🌙 LOS NOCTARYS 🌙
Libro I: Marcada por la Luna Negra
La noche de su cumpleaños número dieciocho, Ayla descubre una marca imposible en su piel.
Una marca que la señala como parte de una raza antigua que jamás debió existir.
Los Noctarys.
Nacidos de la oscuridad de una estrella caída, ocultos entre los humanos durante siglos y condenados por una profecía que podría destruir su mundo.
Cuando Ayla conoce a Kael, el misterioso heredero de los Noctarys, algo despierta entre ellos.
Una conexión imposible.
Un destino escrito mucho antes de que nacieran.
Pero la profecía es clara:
Si el heredero y la marcada se enamoran, la Luna Negra despertará... y todo aquello que aman desaparecerá.
Entre secretos, traiciones, poderes prohibidos y una guerra que se acerca, Ayla deberá decidir si está dispuesta a desafiar al destino.
Porque algunas historias de amor están destinadas a salvar un mundo.
Y otras...
A destruirlo.
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Capítulo 15: El Juramento de Aradia
El mundo quedó completamente en silencio.
Ni el viento se atrevía a soplar.
Ni las hojas del Árbol del Origen se movían.
Las palabras de Aradia habían detenido incluso los latidos del reino.
"Tú eres mi reencarnación."
Ayla sintió que las piernas dejaban de responderle.
Todo lo que había descubierto desde la noche en que apareció la marca...
Todo...
Era apenas una pequeña parte de la verdad.
—No...
Susurró mientras retrocedía un paso.
—Eso no puede ser.
Aradia sonrió con una ternura que ninguna de las otras reinas había mostrado jamás.
No era una sonrisa de poder.
Era la sonrisa de una madre.
—También dijiste eso la primera vez.
Ayla levantó lentamente la cabeza.
—¿La primera vez?
Aradia asintió.
—Hace miles de años.
El Árbol del Origen comenzó a iluminarse.
Las raíces atravesaron la tierra.
Las ramas tocaron las nubes.
Y una inmensa luz envolvió a todos los presentes.
El Primer Rey cerró los ojos.
Sabía lo que iba a ocurrir.
Kael también.
Narek permanecía inmóvil.
Como si llevara siglos esperando aquel momento.
Ayla sintió un fuerte dolor en la cabeza.
No era un dolor físico.
Eran recuerdos.
Miles.
Millones.
Todos intentando regresar al mismo tiempo.
Vio un cielo sin lunas.
Un mundo completamente diferente.
Sin Noctarys.
Sin Umbrarys.
Solo existía un inmenso bosque de árboles plateados.
Y en el centro...
Una joven.
Vestida de blanco.
Con una corona de ramas cristalinas.
Era Aradia.
Pero también era Ayla.
Las dos eran la misma persona.
La joven caminó hasta una enorme roca negra.
Sobre ella descansaba una esfera oscura.
Latía como un corazón.
—¿Qué es eso?
Preguntó Ayla mientras observaba el recuerdo.
Aradia apareció junto a ella.
—La primera semilla de la Luna Negra.
El recuerdo continuó.
La esfera comenzó a romperse lentamente.
Y de su interior nació una pequeña luz.
Una luz tan brillante que iluminó el mundo entero.
Después apareció otra.
Y otra.
Hasta formar miles de pequeñas almas.
—Los primeros Noctarys.
Susurró Ayla.
Aradia sonrió.
—Sí.
Pero no fueron los únicos.
La roca volvió a romperse.
Esta vez surgieron sombras.
Oscuras.
Silenciosas.
Frías.
Las primeras almas Umbrarys.
Dos pueblos.
Un mismo nacimiento.
Un mismo hogar.
El recuerdo cambió.
Ayla observó a Noctarys y Umbrarys viviendo juntos.
Reían.
Construían ciudades.
Celebraban bajo el mismo cielo.
No existía odio.
No existía guerra.
No existían reinos.
Solo una única familia.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Ayla.
—Entonces...
Nunca fueron enemigos.
Aradia bajó la mirada.
—No.
Aprendieron a odiarse.
Otro recuerdo apareció.
Una noche.
El mismo Árbol del Origen.
Una discusión.
Gritos.
Miedo.
Y después...
Una traición.
Una espada atravesando el pecho de alguien.
La sangre cayó sobre las raíces del Árbol.
Las hojas comenzaron a oscurecerse.
Las tres lunas aparecieron por primera vez en el cielo.
Y el tiempo...
Se rompió.
Ayla cayó de rodillas.
—¿Quién hizo eso?
Aradia no respondió.
Solo observó el recuerdo.
—Fue el momento en que nació el primer ciclo.
La visión desapareció.
Todos habían permanecido en silencio.
Incluso los soldados observaban con respeto.
Porque el Árbol les estaba mostrando la verdad.
La verdad que había permanecido oculta durante miles de años.
Kael se acercó lentamente.
—¿Lo recuerdas?
Ayla levantó la vista.
Las lágrimas seguían cayendo.
—Recuerdo el dolor.
Recuerdo la guerra.
Pero no recuerdo quién traicionó a quién.
Narek dio un paso adelante.
Por primera vez parecía dispuesto a contar toda la verdad.
Pero antes de hablar...
El Árbol volvió a temblar.
Una segunda hoja dorada cayó desde lo más alto.
Después una tercera.
Y una cuarta.
Aradia observó el cielo.
Su expresión cambió por completo.
—No...
Es demasiado rápido.
El Primer Rey levantó la espada.
—¿Qué ocurre?
Aradia respondió sin apartar la vista del Árbol.
—Cuando caiga la última hoja...
El tiempo dejará de existir.
Un viento oscuro atravesó el reino.
Las ramas comenzaron a secarse.
Las hojas cristalinas perdían su brillo.
Y entonces...
Una inmensa grieta apareció en el tronco del Árbol.
Desde su interior surgió una luz negra.
No era la Luna Negra.
Era algo mucho más antiguo.
Algo que ni siquiera Aradia esperaba.
Una mano gigantesca emergió lentamente de la grieta.
Cubierta de símbolos desconocidos.
Todos retrocedieron.
Incluso Narek.
Incluso el Primer Rey.
Incluso Aradia.
Porque aquella presencia no pertenecía ni a los Noctarys ni a los Umbrarys.
Era mucho más antigua.
Mucho más poderosa.
La voz que salió del Árbol hizo temblar el universo entero.
—Después de miles de ciclos...
Por fin despertaron al verdadero creador.
Aradia cerró los ojos.
Y por primera vez...
La Primera Reina mostró miedo.
—No...
Él jamás debía despertar.
Continuará...