Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.
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Austriaca
París recuperó su ritmo de opulencia nocturna en cuanto Ethan dejó atrás la bruma de la costa. Las calles del distrito de la Ópera brillaban bajo la llovizna con el reflejo de los faroles de gas y los primeros anuncios eléctricos. El aire de la capital estaba impregnado de perfume caro, humo de tabaco de importación y el murmullo constante de la burguesía que llenaba los teatros.
Para Ethan, la ciudad ya no era un laberinto; era un tablero perfectamente iluminado donde las piezas se movían exactamente como su frialdad matemática lo predecía.
Al segundo día de su regreso, el transilvano localizó a Anelly. Estaba sola, sentada a una mesa de esquina en un restaurante de alta cocina cerca de la Plaza Vendôme. Ethan, oculto tras los cristales tintados de su automóvil de gran lujo estacionado frente a la entrada, la observó con el rigor de un taxidermista. Anelly vestía una blusa de seda oscura que realzaba la blancura porcelánica de su piel. Manipulaba los cubiertos con delicadeza, pero la tensión en sus hombros delataba que la ausencia de Elean y el desastre del norte seguían zumbando en su cabeza.
Justo cuando Ethan se disponía a bajar del vehículo para propiciar el encuentro, un hombre de mediana edad, elegantemente vestido con un traje de etiqueta que denotaba una fortuna considerable, se sentó a la mesa de la rubia.
La transformación de Anelly fue instantánea. La rigidez desapareció de su cuerpo y sus ojos azules recuperaron ese brillo felino y calculador. Le sonrió de forma coqueta, ladeando la cabeza con esa gracia ensayada que Ethan recordaba a la perfección de sus días en Transilvania. Comenzaron a cenar. El hombre gesticulaba con entusiasmo, visiblemente encandilado por el magnetismo de la joven, mientras ella mantenía la fachada a pesar de que, en sutiles microgestos que solo el ojo entrenado de Ethan podía captar, se miraba molesta y aburrida por la conversación.
Entonces, el acompañante metió la mano en el bolsillo interior de su saco y extrajo un estuche de terciopelo azul marino. Al abrirlo sobre el mantel, el destello de un juego de collar y aretes de diamantes iluminó el espacio entre ambos.
Anelly abrió los ojos con una sorpresa impecablemente fingida. Miró las joyas con una codicia contenida, acarició las piedras con la yema de los dedos y, tras pronunciar unas palabras de agradecimiento que parecieron derretir al caballero, se inclinó sobre la mesa para sellar el pacto con un beso en los labios. Una transacción limpia en el mercado de la seducción.
Poco después, ambos se pusieron en pie, abandonaron el restaurante y subieron a un auto que los condujo directamente a las puertas de un hotel de gran lujo de la avenida de los Campos Elíseos.
Ethan observó el edificio desde la acera de enfrente, apoyando las manos en el pomo de plata de su bastón. No había prisa. Anelly estaba simplemente reponiendo el inventario y buscando financiamiento rápido ahora que las cuentas de los Leroux podían congelarse por la investigación de la muerte de Carter. El transilvano solo tenía que esperar a que la rubia consumiera a su nueva víctima para quedar, una vez más, desprotegida.
Mientras guardaba los cuartos de hora en la penumbra de la avenida, el sonido de unos tacones ligeros sobre el pavimento húmedo interrumpió sus pensamientos. Una bella mujer de cabellos claros y facciones finas se detuvo a pocos centímetros de él, sosteniendo un pequeño mapa de papel entre sus manos enguantadas.
—Disculpe, monsieur —dijo ella, con un marcado y melodioso acento austriaco—. Lamento interrumpirlo, pero me encuentro un poco perdida. ¿Podría indicarme cómo llegar a la Rue de Rivoli?
Ethan giró el rostro despacio, fijando sus ojos de obsidiana en ella. Su tez blanca de Transilvania y su expresión imperturbable hicieron que la joven parpadeara, sutilmente intimidada. El joyero sonrió para sus adentros; conocía de memoria a ese tipo de mujeres interesadas, cazadoras de bulevar que utilizaban la desorientación geográfica como el anzuelo estándar para enganchar a hombres con automóviles costosos y abrigos de paño fino.
—Camine tres calles hacia el sur y doble a la izquierda después del teatro, mademoiselle —respondió Ethan, con una cortesía gélida y perfecta.
—Muchísimas gracias —contestó la chica, suavizando la mirada y fingiendo un alivio exagerado—. Es usted muy amable. Soy completamente nueva en la ciudad y París me resulta un tanto abrumadora para una mujer sola.
Un clásico. El guion de la vulnerabilidad extranjera era el mismo en Viena, en Bucarest y en París. Ethan sabía perfectamente cuáles eran los pasos siguientes de la comedia y no pretendía perder el tiempo discutiéndolos o mostrando resistencia; cada mujer que intentaba parasitarlo se convertía en un nuevo instrumento para calibrar su propia crueldad.
—Una mujer de su categoría no debería descubrir París a tientas, mademoiselle —dijo Ethan, dejando que una calculada pizca de encanto mundano tiñera su voz—. Si me lo permite, la invito a conocer los lugares más visitados e importantes de la ciudad esta misma noche. Mi automóvil está a nuestra disposición.
La austriaca sonrió con suficiencia, entrelazando sus dedos y creyendo que el joven apuesto de los pómulos afilados había caído por completo en su red de seducción de manual. Ignoraba por completo que, en el laboratorio mental de Ethan Dragomir, los roles de cazador y presa se invertían antes de que la primera palabra fuera pronunciada. El transilvano creaba las reglas del juego según le convenía, dispuesto a usar a la recién llegada como entretenimiento y fachada social mientras la sombra de la desgracia terminaba de cercar el hotel de Anelly.