos.

—¿Quiénes?

—Mi marido, mis hijos. Me llamaban desde la ventana, les dije que no podía, que aún tenía cosas que hacer, pero no sé cuánto tiempo podré seguir diciéndoles que no.

Jimena tomó su mano. Estaba fría, huesuda, como la de una muerta que aún respiraba.

—Escúchame —dijo, con voz firme—. No son ellos. Son los recuerdos. Es tu cabeza que está extrañándolos. Ellos no quieren que te vayas, ellos quieren que vivas.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si estuvieran aquí, si pudieran hablarte, te dirían lo mismo que te decían cuando estaban vivos: que te quieren, que te necesitan, que no te vayas.

La mujer la miró, y por un instante, algo brilló en sus ojos. Un destello de lucidez, de cordura, de humanidad.

—Carlos —dijo de repente—. El tuyo, esa persona ¿También te llama?

Jimena sintió que las lágrimas asomaban, pero las contuvo.

—A veces, por las noches, pero sé que no es él. Es mi cabeza extrañándolo.

—Y aun así le hablas.

—Aun así le hablo.

La mujer asintió lentamente, apretó la mano de Jimena con una fuerza que dolía.

—Entonces no me juzgues.

—No te juzgo. Solo te pido que te quedes. Un día más. Y otro. Y otro.

—¿Para qué?

—Para que cuando ellos vuelvan a llamarte, puedas decirles que aún no. Que aún tienes cosas que hacer.

La mujer no respondió, pero no soltó su mano. Jimena se quedó con ella hasta que la respiración se hizo más pausada, hasta que los ojos se cerraron en un sueño inquieto. Luego, con cuidado, la cubrió con una manta y salió al rellano.

Mateo la esperaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados. Sus ojos se encontraron, y él no preguntó nada. Solo dijo:

—Vamos, queda una más.

La última visita fue a Roxana. La Loba los esperaba en la entrada de su edificio, con el cuchillo en la mano y una expresión que no auguraba nada bueno. Pero cuando vio a Mateo, algo en su postura cambió. No se relajó, pero sí dejó de ser una amenaza inminente.

—Has vuelto —dijo, ignorando a los demás—. Pensé que te habrías olvidado de nosotros.

—Te dije que volvería.

—Y yo te dije que no me fío de las promesas.

Roxana examinó a Mateo con una intensidad que haría encogerse a cualquiera. Pero él se mantuvo firme, devolviéndole la mirada sin pestañear.

—Tú eres el líder del mercado —dijo ella—. El que manda.

—Soy Mateo, sí.

—He oído cosas de ti. Algunas buenas, otras malas. No sé cuáles creer.

—Cree lo que quieras. Las dos son verdad.

Roxana soltó una risa corta, sin alegría. Pero en sus ojos, Jimena vio algo que no esperaba: respeto.

—Al menos no mientes, eso ya es algo.

—¿Puedo subir? —preguntó Mateo—. Me gustaría ver cómo vives.

Roxana dudó un instante. Luego se apartó.

—Sube. Pero solo tú. Jimena ya conoce el camino.

Mateo miró a Jimena, como pidiendo permiso. Ella asintió. Si alguien podía ganarse la confianza de Roxana, era él.

Subieron los once pisos en silencio. Dentro, Roxana ofreció asiento en unas cajas y se sentó frente a ellos, con el cuchillo aún en la mano pero apoyado en la rodilla, como una advertencia silenciosa.

—He oído que tienes niños enfermos —dijo—. Por eso ha venido Jimena.

—Sí. Necesitamos antibióticos.

—Y los has conseguido.

—En parte, Jimena tenía reservas, pero necesitamos más.

Roxana asintió.

—En la clínica veterinaria hay más. Al sur del polígono, pero es territorio de los Cazadores.

—Lo sé, por eso necesitamos un plan.

—¿Y qué plan tienes?

—Ir de noche. Rápido, sin hacer ruido. Llevar solo lo necesario.

Roxana lo miró largamente. Luego miró a Jimena.

—Yo conozco el camino —dijo al fin—. Puedo guiarlos.

—¿Por qué harías eso? —preguntó Mateo—. No te debemos nada.

—No es por ti. Es por ella. —Roxana señaló a Jimena con la barbilla—. Si esos niños mueren, ella se echará la culpa. Y no quiero verla así.

Jimena sintió un nudo en la garganta.

—Roxana…

—No me des las gracias. Solo quiero que vuelvas, viva.

Mateo observó a Roxana con una expresión que Jimena no supo interpretar. Luego, con un gesto que ella no esperaba, extendió la mano.

—Gracias... Aceptamos tu ayuda.

Roxana miró su mano como si fuera un animal desconocido. Luego, con un movimiento brusco, la estrechó.

—No me des las gracias. Solo no te la juegues. Porque si ella sale herida, te juro que te encontraré, líder o no.

—Lo sé.

1
Lauu Maii
Fue diferente, sí, pero valió la pena leerla.
Laura
Gracias por el capítulo
Holw_23
gracias por las imágenes /Tongue/
Holw_23
Puedes agregar imágenes de los personajes autora /Shy/
💠May_Her💠: Ya se están publicando unos capítulos, mañana si puedo agregarlas por allí del capítulo 12
total 1 replies
José Miguel Vivone
está muy bien tu obra, solo que a mí me gustan las historias con más ritmo , ojo es mi estilo, te invito a que leas una de mis obras . y tu dime .
José Miguel Vivone
está muy bien tu obra, solo que a mí me gustan las historias con más ritmo , ojo es mi estilo, te invito a que leas una de mis obras . y tu dime .
Holw_23
Gracias por el capítulo
Angeline
Más capítulos por favor
Angeline
Hasta ahora siento que está bien
Angeline
espero atenta lad próximas actualizaciones 🤭
Angeline
Bueno, empecemos, espero terminen de actualizar rápido
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