Renace en un nuevo mundo con magia y demostrará que ya nadie va a subestimarla..
* Está novela es parte de un mundo mágico *
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Otis 2
En el siguiente reporte, Tracy notó de inmediato que algo había cambiado.
Cuando entró al despacho, la duquesa Cora estaba allí, sentada junto al duque. Vestía con sobriedad, pero su presencia llenaba la habitación de una calma firme, de esas que no hacen ruido pero sostienen decisiones importantes. Oliver Amery también estaba presente, en el mismo lugar de los días anteriores, con el rostro cansado y los ojos apagados.
Tracy respiró hondo antes de hablar.
—Mi lord, mi lady… ha llegado el momento de tomar una decisión importante —dijo con voz clara—. Debemos considerar si Otis puede empezar a recibir leche materna.
La duquesa levantó la mirada de inmediato.
—La nodriza ya está en la mansión.. Fue traída esta mañana.
Tracy asintió, pero no sonrió.
—El problema es que el bebé es demasiado pequeño para succionar por sí mismo.. Sus fuerzas aún no son suficientes. Si vamos a alimentarlo, tendremos que hacerlo con biberones muy pequeños y con extremo cuidado.
Cora no dudó.
—Eso también está preparado. Mandé a traer utensilios adaptados, como usted indicó ayer.
Jason intervino entonces, con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Existe algún riesgo?
Tracy sostuvo su mirada sin vacilar.
—Sí.. Existe el riesgo de que se fatigue, de que aspire mal la leche o de que su cuerpo no esté listo. Pero también existe un riesgo mayor si no lo alimentamos. Otis necesita energía para seguir resistiendo.
El silencio cayó sobre la sala.
Todos miraron al viudo.
Oliver tardó unos segundos en reaccionar. Cuando habló, su voz salió baja, quebrada, como si cada palabra le costara un esfuerzo inmenso.
—Hagan… lo que crean correcto.
Jason giró entonces la cabeza hacia su esposa.
Tracy observó el gesto y recordó, con una claridad casi irónica, lo que ya había aprendido.. en ese matrimonio, cuando las decisiones eran verdaderamente importantes, era la duquesa quien mandaba.
Cora sostuvo la mirada de Tracy con serenidad.
—Si usted cree que es el momento, confío en usted.
Tracy inclinó la cabeza, sintiendo el peso de la responsabilidad asentarse sobre sus hombros.
—Entonces es el momento —afirmó.
No hubo más palabras.
Las dos mujeres se levantaron y salieron juntas del despacho. En los pasillos, Cora dio instrucciones con precisión silenciosa, y todo comenzó a moverse con rapidez contenida.. la nodriza fue avisada, los biberones diminutos fueron calentados con cuidado, la leche preparada a la temperatura exacta.
En la habitación, Tracy revisó cada detalle con manos firmes pero delicadas. La duquesa permaneció a su lado, atenta, sosteniendo la pequeña manta que envolvía a Otis.
Era un momento frágil.
Decisivo.
Y mientras terminaban de preparar todo para alimentar al bebé, Tracy supo que aquel gesto.. tan simple y tan arriesgado a la vez.. podía marcar la diferencia entre la vida y la pérdida.
Aunque al principio, Otis no reaccionó.
Tracy sostuvo el diminuto biberón con una paciencia casi infinita, apenas rozando los labios del bebé con la punta, sin forzar, sin apurar. El pequeño permanecía inmóvil, su respiración débil, como si aquel mundo aún le resultara demasiado grande para enfrentarlo.
La duquesa contenía el aliento a su lado.
—Tranquilo… despacio… —murmuró Tracy, más para sí misma que para el niño.
Pasaron segundos eternos.
Entonces, Otis frunció el ceño y abrió apenas la boca. No succionó. Solo dejó que la leche entrara… y de pronto tosió, un sonido pequeño, frágil, que hizo que el corazón de ambas se detuviera.
—Alto —dijo Tracy de inmediato.
Retiró el biberón con rapidez y colocó al bebé de lado, frotándole la espalda con movimientos suaves pero firmes. El pequeño se ahogó un poco, expulsando una mínima cantidad de leche, y durante un instante que pareció interminable, todo el cuarto quedó en silencio.
Cora llevó una mano a su pecho, los ojos muy abiertos.
Otis volvió a respirar.
Un suspiro colectivo llenó la habitación.
—Está bien —aseguró Tracy, aunque su pulso aún latía acelerado—. Solo se sorprendió. Es normal… su cuerpo está aprendiendo.
Esperaron un poco más. Lo suficiente para que el bebé se calmara, para que su respiración volviera a ese ritmo frágil pero constante que ya conocían.
Tracy lo intentó de nuevo.
Esta vez, Otis hizo algo distinto.
Sus labios se cerraron, torpes, débiles… pero lo hicieron. Succionó una vez. Luego otra. Muy despacio, como si cada movimiento le costara un mundo entero.
La leche comenzó a bajar.
No fue mucho. De hecho, fue menos de la mitad de lo que Tracy había calculado como ideal. Pero cada pequeño sorbo era una victoria.
—Está bebiendo… —susurró la duquesa, con una sonrisa temblorosa.
—Sí.. se está alimentando
Cuando finalmente retiró el biberón, Tracy comprobó la cantidad y asintió para sí misma. No era suficiente para cantar victoria, pero era más de lo que habían tenido hasta ese momento.. esperanza tangible.
Cora dejó escapar una risa suave, cargada de alivio, y sus ojos se humedecieron.
—Es fuerte.. Igual que su nombre.
Tracy acomodó al bebé con cuidado, asegurándose de que estuviera cómodo y caliente.
—Y hoy lo demostró.. Hoy dio un paso.
Ambas se miraron, compartiendo una alegría silenciosa, íntima, de esas que solo nacen después de haber temido lo peor.
Otis dormía otra vez, con la respiración un poco más profunda.
No era un milagro.
Pero era un comienzo.
Al día siguiente, Tracy despertó antes del amanecer.
El cielo aún estaba oscuro cuando entró en la habitación de Otis, y el silencio era tan profundo que parecía sagrado. El bebé dormía, envuelto con cuidado, su pecho subiendo y bajando con un ritmo aún frágil, pero distinto al del día anterior. No más fuerte… pero sí más constante.
Tracy se acercó y apoyó dos dedos con suavidad, sintiendo el pulso diminuto.
—Bien… Sigues aquí.
Preparó el biberón con movimientos precisos, casi rituales. Cada paso estaba calculado, cada cantidad medida con obsesiva atención. Cuando tomó a Otis en brazos, el pequeño se movió un poco, emitiendo un quejido bajo.
—Lo sé.. tienes sueño pero no es hora de dormir… es hora de vivir.
Lo despertó con cuidado, rozándole la mejilla, hablándole en voz baja. Esta vez, cuando el biberón tocó sus labios, Otis respondió más rápido. No con fuerza, no con decisión… pero respondió.
Bebió.
Más que el día anterior.
Tracy contó cada trago, cada pausa, cada respiración. Cuando terminó, comprobó el biberón y por primera vez desde que había llegado, sonrió de verdad.
—Eso es —dijo, casi orgullosa—. Eso es más.
Cora había entrado en silencio y observaba la escena desde unos pasos atrás. Al ver la expresión de Tracy, sus hombros se relajaron.
—¿Mejoró? —preguntó en voz baja.
—Un poco.. Y ese “poco” lo es todo.
Con cuidado, acomodó a Otis nuevamente y luego se dirigió a la pequeña mesa que habían improvisado como escritorio. Sacó papel y pluma y comenzó a escribir con letra firme.
—Haré un horario.. Estricto.
Cora se acercó, curiosa.
Tracy trazó líneas claras, marcando horas, cantidades aproximadas, tiempos de descanso y observación.
—Aunque esté dormido, lo despertaremos.. No importa si protesta. Su cuerpo no puede esperar a tener hambre. Necesita alimento para aprender a vivir.
La duquesa asintió sin dudar.
—¿Quién lo alimentará?
Tracy levantó la mirada, seria.
—Solo yo… o usted. Y si lo hace usted, yo estaré presente. No es desconfianza, es cuidado. Cada toma puede marcar la diferencia.
Cora no se ofendió. Al contrario, su expresión se suavizó.
—Confío en usted, Tracy.
Tracy volvió la vista al bebé, que dormía otra vez, ignorante de la batalla silenciosa que se libraba por él.
—Debe ponerse fuerte.. No tiene opción.
Afuera, el día comenzaba a despertar.
Y dentro de aquella habitación, también lo hacía la vida.