Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.
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Capitulo 3
La neblina densa y fría de la medianoche envolvía el cementerio central como un manto lúgubre, apagando la escasa luz de los faroles lejanos. Hacía apenas unas horas, el lugar había estado lleno de flores, sollozos y el llanto desgarrador de Isabella despedida del amor de su vida. Ahora, solo reinaba un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el susurro del viento rozando los pinos y las lápidas de mármol. En la fosa más reciente, una corona de peonías blancas comenzaba a marchitarse sobre la tierra aún húmeda.
De pronto, el chasquido sordo de neumáticos rodando sobre la grava rompió la calma de la noche. Una imponente camioneta negra sin placas avanzó a luces apagadas por el camino principal del camposanto. El vehículo se detuvo a pocos metros del sepulcro de Alexander. Del interior descendieron cuatro hombres altos, de complexión robusta y vestidos con impecables trajes tácticos de color negro. Sus rostros estaban cubiertos por pasamontañas y en sus cinturones portaban armas cortas con silenciador.
Moviéndose con una disciplina militar absoluta y sin cruzar una sola palabra, dos de los sujetos se apostaron en los flancos de la parcela para vigilar el perímetro, mientras los otros dos sacaron del maletero palas de acero y potentes linternas de luz roja. El operativo estaba calculado con una precisión casi quirúrgica; no había margen para el error ni tiempo que perder antes de que la patrulla nocturna del cementerio hiciera su recorrido habitual.
Los hombres clavaron las palas en la tierra fresca con fuerza y rapidez. El sonido de la tierra removida resonaba rítmicamente en la penumbra. A pesar de la humedad de la noche, el trabajo era exigente, pero la eficiencia de los individuos era aterradora. En cuestión de veinte minutos, el metal de las palas chocó con un golpe seco y hueco contra la madera fina del ataúd barnizado.
—Lo tenemos —murmuró uno de ellos con un acento extranjero marcado, rompiendo por primera vez el silencio.
Ambos hombres arrojaron las palas a un lado y engancharon grilletes de alta resistencia y correas de nylon a las asas metálicas del féretro. Utilizando un polipasto portátil montado sobre un trípode de titanio, comenzaron a elevar la pesada caja de madera desde las profundidades de la tumba. El cajón emergió de la cavidad terrosa, chorreando gotas de agua helada y restos de barro negro sobre el césped.
Una vez arriba, depositaron el féretro sobre la hierba húmeda. Con un barretín de acero, uno de los operativos forzó las cerraduras de bronce de la tapa hasta que los cerrojos cedieron con un crujido seco. La cubierta de madera se abrió lentamente, dejando al descubierto el interior tapizado en satén blanco.
Allí yacía Alexander. Su rostro lucía extremadamente pálido, casi translúcido bajo la luz tenue de las linternas. Vestía el mismo esmoquin con el que había sido sepultado, aunque las marcas de la autopsia y los impactos de bala en el tórax permanecían ocultos bajo la vestimenta pulcra. Su cuerpo estaba rígido, sin pulso, sin aliento y sin ningún signo biológico de vida. Para el mundo entero, para los médicos y para Isabella, Alexander estaba oficial y rotundamente muerto.
El líder del grupo se acercó al féretro, se quitó el guante táctico y presionó dos dedos firmemente contra la arteria carótida de Alexander durante diez segundos largos. Al no detectar la más mínima vibración sanguínea, asintió para sí mismo y sacó de su chaleco un estuche metálico blindado.
Al abrir el estuche, reveló un pequeño matraz de cristal reforzado que contenía un espeso líquido luminiscente de tono azulado, junto con una jeringa de aguja espinal de gran calibre. El sujeto extrajo la totalidad del compuesto químico, asegurándose de purgar cada burbuja de aire del cilindro de cristal.
Sin titubear, deslizó la mano por la solapa del saco de Alexander hasta ubicar con precisión el espacio intercostal directo al centro del esternón. Con un movimiento firme y preciso, clavó la larga aguja directamente en el miocardio del joven inerte. Presionó el émbolo lentamente, inyectando la misteriosa sustancia directamente en la cavidad cardíaca del cadáver.
Por varios segundos tensos, nada ocurrió. El cuerpo de Alexander permaneció inmóvil sobre el satén, inerte como una estatua de hielo. Los hombres observaban en absoluto silencio, aguardando con paciencia contenida.
De repente, una violenta sacudida muscular recorrió el torso de Alexander. Las extremidades del joven se tensaron de forma espasmódica. Bajo su piel pálida, las venas del cuello y las sienes comenzaron a marcarse bruscamente con un matiz violáceo a medida que el suero experimental comenzaba a reaccionar con el tejido celular latente.
Un sonido ahogado, similar a un suspiro rasposo y agónico, escapó de entre sus labios entreabiertos. El tórax de Alexander se elevó en un espasmo violento, atrayendo una bocanada desesperada de aire frío hacia sus pulmones colapsados. Su corazón, inmóvil durante horas tras la tragedia en la catedral, emitió un latido sordo, pesado y torpe... seguido de otro más constante.
Thump... thump... thump.
El pulso había regresado. La muerte biológica había sido revertida en medio de la penumbra del cementerio. Sin embargo, los ojos de Alexander permanecieron cerrados; su mente estaba sumergida en un coma profundo e inducido mientras el suero trabajaba a nivel celular para reparar las lesiones internas y oxigenar el cerebro.
—El compuesto ha tomado el control. El sujeto está estabilizado —informó el líder por su auricular encriptado, manteniendo una calma absoluta.
—Excelente. Procédan al traslado de inmediato —respondió una voz grave, madura y autoritaria al otro lado de la línea encriptada—. Que no quede ninguna huella en ese lugar.
—Entendido, señor.
Sin perder un solo segundo, los hombres sacaron una camilla de transporte médico acolchada del interior de la camioneta. Con extrema delicadeza pero con rapidez pasmosa, levantaron el cuerpo entumecido de Alexander fuera del féretro y lo aseguraron con arneses a la camilla, cubriéndolo con una manta térmica dorada para preservar su temperatura corporal ascendente.
Subieron la camilla a la parte trasera de la camioneta, donde un equipo con soporte vital básico y monitores cerebrales aguardaba para monitorear sus constantes vitales durante el trayecto.
A continuación, los operativos procedieron a borrar todo rastro del sacrilegio. Colocaron dentro del ataúd de madera un maniquí balístico de peso molecular equivalente, cerraron la tapa y volvieron a sellar los broches de bronce. Utilizando el mismo sistema de poleas, bajaron el féretro nuevamente al fondo de la fosa.
Con las palas, cubrieron la cavidad con la misma tierra que habían extraído minutos antes, nivelando la superficie con cuidado minucioso. Volvieron a colocar los céspedes cortados y acomodaron la corona de peonías blancas marchitas exactamente en la misma posición en la que Isabella la había dejado horas atrás. Para cualquiera que pasara por allí al amanecer, la tumba luciría completamente intacta.
El líder del grupo echó una última mirada al sepulcro para confirmar que no quedaba indicio alguno de la exhumación. Luego, subió al asiento del copiloto de la camioneta y cerró la puerta de golpe.
El motor diésel de la camioneta rugió suavemente en la penumbra. El vehículo dio la vuelta sobre la grava y se alejó a toda velocidad entre los pasillos de lápidas, desapareciendo en la oscuridad de la noche sin dejar rastro de su presencia.
En el interior de la unidad médica móvil, los monitores comenzaron a emitir un bip suave y constante. El corazón de Alexander latía de nuevo con fuerza, ajeno por completo al dolor de la mujer que lloraba su pérdida en la soledad de su habitación, y desconociendo que acababa de ser rescatado de la tumba por los hombres de un poderoso imperio del que jamás imaginó formar parte.