Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
NovelToon tiene autorización de Fer. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Parte 16
Grace
No éramos nada. No me debía explicaciones... ni yo a él.
Me repetía esa frase una y otra vez desde aquel día en que me trató mal, desde esa noche en la que sollozaba a escondidas en la habitación de invitados, donde había decidido dormir para no compartir la cama con él.
Lloraba por los recuerdos amargos que regresaban sin piedad, lloraba por haber vuelto a confiar en quien no debía. Quería huir, volver con mi familia, desaparecer. Pero no podía. Me había comprometido con la editorial a firmar ciertos papeles aquí, y esa promesa me mantenía atada.
—Grace, como ya cumpliste con la firma aquí, nos gustaría que fueras a tu país de origen e hicieras una firma también —me dijo mi editor, Carlos, con una sonrisa amable.
—¿De verdad se puede? —pregunté, incrédula, como si me abrieran una puerta secreta que había estado esperando.
—Claro que sí. Tú dinos la fecha y nosotros podemos cubrirte el vuelo, no te preocupes.
Sentí una emoción que me recorrió de pies a cabeza. Era la excusa perfecta. Tenía la salida en mis manos, el boleto invisible que significaba no volver nunca más.
Esa noche, sentados en la mesa, Noah me observaba. Había intentado redimirse las últimas dos semanas: flores, pequeños regalos, detalles que nunca antes había tenido. Ahora me había invitado a cenar, como si buscara reparar todo con gestos que ya llegaban tarde.
Pero mientras la comida llegaba, el olor me golpeó con una fuerza insoportable. El estómago se me revolvía, las náuseas me dominaban. Ya me había pasado varias veces esos días, pero lo atribuí a mi carácter quisquilloso con la comida. Sin embargo, ahora era diferente: hasta mis platos favoritos me daban asco.
Fue en ese momento cuando la pregunta se deslizó en mi mente como un rayo: ¿cuándo fue la última vez que tuve mi periodo?
La respuesta me heló. Con tantas cosas encima ni siquiera lo había notado... llevaba dos meses sin que me llegara.
El miedo me recorrió entero. Debía irme.
—Noah, tengo una firma de libros. Volveré a mi país —le solté, directa, mientras jugaba con el borde de la servilleta para no mirarlo a los ojos.
Él me miró con una expresión extraña, mezcla de felicidad y alivio. Quizá pensaba que acepté cenar con él porque por fin estaba cediendo.
—Si es mi culpa, lo siento. De verdad estoy mejorando, Grace. Por favor, créeme... estoy intentando cambiar.
Su voz me presionaba el pecho, me dolía escucharlo suplicar.
—Noah... —mi voz tembló, los ojos se me llenaron de lágrimas contenidas—. ¿Tú quieres casarte conmigo? ¿Quieres formar una familia?
Él parpadeó, sorprendido, y su gesto cambió por completo.
—No me hagas esto, Grace.
—Respóndeme —insistí, con un nudo en la garganta.
Hubo un silencio pesado, que me ahogaba. Luego, con un hilo de voz, contestó:
—No sé... no estoy seguro.
Sonreí. No había nada más que escuchar. No éramos el uno para el otro. Y sin importar lo que mostraran esas pruebas, no había un futuro juntos.
—Está bien —murmuré.
Cenamos en silencio. Ni una palabra más. Afuera, cuando caminábamos de regreso, intentó agarrarme de la mano. Yo no me resistí, no quería discutir.
—No volverás, ¿cierto? —me dijo, como si adivinara la verdad en mis ojos.
Lo miré, y creo que mi expresión me delató. Porque en ese instante me abrazó con desesperación, en medio de la calle, como si ese gesto pudiera atarme.
—Lo siento —susurró contra mi cabello—. De verdad siento no poder amarte como debí amarte.
Y entonces, sin querer, solté un sollozo ahogado. Pero aún así no acepté su abrazo.
Esa misma noche confirmé que me iría. Que cualquier día sería bueno para partir.
Dos días después, tenía un boleto de avión en la mano. Y junto a él, cinco pruebas de embarazo. Porque no había confiado en la primera que me hice la noche anterior.
Cinco pruebas que podían cambiarlo todo.
Mis manos temblaban.
—Malparida mierda... —fue lo primero que salió de mi boca cuando vi los resultados.
El papel temblaba entre mis dedos. Me miré en el espejo y las lágrimas empezaron a brotar sin control. Esto no podía estar pasándome. No a mí. No ahora. Este desastre no podía ser mío.
Busqué a tientas el número de mi mamá en el celular. Apenas logré marcar, con los dedos torpes. El tono sonó dos veces y su voz apareció al otro lado.
—¿Aló?
—Mamá... —solloqué, apenas me salió la voz.
—Mi niña, ¿qué sucedió? —preguntó con alarma.
—Estoy embarazada —la palabra me desgarró. El llanto se me hizo más fuerte, como si al decirlo se volviera más real, como si todo se viniera abajo.
El silencio de ella del otro lado me mató. Supe que también estaba en shock, tan confundida como yo.
—¿Se hará responsable? —preguntó al fin.
Yo sollozaba, intentando explicarle entrecortado, como podía, lo que había pasado, lo que estaba viviendo con Noah.
—Nada, mi amor... vente para acá —dijo con firmeza después de escucharme. Su voz era suave, pero tenía ese tono de madre que siempre imponía calma—. Tu papá y yo te ayudaremos en lo que sea necesario. Si le dices, solo armará un alboroto. Querías ser madre... esta es tu oportunidad.
Sus palabras me atravesaron. Me tomó casi una hora poder calmarme, respirar lo suficiente para dejar de llorar como una niña perdida. Cuando lo logré, empecé a empacar. Una maleta tras otra. Cada prenda que guardaba era una decisión final: estaba lista para dejarlo todo atrás.
—Vamos, Grace —dijo Carlos, mi editor, cuando llegó para llevarme al aeropuerto. Su voz fue un ancla, aunque por dentro yo estaba temblando.
El aeropuerto no quedaba lejos, y de hecho pasaríamos frente al hospital donde trabajaba Noah. La ironía me arrancó un nudo en la garganta: él no sabía nada, ni que estaba embarazada, ni que hoy sería el día en que yo desaparecería. Simplemente huiría.
El tráfico avanzaba con calma, nada fuera de lo normal. O al menos eso parecía. De repente, vi las luces de un camión que se abalanzaba hacia nosotros, a toda velocidad.
El corazón me saltó en el pecho. Cerré los ojos con fuerza.
Cuando los abrí otra vez, mi cuerpo era solo dolor. Sentía cada hueso crujir, cada músculo gritar. Traté de girar la cabeza, de ver a Carlos, pero no pude.
—¡Señorita, por favor! —Una voz llegó a mí, desesperada. Un hombre con una cruz en el pecho, un paramédico. El mundo era caos, sirenas, gritos, olor a gasolina. Había tenido un accidente.
Un dolor punzante me atravesaba las piernas, pero lo que me arrancó el aire fue el ardor en el estómago. El miedo me encogió entera.
—Estoy embarazada... —le grité la primera vez, con todas mis fuerzas. Después lo repetí, cada vez más débil, tres veces en total, como un ruego—. Estoy... embarazada...
Mi voz se iba apagando. El sueño me arrastraba, pesado, irresistible.
Recé con cada lágrima, con cada segundo que mis párpados caían, que el paramédico me hubiera escuchado.
Recé por no perderlo todo en ese instante.
Y poco a poco, el mundo se oscureció.