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TADMOR: La Historia De Una Asesina

TADMOR: La Historia De Una Asesina

Status: Terminada
Genre:CEO / Venganza / Completas
Popularitas:3.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Thais Perdida

En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.

Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.

Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.

Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.

Espera que vengan por ella.

NovelToon tiene autorización de Thais Perdida para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XVI. SECRETO.

El polvo aún caía del techo cuando Ares se incorporó primero. Sangre en la comisura. Respiración pesada. Ojos encendidos.

Danielle se levantó a su lado, limpiándose el humo del rostro.

—Andrea —ordenó Ares, sin apartar la vista del pasillo destruido—. Quédate con los niños. Pase lo que pase, no salgas.

Andrea asintió, abrazando a los pequeños con fuerza. Ares y Danielle intercambiaron una mirada breve y corrieron.

El hangar era un infierno de humo gris y luces intermitentes. Sirenas. Metal retorcido. El olor a combustible en el aire.

Apenas cruzaron la entrada, se detuvieron en seco. Decenas de puntos rojos aparecieron sobre sus pechos. Soldados del ejército formaban un semicírculo. Detrás, uniformes negros con insignias plateadas: la F.A.C.I.

Armas de alto calibre apuntándolos. Silencio tenso.

Arriba, el estruendo de hélices. Ares levantó la mirada justo a tiempo para ver un helicóptero militar elevarse entre la bruma. En la puerta lateral, sujetándose con una mano al arnés, estaba Xavier Hoffmann. A su lado, imperturbable, la silueta de Apocalipsis.

El humo no lograba ocultar su figura.

Los estaba observando y luego el helicóptero se alejó, perdiéndose entre las luces de la ciudad.

Ares apretó la mandíbula. Danielle flexionó los dedos.

—¿Lista? —murmuró él.

Ella sonrió apenas, esa sonrisa peligrosa que aparecía antes del caos. Pero antes de que el primer disparo sonara... El cielo rugió.

Tres helicópteros negros irrumpieron desde el este, cortando el aire con violencia. Sin insignias oficiales. Blindaje reforzado. Puertas laterales abiertas. Y entonces... Fuego.

Las ametralladoras giratorias comenzaron a disparar contra las posiciones de la F.A.C.I y el ejército. El suelo vibró.

Los soldados rompieron formación buscando cobertura.

Uno de los helicópteros descendió lo suficiente para que una figura se hiciera visible en la compuerta.

De pie, firme, observando el campo de batalla como si lo evaluara... Asziel Garza había llegado.

—Siempre tan dramático —murmuró Danielle, entre humo y metralla.

Pero Ares no esperó más.

Tomó a Danielle por la cintura y la arrastró tras una columna de concreto cuando una ráfaga impactó donde habían estado segundos antes.

Fragmentos de cemento explotaron a su alrededor.

Las balas silbaban. El metal crujía. Los gritos llenaban el hangar. Ares cubrió el cuerpo de Danielle con el suyo mientras otra lluvia de disparos atravesaba el espacio.

—Esto se convirtió en guerra abierta —dijo ella, alzando la mirada hacia él.

Él sostuvo su rostro un segundo, serio.

—No. —Sus ojos ardían—. Esto apenas empieza.

Afuera, los helicópteros negros seguían disparando y en la distancia, el helicóptero de Apocalipsis desaparecía… llevando consigo algo mucho más peligroso que un enemigo.

Una guerra que ya no podían detener.

El estruendo cesó poco a poco.

El humo comenzó a disiparse entre restos de metal y concreto pulverizado. Los últimos disparos se apagaron hasta convertirse en un eco distante.

Asziel Garza descendió del helicóptero con calma irritante, ajustándose los guantes de cuero como si acabara de salir de una cena elegante y no de una zona de guerra.

Sus botas crujieron sobre los escombros mientras caminaba hacia Danielle y Ares. Se detuvo frente a ellos. Los observó de arriba abajo.

Sangre. Hollín. Ropa rasgada. Moretones frescos. Asziel soltó una risa baja.

—Se ven terribles.

Ares alzó una ceja. Danielle bufó, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano.

—También es bueno verte, Garza. —dijo ella.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Mis disculpas por la tardanza. El tráfico aéreo estaba… complicado.

Danielle dejó escapar una risa breve.

—Llegaste cuando importaba.

—Siempre llego cuando importa —respondió él con media sonrisa.

Asziel giró sobre sus talones y observó el hangar destrozado. Columnas fracturadas. Vehículos calcinados. Impactos de bala por todas partes.

Chasqueó la lengua.

—La reconstrucción va a salir cara.

Ares soltó una carcajada ronca.

—No es tu edificio.

—Ahora sí lo es —respondió Asziel, encogiéndose de hombros—. Técnicamente.

El viento levantó restos de ceniza entre ellos.

Durante un segundo, el humor dio paso a algo más serio.

El helicóptero de Apocalipsis ya no era visible en el horizonte. Asziel volvió a mirarlos.

Su expresión cambió. Menos sarcasmo. Más cálculo.

—Esto no va a quedarse aquí. La F.A.C.I no olvidará. Y Hoffmann tampoco.

El nombre de Xavier Hoffmann quedó suspendido en el aire. Ares cruzó los brazos.

—Que lo intenten.

Asziel negó levemente con la cabeza.

—No ahora. Necesitan desaparecer un tiempo.

Danielle lo miró con atención.

—¿Qué estás proponiendo, Asziel?

Una pequeña sonrisa volvió al rostro del capo.

—Italia.

El silencio fue breve, pero significativo.

—Tengo propiedades lejos de radares oficiales. Seguridad privada. Recursos. Nadie hará preguntas. Y créanme… —sus ojos brillaron con una confianza casi peligrosa— nadie molesta lo que me pertenece.

Ares lo sostuvo con la mirada. Evaluándolo. Midiendo la oferta.

—¿Refugio? —preguntó finalmente.

—Refugio, logística, tiempo para planear —respondió Asziel—. Lo que venga después, lo enfrentamos con ventaja.

Danielle miró a Ares. Él respiró profundo. La guerra apenas comenzaba.

Pero por primera vez en horas, tenían una opción que no implicaba disparar primero. Ares extendió la mano. Asziel la estrechó sin vacilar.

—Bienvenidos a Italia —dijo el capo con una media sonrisa—. Intenten no destruir nada allá. La reconstrucción europea es aún más cara.

Danielle soltó una risa suave. El humo seguía elevándose detrás de ellos. Pero por ahora… Tenían un lugar donde caer antes de la próxima tormenta.

El sonido de más hélices cortó el aire.

Uno tras otro, helicópteros negros comenzaron a descender alrededor del hangar, levantando remolinos de polvo y ceniza. Hombres de Asziel Garza aseguraron el perímetro con precisión militar.

Evacuación limpia. Sin pánico. Sin gritos innecesarios. Milagrosamente, las pérdidas habían sido mínimas. Los equipos médicos improvisados estabilizaban a los heridos mientras el personal era guiado hacia las aeronaves.

Ares tomó el control sin necesidad de dar órdenes en voz alta. Su sola presencia organizaba el caos.

—Primero los niños —dijo con firmeza.

Ayudó a subir a los pequeños uno por uno, levantándolos con cuidado y asegurando sus arneses dentro del helicóptero.

Fue entonces cuando lo notó. Athenas estaba en silencio... Demasiado en silencio. Sus ojos no estaban asustados. Estaban… ausentes. Como si algo la hubiera rozado por dentro.

Ares se inclinó frente a ella.

—¿Estás herida, hija?

La niña negó lentamente. Pero no lo miró.

Su atención parecía perdida en algún punto que nadie más podía ver. Ares frunció levemente el ceño, pero no insistió. Solo apoyó su mano sobre su cabeza con suavidad antes de ayudarla a subir.

Luego regresó por los demás.

Arthur subió por su cuenta, aunque con el brazo vendado.

Andrea subió por si misma también mientras esperaba a Conrad.

Conrad no tuvo esa suerte. Seguía malherido, pálido, respirando con dificultad.

Ares lo cargó sin esfuerzo, ignorando la sangre que aún manchaba su propia ropa, y lo acomodó con cuidado dentro del helicóptero donde un médico comenzó a trabajar de inmediato.

—No te mueras todavía —murmuró Ares con voz baja.

Conrad esbozó una sonrisa débil. Finalmente, regresó por ella.

Danielle estaba observando el hangar por última vez.

El humo. Las ruinas. El lugar que había sido su base.

Ares extendió la mano. Ella la tomó sin decir nada. La ayudó a subir, sosteniéndola un segundo más de lo necesario antes de soltarla. Cuando todos estuvieron asegurados, el ruido volvió a intensificarse.

Solo quedaban dos figuras afuera.

Ares y Asziel.

El capo observó la isla desde la entrada abierta del helicóptero.

—Bonito lugar —comentó con tono casi casual—. Una pena.

Ares también miró. La isla que había sido refugio. Entrenamiento. Inicio de algo nuevo.

Ahora marcada por fuego y traición. En algún lugar del cielo, Apocalipsis avanzaba con ventaja y Xavier Hoffmann creía haber ganado tiempo.

Ares subió finalmente. La puerta se cerró con un golpe metálico. Asziel dio la señal. Los helicópteros se elevaron en formación perfecta, alejándose de la isla mientras el mar reflejaba las luces intermitentes.

Desde el aire, la destrucción parecía pequeña. Pero lo que había comenzado allí… Era inmenso.

Ares sostuvo la mirada fija en la isla hasta que desapareció entre la neblina. Italia los esperaba ycon ella, la próxima fase de la guerra.

El aterrizaje en Italia fue limpio.

Silencioso.

Controlado.

Los helicópteros descendieron sobre una pista privada rodeada de colinas verdes y antiguas construcciones de piedra. No había prensa. No había curiosos. Solo disciplina.

Un pequeño —pero impecablemente armado— ejército esperaba en formación. Uniformes oscuros. Insignias discretas. Miradas entrenadas.

Propiedad de Asziel Garza.

Cuando las compuertas se abrieron, la brisa italiana

reemplazó el olor a pólvora por aire húmedo y tierra. Ares descendió primero, evaluando el entorno por instinto.

Entonces los vio.

Zoltan Garza avanzó entre los hombres con paso seguro. Alto, cabello plateado recogido hacia atrás, mirada afilada que parecía haber visto más guerras de las que cualquiera allí podría contar.

Sonrió apenas al llegar frente a Ares.

—Bueno… —dijo con voz grave y divertida—. Ahora me debes dos favores.

Ares sostuvo su mirada sin perder compostura. Luego estrechó su mano con firmeza.

—Es un gusto verte de nuevo, Zoltan. —saludo Ares.

El apretón fue fuerte. Medido.

Un intercambio silencioso de respeto entre hombres que sabían lo que costaba liderar. Zoltan soltó una risa corta.

—Italia siempre recibe mejor a los amigos… que a los enemigos.

Detrás de él, una figura avanzó con una presencia distinta.

Más serena.

Más peligrosa.

Sounya Garza no necesitaba anunciarse. Su sola postura imponía. Cabello oscuro recogido con precisión. Ojos firmes. Espalda recta. Había en ella algo antiguo.

Como si llevara siglos en la sangre. Criada entre clanes gitanos y soldados, su elegancia no era delicada —era estratégica.

Se detuvo frente a Ares. Lo examinó sin prisa. Luego asintió apenas.

—Sobrevivieron —dijo, como si fuera una evaluación aprobada.

Su mirada se movió hacia Danielle, luego hacia los niños que descendían escoltados. En especial, se detuvo un segundo más en Athenas.

Algo en su expresión cambió. Sutil. Casi imperceptible.

Pero Ares lo notó. Sounya volvió a mirarlo a él.

—Aquí estarán protegidos —afirmó con una certeza que no dejaba espacio a dudas—. Pero la protección exige disciplina.

Zoltan cruzó los brazos.

—Y lealtad.

Asziel descendió por último, acomodándose el saco como si todo hubiese sido una excursión planeada.

—Madre… —saludó con media sonrisa—. Intenta no asustar a mis invitados el primer día.

Sounya le lanzó una mirada que lo habría hecho callar a cualquiera. A él solo le arrancó una leve inclinación de cabeza.

Los motores se apagaron. El silencio que siguió no era incómodo. Era el tipo de silencio que precede a una nueva alianza.

Italia no era solo refugio. Era territorio Garza y ahora…

También era territorio de Ares.

La caravana atravesó el primer portón de hierro forjado. Sensores. Cámaras térmicas. Guardias armados con rifles de largo alcance.

El segundo portón se abrió tras una verificación doble de identidad. Más allá, la propiedad se extendía como un pequeño reino privado.

La mansión de Asziel Garza no era ostentosa… era estratégica.

Colinas cubiertas de viñedos perfectamente alineados. Granjas operativas. Establos de caballos de sangre pura. Caminos de grava que serpenteaban entre cipreses altos.

Un territorio autosuficiente. Defendible. Controlado.

Ares descendió del vehículo observando cada punto elevado, cada torre de vigilancia camuflada entre la vegetación. No era paranoia. Era costumbre.

A su lado, Danielle respiró más despacio por primera vez desde la evacuación. Arthur silbó bajo.

—Esto no es una mansión… es un país.

Andrea sonrió apenas, ayudando a bajar a Conrad con cuidado. El hombre seguía débil, pero estable. Dos médicos de la familia Garza lo recibieron de inmediato. Pero quienes estaban verdaderamente fascinados eran los niños.

Athas y Athenas bajaron casi al mismo tiempo, cada uno cargando a sus pequeños cachorros de ligre. Las criaturas —aún torpes, enormes patas desproporcionadas y pelaje dorado con rayas suaves— olfateaban el aire nuevo.

Athas giró sobre sí mismo, maravillado.

—Es gigante…

Athenas no dijo nada. Pero sus ojos recorrían los viñedos como si pudiera ver más allá de lo visible.

Los cachorros emitieron pequeños gruñidos curiosos cuando un grupo de caballos relinchó a la distancia.

Un guardia miró con cierta tensión a los ligres. Ares lo notó.

—Están entrenados —dijo sin mirarlo directamente.

El guardia asintió y relajó apenas la postura. Desde la escalinata principal, Sounya Garza observaba la escena.

Su mirada se detuvo en los niños. Luego en los animales. No había desaprobación. Había cálculo. Zoltan apareció detrás de ella con una copa de vino en la mano.

—Siempre quise nietos interesantes —murmuró con diversión.

Asziel subió los escalones con elegancia despreocupada.

—Bienvenidos a casa —anunció con una sonrisa ladeada.

La mansión se alzaba imponente detrás de ellos: piedra antigua restaurada, ventanales amplios, balcones con vista a las hectáreas que parecían no terminar nunca.

Protección absoluta. Privacidad total.

Pero mientras el sol comenzaba a caer sobre los viñedos italianos, Ares sintió algo que no sentía hacía tiempo.

No era paz. Era pausa.

Y en una guerra como la que se avecinaba… La pausa era un lujo peligroso.

La mansión quedó en silencio cuando cayó la noche.

Sounya Garza supervisó personalmente que las habitaciones estuvieran listas. No era solo hospitalidad: era control.

Ordenó agua caliente, sábanas nuevas, cunas reforzadas —aunque los niños ya no fueran bebés— y envió a dos sirvientes de confianza al pueblo más cercano con instrucciones precisas: ropa adecuada, botas resistentes, prendas para clima cambiante.

—Aquí no les faltará nada —dijo con esa firmeza que no admitía discusión.

Danielle agradeció con una leve inclinación de cabeza. Andrea la ayudó con los baños, toallas grandes, risas suaves que por primera vez no sonaban tensas. Los cachorros de ligre quedaron dormidos en una esquina acolchada, exhaustos.

Finalmente, Athas y Athenas fueron acostados en la misma habitación amplia, con vista a los viñedos iluminados por la luna.

Danielle besó la frente de ambos. Las tres mujeres salieron en silencio. La puerta se cerró. Oscuridad tranquila. Durante unos minutos… solo respiraciones suaves.

Entonces Athenas abrió los ojos. No parecía confundida. Parecía decidida. Se incorporó con movimientos lentos y caminó descalza hasta la cama de su hermano. La luna dibujaba líneas plateadas en el suelo de madera.

Athas dormía profundamente. Ella extendió su mano. La apoyó con suavidad sobre su cabeza.

Cerró los ojos y descendió.

—Muéstramelo todo… —susurró.

Como lo había hecho en la mente de Apocalipsis. Los recuerdos se abrieron como puertas.

El nacimiento. El primer llanto. Las caídas. La risa. El miedo que nunca mostraba. Todo fluía con claridad brutal.

Athenas avanzó más. Más profundo. Más allá de lo que ya fue. Buscó lo que podría ser. Las imágenes cambiaron.

Oscuridad. Humo raspando su garganta.Fuego elevándose alrededor. Un campo devastado. Un símbolo que no alcanzaba a distinguir.

Y entonces todo se detuvo. Una presencia.Una voz detrás de ella.

—¿Qué haces aquí, Athenas?

Athenas giró. Un hombre estaba de pie observándola. Traje negro impecable. Postura recta. Mirada firme.

Era Athas. Pero no el niño. Un adulto. Aproximadamente veinticinco años. Más alto. Más frío. Más consciente.

La miraba como si supiera exactamente quién era y lo sabia. Athenas parpadeó con fuerza.

El escenario se fracturó y volvió a ver a su hermano niño frente a ella. Ahora despierto. Sentado en la cama. Brazos cruzados. Mirándola con un gesto que no correspondía del todo a su edad.

—Sal de mi mente.

No fue una súplica. Fue una orden. Athenas alzó las manos de inmediato con inocencia.

—Ya salgo...

Retrocedió. La conexión se cortó como un hilo tensado demasiado tiempo. Volvió a la habitación. A la luna. Al suelo de madera. Athas seguía mirándola. Despierto. Consciente.

—No vuelvas a hacerlo sin avisar —dijo con una calma inquietante.

Athenas inclinó apenas la cabeza. Por primera vez en la noche… Parecía insegura. Afuera, el viento movió los viñedos y en algún punto de la mansión, alguien más había sentido una leve vibración en el aire. Como si algo hubiera sido observado o despertado.

...----------------...

La mesa del desayuno parecía sacada de una pintura antigua.

Pan recién horneado. Frutas cortadas con precisión. Miel, quesos, café oscuro. La familia Garza no hacía nada a medias.

Zoltan Garza conversaba con Arthur sobre logística. Sounya Garza observaba en silencio, registrándolo todo como siempre. Pero en medio del murmullo elegante de la mesa, había un punto quieto.

Athenas.

Sentada derecha.

Demasiado derecha para su edad.

No jugaba con la comida.

No hablaba.

No discutía con su hermano.

Sus ojos analizaban.

Danielle fue la primera en notarlo. Ares lo confirmó cuando la niña no reaccionó a un comentario de Athas. Algo estaba distinto.

No era miedo. Era… procesamiento y Ares supo exactamente cuándo comenzó. La isla. La mente de Apocalipsis.

Sin hacer una escena, Ares se levantó.

—Voy a mostrarle el jardín —dijo con naturalidad.

Athenas no protestó cuando él la alzó en brazos. Eso también era inusual. Salieron por las puertas de cristal hacia el exterior.

El aire de la mañana estaba fresco. El sol apenas calentaba los viñedos que se extendían en líneas perfectas.

Ares caminó sin rumbo aparente, pero sus pasos seguían rutas estratégicas: torres de vigilancia, puntos ciegos, entradas secundarias. Athenas miraba todo.

No como una niña maravillada. Como alguien archivando información.

—¿Qué viste? —preguntó él finalmente, en voz baja.

Ella tardó unos segundos en responder.

—Muchas cosas.

Su tono era suave. Pero demasiado controlado. Ares ajustó su agarre con delicadeza.

—No me refiero al terreno.

Silencio. El viento movió su cabello oscuro.

—Cuando entré en la mente de Apocalipsis … —murmuró ella— no estaba solo.

Ares no detuvo el paso. Pero su mandíbula se tensó apenas.

—Explícate, hija.

Athenas apoyó la cabeza en el hombro de su padre, aunque sus ojos seguían abiertos.

—Había algo más profundo. Como… una capa debajo de él. Algo que no era completamente humano.

Ares no reaccionó externamente. Internamente, cada alerta se encendió.

—¿Te vio?

La niña dudó.

—No. Pero sabía que alguien miraba.

Eso era peor. Caminaron hasta un punto elevado desde donde se veía casi toda la propiedad. Caballos corriendo a lo lejos. Guardias cambiando turno.

Un territorio fuerte.

Seguro.

Por ahora.

—Y anoche —continuó Athenas en voz muy baja— entré en la mente de Athas.

Ares se detuvo.

Lentamente la miró.

—¿Por qué?

Ella bajó la mirada por primera vez.

—Porque necesitaba saber si el fuego era solo un recuerdo… o una posibilidad.

El silencio se volvió pesado.

—¿Qué fuego? —preguntó él, más suave.

Athenas tragó saliva.

—Vi humo. Lo sentí. Y él estaba ahí… pero no era él.

Sus pequeños dedos se aferraron a la tela de la camisa de Ares.

—Papá… lo vi adulto.

El viento sopló más fuerte en ese instante. Ares sostuvo la mirada de su hija. No había fantasía en sus ojos. Solo certeza.

—¿Qué hacía?

Ella susurró:

—Me preguntó qué hacía en su mente.

Eso hizo que algo cambiara en la expresión de Ares. Porque eso no era una visión pasiva. Eso implicaba conciencia futura o una mente que ya sabía defenderse en múltiples planos.

Ares apoyó su frente contra la de ella.

—Escúchame con atención —dijo firme pero tranquilo—. No vuelvas a entrar en la mente de tu hermano sin que yo lo sepa.

Ella asintió.

—¿Y el fuego? —preguntó.

Ares miró el horizonte.

—El futuro no es una línea fija. Es un campo de batalla.

Volvió a caminar. Pero esta vez no estaba inspeccionando la propiedad.

Estaba calculando amenazas que aún no existían y por primera vez desde que llegaron a Italia… Entendió que el mayor peligro no estaba afuera de los portones. Estaba creciendo dentro de su propia sangre.

El viento movía los viñedos en ondas suaves cuando Athenas dejó de mirar el horizonte. Se giró hacia su padre y lo abrazó con una fuerza que no correspondía a su tamaño.

Ares sintió el temblor leve en su respiración antes de que ella hablara.

—Papá… —susurró contra su pecho—. No fue solo su mente.

Ares no la interrumpió. Esperó. Athenas apretó más fuerte la tela de su camisa.

—Vi cómo lo abrían.

Las palabras salieron pequeñas. Pero claras. El cuerpo de Ares se volvió absolutamente inmóvil.

—Lo tenían en una mesa. Luz blanca. Fría. No gritaba… —su voz se quebró apenas—. No podía.

Cerró los ojos con fuerza.

—Le cortaron la piel. No para dañarlo… para cambiarlo. Quitaban partes. Ponían otras. Lo reconstruían como si fuera una máquina.

Ares respiró lento. Controlado. Pero su pulso se volvió más pesado.

—¿Quiénes? —preguntó con una calma que era puro entrenamiento.

—No vi rostros completos. Solo batas. Símbolos. Y… —tragó saliva— una voz que daba órdenes. Decía que el cuerpo era exitoso… pero la mente era inestable.

Ares bajó la mirada hacia su hija. Ella ya no parecía distante. Parecía marcada.

—Entonces empezaron con su cabeza —continuó—. No con cirugía. Con cosas… eléctricas. Sonidos. Imágenes. Le repetían cosas. Lo obligaban a ver recuerdos una y otra vez hasta que dejaban de doler.

El aire pareció más frío.

—Le borraban partes —susurró—. Y le implantaban otras.

Ares apoyó una mano firme en la espalda de Athenas.

—¿Implantaban qué?

Ella dudó y esa duda fue lo que más le dolió a él.

—Obediencia… odio… objetivos.

Silencio.

—Lo hicieron creer que estaba solo. Que todos lo habían abandonado. Que la única verdad era la misión.

Ares cerró los ojos un segundo. Ahora entendía la fractura en la mirada de Apocalipsis.

No era locura. Era fabricación. Athenas levantó el rostro.

Sus ojos verdes estaban brillosos, pero no lloraba.

—Papá… él no nació así.

Eso golpeó más fuerte que cualquier imagen. Ares pasó su mano por el cabello de su hija con suavidad.

—No, mi amor —respondió bajo—. Nadie nace así.

Ella respiró hondo.

—Cuando entré en su mente… había algo más profundo. Como una segunda capa. Algo que no le pertenece.

Ares sintió cómo cada pieza comenzaba a encajar.

—Un ancla —murmuró—. Un control.

Athenas asintió lentamente.

—Y cuando salí… eso me sintió.

El silencio se volvió absoluto.

—¿Te siguió? —preguntó Ares sin alterar el tono.

—No. Pero sabe que puedo verlo.

Eso era peligroso. Muy peligroso. Ares la alzó un poco más alto en sus brazos, asegurándola contra él.

—Escúchame bien —dijo firme—. Lo que viste no te pertenece cargarlo sola.

Ella lo miró. Por primera vez desde la isla, volvió a verse como una niña.

—Me dio miedo —admitió en voz baja.

Ares apoyó su frente contra la de ella.

—Eso significa que sigues siendo humana.

Un suspiro pequeño salió de ella. El viento volvió a moverse entre las hileras de uva.

—¿Lo podemos salvar? —preguntó Athenas finalmente.

Ares miró hacia la mansión a lo lejos. Hacia su familia. Hacia lo que estaban intentando proteger.

—Si queda algo de él debajo de todo eso… —respondió— entonces sí.

Sus ojos se endurecieron apenas.

—Pero primero tenemos que encontrar quién lo convirtió en eso.

Athenas volvió a abrazarlo. Esta vez no por miedo. Sino por decisión y en algún lugar, muy lejos de Italia...

Alguien revisaba registros y notaba una leve alteración en un patrón neuronal que no debería haber cambiado.

El acceso al subterráneo estaba oculto tras una bodega de vino. Piedra antigua por fuera. Tecnología de guerra por dentro.

Asziel Garza caminaba al frente con las manos en los bolsillos, como si estuviera mostrando una sala de juegos.

—Les dije que se sentirían como en casa.

Una compuerta reforzada se abrió con reconocimiento biométrico. Descendieron por una escalera metálica amplia hasta que llegaron a una segunda puerta blindada.

Asziel apoyó la palma. La puerta se deslizó. Oscuridad. Sonrió y encendió las luces.

El lugar cobró vida. Filas de servidores. Pantallas curvas gigantes. Hologramas proyectando mapas satelitales en tiempo real.

Rutas marítimas.

Tráfico aéreo.

Frecuencias interceptadas. Las computadoras comenzaron a emitir un zumbido profundo, casi orgánico.

Conrad, aún con el vendaje visible bajo la camisa, soltó una risa genuina.

—Estoy en el cielo…

Se acercó cojeando levemente a una de las estaciones, sus dedos ya recorriendo teclas con familiaridad. Ares no sonreía.

Observaba.

Evaluaba.

Se giró hacia Asziel.

—No sabía que poseías inteligencia de este nivel.

Asziel inclinó la cabeza con falsa modestia.

—Es posible que haya hecho una pequeña escala en Suiza… y otra en China.

Ares lo miró, serio.

—¿Robaste? —le pregunto.

Asziel hizo un gesto de desdén con la mano.

—Robar es una palabra fea. Digamos que… tomé prestado.

Arthur soltó una risa baja. Ares entrecerró los ojos.

—¿Lo vas a devolver?

Asziel negó con total naturalidad.

—No.

Silencio breve. Luego el capo dio dos palmadas fuertes, el sonido resonó en el concreto pulido.

—Bien. Empecemos.

Las pantallas cambiaron de inmediato. Conrad proyectó el rostro de Apocalipsis en una de las pantallas centrales, junto con esquemas médicos incompletos.

—Si lo que dijo Athenas es correcto —murmuró Danielle acercándose—, no estamos buscando solo a un científico loco.

Las imágenes cambiaron a patrones neuronales anómalos.

—Estamos buscando una red —agregó Conrad—. Esto no es tecnología de un solo laboratorio. Es una combinación de bioingeniería europea con arquitectura neuronal asiática.

Asziel sonrió satisfecho.

—Por eso fui de compras internacionales.

Ares cruzó los brazos.

—Necesito nombres. Empresas fachada. Fundaciones médicas. Cualquier institución que haya trabajado con modificación cognitiva y regeneración celular avanzada en los últimos veinte años.

Conrad tecleó más rápido. Varias bases de datos encriptadas comenzaron a abrirse una tras otra.

—Si existe un ancla mental implantada —continuó Ares—, tuvo que haber un servidor central que la sincronizara en pruebas iniciales.

Asziel lo miró con interés.

—¿Crees que aún está conectado?

Ares negó levemente.

—No permanentemente. Pero las primeras versiones siempre dejan huella.

Una alerta parpadeó en rojo. Conrad levantó la vista.

—Encontré algo.

En la pantalla apareció un proyecto clasificado bajo múltiples capas de anonimato. Transferencias trianguladas entre Europa del Este, un holding farmacéutico suizo y una empresa tecnológica con base en Shanghái.

Danielle apretó la mandíbula.

—Eso no es casualidad.

Ares miró a Asziel.

—¿Qué tan profundo podemos entrar?

El capo sonrió.

—Lo suficiente como para que alguien se dé cuenta.

Ares sostuvo su mirada.

—Hazlo.

Asziel se quitó el saco con calma y lo dejó sobre una silla.

—Siempre quise empezar una guerra digital internacional desde mi propio viñedo. —sonrió.

Conrad soltó una carcajada. Las luces de las pantallas reflejaban en los rostros concentrados. Arriba, la mansión parecía tranquila. Abajo, estaban abriendo una puerta que probablemente nadie quería que se abriera.

Y por primera vez desde la isla. Ellos no estaban huyendo. Estaban cazando.

El subterráneo vibraba con actividad. Pantallas abiertas. Mapas en movimiento.

Conrad tecleando como si hubiera olvidado que estaba herido. Y entonces…

Bip.

Las puertas blindadas —con reconocimiento facial, huella y patrón térmico— se abrieron con un sonido suave. Sin alarma. Sin advertencia.

Todos giraron la cabeza al mismo tiempo. Athas y Athenas entraron caminando como si fuera el pasillo de su casa.

Tranquilos.

Impecables.

Curiosos.

Asziel Garza parpadeó. Miró el panel de seguridad. Luego miró a Ares.

—Diles algo a tus hijos —murmuró con falsa indignación—. Me están haciendo quedar mal.

Conrad soltó una risa. Arthur negó con la cabeza. Los mellizos se acercaron al centro de la sala.

—Nos aburríamos arriba —dijo Athas con naturalidad—. Así que bajamos.

—La segunda puerta tenía un retraso de 0.8 segundos en el cierre magnético —agregó Athenas como si comentara el clima—. Fue sencillo.

Silencio absoluto. Asziel llevó una mano al pecho, dramático.

—Niños prodigio… y yo pagando millones en seguridad.

Se agachó a su altura con una sonrisa ladeada.

—Son tan inteligentes que seguro para su cumpleaños no pedirán juguetes… —pausa teatral—. Sino autos.

Arthur levantó un dedo señalándolo.

—No le des ideas a mis nietos.

Demasiado tarde. Los dos pares de ojos idénticos se iluminaron.

—¿Podemos tener autos? —preguntaron casi al mismo tiempo.

Danielle cerró los ojos un segundo. Asziel, sin el menor remordimiento, se inclinó aún más.

—Por supuesto. Solo tienen que decirme cuál prefieren. ¿Ferrari… Bugatti… o Lamborghini?

Ferrari.

Bugatti.

Lamborghini.

Athas abrió la boca para responder.

—No —intervino inmediatamente Danielle con firmeza—. No pueden tener autos.

Athenas ladeó la cabeza.

—Pero técnicamente no especificó edad mínima.

Asziel sonrió orgulloso.

—¿Ven? Ya negocian mejor que varios ministros europeos. —los abrazo.

Ares cruzó los brazos, observando la escena con expresión neutra… aunque había un leve brillo divertido en sus ojos.

—Asziel.

El tono fue suficiente advertencia. El capo levantó las manos en rendición fingida.

—Está bien, está bien. Autos no.

Se inclinó hacia los niños y bajó la voz como si compartiera un secreto.

—Tal vez karts de alta velocidad.

Danielle lo miró con fuego puro.

—Asziel.

—Bien. Bicicletas serán —corrigió con resignación exagerada.

Conrad murmuró sin apartar la vista de la pantalla:

—Estas puertas deberían preocuparte más que los autos.

Asziel suspiró.

—Sí. Eso también.

Ares finalmente habló, mirando a sus hijos.

—¿Cómo bajaron exactamente?

Athas respondió sin culpa.

—El sistema tiene redundancia, pero no aislamiento completo entre niveles.

Athenas añadió:

—Y la IA prioriza patrones adultos. No ajusta correctamente a biometría infantil si está previamente autorizada en la base.

Silencio.

Conrad giró lentamente en su silla.

—Quiero adoptarlos para mi equipo.

Arthur soltó una carcajada. Asziel negó con la cabeza.

—No. Primero reforzaré mi sistema. Luego veremos lo de los autos.

Athenas miró las pantallas.

—¿Están buscando al hombre que rompió la mente de

Apocalipsis?

La sala volvió a tensarse. Ares sostuvo su mirada.

—Sí.

Athas dio un paso al frente.

—Entonces no deberían empezar por Europa.

Conrad frunció el ceño.

—¿Por qué?

Athas señaló una de las pantallas.

—Porque el patrón financiero principal no es suizo.

Athenas terminó la frase:

—Es un desvío.

La sonrisa de Asziel desapareció lentamente.

—¿Desvío hacia dónde?

Los mellizos se miraron entre sí y Athenas respondió con calma inquietante:

—Hacia alguien que no quiere que sepan que existe.

El subterráneo ya no parecía un juego. Y no era Asziel quien estaba dando ideas peligrosas.

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1
Analia Puntin
Excelente narración, atrapante
Evelyn Robles Lepin
spenser con más músculo y más alto
Evelyn Robles Lepin
spenser con más músculo y más alto
Alison Mendoza Sotelo
Maravillada y ansiosa por más
Alison Mendoza Sotelo
Segunda temporada.????
Mercedes Tibisay Marin
hay ellos no puedes morir el padre de ella tiene que sufrir por todo el daño que hicierón
Mercedes Tibisay Marin
hay Dios estó está muy bueno
Mercedes Tibisay Marin
esté hombre como papá merece que ella le haga lo mismo
Mercedes Tibisay Marin
ese padre es un mostro
María Angelica Stessens
Autora esta historia es fascinante , adictiva , no puedo dejar de leer y tan detallista que me hace como si yo fuera cada uno de los personajes 👏👏👏
Nancy RoMo
yo que queria athenas y luciam juntos 🥺😣😣
María Angelica Stessens
estupenda historia , felicitaciones 👏👏👏👏
Nancy RoMo
luciam 🥺🥺🥺
María Angelica Stessens
apasionante la historia 👏👏👏
Nancy RoMo
🥺🥺🥺
Nancy RoMo
💀💀💀💀
Alison Mendoza Sotelo
Que los mate de una ves
Nancy RoMo
😰😰😰😰😰😱😱😱😱😱
Nancy RoMo
amo a todos 😍😍😍
Alison Mendoza Sotelo
Esperar por más


No tardes
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