Un mafioso enamorado de una estudiante universitaria, ella es de una familia acomodada.
el tiene una empresa legal y aparte sus negocios ilegales.
ella es una chica curvy, el es alto y guapo
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Capítulo 15: Promesas, rutinas y sombras que vigilan
📖 Capítulo 15: Promesas, rutinas y sombras que vigilan
💬 Verónica — Primera persona
El sol entra suavemente por las cortinas de mi habitación. Me despierto con el corazón latiendo tranquilo, algo que no me había pasado en mucho tiempo. Sé que hoy es el día. Sé que él vendrá. Y aunque ayer nos despedimos con dolor, en el fondo de mi alma sabía que esto no había terminado. Que lo nuestro no era de esas historias que se acaban con una pelea y un portazo.
Me arreglo con calma. Me pongo algo sencillo pero bonito, me peino con cuidado, y bajo a la cocina a ayudar a mamá con el desayuno. El aroma a café, pan dulce y huevos revueltos llena toda la casa. Mamá me mira de reojo mientras sirve el chocolate en las tazas y me sonríe con ternura.
—Estás radiante hoy, hija. Como si hubieras recuperado algo que habías perdido —dice suavemente.
—Algo así, mamá. Algo así —le respondo, sintiendo cómo se me calienta el rostro.
Y entonces suena el timbre. Mi corazón da un salto. Sé que es él. Nadie más hace sonar el timbre con esa pausa, como si dudara un segundo antes de atreverse a llamar.
Camino hacia la puerta, respiro hondo, y abro. Ahí está. Con su camisa bien puesta, el cabello un poco despeinado por el viento de la mañana, y esa mirada suya que parece ver hasta lo más profundo de mi alma.
—Buenos días —le digo, y una sonrisa se me escapa sola, sin que pueda evitarlo.
Me recorre con la mirada, desde los pies hasta la cabeza, como si quisiera asegurarse de que estoy ahí, de que no fue un sueño lo de anoche.
—Buenos días a ti también —responde con voz más suave de lo habitual. Se acerca un paso más y, con mucha delicadeza, me da un pequeño pellizco en la mejilla, como si quisiera comprobar que soy real—. Estás aquí. De verdad estás aquí.
Le suelto una risita suave y le hago espacio para que entre.
—Bobo… vamos, que ya es tarde y el desayuno se enfría. No hagas esperar a mis papás.
Me toma de la mano antes de que pueda alejarme, y su agarre es firme, seguro, pero tembloroso al mismo tiempo.
—No tan rápido. Por favor. Solo… quédate aquí un ratito más conmigo.
Me volteo hacia él, lo miro a los ojos y le digo con ternura:
—Dime entonces, guapetón. ¿Qué pasa? Estamos solos. Solo tú y yo. Dime lo que necesitas decirme.
Me gira para quedar frente a frente, sus manos sosteniendo las mías. Su expresión cambia, se vuelve seria, vulnerable, como si estuviera a punto de quitarse una armadura que ha llevado puesta toda su vida.
—Quiero… —empieza, pero se detiene. Baja la mirada, frunce el ceño, y parece luchar con palabras que no le salen naturales—. Mierda, esto no es lo mío. No sé cómo hablar de sentimientos. No sé cómo decirte lo que me pasas sin sentir que digo algo tonto. —Pasa una mano por su cabello, visiblemente nervioso—. Pero te juro que esta vez no te voy a lastimar. No quiero ser el hombre que te hace llorar. Quiero ser el que te hace sentir segura. El que está ahí cuando todo lo demás se cae.
Lo escucho en silencio, sin interrumpirlo, dejando que encuentre su propio ritmo, sus propias palabras.
—No te entiendo a veces, Rafael —le digo suavemente—. No sé de qué tienes tanto miedo. Nadie te está pidiendo que seas perfecto. Solo que seas tú.
Frustración pero no conmigo, consigo mismo.
—No sé cómo ser bueno, Verónica. No aprendí cómo. No tengo ejemplos, nadie me enseñó a tratar a alguien que me importe de verdad. Joder, ni siquiera sabía que era capaz de sentir todo esto hasta que llegaste tú. —Me suelta las manos pero no se aleja ni un centímetro—. Pero contigo quiero intentarlo. Con todo lo que soy. Si me dejas, te prometo que cada día intentaré ser un poco mejor para ti.
Le acaricio suavemente la mejilla, y siento cómo se cierra los ojos ante mi tacto, disfrutándolo como algo que necesita desesperadamente.
—Yo te ayudaré. Lo prometo. No tienes que aprender solo. Vamos paso a paso, ¿de acuerdo? Si te equivocas, te lo digo. Si yo me equivoco, tú me lo dices. Y seguimos adelante. Juntos.
Me abre los ojos, y en ellos veo algo que me parte el corazón: vulnerabilidad pura. Un hombre que ha vivido solo toda su vida, pidiendo que no lo deje.
—No me dejes caer —susurra, casi como una oración—. Por favor. No me sueltes la mano aunque yo a veces sea un idiota y quiera alejarte por miedo. No me dejes solo con mis demonios.
—Jamás lo haré —le prometo, y lo digo con toda mi alma—. Estamos juntos en esto. Lo prometemos.
Me atrae hacia él y me besa. No es como los besos anteriores, desesperados o urgentes. Este es diferente. Es lento, profundo, como sellar una promesa que no tiene fecha de caducidad. Me abraza con fuerza, como si quisiera fundirme en su cuerpo, como si temiera que si me suelta desaparezca entre sus brazos.
—Mía —murmura contra mis labios—. Solo mía. Nadie más. ¿Entiendes eso? Eres mi persona. Mi lugar seguro. Mi todo.
—Y tú eres mío —le respondo, rodeándolo con mis brazos—. Tuyo completo. Con tus luces y tus sombras. Con todo.
Respira hondo, asiente, y me toma de la mano.
—Bien. Entonces hagamos esto bien. Conozcamos al otro de verdad. Sin escondernos. Sin miedos. Empezando ahora mismo.
Caminamos juntos hacia el comedor. Mis papás ya están sentados esperándonos. Rafael se detiene un segundo en el marco de la puerta, endereza los hombros, adopta esa postura digna y respetuosa, y saluda con voz clara:
—Buenos días, señor Álvarez, señora Álvarez. Gracias por invitarme a su mesa.
Mi papá lo mira por encima del periódico, asiente con aprobación y señala las sillas.
—Adelante, muchacho. Siéntense. Que se enfría el desayuno. Hija, necesito que pases por la oficina hoy. Hay varios contratos que necesitan tu revisión y tu firma. Son asuntos importantes que no pueden esperar hasta el lunes.
—Sí, papá. En cuanto terminemos de desayunar me voy para allá. No te preocupes —le respondo, y luego miro a Rafael—. Vamos a comer, que necesitas desayunar bien. Y después… bueno, cada quien a lo que tenemos que hacer. Tú tienes tus negocios, yo tengo mi trabajo. El deber llama.
Sostiene mi mano por debajo de la mesa, apretándola suavemente.
—¿Puedo acompañarte? No tengo nada urgente hoy. Mis asuntos pueden esperar si tú necesitas compañía. No me gusta la idea de que estés sola trabajando hasta tarde.
Le acaricio el dorso de su mano con el pulgar, sonriendo con ternura pero con firmeza.
—Rafael, tú sabes que no puedes venir conmigo a la oficina. Es trabajo, necesito concentrarme. Y tú tampoco puedes descuidar lo tuyo. Tenemos responsabilidades. No podemos estar pegados el uno al otro todo el tiempo, aunque nos guste. Crecemos mejor si cada quien construye su propio camino y luego nos encontramos al final del día.
Me suelta lentamente, y veo que le cuesta aceptarlo, pero asiente.
—Mierda… tienes razón. Solo… me acostumbré demasiado rápido a tenerte cerca. Se me siente mal no saber que estás bien y segura a mi lado.
Mi papá tose disimuladamente y se le escapa una risita. Mi mamá le da un toque suave en el brazo y le dice con voz amable pero firme:
—Rafael, ¿verdad? En esta mesa no se dicen groserías, ¿de acuerdo? No es regla estricta, pero sí una costumbre que tenemos. Si te acostumbras, te lo agradeceremos mucho.
Rafael se sonroja visiblemente, baja la cabeza y murmura:
—Disculpe, señora. No fue mi intención. Trabajaré en eso. De verdad.
El desayuno continúa tranquilo. Papá le hace preguntas sobre sus negocios, y noto cómo Rafael se relaja poco a poco, respondiendo con seguridad pero sin arrogancia. Mamá le ofrece más café y pan, y él acepta con gratitud. Por primera vez, se siente como si realmente perteneciera aquí. Como si fuera parte de la familia.
Al terminar, nos despedimos en la puerta.
—Nos vemos luego —le digo, poniéndome cómoda en mi auto—. Cuídate.
—Tú también —me dice desde su vehículo—. Y… mándame un mensaje cuando llegues a casa, ¿sí? Solo para saber que estás bien. No te molestaré más que eso, lo prometo.
Le sonrío y arranco. Él se queda ahí parado viéndome ir hasta que doblo en la esquina. Y aunque no lo veo, sé que no se mueve hasta que mi auto desaparece de su vista.
🕵️ En otra parte… lo que él no te cuenta
Rafael llega a su club, pero no puede quedarse quieto. Camina de un lado a otro en su oficina, mirando el teléfono como si esperara que le dijera algo que no necesita preguntar. No es celos, es miedo. Miedo a que alguien lo lastime. Miedo a que alguien descubra quién eres para él y te use en su contra. Y su instinto, ese que ha mantenido vivo todos estos años, le grita que necesita saberlo todo. Que no puede protegerte si no conoce cada detalle de tu mundo.
Marca a su guardaespaldas y mano derecha, sin perder tiempo:
—Necesito que investigues a alguien. Verónica Álvarez. Todo. Familia, negocios de su padre, quiénes son sus amigos, a dónde va cuando no está conmigo, si alguien la ha molestado últimamente. No me importa si toma todo el día. Quiero el reporte completo para esta noche.
Al otro lado de la línea hay una pausa de sorpresa.
—¿Todo, jefe? Incluso cosas personales… ¿está seguro?
—No me importa si es difícil o incómodo —responde Rafael con voz tajante, apretando el teléfono con fuerza—. No quiero que se me escape ni un solo detalle. Ella es importante para mí, y si hay algo que pueda lastimarla, necesito saberlo antes de que llegue. Ahora mismo. No esperes.
Cuelga bruscamente y se deja caer en su sillón, frotándose la cara con ambas manos. No quiere hacerlo a sus espaldas. Pero no sabe de otra forma cuidar de alguien más. Es su forma de amarte: protegiéndote incluso de lo que tú no sabes que existe.
💬 Mi jornada… y el cansancio que se acumula
Llego a la oficina de papá justo a tiempo. Lo que pensé que sería un día tranquilo se convierte en una montaña de papeles. Contratos que revisar, correos que responder, llamadas de proveedores, reuniones que se alargan más de lo previsto. Mi cabeza empieza a dolerme hacia media tarde, y siento cómo se me cansan los ojos de tanto leer documentos.
—Señorita Verónica, el contrato de la sucursal norte necesita su firma antes de que el contador lo cierre —me dice la secretaria de papá.
—En un momento, déjame terminar con esto por favor —respondo, frotándome las sienes con los dedos.
Y así pasan las horas. Sin descanso, sin apenas tiempo para comer algo más que una manzana que encontré en mi bolsa. Cuando por fin levanto la vista, ya es de noche. La oficina está casi vacía. Apago la computadora, guardo mi bolso, y salgo hacia el estacionamiento sintiendo cómo me pesan los pies.
Mientras conduzco de regreso a casa, pienso en todo lo que tengo por delante: mañana y pasado mañana también vengo a trabajar, porque hay mucho que poner en orden antes de que termine el mes. Y entre semana, la universidad me espera con clases, tareas y exámenes. A veces me pregunto cómo voy a lograr mantener todo en equilibrio. Pero luego recuerdo su cara, su promesa de intentarlo juntos, y siento que tengo fuerzas para todo.
Llego a casa, me quito los zapatos en la entrada, y me dejo caer en el sofá unos minutos, cerrando los ojos. Mañana será otro día pesado. Pero también será otro día en el que nos veremos. Y eso, por ahora, es suficiente para seguir adelante.
CONTINUARÁ ✨