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ENAMORADO DEL AMANTE.

ENAMORADO DEL AMANTE.

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado / Triángulo amoroso / Completas
Popularitas:8.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ACUERDO.

La presión en el pecho de Azren ya no venía solo de Caeleen.

Llevaba semanas sintiendo el peso de otra sombra, más antigua y más familiar: la expectativa. La de sangre. La que no se quita con una mudanza o con un cambio de número.

Sus padres eran la quintaesencia de la élite empresarial inmigrante: trabajadores, discretos, ferozmente orientados al legado. Su sueño había sido que sus dos hijos llevaran el imperio textil familiar a nuevas alturas. Su hermano mayor, Liang Jie, había cumplido el guion a la perfección: MBA, trajes impecables, un matrimonio estratégico.

Azren, el menor, era la mancha de tinta en el lienzo perfecto.

A los dieciocho, en lugar de Economía, escogió Literatura. A los veintidós, en lugar de unirse a la empresa, tomó un modesto puesto de profesor. Cada elección fue una pequeña puñalada, un "no" silencioso que su familia perdonó con sonrisas tensas y comentarios sobre "fases artísticas".

Pero ahora tenía veinticinco. La paciencia se había agotado.

La visita fue anunciada con la formalidad de una declaración de estado: su madre llamó para decir que "pasarían a verlo". No era una pregunta.

Cuando llegaron, llenaron su pequeño apartamento con su aura de éxito silencioso. Su padre, Ascasio Liáng, hombre de pocas palabras y mirada evaluadora, se detuvo frente a los estantes abarrotados de libros. Pasó un dedo por el lomo de una edición de Garcilaso, como si verificara que no había polvo. Asintió, apenas, y siguió recorriendo la habitación con esa expresión suya que podía significar aprobación o decepción y nunca se sabía cuál era.

Su madre, Julieta, era más expresiva. Se sentó en el borde del sofá como si temiera mancharse, aceptó el té que Azren le ofreció y lo bebió con la delicadeza de quien está haciendo un enorme esfuerzo por no hacer un comentario sobre la calidad de la infusión. Llevaba un conjunto de seda color marfil que costaba más que el sueldo mensual de Azren, y sus pendientes de jade habían pertenecido a su abuela. Los Liáng no presumían de dinero; lo llevaban incorporado, como una segunda piel.

—Tu hermano cerró la fusión con la cadena Arepea —comentó Julieta, dejando la taza sobre la mesilla con un gesto calculado para no dejar marca—. Un logro enorme. Tu padre está muy orgulloso.

Ascasio asintió desde la ventana, donde se había situado para mirar la calle. Su silencio era su forma de confirmar.

—Me alegro por Jie —dijo Azren, sabiendo que era el preludio. Siempre empezaban así: con los logros del hermano perfecto, con el listón colocado tan alto que él nunca podría saltarlo.

—Es hora, Azren —dijo Ascasio, girándose por fin. Su voz era grave, medida, la de un hombre acostumbrado a que le obedecieran sin necesidad de alzarla—. De que pienses en estabilizarte. En construir algo. La enseñanza es noble, pero no es un legado. Necesitas una familia. Una esposa. Raíces.

Azren sintió el pinchazo habitual. Iba a corregirlo —"un esposo", como tantas veces había tenido que hacer—, pero su madre se adelantó con una sonrisa pulida.

—Tu padre se expresa de forma anticuada. Lo que quiere decir es que necesitas un compañero. Alguien de tu… orientación, pero que entienda el valor de construir algo juntos. Alguien estable.

La pausa antes de "orientación" fue mínima, pero Azren la captó. Siempre la captaba. Sus padres habían aceptado su sexualidad con la misma eficiencia con la que aceptaban un informe de pérdidas: sin entusiasmo, sin rechazo, simplemente como un dato más que había que gestionar.

—Conocemos a una familia excelente —prosiguió Ascasio, tomando el relevo con la naturalidad de quien pasa de una cláusula contractual a la siguiente—. Inmigrantes como nosotros. Han hecho una fortuna en logística. Son gente seria, con valores.

Azren asintió, en piloto automático. Ya había oído ese discurso antes. Siempre había una familia excelente, un hijo o una hija perfectos, una oportunidad que no podía dejar pasar.

—Tienen un hijo —continuó Julieta, y algo en su tono cambió. Los ojos le brillaban con un entusiasmo que no era fingido—. No es hijo biológico, lo adoptaron cuando era pequeño. Pero para ellos es suyo, lo han criado como tal, y ahora tiene sus propios logros. En un campo muy distinto al nuestro. Un poco salvaje, según su padre. Con una vida pública… complicada. Pero con el acompañante correcto, alguien tranquilo y con los pies en la tierra, podría asentarse.

Hizo una pausa, saboreando el momento.

—Es una oportunidad para ambos.

Las palabras flotaron en el aire. Adoptado. Salvaje. Vida pública complicada. Asentarse.

Azren las escuchó como se escucha un diagnóstico ajeno. No le decían nada. Eran frases hechas, etiquetas que las familias colocaban en los solteros problemáticos para justificar por qué necesitaban un "acompañante correcto".

—No conozco a su hijo —logró decir, y su voz sonó lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo.

—Por eso vamos a presentarte —dijo Julieta, como si anunciara un premio—. Esta noche. Cena en su casa.

El mundo se detuvo un segundo.

—¿Esta noche?

—Sí. Ya hablamos con ellos. Están encantados. Solo es una cena, Azren. Para conoceros. Sin presión.

Sin presión. La frase más mentirosa del idioma.

Azren miró a sus padres. Vio la esperanza en sus ojos. La misma esperanza que habían puesto en él desde que tenía uso de razón, y que él había defraudado una y otra vez con cada elección.

Podía decir que no. Podía provocar otra decepción, otra grieta en el puente ya frágil. O podía decir que sí. Podía escoger la salida fácil. La cobarde. Un matrimonio de conveniencia con un desconocido problemático. Una vida que le daría a su familia el legado social que anhelaban, que quizás lo sacaría de su obsesión malsana.

Una vida ordenada. Sin tormentas.

La idea de borrar a Caeleen, de reemplazar ese dolor unilateral por la cómoda indiferencia de un contrato, fue tentadora. Un suicidio emocional controlado.

—De acuerdo —escuchó decir su propia voz—. Iré.

La sonrisa de Julieta fue tan brillante que dolía. Ascasio asintió, una vez, su versión de un abrazo.

—Bien —dijo—. Pasaremos a buscarte a las ocho.

...--------♡--------...

La mansión estaba en las colinas, con vistas a la ciudad que se extendía como un mar de luces. No era un hogar; era un símbolo. Cristal y acero, líneas limpias, todo pensado para impresionar. El jardín de entrada estaba iluminado con focos estratégicos que realzaban la vegetación exótica. La puerta principal era de madera maciza, tan grande que parecía diseñada para gigantes.

Azren llegó con sus padres, sintiéndose como un producto a prueba. Julieta le ajustó la corbata con un pellizco de nerviosismo orgulloso. Ascasio inspeccionó su traje de arriba abajo y asintió, aprobando el conjunto: discreto, correcto, digno de un Liáng.

—Compórtate —dijo Ascasio, como si Azren tuviera doce años y fueran a presentarlo a unos familiares lejanos.

—Siempre me comporto.

—Ya. Pero esta noche es importante.

Azren no preguntó por qué. Lo sabía.

La puerta se abrió antes de que pudieran llamar. Una mujer de unos cincuenta años, con el pelo recogido en un moño impecable y un vestido negro sencillo pero carísimo, los recibió con una sonrisa medida.

—Señores Liáng, bienvenidos. Soy Elena. Por aquí, por favor.

Elena era elegante de una manera que no necesitaba demostrar nada. Sus ojos claros recorrieron a Azren con una curiosidad que no logró ocultar del todo. Azren sintió que lo estaban evaluando, pesando, decidiendo si era digno de su hijo.

Los hizo pasar al salón. La estancia era enorme, con techos de doble altura y una chimenea encendida que creaba un falso ambiente de hogar. Los muebles eran modernos, pero había detalles clásicos: un jarrón Ming auténtico en una repisa, un cuadro que Azren reconoció de una subasta reciente, una estantería con libros que parecían elegidos más por el color del lomo que por el contenido.

Héctor los esperaba de pie junto a la chimenea. Era un hombre alto, de hombros anchos y pelo negro azabache, con una presencia imponente que llenaba la habitación.

—Ascasio —dijo Héctor, tendiendo la mano—. Cuánto tiempo.

—Demasiado —respondió el padre de Azren, estrechándosela con firmeza—. Los negocios, ya sabes.

—Sí. Los negocios.

Hubo un intercambio de cumplidos, de frases hechas, de evaluaciones silenciosas. Las madres se unieron a la conversación con la misma naturalidad, comentando el jardín, la decoración, el tiempo. Azren se mantuvo al margen, sonriendo cuando era necesario, asintiendo cuando tocaba.

Su mirada se escapaba una y otra vez hacia la escalera de doble altura que ascendía desde el vestíbulo. Esperaba ver aparecer a un desconocido. A cualquiera.

—Nuestro hijo está un poco reacio a estas formalidades —dijo Héctor, con un deje de irritación que no lograba disimular del todo—. Pero bajará. Es un buen chico, en el fondo. Solo necesita dirección.

—Todos la necesitamos a veces —comentó Julieta, con una sonrisa que pretendía ser comprensiva.

—Lo adoptamos cuando era pequeño —añadió Elena, como si eso explicara algo—. Vino con muchas heridas. Pero le hemos dado todo, lo mejor. Solo queremos que sea feliz. Que encuentre a alguien que lo entienda.

Azren asintió por cortesía, pero su mente estaba en otra parte. La palabra "adoptado" resonó en su cabeza, mezclándose con otras imágenes, otros momentos. No le encajaba con nadie que conociera. No podía.

El corazón le latía con fuerza, pero era un latido sin nombre. Ansiedad, nada más. La ansiedad de lo desconocido.

Y entonces se oyeron pasos.

Fuertes. Seguros. Una cadencia que hablaba de un cuerpo acostumbrado al movimiento, al control, a ocupar el espacio como si le perteneciera.

Azren levantó la vista.

Y el mundo se detuvo.

No podía ser. No. Tenía que ser otro. Cualquier otro.

Pero era él.

Caeleen apareció en el descansillo como si el edificio entero hubiera sido construido a su medida. No vestía de deportivo. Llevaba pantalones oscuros y una camisa blanca abierta en el cuello, arremangada hasta los antebrazos. El pelo negro, peinado hacia atrás, acentuaba la línea severa de su mandíbula. Bajo la luz de la araña, parecía esculpido en mármol.

Guapo de una manera que cortaba la respiración.

Pero no era eso lo que heló la sangre de Azren. Era la mirada.

Los ojos ámbar barrieron el vestíbulo, pasaron sobre los adultos con indiferencia cortés, y entonces encontraron los suyos.

Y se detuvieron.

Azren vio el impacto en tiempo real. Vio cómo el reconocimiento golpeaba a Caeleen como un puñetazo en el estómago. Sus ojos se ensancharon. Su boca se entreabrió. Todo su cuerpo, siempre tan controlado, pareció congelarse en el último escalón.

La máscara del hijo rebelde pero presentable se hizo añicos. Debajo estaba el hombre que Azren conocía: el intenso, el terco, el que no sabía soltar.

Y ahora, también, el candidato a marido.

—Caeleen —dijo Héctor, con voz firme—. Ven a saludar. Estos son los Liáng. Y este es Azren.

El nombre, en boca de su padre, en este contexto, sonó a la broma más cruel del universo.

Caeleen bajó los últimos escalones como si caminara sobre cristales rotos. Se detuvo frente a Azren. La distancia era la correcta para un saludo formal, pero el espacio entre ambos crepitaba con una electricidad que los padres no podían ver.

—Azren —dijo Caeleen.

Su voz no era la que usaba con Darius, ni la de sus enfrentamientos. Era otra cosa. Extrañada. Como si estuviera probando una palabra en un idioma desconocido.

Su mirada recorrió el traje de Azren, el peinado formal, y luego se clavó de nuevo en sus ojos, buscando una explicación. Una trampa. Un sentido a todo aquello.

—Caeleen —respondió Azren.

Su propia voz sonó a susurro ronco. El horror, la incredulidad y un absurdo destello de algo parecido al destino se enredaban en su garganta.

Los padres observaban, sonrientes. Interpretaban la tensión como timidez. Como la reserva propia de un primer encuentro arreglado.

—Parece que se han cogido por sorpresa —dijo Elena, con una risa forzada que intentaba aligerar el ambiente.

Cogido por sorpresa. Era el eufemismo del siglo.

Caeleen lo miró un largo momento. Y entonces, muy despacio, algo cambió en su expresión. La sorpresa inicial dio paso a otra cosa. Algo más calculador. Más... interesado.

—Sí —dijo Caeleen, sin apartar los ojos de Azren—. Una sorpresa total.

Hizo una pausa. La pausa más larga del mundo.

—Pero interesante.

La palabra cayó como una losa. Interesante.

Y Azren supo, con una certeza que le heló la sangre, que había cometido un error.

No había encontrado una salida. Había caído directo a la boca del lobo. Y ahora el lobo lo miraba con una curiosidad nueva, con un brillo en los ojos que no presagiaba nada bueno.

—Bueno —dijo Julieta, rompiendo el hechizo—. ¿Y si pasamos al comedor? Podemos seguir la conversación allí.

—Excelente idea —secundó Elena, tomando a Julieta del brazo con una familiaridad que debían haber ensayado—. He pedido que preparen algo especial. El chef es maravilloso.

Los adultos empezaron a moverse hacia el comedor, arrastrando consigo la conversación, los cumplidos, la falsa naturalidad. Azren se quedó quieto un segundo, paralizado.

Caeleen se inclinó ligeramente hacia él. Solo un milímetro. Lo suficiente para que su voz llegara clara.

—Vamos, profesor. Después de todo, es solo una cena.

Azren lo miró. Vio el destello de diversión en sus ojos. Vio también la pregunta que no haría en voz alta: ¿Qué juego estás jugando ahora?

No tenía respuesta.

Solo el eco de una palabra: interesante.

Y la certeza de que esa noche, de alguna manera que aún no comprendía, acababa de cambiar su vida para siempre.

1
fryda~
Esto sonó muy personal 🥹
;; Aracnea ♡
Me enganché desde el principio. La historia de Azren y Caeleen me tuvo completamente atrapada, pero salí agotada de tanto drama. Azren me sacaba de quicio con lo sumiso que era, dejando que le pasaran por encima una y otra vez. Caeleen es de esos personajes que amas y odias al mismo tiempo: un imbécil con momentos de brillo. Darius me caía fatal al principio, pero terminé entendiéndolo e incluso sintiendo pena por él. Y León... pobre León, el único cuerdo de toda esta historia, merecía mucho más. 10/10
Fany Torres
excelente trabajo bellísima historia me encantó felicito al autor gracias por compartir su talento con nosotros siga así
Santy
Me gustó mucho. Disfrute la historia, los altos y bajos de emociones que me generó la trama. Recomendadisima!! /Heart/
Santy
El final que merecían 👏🥰..
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