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Almas En Distinto Cielo

Almas En Distinto Cielo

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Completas
Popularitas:513
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Almas que están destinadas a encontrarse aunque estén del otro lado del mundo.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La fiebre, la noche y la propuesta!

...Almas en Distinto Cielo...

...✦   ✦   ✦...

...Capítulo XVI...

...La fiebre,...

...la noche y la propuesta...

...— Porque hay cuidados que no se pueden dar sin entregarse un poco —...

...Suite 501 — Dos días después del encuentro★ ★ ★...

Sebastián

La gripe que había devastado al personal del hotel encontró finalmente a Sebastián Rhys un martes a la madrugada, con la eficiencia silenciosa que tienen las enfermedades que esperan el momento en que uno baja la guardia. No fue gradual — fue de golpe, como suelen ser las cosas que el cuerpo ha estado resistiendo por fuerza de voluntad hasta que la voluntad cede. Cuarenta grados de fiebre antes del amanecer. El cuerpo que se negaba a responder. La cabeza que ardía con ese calor particular que no es del sol sino de adentro.

Kenji lo encontró a las siete de la mañana cuando fue a dejarle el resumen del día y no obtuvo respuesta al primer golpe en la puerta. Ni al segundo. Al tercero usó la llave maestra que el hotel les había dado para emergencias. Lo que encontró adentro lo hizo llamar al médico del hotel de inmediato.

"Necesita reposo absoluto. Hidratación. Alguien que lo controle cada dos horas." El médico del hotel guardó el termómetro con esa calma profesional que tiene la gente que ha visto demasiadas fiebres para alarmarse. "¿Tiene familia aquí?"

"No," dijo Kenji.

"¿Alguien de confianza?"

Kenji miró a su jefe, que estaba recostado con los ojos cerrados y esa expresión de quien está peleando contra algo más grande que él por primera vez en mucho tiempo.

"Voy a llamar a alguien," dijo Kenji.

Llamó a la jefa del hotel. La jefa mencionó que tenía personal con experiencia en atención a huéspedes. Kenji pidió a la mejor. La jefa no dudó: Valeria.

Sebastián, que escuchaba a medias desde ese estado de semiconciencia que da la fiebre alta, abrió los ojos cuando escuchó el nombre. Y dijo, con una voz que no era la suya pero que tenía toda su determinación:

"Ella. Que venga ella."

Kenji lo miró sorprendido. Su jefe raramente pedía algo con ese tono — ese tono que no era orden sino algo más cercano a la necesidad.

"¿La conoce?"

Sebastián cerró los ojos de nuevo. "Llamala."

...Suite 501 — Esa misma tarde★ ★ ★...

Valeria

Entró a la suite con el maletín de primeros auxilios del hotel, el termómetro, una jarra de agua fría y esa disposición práctica que tenía para todo lo que requería acción inmediata. Había atendido niños con fiebre la mitad de su vida. Había cuidado a sus hijos solos, sin que nadie la relevara. Sabía exactamente qué hacer cuando un cuerpo necesitaba que alguien se hiciera cargo.

Lo que no esperaba era que el cuerpo fuera el de ese hombre.

Lo encontró en la cama, con la camisa sin abotonar, el cabello húmedo de sudor, y esa expresión de los enfermos que no están acostumbrados a estarlo — una mezcla de resistencia y rendición que resultaba, contra toda expectativa, completamente humana. Los ojos oscuros la encontraron cuando ella entró. Y en ellos había algo que Valeria no supo nombrar de inmediato pero que reconoció de la manera en que se reconocen las cosas que uno ya sabe aunque no sepa que las sabe.

Suite 501 — Las horas de la fiebre

Valeria trabajó con eficiencia. Tomó la temperatura. Le cambió los paños fríos. Le hizo beber agua aunque él protestara con ese orgullo absurdo de los que no saben recibir cuidado.

"Tiene que tomar esto," dijo, extendiéndole los analgésicos.

"No necesito—"

"Tiene cuarenta y uno. Necesita." Lo dijo con la voz de maestra, esa que no admite negociación sin ser agresiva. Sebastián la miró. Y tomó los analgésicos.

Pasaron horas. Sebastián dormitaba y despertaba. En los momentos de lucidez la miraba con esa intensidad que la desconcertaba — no era el modo en que miran los enfermos, que miran hacia adentro. Él la miraba a ella.

"¿Por qué vos?" preguntó en uno de esos momentos. La voz pastosa por la fiebre pero los ojos claros.

"Porque me llamaron," dijo Valeria sin levantar los ojos del termómetro.

"No. ¿Por qué siempre vos?"

Ella lo miró entonces. Era una pregunta rara. Demasiado rara para la situación.

"No sé de qué me está hablando, señor."

"Sebastián." Lo dijo con firmeza. "No me llames señor."

Valeria lo miró un momento. Luego volvió al termómetro.

"La fiebre le afecta el juicio," dijo. Pero algo en ella — algo pequeño, terco, que llevaba años sin hacer ruido — prestó atención.

...Hacia la medianoche la fiebre cedió un poco....

Sebastián dormía. Valeria recogía sus cosas para irse cuando él, sin abrir del todo los ojos, dijo su nombre. No "señorita". No "empleada". Su nombre. Como si lo conociera de antes. Como si lo hubiera dicho otras veces en algún lugar que no era este cuarto.

"Valeria."

Ella se detuvo. Lo miró. Él tenía los ojos cerrados. Dormía.

Valeria se quedó parada un momento más de lo necesario. Luego salió en silencio, cerrando la puerta con cuidado, llevando consigo algo que no supo muy bien cómo clasificar. Algo que no era exactamente atracción porque Valeria había aprendido a desconfiar de la atracción. Era algo más parecido al reconocimiento. A la sensación de que ese hombre que acababa de decir su nombre dormido lo había dicho de la manera en que se dice el nombre de alguien que se conoce desde antes de conocerlo.

Volvió al día siguiente. Y al siguiente. La fiebre tardó tres días en ceder del todo, y Valeria estuvo los tres. No porque se lo hubieran pedido — a partir del segundo día era su propia decisión, una que no terminaba de explicarse del todo pero que tampoco cuestionaba.

En esas tres jornadas hablaron. No de las cosas grandes — esas llegarían después. Hablaron de las pequeñas: él le preguntó cómo se llamaban sus hijos, ella respondió sin pensarlo demasiado. Él le preguntó qué era lo que cocinaba cuando no tenía que cocinar para nadie. Ella se rió — por primera vez frente a él, esa sonrisa que iluminaba sin pedir permiso — y dijo que fideos con manteca porque era lo único que hacía sin pensar.

"¿Fideos con manteca?" Sebastián la miraba desde la cama con una expresión que en cualquier otra persona habría sido incredulidad. En él era algo más cercano al encanto.

"Es lo más honesto que existe en la cocina," dijo Valeria. "Sin pretensiones. Solo lo que es."

Sebastián guardó silencio un momento. "Como vos," dijo finalmente.

Valeria lo miró. Luego recogió el vaso vacío y fue a buscar agua, porque era más fácil que responder.

El cuarto día Sebastián pudo levantarse. El quinto convocó a Jinho y a Valeria juntos en la sala de reuniones de la suite — algo que Valeria no esperaba y que la hizo entrar con esa cautela que tenía cuando el terreno no era familiar.

La propuesta

...Jinho puso la melodía. La misma que Sebastián había escuchado con las palabras de Valeria reconstruidas de memoria. Luego Sebastián abrió la carpeta en su propio teléfono — las palabras que había transcripto, imperfectas pero suficientes....

...Valeria escuchó. Su propio texto encajando con la música. Su propia voz —no cantada, sino escrita— encontrando la melodía que nunca había escuchado pero que parecía haberla esperado....

...Cuando terminó la música, Jinho la miró. "¿Sabés lo que tenés ahí?"...

...Valeria miró el teléfono. Miró a Jinho. Miró a Sebastián....

..."Una letra," dijo....

..."Una letra que el mundo necesita escuchar," dijo Jinho. "Y nosotros queremos comprarla. Para el kdrama. Para la canción principal."...

...Silencio....

..."¿Comprarla?" La voz de Valeria tenía esa textura de cuando algo no termina de ser real todavía....

...Sebastián la miró. "Con lo que vale. No menos."...

...Jinho dijo la cifra. Valeria no reaccionó de inmediato — porque las personas que han tenido que contar cada peso durante toda su vida a veces tardan un segundo en procesar los números grandes. Luego parpadeó. La cuota de Alma. Las zapatillas de Mateo. El gas. Todo eso y mucho más....

..."¿Por una canción?" dijo....

..."Por tu canción," dijo Sebastián. Y en su voz había algo que era más que transacción. Algo que Valeria guardó sin saber todavía dónde ponerlo....

Dijo que sí. Firmó lo que había que firmar. Salió de la suite con los papeles en la mano y caminó hasta el vestuario del personal, se sentó en el banco de siempre, y le escribió a Soledad tres palabras:

"Me compraron una canción."

La respuesta llegó en cuatro segundos exactos: "QUÉ."

Y luego, inmediatamente: "TE LO DIJE. TE LO DIJE. TE LO DIJE."

Valeria se rió sola en el vestuario. Y si en esa risa había algo que no era solo alegría por el dinero sino algo más difuso y más difícil de nombrar — algo relacionado con un hombre en el quinto piso que la había mirado de una manera que ninguno de los que habían pasado por su vida había sabido mirarla — eso era algo que Valeria decidió, por el momento, no examinar demasiado.

...Había vendido una canción. Había cuidado a un desconocido durante tres días. Y ese desconocido había dicho su nombre dormido como si lo conociera de toda la vida....

Valeria tenía miedo. Del tipo de miedo que no viene del peligro sino de la posibilidad.

Y la posibilidad, esta vez, tenía los ojos oscuros y una voz que llegaba desde el fondo de algo que no terminaba de entender.

...✦   ✦   ✦...

Continuará en el Capítulo XVII

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