Akiro llevaba una vida aburrida, refugiándose en novelas BL e isekai… hasta que es invocado por error a un mundo de magia, dragones y aventureros.
Sin habilidades especiales ni destino heroico, deberá sobrevivir usando su ingenio y conocimientos de su antiguo mundo.
Mientras se adapta a esta nueva realidad y conoce el fascinante funcionamiento de la magia y la alquimia, Akiro empieza a notar algo inquietante: Kael, un aventurero experimentado, parece prestarle demasiada atención.
Entre batallas, malentendidos y momentos incómodamente cercanos, Akiro intentará negar unos sentimientos que jamás pensó vivir.
Después de todo… esto solo debía ser una historia, no su realidad.
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Capítulo 16: Cuando el miedo pronuncia tu nombre
El aire se volvió pesado.
No era solo la niebla. Era una sensación extraña, opresiva, como si el valle entero estuviera conteniendo la respiración.
Akiro fue el primero en sentirlo. Un escalofrío recorrió su espalda, erizándole la piel.
—Algo… —murmuró, llevándose una mano al pecho—. Algo no está bien.
La fogata chisporroteó con un sonido seco.
Mireya se puso de pie de inmediato, con el gesto serio por primera vez en mucho tiempo.
—Retrocedan —ordenó—. Ahora.
Leon ya tenía la mano en su espada, sus ojos clavados en la niebla.
—Viene rápido.
El suelo vibró. Un rugido profundo, antinatural, rompió el silencio y atravesó el cuerpo de Akiro como un golpe directo al corazón. Sus piernas temblaron.
—Tengo miedo… —susurró sin darse cuenta.
Y entonces, la vio.
La bestia corrompida emergió lentamente entre la neblina, su cuerpo retorcido brillando con una energía oscura. Sus ojos rojos se clavaron en Akiro con una fijación enfermiza.
—¡Akiro, atrás! —gritó Leon.
Pero su cuerpo no respondió. El miedo lo paralizó.
El monstruo cargó. Todo ocurrió demasiado rápido. Akiro tropezó y cayó al suelo, el aire escapando de sus pulmones. La tierra estaba fría, húmeda… real.
No puedo protegerte siempre.
Las palabras volvieron, crueles.
—No… —susurró, cerrando los ojos—. No ahora…
Un estruendo sacudió el aire. Un destello plateado atravesó la oscuridad.
—¡ALÉJATE DE ÉL!
La voz fue como un trueno. Familiar. Profunda. Llena de pánico.
La espada se clavó en el suelo frente a Akiro, creando una barrera perfecta entre él y la bestia.
Akiro abrió los ojos de golpe.
—…¿Eh?
Una figura se interpuso entre él y el monstruo. Capa oscura. Espalda firme. Presencia abrumadora.
—Llegas tarde… —murmuró Mireya con una sonrisa temblorosa—. Pero gracias a los dioses.
—Akiro… —dijo Kael sin girarse.
Solo pronunciar su nombre fue suficiente para que la voz se le quebrara. Akiro sintió cómo el pecho le ardía.
—Estás… aquí…
—No te muevas —dijo Kael con urgencia—. Por favor.
El combate fue brutal. Cada golpe llevaba miedo. Cada movimiento, desesperación. Kael no peleaba para ganar. Peleaba para proteger.
Cuando la bestia cayó finalmente, el silencio regresó de golpe, pesado, absoluto. Kael respiraba agitado. Sus hombros temblaban.
Giró lentamente. Akiro seguía en el suelo, con los ojos abiertos, el cuerpo temblando. Antes de pensar… lo abrazó.
Fuerte. Desesperado. Como si soltarlo fuera impensable.
—No vuelvas a asustarme así —susurró, apoyando la frente en su hombro—. Pensé que… te perdía.
Su voz se quebró por completo.
Akiro se quedó rígido un segundo… y luego, con manos temblorosas, le devolvió el abrazo.
—Yo… pensé que no volverías —confesó—. Me dolió tanto…
Sus dedos se aferraron a la tela de la capa.
—Dijiste que hiciera lo que quisiera… —su voz era pequeña—. Sentí que ya no me querías cerca.
Kael cerró los ojos con fuerza.
—Eso no es verdad —dijo con urgencia—. Nunca lo fue.
Se separó apenas, lo suficiente para mirarlo a los ojos. Sus manos temblaban al tomar el rostro de Akiro con cuidado, como si fuera algo frágil.
—Tenía miedo —admitió—. Miedo de no ser suficiente para este mundo… para ti.
Akiro lo miró en silencio. Sus ojos brillaban.
—Yo también tengo miedo —respondió—. Pero cuando estás conmigo… no me siento solo.
Kael tragó saliva.
—Akiro… —pronunció su nombre con una ternura que jamás había mostrado—. Quédate conmigo.
El silencio se llenó de algo cálido.
Mireya se secó una lágrima con disimulo.
—Por favor… —murmuró—. Que se besen o me voy a morir.
Leon se aclaró la garganta.
—Coincido.
Akiro sonrió, nervioso, el rostro ardiéndole.
—E-ellos nos están mirando…
Kael sonrió apenas.
—Que miren.
Apoyó la frente contra la de Akiro.
—No pienso soltarte otra vez.