Zoe Aldana despierta en el cuerpo de la chica más odiada de una novela: una joven de familia adinerada a la que todos desprecian. Según la historia original, su destino es servir de villana y terminar destruida. Pero Zoe no piensa seguir el guion.
Armada con una lengua afilada, una puntería letal y cero tolerancia hacia la hipocresía, Zoe empieza a desmontar las mentiras que la rodean. Lo que nadie esperaba es que detrás de la "princesa falsa" se escondiera una mujer capaz de poner de rodillas a las familias más poderosas de la ciudad.
Y luego está Iker Navarro: su prometido por arreglo, frío como el hielo, temido por todos… y peligrosamente empeñado en protegerla. Lo que empieza como un matrimonio forzado se convierte en algo que ninguno de los dos puede controlar.
Pero cuanto más secretos desentierra Zoe, más enemigos se gana. Traiciones familiares, conspiraciones mafiosas y un pasado oscuro que conecta a las dos familias más poderosas amenazan con destruir todo lo que ha construido.
En este mundo, la sangre no garantiza lealtad, el amor es el arma más peligrosa, y la única regla es sobrevivir.
NovelToon tiene autorización de Yulianti Azis para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Continuar con el compromiso
Esa noche, la mesa de la familia Montero lucía lujosa como siempre. El candelabro de cristal colgaba elegante sobre la mesa larga. Los platillos estaban servidos con esmero, y el aroma de la comida cara impregnaba el aire.
En la cabecera, José y Cristina estaban sentados uno al lado del otro. Enfrente, Alicia se hallaba tranquila entre Diego y Damián. Gaspar comía con desgano a la izquierda, mientras Álvaro, el mayor, permanecía erguido y callado.
La cena transcurría en calma… hasta que José dejó la cuchara y miró a Cristina. Ella le devolvió la mirada y asintió levemente.
José se dirigió a su hija:
—Alicia, cariño…
Alicia alzó la vista hacia su padre.
—Como eres nuestra hija biológica real, tu madre y yo estuvimos pensando… —José miró a su esposa.
Cristina continuó, voz suave pero cargada de intención:
—¿Qué te parecería ocupar el lugar de Zoe en el compromiso con Iker?
Al instante, la atmósfera de la mesa se congeló.
Todas las cabezas giraron hacia Alicia.
Álvaro levantó la cara del plato. Gaspar dejó de masticar. Los gemelos se miraron entre sí y luego clavaron los ojos en su hermana menor, la más querida de todos.
Alicia pareció sorprendida. Esbozó una sonrisa pequeña, nerviosa. Miró a Álvaro, luego a sus padres.
Se mordió el labio inferior y respondió despacio:
—Mamá, papá… yo ya estoy con Mateo. Si de repente me comprometo con Iker, ¿qué diría la familia de Mateo? No puedo traicionarlo.
Cristina asintió enseguida, tranquilizándola:
—Claro. Si esa es tu decisión, no te obligaremos, cariño.
José también intervino, suave pero claro:
—Lo importante es que seas feliz, Alicia.
La familia retomó la cena. Pero la calma no duró, porque Alicia volvió a hablar.
—Mamá, papá…
Ambos voltearon con suavidad.
—¿Qué pasa, mi vida? —preguntó Cristina.
Alicia titubeó. Se mordió el labio una vez más y dijo despacio:
—Como Zoe ya no es parte de nuestra familia, su relación con Iker tampoco tendría sentido. Lo lógico sería… cancelar ese compromiso, ¿no?
El silencio cayó de golpe.
Todos miraron a Alicia, no con enojo, sino con una expresión indescifrable.
Álvaro fue quien habló, voz profunda:
—¿A qué te refieres exactamente, Alicia? ¿Quieres comprometerte con Iker?
Alicia negó de prisa:
—No es eso, hermano. Solo… me parece injusto.
—Zoe ya no forma parte de esta familia, pero sigue atada a Iker. Mientras que yo, la hija real, ni siquiera fui considerada —continuó.
Diego se reclinó en la silla:
—Pero tú misma dijiste que no querías reemplazar a Zoe.
Damián añadió con mirada penetrante:
—No vayas a decir que solo quieres ver a Zoe despojada de todo.
Alicia pareció alarmarse un poco:
—¡No es así! Solo… no quiero que nuestra familia siga vinculada a ella.
Gaspar alzó una ceja:
—Hablas como si Zoe fuera un virus.
Álvaro dejó el tenedor y miró a Alicia a fondo:
—Escucha, Alicia. A mí tampoco me gustó cómo Zoe se fue de esta casa. Pero si lo único que quieres es que le quiten todo sin una razón clara, se nota demasiado que quieres que sufra.
Alicia enmudeció. El rostro se le tensó, los dedos estrujando la servilleta en su regazo.
—Hermano… no era mi intención. No quiero que Zoe sufra.
Todos callaron. No esperaban que Alicia dijera algo así. ¿No era ella siempre dulce, bondadosa, compasiva? ¿Y ahora esto? No pudieron terminar de procesar la idea.
Cristina intervino, intentando suavizar el ambiente:
—Ya. No hace falta que nos señalemos. Todos queremos lo mejor.
José miró la mesa y dijo en voz baja pero firme:
—En cuanto al compromiso de Iker y Zoe… eso lo decidirán Iker y su familia. No nos corresponde controlar sus vidas.
Alicia asintió despacio, aunque en su rostro aún se adivinaba una inconformidad que no podía pronunciar.
La noche estaba avanzada cuando el auto deportivo negro de Iker se detuvo en el jardín de la mansión Navarro.
Las luces del jardín iluminaban el sendero hacia la puerta principal, imponente. El aire frío cortaba, pero el rostro de Iker seguía impasible. Sin expresión.
Abrió la puerta con una mano, la cerró con suavidad y se dirigió a la escalera de mármol hacia el segundo piso. Pero de pronto…
—Iker.
La voz autoritaria de su padre lo detuvo en el primer peldaño.
Iker volteó despacio.
En la sala, Reinaldo Navarro estaba sentado erguido en un sillón con apoyabrazos, traje impecable. A su lado, Isabel Navarro lucía un vestido de satén azul oscuro, los ojos afilados como si estuviera evaluándolo.
Los dos lo esperaban. ¿Desde cuándo? A Iker le daba igual.
Suspiró, se dio la vuelta y caminó hasta sentarse en el sofá de enfrente, directamente frente a ellos.
—¿Qué pasa, mamá, papá? —preguntó directo, con su tono frío y parco de siempre.
Isabel miró a su esposo un instante, le hizo una señal, y Reinaldo abrió la conversación.
—Nos enteramos de lo de Zoe. Que no es hija biológica de los Montero.
Iker los miró sin reaccionar.
—Y eso significa —prosiguió Isabel— que el compromiso ya no tiene fundamento. Podría cancelarse formalmente.
Reinaldo añadió:
—Queremos saber: ¿cómo sigue tu relación con Zoe?
Iker se reclinó en el respaldo, las piernas cruzadas con soltura. Mirada serena, pero cortante.
—Voy a seguir con Zoe.
Isabel alzó una ceja, algo sorprendida.
—¿No eras tú el que nunca se tomó en serio este compromiso?
Iker miró a su madre de frente:
—Eso era antes. Ahora es diferente.
Reinaldo entrecerró los ojos:
—¿Eres consciente de que una relación con Alicia sería más conveniente para la familia? Ella es la hija legítima de los Montero. Seguirías vinculado a esa familia de forma más estratégica.
—Y tú mismo sabes… Zoe ya no tiene nada —agregó su padre.
Iker respondió de inmediato, sin subir la voz, pero con una firmeza que no dejaba resquicio a la discusión:
—Justamente por eso. Zoe no tiene a nadie. Y yo no voy a ser una persona más que la abandone.
Isabel guardó silencio un momento.
Iker continuó:
—No necesito una relación que me convenga en nombre o en negocios. Necesito a alguien que me haga darme cuenta de quién soy en realidad.
—Y Zoe, ahora… ya no es la chica caprichosa de antes. Cambió. Y ese cambio me gusta.
Breve silencio.
La brisa nocturna entró por la ventana abierta, meciendo las cortinas finas.
Finalmente, Reinaldo inspiró y miró a su hijo:
—Si esa es tu decisión, no te vamos a estorbar.
Isabel agregó en voz baja:
—Pero sabes que este camino no es fácil. Habrá presiones. De los Montero, de la gente alrededor. Sobre todo de nuestra propia familia.
Iker se puso de pie lentamente. Postura erguida, lleno de convicción.
—Lo sé. Y estoy listo.
—Solo les pido una cosa. No le hagan daño a Zoe solo porque ya no tiene un apellido poderoso. Además, sin los Montero, nuestra fortuna no se acaba ni en siete generaciones.
Reinaldo e Isabel se miraron. Al final, Isabel asintió despacio, con una sonrisa tenue.
—Está bien, hijo. Respetaremos tu elección.
Iker solo asintió una vez. Luego, sin decir más, se dio la vuelta y subió por la escalera.