En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
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Celos ?????? No
La imagen del hombre bajo la lluvia no abandonó a Alex durante los días siguientes.
Intentó convencerse de que no era importante.
Intentó decirse que solo había sido un desconocido más entre la multitud.
Pero algo en aquella mirada seguía molestándolo.
Porque no había visto amenaza.
Ni odio.
Ni siquiera curiosidad.
Lo que había visto era algo mucho más extraño.
Reconocimiento.
Como si aquel hombre lo hubiera estado buscando.
O esperando.
Y eso no tenía sentido.
Alex estaba tan distraído pensando en ello que casi olvidó dónde estaba.
Casi.
Porque era difícil olvidar que vivía en una mansión llena de personas que parecían vigilar cada uno de sus movimientos.
Especialmente Ian.
Aunque Alex todavía no sabía exactamente por qué.
Aquella mañana decidió salir al jardín después del desayuno. Necesitaba despejar la cabeza y alejarse un rato de las preguntas que no tenían respuesta.
Mientras caminaba por uno de los senderos de piedra, escuchó una voz llamándolo.
—¡Alex!
Se giró.
Era Sofía.
Una de las empleadas más jóvenes de la mansión.
A diferencia de la mayoría del personal, ella no parecía intimidada por los Marzanto ni por la enorme casa donde trabajaba. Era amable, habladora y tenía una energía que recordaba un poco a Alex.
Quizás por eso se llevaban bien.
—¿Qué ocurre? —preguntó Alex.
—Encontré el libro que estabas buscando.
Los ojos de Alex se iluminaron.
—¿En serio?
—Te dije que estaba en alguna parte.
—Empiezo a creer que conoces esta mansión mejor que todos los demás.
—Porque la conozco mejor que todos los demás.
—Eso da un poco de miedo.
Sofía soltó una carcajada.
Alex también terminó riendo.
La conversación continuó mientras caminaban por el jardín.
Hablaron de libros.
De películas.
De las rarezas de la mansión.
Y de lo insoportable que podía ser Ian.
Especialmente de eso.
—No entiendo cómo sobrevives aquí —dijo Sofía.
—Yo tampoco.
—¿Ya intentaste escapar?
—Varias veces mentalmente.
—Cuenta igual.
—Me alegra que alguien me comprenda.
Ambos volvieron a reír.
Desde una ventana del segundo piso, Ian observaba la escena.
Y no le gustaba.
Nada.
No entendía por qué.
Simplemente no le gustaba.
Cruzó los brazos.
Continuó mirando.
Y cada vez se sintió más irritado.
Porque Alex parecía divertirse.
Mucho.
Demasiado.
—Interesante.
Ian cerró los ojos al escuchar aquella voz.
No necesitó girarse.
Sabía perfectamente quién era.
—Vete, Elena.
—No.
—No estoy de humor.
—Precisamente por eso vine.
Elena se apoyó junto a la ventana.
Y observó el jardín.
Alex y Sofía seguían hablando.
Nada fuera de lo normal.
Nada sospechoso.
Nada importante.
Al menos para una persona racional.
Por desgracia para Ian, Elena lo conocía demasiado bien.
—¿Qué hacen?
—Hablar.
—Ya lo veo.
—Entonces deja de preguntar.
—Pareces molesto.
—No estoy molesto.
—Claro.
Ian suspiró.
Aquello iba a ser largo.
—Solo estoy observando.
—Llevas observando veinte minutos.
—No es cierto.
—Quince entonces.
—Elena.
—Ian.
Se miraron durante unos segundos.
Elena sonrió lentamente.
Y entonces entendió exactamente lo que estaba pasando.
Aquello era maravilloso.
—Oh.
Ian sintió un mal presentimiento.
—No.
—Sí.
—Ni siquiera sé qué estás pensando.
—Mentira.
—No empieces.
—Ya empecé.
Ian decidió ignorarla.
Una decisión inteligente.
Lamentablemente, Elena jamás respetaba las decisiones inteligentes.
—Te gusta.
Ian casi se atragantó.
—¿Qué?
—Te gusta.
—¿Quién?
—Alex.
—¿Te golpeaste la cabeza esta mañana?
—Entonces explícame por qué llevas media hora observándolo.
—Porque es mi responsabilidad.
—Ajá.
—Lo es.
—Y yo soy la reina de Valdoria.
—Eso ni siquiera tiene sentido.
—Tiene el mismo sentido que tu excusa.
Ian volvió a mirar por la ventana.
Alex acababa de decir algo que hizo reír nuevamente a Sofía.
La irritación regresó inmediatamente.
Y eso solo empeoró las cosas.
Porque Elena lo vio.
Todo.
Absolutamente todo.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Estás celoso.
Ian la miró como si acabara de insultar a toda su familia.
—No.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Ian apretó los dientes.
Elena parecía disfrutar cada segundo.
—Es adorable.
—No es adorable.
—Lo es.
—No estoy celoso.
—Entonces baja y siéntate con ellos.
—No quiero.
—Porque estás celoso.
—Porque no quiero.
—Porque estás celoso.
Ian cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Contó hasta diez.
No funcionó.
Cuando volvió a abrirlos, Elena seguía sonriendo.
Peor aún.
Ahora parecía estar conteniendo una carcajada.
—¿Terminaste?
—No.
—Perfecto.
—¿Estás celoso?
—No.
—Claro que sí.
Ian se giró para marcharse.
Y mientras abandonaba la habitación escuchó la voz de Elena detrás de él.
—¡Ian!
—¿Qué?
—Te gusta muchísimo.
Ian siguió caminando sin responder.
Porque responder solo empeoraría las cosas.
Y porque, por primera vez en mucho tiempo, empezaba a sospechar que Elena podía tener razón.
Lo cual era un problema.
Un problema enorme.
Y definitivamente no estaba preparado para admitirlo.
Detrás de él, la risa de Elena resonó por todo el pasillo.
—Elena, cállate.