Luciana Moretti fue en su vida anterior una joven del siglo XXI: introvertida al principio, pero con un sentido del humor desbordante, una lengua afilada sin filtros y una fuerza interior que pocos imaginaban. Estaba estudiando historia de las civilizaciones antiguas, viviendo una vida tranquila pero llena de curiosidad, hasta que un accidente con un libro antiguo y un cristal en una biblioteca la llevó a morir… y despertar en el cuerpo de la tercera hija de la familia Moretti, una de las familias más ricas, influyentes y poderosas de Aethelgard.
Aquí, es conocida como la “don nadie”: sin grandes dones, ignorada por todos, considerada extraña y poco agraciada por sus padres y hermanas mayores. Sus padres, el señor y la señora Moretti, son inmensamente ricos, pero también vanidosos, ambiciosos y bastante ingenuos, obsesionados con mantener su estatus y aliarse con la realeza. Sus hermanas, Sofía y Valeria, son hermosas, elegantes… e hipócritas hasta el extremo: dulces en público.
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De cómo mi familia intenta (y falla) ser perfecta y Samuel pone orden. I
Caminamos por los pasillos de la mansión y os juro que parecía que estábamos desfilando en una procesión real. Yo iba delante, con la cabeza bien alta, agarrada del brazo de Samuel, que caminaba a mi lado con esa presencia imponente que hacía que el aire vibrara a su paso. Detrás de nosotros, como si fueran mis escuderos o mis sirvientes personales, iban mis padres, mis dos adorables hermanas y mis hermanos. Bueno, Marco y Lorenzo iban ahí porque querían y me apoyaban, pero los otros cuatro iban con una cara de preocupación y obediencia que me daba una risa tremenda.
Cada vez que nos cruzábamos con algún sirviente, este se quedaba paralizado, dejaba caer lo que tuviera en las manos (ya iban tres platos rotos y dos escobas perdidas) y hacía una reverencia tan profunda que casi se tocaban el suelo con la nariz. Y Samuel, cada vez que veía eso, aprovechaba para decir con esa voz potente y clara que llegaba a todos los rincones:
—¡Bien hecho! ¡Así se trata a la dueña de esta casa! ¡Recordadlo bien: ¡lo que ella diga, es ley! ¡Lo que ella quiera, es orden! ¡Y el que la mire mal, se arrepentirá de haber nacido!
Yo le daba un codazo disimulado en el costado para que bajara un poco el tono, pero él me miraba con esa sonrisa de medio lado, llena de locura y travesura, y me susurraba bajito al oído: —Déjame disfrutar, mi vida. Me encanta ver cómo tiemblan todos solo con saber que te pertenezco. Me encanta que sepan que ahora tú eres la que manda. Y, además, te lo mereces. Después de todo lo que te hicieron pasar, esto es poco castigo para ellos.
Llegamos al gran salón, ese mismo donde hacía nada mis padres se sentían los reyes del mundo y mis hermanas hablaban de casarse con príncipes. Ahora, al entrar, todos se quedaron quietos en la puerta, esperando a que yo pasara primero, esperando a que yo me sentara primero, esperando a que yo dijera algo. Era tan divertido ver el cambio de actitud que casi me daba pena lo fácil que eran de manipular con tal de no enfadarme.
Mi madre, que antes me miraba con desdén y me decía que me arreglara o que me vistiera bien, ahora corrió hacia mí con una sonrisa que parecía pegada con pegamento fuerte, dispuesta a hacerme todo lo que yo quisiera. —Hija mía… Luciana, querida… ¿quieres sentarte? ¿Te traigo algo? ¿Un poco de vino? ¿Agua? ¿Fruta? ¿Quizás unos dulces? ¡Tenemos los mejores dulces que se han hecho nunca! ¡Dime qué se te antoja y lo tendrás aquí en un segundo!
Samuel, que no se separaba de mí ni un milímetro y que tenía sus sentidos tan alerta que parecía que tenía ojos en la espalda, la miró de reojo y soltó con calma: —Mi reina no come cualquier cosa. Ella solo come lo mejor. Lo más dulce, lo más fino, lo más exquisito. Y sobre todo… que nadie le ponga las manos encima a su comida antes de que ella la vea. Porque si algo no le gusta… bueno, ya sabéis lo que pasa cuando algo no le gusta. Se rompen cosas. Y salen volando libros. ¿Verdad?
Mis padres asintieron tan rápido que temí que les diera un mareo. Mi madre se fue corriendo hacia la cocina como si le fuera la vida en ello, gritando órdenes a los pobres cocineros que seguro no entendían nada de lo que pasaba.
Y mis hermanas… ¡ay, mis hermanas! Si mis padres eran graciosos, ellas eran directamente un espectáculo de comedia. Se acercaron despacito, con las manos juntas delante, con las cabezas bajas, con esa falsa humildad que antes no conocían ni de nombre. Valeria, que antes se burlaba de mi ropa y decía que parecía una sirvienta, ahora me miraba el vestido con admiración fingida y dijo con voz melosa:
—Luciana… hermana… qué… qué vestido tan bonito llevas. De verdad, te queda precioso. Nunca me había fijado bien, pero te sienta genial. Y tú pelo… qué bien te queda recogido así. ¡Estás… estás realmente hermosa!
Sofía asintió con tanta fuerza que se le movieron los rizos, y añadió: —¡Sí, sí! Eres la más guapa de todas, hermana. La más elegante, la más lista, la más… todo. De verdad, no sé cómo no nos dimos cuenta antes. Eres maravillosa. Y… y el señor Van Doren tiene toda la razón del mundo. Eres una diosa. ¡Sin duda!
Yo las miraba con los ojos entrecerrados, sonriendo por dentro y pensando: "¿Pero ¿quién os cree, queridas? Ayer mismo me dijisteis que parecía que iba a barrer el suelo y que era una vergüenza para la familia. Y hoy soy la diosa más hermosa del universo. Qué cambio tan rápido. Menos mal que yo os conozco mejor que nadie".
Pero claro, no iba a ser yo quien les arruinara el momento de humillación y vergüenza pública. Me limité a mirarlas con esa calma que las ponía tan nerviosas y les dije con voz dulce:
—Qué amables sois hoy, hermanitas. Me alegra mucho que por fin os deis cuenta de las cosas. Ya sabéis lo que dicen: “Nunca digas de esta agua no beberé”. Porque al final, el que ríe último, ríe mejor. ¿Verdad?
Se quedaron con la boca abierta, sin saber muy bien qué responder, y miraron a Samuel de reojo para ver si se había enfadado o algo. Pero Samuel se estaba riendo por dentro tanto como yo, porque me apretó la mano disimuladamente y me miró con orgullo, sabiendo que yo las estaba dejando en evidencia con cuatro palabras bien dichas.
En ese momento, mi padre, que se había estado quieto en una esquina intentando pasar desapercibido (¡mi padre! El que siempre quería ser el centro de atención), se aclaró la garganta y se acercó despacito, con mucha prudencia, como si estuviera pisando huevos. —Luciana… hija… señor Van Doren… nosotros… eh… bueno… queremos pediros perdón. De corazón. De verdad. Nunca quisimos haceros daño. Nunca quisimos vender nada que fuera vuestro. Es que… no sabíamos. Éramos ignorantes. Ciegos por la ambición, ya sabéis cómo es la gente… tonterías de dinero y poder… cosas sin importancia comparadas con… con esto. —Señaló a todo el salón, a nosotros, con una mano temblorosa—. Y queremos que sepáis que todo lo que tenemos es vuestro. La mansión, las tierras, el dinero, los sirvientes… todo. Haced con ello lo que queráis. Es vuestro. Solo pedimos… eh… que nos dejéis seguir viviendo aquí. En algún rincón pequeño, claro. No queremos molestar. Solo… vivir.
Yo lo miré a los ojos. Y por primera vez, vi que no estaba actuando del todo. Estaba asustado, sí. Pero también estaba avergonzado. Había entendido, por fin, que había sido un tonto, que había estado a punto de cometer el error más grande de su vida, y que su propia hija, a la que había ignorado, era la única que tenía el poder y la grandeza para perdonarlos o destruirlos.
Samuel dio un paso al frente, y todos se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración. Él miró a mi padre con esa mirada que podía atravesar paredes, esa mirada que veía hasta lo más profundo de las personas, y le dijo con voz seria, sin ira, pero con mucha autoridad:
—Sabed esto, señor Moretti: solo estáis aquí, solo estáis vivos, solo tenéis esta casa y esta familia… por ella. Por Luciana. Si ella no os quisiera, si ella no tuviera un corazón tan grande y bueno… ahora mismo seríais polvo en el viento. Y nadie os recordaría. Así que no me deis a mí explicaciones ni perdones. Dádselo a ella. Porque ella es la que decide. Ella es la que tiene el poder absoluto sobre nuestras vidas. Y si ella os perdona, yo respetaré su decisión. Pero escuchadme bien: una sola vez más. Una sola vez más que alguno de vosotros, cualquiera, piense en hacerle daño, en ignorarla, en insultarla, en subestimarla o en vender algo que le pertenezca… y os aseguro que no habrá perdón. No habrá segundas oportunidades. Y os arrepentiréis de haber nacido. ¿Entendido?
después de siglos de estar encerrado a que olera su boca... caray
estás en el pasado que ya es historia, con cosas históricas más viejas. que regalo del destino .
está Lucia como niña en dulcería
que sucedió?
murió a través del tiempo?
Gracias /Smile//Smile/