Un matrimonio por conveniencia une a Carolina y Benjamín, dos mundos opuestos marcados por el interés y el orgullo. Pronto descubrirán que el amor puede surgir incluso en los acuerdos más fríos.
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Capítulo 21
La cocina estaba en silencio.
Carolina se movía con lentitud, casi de forma automática, mientras preparaba el desayuno. El sonido de los utensilios era lo único que rompía la quietud de la casa.
No había dormido bien.
Sus ojos lo delataban.
Su ánimo… aún más.
Estaba sirviendo café cuando escuchó pasos.
Se tensó apenas.
Benjamín.
Bajó las escaleras ya listo para ir al trabajo, impecable como siempre… pero al verla, se detuvo.
Habían pasado meses evitándose.
Meses.
Y ahora… estaban frente a frente.
Su mirada recorrió su rostro.
Detectó algo de inmediato.
—Luces fatal —dijo sin rodeos—. ¿Qué te sucede?
Carolina no lo miró.
—No es nada.
Intentó continuar con lo que hacía, pero él no se lo permitió.
Se acercó.
Y la tomó suavemente del brazo, obligándola a girar hacia él.
—Sé que te ocurre algo —insistió, mirándola directamente a los ojos.
Carolina sostuvo su mirada apenas un segundo.
—Ahora resulta que me conoces —respondió con un deje de ironía—. Desayunemos… pensé que no vivías en esta casa.
Benjamín frunció ligeramente el ceño.
—He tenido mucho trabajo.
Carolina bajó la mirada.
O quizás… ocupado con Kendra.
El pensamiento le cruzó la mente sin permiso.
Pero no lo dijo.
—No te estoy pidiendo explicaciones.
El ambiente volvió a tensarse.
Ambos tomaron asiento.
Y desayunaron en silencio.
Un silencio pesado.
Incómodo.
Como si cada uno estuviera atrapado en sus propios pensamientos.
Hasta que Benjamín habló.
—Hoy debes acompañarme a una cena de negocios.
Carolina levantó la vista.
—No quiero ir.
—Eres mi esposa —respondió él con firmeza—. Y el cliente es muy reservado… te necesito allí.
Ella apretó ligeramente los labios.
—¿Siempre das órdenes?
—Solo cuando son necesarias.
Un pequeño silencio.
—Me dirás qué te pasa —añadió él, sin dejar el tema.
Carolina suspiró.
—No es nada.
Hizo una pausa.
—¿A qué hora es la dichosa cena?
—Te recogeré a las seis y media.
—Estaré lista.
Se levantó.
Dispuesta a irse.
Pero Benjamín la detuvo nuevamente, sujetando su brazo con más suavidad esta vez.
—¿Qué te ocurre?
Su voz había cambiado.
Más baja.
Carolina evitó su mirada.
Pero no pudo sostener el silencio.
—Mi madre… —murmuró—. Hoy cumple seis años que murió.
Las palabras cayeron como un susurro.
Pero el peso que llevaban… era enorme.
Benjamín se quedó quieto.
No esperaba eso.
—Yo… —dijo, sin saber muy bien cómo continuar—. Lo siento.
Y por un momento…
No hubo distancia.
Solo sinceridad.
Carolina bajó la mirada.
Y en un impulso que ninguno planeó…
Benjamín la abrazó.
Fue un gesto torpe.
Pero real.
La rodeó con los brazos, acercándola a su pecho.
Y Carolina…
No se resistió.
Cerró los ojos.
Apoyándose en él.
Dejando que ese pequeño momento de consuelo la envolviera.
El silencio entre ellos cambió.
Ya no era incómodo.
Era… necesario.
Benjamín bajó ligeramente el rostro.
Ella levantó la mirada.
Sus respiraciones se mezclaron.
Sus labios… peligrosamente cerca.
Pero justo cuando el momento estaba a punto de romperse…
Carolina recordó.
La voz de Kendra.
Sus palabras.
“Benjamín era mío…”
Se apartó de golpe.
—Tengo que irme —dijo, sin mirarlo.
El cambio fue evidente.
Benjamín la observó, confundido.
Pero no insistió.
Solo asintió levemente.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta… y sacó una tarjeta.
Se la extendió.
—Está a tu nombre —dijo—. Compra lo que necesites para esta noche.
Carolina dudó un segundo antes de tomarla.
—Gracias.
Y sin decir más…
Se giró.
Y se fue.
Dejándolo solo en la cocina.
Con una sensación extraña en el pecho.
Como si algo importante…
Acabara de escaparse entre sus manos.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
El cielo estaba gris.
No amenazaba lluvia… pero tampoco luz.
Carolina caminaba despacio entre las lápidas, acompañada por su padre y su hermana. El silencio del cementerio era distinto a cualquier otro: respetuoso, pesado… lleno de recuerdos.
Emely llevaba un pequeño ramo de rosas.
Las sostenía con cuidado.
Como si fueran frágiles.
Como si, de alguna forma, su madre aún pudiera sentirlas.
Se detuvieron frente a la tumba.
El nombre grabado en la piedra parecía más profundo ese día.
Carolina sintió cómo algo en su pecho se apretaba.
Se agachó lentamente.
Pasó sus dedos por la superficie fría.
—Hola, mamá… —susurró.
Su voz tembló.
Emely se arrodilló a su lado, dejando las rosas con delicadeza.
—Te traje tus favoritas…
Rodolfo permaneció de pie unos segundos, en silencio, hasta que finalmente también se inclinó.
—Perdóname… —murmuró—. Por no haber sido suficiente para nuestras hijas.
Carolina alzó la mirada hacia él.
—Papá…
Pero él negó con la cabeza.
—Después de que te fuiste… todo se me salió de las manos.
El silencio volvió.
Pero esta vez… cargado de emociones que nunca se habían dicho en voz alta.
Carolina respiró hondo.
—Aún estamos aquí —dijo suavemente—. Eso es lo que importa.
Emely tomó su mano.
—Te extrañamos todos los días…
El viento sopló levemente, moviendo sus cabellos.
Y por un instante…
Pareció que el tiempo se detenía.
Como si ese lugar guardara todo lo que habían perdido… y lo que aún los unía.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Mientras tanto…
En la oficina de Macarena, el ambiente era completamente distinto.
Kendra caminaba de un lado a otro, claramente alterada.
—Fui a casa de Benjamín… y hablé con esa tipa.
Macarena levantó la mirada desde su escritorio, frunciendo el ceño.
—No debiste hacerlo.
Kendra se detuvo.
—¿Ah, no?
—No —repitió Macarena con firmeza—. Ya supéralo. Mi hermano te ha dicho varias veces que no tendrá más nada contigo.
Kendra soltó una risa amarga.
—Ahora resulta que mi amiga la está defendiendo.
Macarena suspiró, apoyándose en el respaldo de la silla.
—No es eso.
Kendra cruzó los brazos.
—Entonces, ¿qué es?
Macarena la miró directamente.
—Sería feliz si fueras mi cuñada —admitió sin rodeos—. Lo sabes.
Kendra parpadeó, sorprendida.
—Pero es una decisión de él —continuó Macarena—. Y como siempre… mi hermano está haciendo algo que no puede controlar.
Kendra apretó los labios.
—No la ama.
—Eso no lo sabes.
El silencio se tensó.
—Lo que sí sé —añadió Macarena—, es que si sigues así… solo vas a lastimarte más.
Kendra desvió la mirada.
Pero no dijo nada.
Porque en el fondo…
No estaba dispuesta a rendirse.
Y eso…
Podía volverse peligroso.
queremos leer un poco más...maravillosa como estas llevando el trama ..excelente novela 👌👌👏👏👏
ya empezó lo bueno excelente historia