"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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Capítulo 15: Los Últimos Juegos Bajo la Luna
Dos días después de la transformación de Lyra, el invierno mostró su cara más amable.
La tormenta había pasado, dejando tras de sí un mundo cubierto de nieve virgen que brillaba bajo el sol como millones de diamantes. El cielo, despejado y azul, parecía un lienzo infinito sobre el que alguien había pintado nubes pequeñas y esponjosas. El aire, aunque frío, era puro y limpio, y cada respiración llenaba los pulmones de una energía nueva.
Eryndor había despertado temprano, sabiendo que cada minuto contaba. Esa noche, al caer el sol, partiría de regreso a la academia. Adrián lo acompañaría, recuperado ya del todo de su épica travesía a lomos del lobo gris.
Pero antes, había tiempo para un último juego.
La Carrera
—¿Lista? —preguntó Eryndor, ya en forma de lobo, su pelaje gris plateado brillando bajo el sol invernal.
Lyra, a su lado en forma de loba blanca, movió la cola con entusiasmo. Sus ojos color miel chispeaban con una alegría que no había sentido en mucho, mucho tiempo.
—Siempre lista —respondió con la mente, su voz ahora mezclada con la de Lunaria, su loba.
—Entonces... ¡ya!
Los dos lobos salieron disparados como flechas vivientes, sus patas levantando pequeños remolinos de nieve a su paso. Recorrieron los jardines del palacio, saltaron setos cubiertos de hielo, esquivaron árboles que parecían esculturas de cristal. Sus risas (porque los lobos también ríen, aunque sea con la mente) resonaban en el aire frío.
Alaric e Isolda los observaban desde una ventana del palacio, con tazas humeantes de chocolate en las manos y sonrisas que no podían ocultar.
—Míralos —dijo Isolda, con una ternura inusual en ella—. Son tan hermosos.
—Lo son —respondió Alaric, pasando un brazo por los hombros de su esposa—. Y pensar que hace dos días nuestra pequeña estaba ardiendo en fiebre...
—Y ahora corre como si hubiera nacido loba.
Alaric rió suavemente.
—En cierto modo, lo hizo.
En el jardín, los lobos continuaban su juego. Eryndor, más grande y experimentado, se dejaba alcanzar a propósito, solo para que Lyra pudiera atraparlo y celebrar su "victoria" con un aullido triunfal.
—¡Te pillé! —aulló Lyra mentalmente, abalanzándose sobre su hermano.
—¡Tramposa! —respondió él, revolcándose en la nieve con ella—. ¡Te dejé ganar!
—¡Mentira! ¡Soy más rápida!
—Eres más pequeña. Eso no es lo mismo.
Rodaron por la nieve, dos bolas de pelo gigantes, hasta quedar panza arriba, jadeando y riendo mientras el sol brillaba sobre ellos.
Los Espectadores
Adrián llegó al jardín envuelto en su capa negra, con una sonrisa que pocas veces mostraba. Se sentó en un banco de piedra, ignorando el frío, y observó a los hermanos jugar.
Eran un espectáculo impresionante.
Eryndor, el lobo gris de ojos azules, era grande y poderoso, con una elegancia felina en sus movimientos a pesar de su tamaño. Su pelaje, del color de las tormentas, brillaba con reflejos plateados que cambiaban con la luz.
Lyra, la loba blanca de ojos miel, era más pequeña pero igualmente hermosa. Su pelaje era tan puro que parecía hecho de luz lunar solidificada, y cuando corría, parecía flotar sobre la nieve. Había en ella una gracia innata, una belleza que trascendía lo físico.
Juntos, formaban una imagen que cualquier pintor mataría por capturar.
—Son increíbles, ¿verdad?
Adrián se giró y vio a Isolda acercarse, envuelta en un abrigo de piel blanca que hacía juego con su cabello.
—Lo son —respondió—. Nunca había visto algo así.
—Yo tampoco —admitió Isolda, sentándose a su lado—. Y sin embargo, aquí estamos. Viendo un milagro.
Adrián la miró.
—Tía, ¿estás bien?
Isolda sonrió, esa sonrisa pequeña que solo su sobrino conocía.
—Más que bien. Por primera vez en mucho tiempo, creo que estoy donde debo estar.
Adrián asintió, comprendiendo.
—Yo también.
El Último Juego
Cuando los lobos se cansaron de correr, volvieron a su forma humana y se acercaron al banco, envueltos en las mantas que unos sirvientes les acercaron rápidamente.
—¿Nos has visto? —preguntó Lyra, con el rostro encendido por el ejercicio y la emoción—. ¡He volado sobre los setos!
—Te he visto caerte en uno —la corrigió Adrián con una sonrisa pícara.
—¡Fue solo una vez! ¡Y Eryndor me distrajo!
—¿Yo? —protestó su hermano—. Tú sola te despistas.
Las risas llenaron el jardín. Incluso Isolda rió, un sonido cristalino que cada vez era más frecuente.
—Vamos —dijo Alaric, apareciendo con más mantas—. Entremos. Hay chocolate caliente esperando, y quiero pasar cada minuto posible con ustedes antes de que se vayan.
La Tarde en Familia
Esa última tarde la pasaron todos juntos en la sala de estar, frente a la chimenea. Hablaron de todo y de nada: de la academia, de las ballenas, de las travesuras de la infancia, de los planes para el futuro. Isolda había preparado más galletas, y la mesa estaba cubierta de dulces.
Lyra, acurrucada entre su padre y su hermano, intentaba memorizar cada detalle: el sonido de la risa de Eryndor, el brillo en los ojos de Adrián cuando contaba alguna anécdota divertida, la sonrisa de Isolda, el orgullo en la mirada de Alaric.
"No quiero que se vayan", pensó, aunque sabía que era inevitable.
"Lo sé", respondió Lunaria en su mente. "Pero volverán. Y mientras tanto, nos tenemos la una a la otra."
"Y a papá. Y a Isolda."
"Y a toda la red que has construido. No estás sola, Lyra. Nunca lo estarás."
Lyra sonrió y apoyó la cabeza en el hombro de su hermano.
La Despedida
El atardecer llegó demasiado rápido. El cielo se tiñó de naranja y púrpura, y las antorchas del patio comenzaron a encenderse, iluminando la escena de la partida.
La comitiva estaba lista: los mismos caballeros que habían traído a Eryndor, los mismos caballos, los mismos carros. Adrián montaría con él, al menos hasta el cruce de caminos donde sus rutas se separaban.
Lyra abrazó a su hermano con todas sus fuerzas.
—Cinco años —murmuró—. Aún quedan tres.
—Tres —confirmó Eryndor, abrazándola con la misma intensidad—. Y pasarán volando. Ya verás.
—Te escribiré.
—Y yo a ti.
Se separaron, y Eryndor se arrodilló para quedar a su altura.
—Eres increíble, Lyra. La mejor hermana del mundo. Cuida de papá, de Isolda, de ti misma. Y cuando te sientas sola, corre. Corre como loba. La nieve te espera.
Lyra asintió, con lágrimas en los ojos.
—Lo haré.
Luego fue el turno de Adrián. El príncipe de Aurelia se acercó a ella con una expresión seria.
—Tres años —dijo—. Luego volveremos. Y cuando lo hagamos, tendremos mucho trabajo por delante.
—Lo sé —respondió Lyra—. Estaré lista.
—Siempre lo estás.
Adrián dudó un instante, luego se inclinó y le dio un beso en la frente. Un gesto tan inesperado que Lyra se quedó sin palabras.
—Cuídate, Lyra Valdris —dijo—. Eres mi mejor amiga. Y no pienso perderte.
Antes de que ella pudiera responder, Adrián montó su caballo y se colocó junto a Eryndor.
La comitiva comenzó a moverse.
Lyra agitó la mano hasta que las últimas figuras desaparecieron tras las puertas.
Luego, cuando estuvo segura de que nadie la miraba, se transformó en loba y aulló.
Un aullido largo, profundo, que atravesó la noche y llegó hasta sus personas queridas, que aún podían oírlo en la distancia.
Eryndor, ya en el camino, sonrió y respondió con otro aullido.
Y así, lobo y loba, hermano y hermana, se dijeron adiós con la única voz que realmente importaba.
La del alma.