Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
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El momento de la verdad
Sucedió en un instante, sin aviso.
Estábamos en la biblioteca, escondidos entre las sombras de los estantes. Lucian me tenía abrazada, la frente apoyada en la mía, cuando escuchamos pasos en el pasillo. Cercanos. Demasiado cercanos.
—¿Papá? —La voz de Roberta golpeó el aire como un trueno.
Nos separamos de golpe, el corazón a punto de salírnos del pecho. Lucian me empujó suavemente detrás de una estantería, cubriéndome con su cuerpo, justo cuando la puerta se abría.
—¿Estás aquí? —preguntó ella, entrando unos pasos.
—Sí, estoy —respondió él, con voz firme, aunque noté cómo se tensaba todo su cuerpo—. Estaba buscando unos documentos.
Hubo un silencio que duró una eternidad. Contuve la respiración, apretando las manos contra la boca para no hacer ruido. Podía verla desde mi escondite: de pie, mirando a su padre con la cabeza ladeada, confundida.
—¿Solo? —preguntó entonces, y su tono me heló la sangre.
—Solo —dijo él, sin vacilar.
Ella dudó un momento más, antes de asentir lentamente.
—Está bien… disculpa. No quería interrumpir.
Cuando la puerta se cerró y sus pasos se alejaron, me deslicé hasta el suelo, con las piernas temblándome tanto que no me sostenían. Lucian se agachó junto a mí, tomándome entre sus brazos, pero esta vez no sentí consuelo. Sentí terror puro.
—Casi nos descubre —susurré, con la voz quebrada—. Casi la miro a los ojos y le miento en la cara. No puedo más, Lucian. No puedo.
—No digas eso —me suplicó, acariciándome el rostro con desesperación—. Estuvimos cerca, sí, pero no nos vio. Estamos bien.
—¿Hasta cuándo? —Me aparté de él, levantándome con esfuerzo—. ¿Hasta la próxima vez? ¿Hasta que nos encuentre besándonos? ¿Hasta que esa nota anónima se convierta en un grito y todo se derrumbe? No podemos seguir así. Tiene que terminar.
Se quedó inmóvil, como si le hubiera dado un golpe.
—¿Terminar?
—Sí. —Tragué el nudo que me cerraba la garganta—. Antes de que nos destruyamos a los tres. Antes de que la pierda a ella para siempre. Y a ti también.
Se acercó un paso, despacio, como si temiera que saliera corriendo.
—¿De verdad quieres terminar? Mírame y dímelo. Mírame a los ojos y di que no sientes nada cuando estoy cerca. Di que no me amas.
Lo miré, y las lágrimas brotaron sin freno.
—Te amo —confesé, rota por dentro—. Eso es lo peor. Te amo con toda mi alma. Pero no puedo amarte así… a escondidas, sobre la confianza de la persona que más me ha dado. No puedo.
Lucian no dijo nada. Solo se acercó y me tomó entre sus brazos, y me besó. Fue un beso distinto a todos los anteriores: desesperado, ansioso, como si supiera que podría ser el último. Sabía a despedida y a amor a la vez. Me aferré a él, devolviéndole cada beso, cada caricia, grabando su sabor, su calor, la forma en que me sostenía, porque sabía que cuando se separara, todo cambiaría.
—No quiero perderte —susurró contra mis labios, con la voz temblorosa—. No sé cómo vivir sin ti ya.
—Yo tampoco —lloré contra su pecho—. Pero no podemos seguir.
Se separó lo justo para mirarme, y entrelazó sus dedos con los míos, apretando con tanta fuerza que dolía.
—Entonces no soltemos la mano —dijo—. No importa lo que pase. No importa cuánto cueste. Si esto se acaba, no será porque nos soltamos nosotros.
—¿Qué quieres decir? —levanté la mirada, confundida.
—Que te elijo a ti —dijo, claro y firme—. Y que la enfrentaré a ella, a quien sea, pero no te dejaré ir. No puedo.
Quise decirle que no, que era demasiado arriesgado, que rompería todo… pero no pude. Apreté su mano con la mía, sintiendo que era mi única ancla y mi abismo a la vez.
—No sé si saldremos de esto —susurré.
—No importa —respondió, besándome la frente—. Mientras estemos juntos, lo enfrentaremos.
Nos quedamos así, de pie, con las manos entrelazadas, sabiendo que el suelo se movía bajo nuestros pies. No habíamos terminado. No habíamos soltado. Y ahora que la verdad estaba a punto de estallar, ya no había vuelta atrás.