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La Mujer Sin Rostro

La Mujer Sin Rostro

Status: En proceso
Genre:Reencarnación(época moderna) / CEO / Posesivo
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Jesse25

Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.

NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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Acto I: La Pieza

Capítulo 14: La bofetada

El lunes entré en la oficina con una determinación que no sabía que tenía.

Había pasado todo el domingo dándole vueltas. Los mensajes. Lo de mi madre. La forma en que él aparecía siempre, sabía siempre, controlaba siempre. Ya no era casualidad. Ya no era "interés". Era otra cosa. Algo que no sabía nombrar pero que me quemaba por dentro.

A las diez, llamé a Sergio.

—Necesito hablar con el señor Moncada. Hoy.

—Está reunido hasta las doce. Luego tiene...

—Hoy, Sergio. Es importante.

Hubo una pausa. Luego su voz, más baja:

—A la una. Tiene un hueco antes de comer. Sube a su despacho.

—Gracias.

Colgué. El corazón me latía tan fuerte que casi podía oírlo.

A la una en punto, llamé a su puerta.

—Adelante.

Entré. Él estaba detrás de su mesa, como siempre. La chaqueta colgada en el respaldo de la silla, las mangas de la camisa ligeramente arremangadas. El pelo impecable. Los ojos fijos en mí.

—Irene. Siéntate.

—Prefiero estar de pie.

Arqueó una ceja, pero no dijo nada. Se levantó y rodeó la mesa hasta quedar a unos metros de mí. Apoyado en el borde, con los brazos cruzados.

—Dime.

—¿Por qué sabe dónde vive mi madre?

La pregunta directa. Sin rodeos. Él no pestañeó.

—¿Tu madre?

—No finja. Me mandó un mensaje el domingo. Dónde vive. El barrio. Dijo que era tranquilo. ¿Por qué sabe eso?

—Porque lo investigué.

La sinceridad me golpeó como un puñetazo.

—¿Investigó? ¿A mí? ¿Por qué?

—Porque me importas.

—¿Importarme? ¿Usted cree que esto es importar? Esto es acoso. Esto es...

—Irene.

—No me llame así. No tiene derecho.

Se acercó un paso. Yo retrocedí. Pero no mucho. La puerta estaba detrás de mí.

—Tienes razón —dijo—. No tengo derecho. Pero no puedo evitarlo.

—¿El qué?

—Esto. Tú. La forma en que me siento cuando estás cerca.

Otro paso. Otro retroceso. Mi espalda contra la puerta.

—Desde que te vi en el ascensor —continuó—, supe que había algo. No sé qué. No sé por qué. Pero cuando estoy contigo, todo encaja. Como si te conociera de siempre.

—Eso no justifica nada.

—Lo sé.

—Saber dónde vive mi madre no es normal.

—Lo sé.

—Mandarme mensajes, aparecer siempre, controlar mi vida...

—Lo sé. Y lo siento.

Lo miré a los ojos. Azul oscuro. Casi grises. Y por primera vez, vi algo que no esperaba: miedo. Miedo de verdad.

—No sé qué me pasa contigo —dijo en voz baja—. Pero cuando no estás, te busco. Cuando estás, no puedo dejar de mirarte. Me siento... en casa. Y no he sentido eso en cuarenta y un años.

—Eso no es amor. Es obsesión.

—Puede ser. Pero es lo único que tengo.

El silencio se instaló entre nosotros. Pesado. Caliente.

Él dio un paso más. Ahora estábamos a centímetros. Podía sentir su calor, su respiración, el olor de su piel.

—Irene.

—No.

—Solo una vez.

—He dicho que no.

Pero no me moví. Y él lo notó.

Sus manos se apoyaron en la puerta, una a cada lado de mi cabeza.

Me encerraba sin tocarme. Su cuerpo, grande, fornido, tan cerca que si respiraba hondo, rozaba el mío.

—Dime que no quieres —susurró.

—No quiero.

—Mientes.

Y me besó.

No fue un beso suave. Fue hambre. Fue desesperación. Sus labios contra los míos, su mano en mi nuca, su cuerpo presionándome contra la puerta. Supe que debería apartarme. Supe que esto estaba mal. Pero mi cuerpo no obedecía.

Le devolví el beso.

Un segundo. Dos. Tres.

Luego la razón volvió.

Lo empujé. Él se apartó lo justo para mirarme. Su pecho subía y bajaba. Sus ojos, desorbitados.

—No —dije—. No puedo.

—Irene...

—Eres mi jefe. Esto es... no sé qué es. Pero no puedo.

—No tienes por qué decidir nada ahora.

—Sí, sí tengo.

Mis manos temblaban. Las escondí detrás de la espalda para que no las viera.

—Voy a olvidar que esto pasó —dije—. Usted también. Seguimos como antes. Usted es mi jefe. Yo soy su empleada. Nada más.

—No voy a poder.

—Tiene que poder.

Me miró fijamente. Luego, sin mediar palabra, se acercó otra vez. Esta vez no fue un beso. Fue un ataque.

Me atrapó contra la puerta, su boca en mi cuello, sus manos en mi cintura, apretándome contra él. Yo forcejeé. Le golpeé el pecho.

Nada.

—Para —dije—. Para, joder.

Pero no paraba. Su respiración, caliente, húmeda, en mi piel. Sus dedos en el borde de mi camisa.

Entonces mi mano encontró su cara.

Y le pegué.

El sonido de la bofetada resonó en el despacho como un disparo.

Él se quedó quieto. La mejilla enrojecida. Los ojos abiertos de par en par. Como si acabara de despertar de un sueño.

—No —dije, con la voz rota—. No. Así no. Nunca así.

Abrí la puerta.

—Irene, espera...

—No me sigas. No me escribas. No te acerques a mí. ¿Entendido?

Salí corriendo.

Llegué al estudio sin recordar cómo.

Laura apareció una hora después. No sé quién la llamó. Yo no pude.

Me encontró en el suelo, acurrucada junto a Blanca, temblando.

—Irene. Irene, ¿qué pasó?

—Me besó. Me... me agarró. Le pegué. Salí corriendo.

—¿Quién? ¿Marcos?

Asentí.

Laura se sentó a mi lado. Me abrazó fuerte.

—Vas a denunciarlo.

—No.

—Irene.

—No puedo. Es mi jefe. Tengo que pagar el alquiler. Tengo la exposición. Tengo...

—Tienes que ponerte a salvo.

—No sé qué hacer.

—Por ahora, quédate aquí. No vayas mañana. Tómate un día. Piensa.

—¿Y si viene?

—No va a venir. Es un cobarde. Los cobardes no van a ningún sitio donde puedan señalarles con el dedo.

Blanca se subió a mi regazo y ronroneó.

Era lo único que me mantenía entera.

1
Olivia Uribe
muy bueno, gracias¡¡¡¡
Olivia Uribe
la historia me gusta mucho, no se porque tiene tan pocos votos, ojala y la termines autora, no nos dejes a medias de la trama
Fernanda Gutierrez
el yo de otra bida
Romina Fernanda Paez
necesito saber el final!! no puede quedar ahi
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