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DIVA RENACIDA

DIVA RENACIDA

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Mujer poderosa
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: More more

Estaré subiendo capítulos diario y es una historia corta sin muchas complicaciones y personajes

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CAPÍTULO 21 EXTRA DE ARTHUR 1

El tintineo de la pluma de ganso contra el tintero de cristal era el único sonido que competía con el rugido del viento invernal en el ala este de la Academia Sterling. A sus veintidós años, Arthur Sterling-Belmont no recordaba un solo día de su vida en el que el silencio no hubiera sido su posesión más preciada y, al mismo tiempo, su herramienta de trabajo más letal.

Sentado tras un imponente escritorio de madera de roble negro, el joven administrador del reino revisaba los libros contables del Consorcio del Norte con una meticulosidad que rozaba la obsesión.

​Físicamente, Arthur se había convertido en la viva imagen de lo que el continente consideraba un gobernante moderno. Había heredado la estructura ósea alta, firme y aristocrática de su padre, el Duque Maximilian, pero en su rostro no se leía la fiereza indómita del guerrero, sino la calma gélida y analítica de su madre, Charlotte.

Su cabello, de un tono cobrizo profundo, permanecía perfectamente peinado hacia atrás, y sus ojos, dos esmeraldas cristalinas detrás de unos finos lentes de lectura que solo utilizaba en la intimidad de su despacho, escaneaban las cifras de exportación de carbón térmico con una velocidad pasmosa.

​Para el mundo exterior, Arthur era una máquina de calcular perfecta; el cerebro financiero que sostenía el peso de la corona mientras su hermano gemelo, Liam, infundía respeto en las fronteras con el acero y la pólvora.

Sin embargo, el éxito traía consigo una carga silenciosa. La aristocracia tradicional del sur seguía viendo con recelo cómo un joven de veintidós años dictaba las pautas económicas de todo un continente, y las solicitudes de audiencia de lores que intentaban buscar una grieta en su armadura matemática eran diarias.

​Arthur suspiró, quitándose los lentes y frotándose el puente de la nariz. La puerta de su despacho se abrió sin previo aviso, un privilegio que solo una persona en todo el reino se atrevía a tomarse sin enfrentar las consecuencias de la guardia ducal.

​Charlotte Belmont entró al salón. El tiempo había sido generoso con la gran matriarca; los hilos de plata en su cabello rojo solo acentuaban su presencia imponente, y su mirada esmeralda seguía poseyendo la misma chispa de la diva que una vez conquistó los escenarios de otro mundo.

Vestía un abrigo de pieles oscuras y portaba un pergamino sellado con cera púrpura.

​—Sigues despierto, Arthur —dijo Charlotte, su voz arrastrando esa cadencia teatral y segura que su hijo conocía tan bien—.

Tu padre dice que si sigues durmiendo cuatro horas al día, terminarás pareciendo un fantasma de la torre antes de cumplir los veinticinco.

​—El comercio con las provincias del Este no duerme, madre —respondió Arthur con una leve sonrisa, poniéndose de pie inmediatamente por cortesía—. Además, los gobernadores del sur están intentando modificar los aranceles del trigo utilizando una ley de propiedad del siglo pasado.

Si no encuentro el vacío legal antes del consejo de mañana, nos costará miles de monedas de oro en subsidios.

​Charlotte se acercó y colocó el pergamino sobre el escritorio, justo encima de los balances contables.

​—Entonces te alegrará saber que el problema del sur ya no es tu prioridad absoluta. Esto acaba de llegar del puerto de Valoria. El profesor Dumont ha llegado a la Academia para ocupar la cátedra de Derecho Internacional y Comercio Marítimo. Y no viene solo.

​Arthur enarcó una ceja. Conocía la reputación del profesor Henri Dumont, un eminente erudito extranjero cuyas teorías sobre el derecho contractual habían revolucionado las rutas del mar del sur. Charlotte había pasado dos años convenciéndolo de unirse al cuerpo docente de la Academia Sterling.

​—¿Su asistente? —preguntó Arthur, asumiendo que el pergamino contenía las credenciales de algún secretario experimentado.

​—Su hija —corrigió Charlotte, con una chispa de profunda diversión en los ojos—.

Genevieve Vance-Dumont. Se graduó con honores en la Universidad de la Capital del Sur y ha estado manejando las disputas de propiedad naviera de su padre desde los dieciocho años.

Mañana a primera hora presentará el nuevo plan de estudios ante el comité. Como director ejecutivo de la Academia, espero que estés allí para recibirla. Y Arthur... mantén la mente abierta.

Esa joven no es una flor de invernadero de la corte.

​Cuando su madre se retiró, dejándole un sutil aroma a chocolate y sándalo en el aire, Arthur regresó a su asiento. Abrió el pergamino y leyó las notas manuscritas de la joven.

La caligrafía era firme, angulosa y carente de los adornos innecesarios típicos de las damas de la alta sociedad.

Las anotaciones al margen mostraban una comprensión tan aguda de las fallas del sistema fiscal del reino que Arthur sintió, por primera vez en años, una punzada de genuina curiosidad intelectual.

​A la mañana siguiente, la gran sala de juntas de la Academia Sterling estaba inmersa en una luz invernal diáfana. El ambiente olía a madera encerada, papel pergamino y té de canela.

Los miembros del consejo, hombres mayores de largas barbas y ropajes pesados, murmuraban entre sí, claramente incómodos por la perspectiva de evaluar a una mujer para un puesto de tan alta relevancia académica.

​Arthur entró y el silencio se apoderó de la sala. Se sentó en la cabecera de la mesa, manteniendo su postura impecable.

Un minuto después, las puertas dobles se abrieron y el profesor Dumont, un hombre anciano y encorvado de mirada amable, entró seguido de su hija.

​El mundo pareció ralentizarse para Arthur en ese instante, aunque su rostro no mostró la más mínima alteración.

​Lady Genevieve Vance-Dumont era, en todos los sentidos, una anomalía magnética en el Norte. En un reino donde la belleza se medía en cabellos dorados y miradas sumisas, ella destacaba como una tormenta nocturna.

Su cabello era oscuro como el azabache, cayendo en ondas densas e indómitas que enmarcaban un rostro de facciones aristocráticas y una piel de una palidez de porcelana.

Pero lo que realmente detuvo los pensamientos de Arthur fueron sus ojos: de un gris tormentoso, casi plateados, brillantes con una inteligencia viva y un matiz de absoluto desdén por la formalidad rancia de los consejeros.

​No vestía los pesados vestidos de brocado verde o azul del Norte; llevaba un traje de amazona de corte civil en color azul de Prusia, entallado, funcional y elegante, que le permitía caminar con una seguridad felina, sosteniendo una carpeta de cuero bajo el brazo.

​—Miembros del consejo, Lord Administrador —comenzó el profesor Dumont, saludando con una inclinación de cabeza

—. Les presento a mi hija y colega, Genevieve. Ella expondrá los puntos clave de nuestra propuesta para la reforma del derecho de navegación.

​Genevieve dio un paso al frente. No vaciló ante las miradas de escrutinio de los ancianos consejeros, ni tampoco desvió la vista cuando sus ojos grises se encontraron directamente con las esmeraldas frías de Arthur.

Al contrario, una sutil sonrisa, casi un desafío silencioso, curvó sus labios perfectamente delineados.

​—Honorable consejo —dijo Genevieve, su voz era un contralto suave pero lo suficientemente firme como para resonar en las vigas del salón—.

El actual sistema de aranceles del Norte es un monumento a la ineficiencia. Están aplicando leyes feudales de paso terrestre a naves que transportan toneladas de mineral a través de canales artificiales.

Si continuamos bajo este esquema, el Consorcio del Norte perderá el monopolio del transporte marítimo frente a las repúblicas independientes de la costa en menos de tres años.

​Un murmullo de indignación recorrió la mesa. El consejero Vance, un hombre de avanzada edad y primo lejano de la antigua línea noble, golpeó la mesa.

​—¡Sra. Dumont! Esas leyes fueron revisadas por el mismísimo Duque Alexander hace una década. Sugerir que nuestro sistema está obsoleto es...

​—Es una lectura matemática de los hechos, consejero —interrumpió Genevieve, sin alterar su tono, mientras abría su carpeta y deslizaba varias hojas con gráficos de barras manuscritos sobre la mesa—.

El Duque Alexander es un genio militar y un administrador honorable, pero sus cálculos no previeron la devaluación de la moneda en los puertos del sur.

Si revisa la página tres, verá que estamos perdiendo un doce por ciento de margen de ganancia por cada nudo náutico debido a los tiempos de espera burocráticos en los muelles de la Academia.

​Arthur observó el gráfico. Los datos eran impecables. La lógica era devastadora. Los consejeros miraban los papeles, buscando desesperadamente un error que les permitiera desacreditar a la joven extranjera, pero no encontraron nada.

​—Tus datos sobre los tiempos de espera son correctos, Lady Genevieve —intervino Arthur por primera vez, su voz gélida cortando la tensión de la sala—. Sin embargo, omitiste un factor crucial en tu ecuación de tres años.

​Genevieve giró su cuerpo hacia él, cruzando los brazos sobre el pecho en una postura que ningún protocolo noble habría aprobado, pero que en ella lucía extrañamente natural y dominante.

​—¿Y cuál sería ese factor, Lord Administrador? —preguntó ella, entornando sus ojos grises.

​—El riesgo político —respondió Arthur, entrelazando los dedos sobre la mesa—. Si reducimos los tiempos de inspección burocrática en los muelles para agilizar el paso, abrimos una brecha para el contrabando de armas desde las provincias disidentes del sur.

El doce por ciento de pérdida monetaria que mencionas es, en realidad, el costo de la seguridad fronteriza que mantiene este reino en paz.

Una mente económica brillante siempre debe calcular el costo de la pólvora antes de cambiar el precio del transporte.

​La sala quedó en un silencio sepulcral. Los consejeros sonrieron, creyendo que el joven heredero había destruido el argumento de la advenediza. Pero Arthur no estaba celebrando; estaba observando la reacción de Genevieve.

​Para su sorpresa, la joven no se encogió ni se mostró frustrada.

En lugar de eso, sus ojos plateados brillaron con una intensidad casi salvaje. Una risa corta y genuina escapó de sus labios, un sonido que a Arthur le pareció extrañamente fascinante.

​—Un argumento sólido, Lord Arthur —replicó Genevieve, dando un paso hacia el escritorio principal, quedando a escasos metros de él—. Si estuviéramos en el siglo pasado. Pero lo que usted llama "costo de seguridad", yo lo llamo falta de innovación.

Si en lugar de inspectores humanos en los muelles utilizáramos el sistema de precintos numerados con lacre real que su propia madre implementó en las fábricas de textiles del Norte, la seguridad se mantendría intacta y el tiempo de espera se reduciría a la mitad.

El contrabando no se combate con burocracia, se combate con logística.

​Arthur se quedó inmóvil por una fracción de segundo. La propuesta del precinto logístico era una idea que él mismo había estado esbozando en sus notas privadas apenas la noche anterior, una solución estructural que aún no había compartido con nadie.

Que esta mujer, recién llegada del extranjero, hubiera llegado a la misma conclusión analítica en medio de un debate improvisado era algo que desafiaba toda su experiencia con la nobleza continental.

​Durante varios segundos, las esmeraldas de Arthur y el gris tormenta de Genevieve sostuvieron un duelo silencioso en el centro de la sala de juntas.

Ninguno de los dos parpadeó. No había sumisión, no había flirteo cortesano; era el reconocimiento mutuo de dos mentes que operaban en una frecuencia completamente diferente a la del resto del mundo.

​—El consejo agradece su presentación, Lady Genevieve, Profesor Dumont —dijo Arthur, rompiendo finalmente el silencio con su habitual tono imperturbable—. Evaluaremos el plan de estudios y la propuesta logística de manera interna. Pueden retirarse.

​Genevieve hizo una reverencia perfecta, aunque la inclinación de su cabeza tuvo un toque de ironía que no pasó desapercibido para el joven administrador.

Recogió sus papeles con movimientos fluidos y salió de la sala, dejando tras de sí una estela de aire fresco y el eco de una mente que Arthur sabía que no podría olvidar fácilmente.

​Cuando la sesión del consejo terminó y los ancianos se retiraron murmurando sobre la "arrogancia de los Dumont", Arthur se quedó solo en la gran sala. Se acercó a la ventana que daba al patio central de la Academia. Abajo, en la nieve, vio a Genevieve caminando junto a su padre; ella gesticulaba con las manos, discutiendo apasionadamente sobre algún tema, con su capa azul ondeando al viento invernal.

​Arthur Sterling-Belmont sonrió de verdad por primera vez en meses. El peso de la corona Sterling seguía siendo igual de grande, las cifras seguían requiriendo su atención y los lores del sur seguirían conspirando. Pero el invierno en la Fortaleza del Norte acababa de volverse infinitamente más interesante.

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❤️More more❤️
Evelyn su kombre en el mundo moderno y Charlotte su nombre de renacida
Nicol Basauri
es buenisimo en serio como transforma todo la diva y sus hijos
Diana Garzon
se llama Evelyn o Charlotte me confunde
Kira Javan
pienso que vamos bien
que no tiene una obsesión por humillar más de lo debido.
y que el pelirrojo va hacer su piedra de tropiezo. 😂
Iliana Curiel
Me encantó el comienzo y nuestra prota más ❤️❤️❤️
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