NovelToon NovelToon
Nos Queríamos En Silencio

Nos Queríamos En Silencio

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor de la infancia
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: samuel luna

Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.

NovelToon tiene autorización de samuel luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 15: Una cita de verdad

La cita con Daniel estaba programada para el sábado a las seis de la tarde.

No había querido llamarla así, pero él insistió en que si pretendíamos empezar de una forma distinta, debíamos dejar de esconder incluso las palabras.

—Una cita es una cita —me dijo por mensaje.

—¿Y qué tiene de diferente a caminar por el parque?

—Que en una cita se supone que uno tiene intención.

—¿Qué intención tienes?

—Ver si puedo gustarte de nuevo sin usar nuestra historia como ventaja.

Leí el mensaje varias veces.

No pude negar que me hizo sonreír.

Aun así, pasé demasiado tiempo pensando qué ponerme. No porque quisiera impresionarlo, sino porque me parecía extraño salir con alguien que conocía cada versión de mí y al mismo tiempo se estaba convirtiendo en una persona nueva.

Daniel había elegido un restaurante pequeño cerca del centro. No era lujoso ni demasiado concurrido. Tenía mesas de madera, luces cálidas y una terraza que daba a una calle tranquila.

Llegué unos minutos antes.

Él estaba junto a la entrada, vestido con una camisa azul y una chaqueta oscura. Cuando me vio, sonrió, pero no se acercó demasiado.

—Hola —dijo.

—Hola.

—Te ves muy bien.

—Gracias.

—No sé si eso era demasiado directo.

—Estamos en una cita. Puedes intentarlo.

La sonrisa se le hizo más amplia.

—Entonces tú también te ves muy bien.

—Eso ya lo dijiste.

—Estoy practicando la claridad.

—Y yo estoy practicando no burlarme.

—Te está saliendo mal.

Entramos.

La mesa estaba junto a una ventana. Daniel había escogido un lugar donde no tendríamos que hablar por encima del ruido de otras personas. Era un detalle pequeño, pero mostraba que había pensado en mí.

—¿Tú reservaste? —pregunté.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—¿Y si yo decía que no?

—La habría cancelado.

—¿Sin sentirte herido?

—Probablemente me habría sentido herido. Pero no te habría hecho responsable de eso.

La respuesta me hizo mirarlo con atención.

—Estás cambiando mucho.

—Estoy intentando.

El camarero nos entregó los menús. Durante algunos minutos fingimos concentrarnos en la comida, aunque ambos estábamos más pendientes del otro que de las opciones.

—¿Qué te apetece? —preguntó.

—No lo sé.

—Puedo pedir por ti.

—No.

—¿No confías en mi elección?

—Quiero elegir yo.

Daniel levantó las manos.

—Está bien.

La frase parecía insignificante, pero me conmovió. Durante años, cualquier desacuerdo entre nosotros terminaba convirtiéndose en una batalla silenciosa. Ahora bastaba con aceptar que la otra persona podía querer algo diferente.

Pedí pasta. Daniel pidió carne.

Cuando se llevaron los menús, apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Quiero preguntarte algo antes de que llegue la comida.

—Adelante.

—¿Qué esperas de esta cita?

La pregunta me tomó desprevenida.

—No lo sé.

—Puedes pensarlo.

—No quiero hacerlo demasiado solemne.

—No es solemne. Solo quiero saber si estamos buscando lo mismo.

Miré por la ventana.

—Quiero comprobar si podemos estar juntos sin sentir que tenemos que reparar todo lo que pasó en una sola noche.

Daniel asintió.

—Eso es lo que quiero también.

—Y quiero ver si podemos divertirnos.

—Puedo ofrecerte eso.

—No prometas demasiado.

—Entonces ofreceré intentarlo.

La comida llegó y la conversación se volvió más ligera. Hablamos de nuestras películas favoritas, de las peores citas que habíamos tenido con otras personas y de las cosas que ninguno soportaba en una relación.

Daniel confesó que odiaba los mensajes pasivo-agresivos.

—¿Eso incluye los “haz lo que quieras”? —pregunté.

—Especialmente esos.

—Yo los uso bastante.

—Lo sé. Por eso necesito que seas clara.

—¿Y tú necesitas dejar de desaparecer durante horas?

—Sí.

—¿Y de contestar “todo bien” cuando claramente no está todo bien?

—También.

Nos reímos.

Después de cenar, salimos a caminar. El aire estaba fresco y las calles iluminadas. La ciudad parecía más amable por la noche.

—¿A dónde vamos? —pregunté.

—A un lugar.

—Esa respuesta no sirve.

—Es una sorpresa.

—No confío en tus sorpresas.

—Eso es porque la última vez te llevé a una estación abandonada.

—Y terminaste besándome.

—No veo el problema.

—El problema es que luego descubrimos que la estación no estaba abandonada.

Daniel soltó una carcajada.

Seguimos caminando hasta llegar a una azotea a la que se accedía desde un edificio antiguo donde él había trabajado durante un verano. Desde arriba se veía una parte enorme de la ciudad. Las luces parecían pequeñas, ordenadas y tranquilas.

—¿Cómo conseguiste subir? —pregunté.

—Le pedí permiso al encargado.

—¿Y te lo dio?

—Después de que le expliqué que estaba intentando tener una cita decente.

—¿Le contaste todo?

—No. Pero exageré un poco mi nivel de desesperación.

Nos sentamos cerca de la baranda, sin acercarnos demasiado.

—Es bonito —dije.

—Quería traerte aquí hace años.

—¿Por qué nunca lo hiciste?

—Porque siempre había una razón para no hacerlo.

—¿Cuál?

—Pensaba que si te invitaba, iba a parecer una cita.

—Quizá lo era.

—Quizá.

El cielo estaba despejado. Algunas estrellas apenas se distinguían entre el resplandor de la ciudad.

—Daniel —dije.

—¿Sí?

—¿Qué parte de mí te da más miedo?

No esperaba que la pregunta lo dejara tan serio.

—La parte que se aleja sin decirme por qué.

La respuesta tocó algo incómodo dentro de mí.

—¿Y de ti?

—La parte que cree que tiene que merecer el amor haciendo todo perfecto.

—No tienes que hacerlo.

—Lo sé. Pero no siempre puedo recordarlo.

—Yo tampoco.

Nos quedamos callados.

No era el tipo de silencio que habíamos compartido durante años, lleno de cosas no dichas. Este tenía palabras detrás, esperando ser usadas cuando fueran necesarias.

—¿Puedo acercarme? —preguntó Daniel.

Lo miré.

—Sí.

Se movió hasta quedar a mi lado. Nuestros hombros se rozaron.

—¿Puedo tomarte la mano?

—Sí.

Sus dedos encontraron los míos.

—¿Puedo besarte?

Sonreí.

—Ahora sí estás exagerando con los permisos.

—No quiero dar nada por hecho.

—Entonces sí.

El beso fue lento y sereno. No tuvo la urgencia de la primera vez, ni la desesperación de los días en que el miedo podía quitarnos la oportunidad. Fue un beso de dos personas que estaban aprendiendo a pedir, escuchar y esperar.

Cuando nos separamos, Daniel no apartó la mano.

—¿Te gustó la cita? —preguntó.

—Sí.

—¿Solo sí?

—Fue buena.

—Eso suena a una calificación.

—¿Quieres una puntuación?

—No.

—Entonces no preguntes como si fueras un examen.

Daniel sonrió.

—¿Puedo volver a invitarte?

—Sí.

—¿Aunque todavía no sepas qué somos?

—Sí.

—¿Aunque yo siga teniendo cosas que aprender?

—Sí.

—¿Aunque yo vuelva a equivocarme?

Lo miré directamente.

—Eso no depende de que te perdone todo. Depende de que seas capaz de reconocerlo y hablarlo.

Daniel asintió.

—Lo haré.

No sabía si podía creerle completamente.

Pero ya no esperaba sentir una certeza absoluta antes de dar un paso. Había entendido que confiar no era dejar de tener miedo. Era permitir que alguien avanzara hacia ti sin exigirle garantías imposibles.

Bajamos del edificio y caminamos hasta la esquina donde nuestros caminos se separaban.

—¿Quieres que te acompañe a casa? —preguntó.

—Sí.

—¿Aunque ya sea tarde?

—Sí.

—Bien.

En el trayecto hablamos de asuntos pequeños. De una exposición que teníamos la semana siguiente, de una cafetería nueva y de un libro que él quería prestarme.

La cita no terminó con una gran declaración.

Terminó con una rutina posible.

Cuando llegamos frente a mi casa, Daniel se detuvo.

—Gracias por venir.

—Gracias por no intentar convertir esto en algo perfecto.

—Lo pensé.

—Lo sé.

—¿Puedo decirte algo sin que te asustes?

—Puedes intentarlo.

—Me gustas más ahora que cuando creía que conocía todas tus respuestas.

La frase me sorprendió.

—¿Por qué?

—Porque ahora sé que no puedo vivir de suposiciones. Tengo que escucharte.

Le sostuve la mirada.

—Y tú me gustas más ahora que dejas de actuar como si pudieras protegerme de todo.

—Eso es menos romántico.

—Es más útil.

Daniel sonrió.

Lo besé una última vez antes de entrar.

Cuando cerré la puerta, el teléfono vibró.

Daniel: ¿Llegaste a entrar o sigues afuera fingiendo que no quieres volver a verme?

Sonreí.

Yo: Entré.

Daniel: Qué decepción.

Yo: Mañana puedes volver a invitarme.

Daniel: ¿Eso significa que la cita tuvo una segunda oportunidad?

Yo: Significa que no arruinaste la primera.

Daniel: Lo consideraré una victoria.

Guardé el teléfono y subí a mi habitación.

Sobre el escritorio estaban la carta, la fotografía y una libreta nueva.

Tomé la libreta y escribí una frase en la primera página:

“Empezar de nuevo no significa borrar lo que pasó. Significa elegir qué hacer con ello.”

No sabía si Daniel y yo conseguiríamos construir una relación.

Pero esa noche entendí algo importante.

El amor no siempre volvía con grandes gestos.

A veces regresaba en una mesa tranquila, en una pregunta hecha a tiempo, en una mano que esperaba permiso.

Y, después de tantos años de querernos en silencio, quizá esa era la única forma en que podíamos aprender a querernos de verdad.

1
Julián
excelente
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play