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El Enredo Del Destino

El Enredo Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Dejar escapar al amor
Popularitas:613
Nilai: 5
nombre de autor: EllyaG

Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.

NovelToon tiene autorización de EllyaG para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Dante

Ahí estaba ella.

Isabela.

La mujer que, semanas atrás, le había roto el corazón.

Impecable y serena. Como si ese mundo le perteneciera… y, en realidad, así era. Destacaba entre todos sin esfuerzo, moviéndose entre los invitados con una naturalidad que a él siempre le había resultado imposible ignorar.

—Lady Isabela, le presento a mi sobrino, Dante Belmonte, futuro conde del condado Belmonte.

—Mucho gusto, señor —respondió ella con cortesía—. Gracias por acompañarnos en el día de mi hermana. Nos alegra contar con su presencia… y la de su sobrino.

Dante la observó en silencio.

Isabela desvió la mirada hacia la joven a su lado.

—Soy Isabela De La Torre. Gracias por venir.

—Hola, soy Lucía Arango —respondió con una sonrisa amable.

—¿Arango? No me resulta familiar, lo lamento.

—No es un nombre muy conocido. Mi familia no posee título, pero contamos con tierras prósperas.

Isabela asintió levemente.

—Si me disculpan… debo atender a otros invitados. Disfruten el desayuno.

Y sin mirar atrás, se alejó.

Dante no apartó la vista.

La siguió con la mirada hasta que se perdió entre la gente.

Y entonces, sin poder evitarlo, pensó:

¿En qué momento… todo se rompió?

... ...

...****************...

—¿Seguirás con eso? —preguntó Wilfredo—. Es solo una mujer. Déjalo ya.

—Me gustaba —confesó Dante.

Su tío lo observó con desdén.

—Una mujer como ella no se casaría contigo. Ese abuelo que tiene jamás lo permitiría. Ve a sus nietas como joyas costosas… nunca entregaría la más preciada a nuestra familia. Para él, no somos nada.

Dante lo miró con atención.

—¿Hablas del duque Eduardo? Se dice que es un hombre amable.

Wilfredo soltó una risa seca.

—¿Amable? Es un hombre peligroso. En su juventud fue tan calculador como despiadado. ¿Cómo crees que obtuvo todo el respeto que tiene ahora?

—Tengo entendido que fue por su servicio al reino —respondió Dante.

—¿Un héroe? —repitió, burlón—. Todo lo que tiene se lo debe a Elisa Giacinti. Sus conexiones y su dinero levantaron a ese hombre.

—También tenía un título, tío.

—Como el tuyo —replicó sin dudar—. Un título sin peso.

Dante frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué estás insinuando?

Wilfredo se inclinó apenas hacia él.

—Que el matrimonio es lo único que va a mejorar el nombre de nuestra familia.

Hizo una pausa antes de continuar:

—Por eso iremos a esa boda. Saludarás a la nieta de ese duque… y lo harás acompañado de la señorita Arango.

—Ella no tiene título —replicó Dante.

—Pero tiene dinero —respondió con calma—. Mucho. Es un intercambio justo: tú le ofreces un título de condesa… y ella aporta los recursos.

Wilfredo lo miró con frialdad.

—Más adelante, encontraré algo mejor. Una esposa con nombre… y con medios. Solo dame tiempo.

Dante estaba renuente. No se sentía con el valor suficiente para asistir, mucho menos acompañado de otra joven, a la boda de la hermana de Isabela.

Aún mantenía la esperanza de que, con el tiempo, las cosas pudieran arreglarse. Que Isabela, eventualmente, decidiera por sí misma… y no bajo la influencia de su abuelo.

Pero el tiempo no esperaba.

Y, en su caso, comenzaba a convertirse en un problema.

El condado Belmonte atravesaba dificultades. Los recursos eran limitados, y las personas que dependían de esas tierras también dependían de él. Tras la muerte de su padre, Dante había heredado no solo el título… sino también sus deudas.

Durante un tiempo, su tío había logrado sostener la situación. Pero eso no sería suficiente por mucho más.

Además, existía una condición clara: no podría asumir formalmente el título de conde hasta contraer matrimonio.

Su tío envejecía. La presión aumentaba.

Y él lo sabía.

Por eso, en más de un momento, pensó que Isabela habría sido la opción perfecta.

No solo por lo evidente.

Era hermosa. Le gustaba.

Pero también representaba algo más.

Una alianza sólida.

Un título superior.

Recursos suficientes para levantar el condado.

Todo lo que necesitaba.

Y, pese a todo… Dante aún esperaba que Isabela pudiera perdonarlo.

—Señorita Arango —dijo con una leve sonrisa—, es un honor para mí que haya aceptado acompañarme a la boda con tan poca antelación.

—El honor es mío, señor —respondió ella con amabilidad—. Pero puede llamarme Lucía. Su tío me ha hablado tanto de usted que siento como si ya lo conociera.

—Muy bien, Lucía.

Dante le ofreció la mano.

—Acompáñeme al carruaje. Mi tío ya nos espera.

—Por supuesto —sonrió la joven.

...****************...

La residencia campestre de la familia De La Torre se encontraba a poca distancia del instituto. Los terrenos eran amplios, cuidados al detalle. No parecía un lugar destinado únicamente al descanso; su tamaño y presencia eran comparables a los de su residencia principal en Varath.

—Son unos presuntuosos —comentó Wilfredo con desdén.

Lucía lo miró con curiosidad.

—Tío, la señorita Lucía va a pensar que somos unos maleducados —intervino Dante, con cierta incomodidad.

—La señorita Lucía piensa igual que yo —respondió Wilfredo sin preocuparse—. Su familia no mantiene buena relación con la del duque.

Dante volvió la mirada hacia ella.

—¿Es cierto?

Lucía asintió con calma.

—Mi padre tuvo un desacuerdo con el duque Eduardo en un club social. No contamos con título, pero los recursos de mi familia nos permiten acceder a esos espacios… o al menos así era, hasta que el duque nos cerró las puertas.

Hubo un breve silencio.

—Desde entonces, no somos precisamente bien recibidos.

—La familia De La Torre ha hecho más enemigos de los que aparenta —murmuró Wilfredo.

Dante y su acompañante presenciaron la ceremonia desde sus lugares, ubicados casi al fondo del gran salón. Los asientos estaban organizados según el estatus y la cercanía con la familia, y por razones evidentes, ellos no habían sido colocados en las primeras filas.

Los votos le resultaron… extraños.

Aun así, el joven —y futuro marqués— Aarón había logrado asegurar una unión con una de las familias más importantes de Varath.

Dante no pudo evitar preguntarse qué había hecho —o dicho— para obtener la aprobación del duque Eduardo.

Eran una familia con recursos, sí…

pero no lo suficiente.

Después de escuchar a su tío y a Lucía, Dante estaba más convencido que nunca de algo:

Ningún hombre sería lo bastante adecuado para Isabela.

A menos, claro…

que Eduardo De La Torre tuviera algo más en mente.

Algo mayor.

Algo… más cercano a la corona.

La idea no le resultó descabellada.

Todo ese enredo había comenzado por hacer caso a su tío.

Por aceptar asistir acompañado.

Por elegir lo que parecía más sencillo.

Y, aun así…

lo que más le inquietaba no era eso.

Desde que Isabela se había despedido de ellos para continuar con sus deberes…

no había vuelto a mirar en su dirección.

Ni una sola vez.

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