Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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ya no disimula
Raeliana la miró sin saber qué responder.
Esa noche, desde su habitación, escuchó ruidos en el pasillo. Risas bajas. Una puerta que se cerraba.
Luego, gemidos que venían del cuarto que antes había sido de visitas.
Raeliana se cubrió los oídos con la almohada.
No durmió.
A la mañana siguiente vio al conde salir de esa habitación, acomodándose el saco, como si nada.
Las semanas pasaron.
La joven seguía allí.
Dormía todas las noches en ese cuarto con el duque ,el se quedaba ahí a dormir con ella .
Raeliana se dijo nunca dormido conmigo y con ella si porque con ella si, que tiene que yo no tenga .
La servidumbre ya no disimulaba las miradas de lástima hacia la condesa.
Los rumores dejaron de ser rumores. Ahora eran hechos.
Raeliana pensó en irse.
Preparó un baúl pequeño.
Pero cuando miró a sus hijas y al niño que ya tenía 9 meses supo que no podía.
Fue a visitar a su madre.
Entró al salón sin saludar.
—Madre, él ha traído a otra mujer a vivir a la mansión.
La condesa Rosenthal se quedó quieta.
—¿Qué dices?
—Duerme allí. Come en mi mesa. Está en mi casa y duerme. On el todas las noches.
Su madre se levantó de golpe y le dio una bofetada.
—¿Cómo permites eso?
Raeliana la miró, sorprendida.
—Intenté irme. Me dijo que si me marchaba, no volvería a ver a mis hijos.
La mujer respiraba con rabia.
—Tienes que hacer que se vaya. Esa mujer no puede quedarse allí.
—No puedo obligarlo a nada.
—No puedes dejar que esa mancha caiga sobre nuestro apellido.
Raeliana bajó la mirada.
Daba órdenes a las criadas. Entraba y salía de las habitaciones sin pedir permiso. Se sentaba donde quería.
Una tarde, Raeliana bajó al jardín y la vio sentada en una banca con el niño en brazos.
Le hablaba con dulzura.
—Ven con mamá…
Raeliana se quedó helada.
El niño, pequeño todavía, estiró las manos hacia ella y repitió el sonido:
—Mamá…
Raeliana caminó rápido. Se lo quitó de los brazos sin decir nada.
La joven se quedó mirándola.
—No vuelvas a acercarte a mis hijos —dijo Raeliana, firme—. Si no tienes nada que hacer, ve a buscar al conde.
La muchacha abrió la boca, pero no dijo nada.
Raeliana se fue con el niño apretado contra el pecho.
Esa misma tarde llegó Leonard sin avisar.
Entró como siempre lo hacía, llamando a su hermana.
—¡Raeliana!
Pero se detuvo en seco en el salón.
El conde estaba de pie junto a la chimenea.
Y por primera vez, Raeliana entendió que estaba sola en todo esto.
La joven rubia estaba frente a él.
Y se estaban besando.
En plena sala.
Leonard apretó los puños.
—¿Qué es esto?
El conde se separó sin prisa.
—No es asunto suyo.
Leonard avanzó un paso.
—¿Trae a su amante a la casa donde vive mi hermana y sus hijos?
—Baje la voz.
—Esto no se va a quedar así.
La joven se apartó, nerviosa.