✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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Hay magia cerca
El Gran Desierto de las dunas rojas recibió a los cuatro jinetes con un silencio que pesaba en los oídos. Atrás, muy atrás, se había quedado el cauce del río seco y los cadáveres de la caballería ligera de Saevus. Frente a ellos, la arena adoptaba un tono carmesí encendido bajo un sol abrasador que parecía haberse congelado en la mitad del cielo del sur.
A medida que avanzaban siguiendo la veta de cuarzo que el mapa de Toivo señalaba, el aire comenzó a cambiar. Ya no era solo el calor sofocante de la meseta; la atmósfera se volvió densa, pesada, obligando a los caballos a respirar con un silbido fatigado. El horizonte no vibraba por el calor común, sino por una radiación transparente que distorsionaba las formas de las dunas.
Lin cabalgaba a la vanguardia, con la túnica abierta y los ojos grises fijos en el frente. Su palma derecha emitía una luz dorada continua, tan intensa que los cristales de sal que aún quedaban en sus botas brillaban como estrellas pequeñas. Ya no sentía el cansancio de la melé nocturna; el pulso de la marca le transmitía una urgencia fría que le recorría el brazo directo hasta el pecho, donde el diario descansaba bajo el chaleco.
—Capitán… miren el suelo —dijo Vetmi en un susurro, deteniendo su montura por el asombro.
Marcos y Ettore también refrenaron sus caballos, clavando las miradas en la base de una duna roja. El fenómeno desafiaba toda lógica. Decenas de pequeñas piedras de cuarzo blanco y guijarros sueltos no descansaban sobre la arena; flotaban suspendidos en el aire, a la altura de las rodillas de las monturas, balanceándose de arriba abajo de forma perezosa, como si flotaran en el fondo de un estanque invisible.
—La gravedad se está rompiendo —comentó Marcos, desenvainando la mitad de su machete pesado por puro instinto —. He visto defensas mágicas, Lin, pero esto es diferente. La tierra misma está perdiendo su fuerza en este perímetro.
Ettore soltó un silbido bajo, pasando la mano por debajo de una de las piedras flotantes con su habitual curiosidad.
—Toivo no mintió cuando dijo que este lugar tocaba los límites del fin del mundo, capitán. Se siente igual que el aire de la gruta antes de que Norman hiciera estallar el valle. La energía del rubio está llamando a tu mano.
—No nos detengamos por los trucos de la arena —ordenó Lin, y su voz profunda devolvió la fijeza militar a la unidad—. Las piedras flotan porque el Faro está cerca. Alma me lo advirtió en el Manantial: el Altar está conectado con el Mar de la magia pura, y su radiación altera todo lo que pisa esta frontera. Mantengan las monturas en línea recta.
Cabalgaron una hora más entre las dunas flotantes hasta que la arena roja cedió su lugar a una hondonada colosal. En el centro del cráter, emergiendo de la tierra como el diente de un dios antiguo, se alzaba el Altar del Sur.
Era una estructura inmensa, una pirámide truncada construida con bloques de piedra negra que absorbían la luz del sol de forma antinatural. Los muros estaban cubiertos por inscripciones geométricas idénticas a las del palacio Blackshield, pero aquí los símbolos no brillaban con luz violeta, sino con un relieve de oro viejo apagado por los siglos. La mitad de la estructura permanecía sepultada por las dunas, y la inmensa puerta de bronce de la entrada estaba sellada por tres cadenas de hierro frío que el Cónclave había colocado en la antigüedad para evitar que la luz del sol volviera a encenderse.
El grupo desmontó en la base, asegurando los petates y las espadas de repuesto. El silencio en el cráter de piedra negra era absoluto, un vacío que congelaba la sangre.
—Hemos llegado, capitán —dijo Vetmi, mirando la inmensidad de la pirámide negra con un respeto real—. Este es el final de tu mapa.
—Es el inicio de la redención, príncipe —respondió Lin.
Mientras Marcos y Ettore inspeccionaban las cadenas de hierro y bronce de la entrada principal, buscando el eslabón débil para usar el machete, Lin se apartó unos pasos hacia la sombra de una columna rota. Se sentó sobre la greda templada, apoyando la espalda contra el relieve geométrico de la piedra negra. Sacó el diario chamuscado de Norman sobre sus rodillas, imitando exactamente la postura que tenía junto a la pileta del Manantial cuando Alma le reveló el secreto de la estirpe.
Con su caligrafía recta, dictada por el deber del caballero pero con el corazón templado por el beso de la vigilia, comenzó la entrada del capítulo quince:
“Hemos alcanzado las ruinas del Altar del Sur, Norman. El desierto aquí está roto; las piedras flotan en el aire y el aire pesa tanto que los caballos resoplan con dificultad, tal como tu madre me advirtió que pasaría cuando la magia pura tocara la tierra. El príncipe Vetmi ha peleado con el honor de un verdadero escudo en el río seco; usó los golpes de Marcos y abrió la brecha que nos trajo hasta estas dunas. Estoy frente a tu templo, rubio. Las cadenas de la Orden de la Luz bloquean la entrada, pero mis hombres ya están listos para romper el hierro con sus aceros. Anoche sentí tu fuerza en la vigilia y no voy a permitir que te quedes en ese Mar. Mi mano sigue brillando con tu marca, y tu diario está a salvo contra mi pecho. Duerme tranquilo en tu Manantial; tu caballero está en la puerta de tu Faro, y voy a romper tus cadenas hoy mismo”.
Lin sopló la tinta negra para secarla, guardó el cuaderno bajo su chaleco de cuero viejo y se puso en pie, sintiendo que la pulsación de su mano derecha se volvía violenta, un latido salvaje que exigía el inicio del ritual.
Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso hacia la puerta de bronce, un sonido espantoso rompió el silencio del cráter.
No fue el trote de los caballos ligeros de Saevus ni el rugido del general Armoton. Fue un crujido metálico y sordo que emergió de las grietas de la piedra negra del suelo. La arena roja de la base de la pirámide comenzó a burbujear como agua hirviendo, y de las sombras del templo, tres masas de un hierro líquido, frío y grisáceo empezaron a elevarse, adoptando formas deformes y monstruosas dotadas de rendijas frías en lugar de ojos.
Ettore y Marcos se tensaron de golpe, levantando la ballesta pesada y el machete con una fijeza militar instantánea, mientras Vetmi daba un paso atrás, desenvainando su acero con los dientes apretados.
—Los Guardianes del Faro… —susurró Vetmi, y su voz reflejó la advertencia que el viejo Toivo les había dejado en la cueva.
Las aberraciones de hierro frío líquido se deslizaron sobre la arena sin hacer ruido, sus cuerpos metálicos reflejando el sol del mediodía con una saña asesina, listas para devorar a cualquiera que portara la marca del sol en sus manos. La gran batalla de la mazmorra del sur acababa de despertar, y las tres capas grises, junto al Cuarto Escudo, estaban atrapadas en el fondo del cráter con el hierro de la Orden frente a sus ojos.
A dos leguas de distancia del cráter de piedra negra, el Gran Desierto de las dunas rojas extendía su manto abrasador. Las pezuñas de los caballos de batalla avanzaban con un ritmo rápido, rompiendo el silencio del desierto. Era la caballería ligera del Príncipe Saevus, los soldados de la guardia que alguna vez habían servido a su hermano Drilon antes de que el veneno del hongo de risco silenciara su respiración en la enfermería del palacio.
Saevus cabalgaba al frente de la línea, manteniendo una postura impecable sobre su montura. Su armadura de hierro negro relucía bajo el sol implacable, y sus ojos escaneaban constantemente las crestas de la arena carmesí. A diferencia Armoton, que marchaba impulsado por una ira ciega y pura fuerza bruta, Saevus avanzaba con la mente fría de un jugador de ajedrez.
No le importaba el cansancio de sus hombres, ni la pérdida de herraduras en la sal. Su único motor era la ambición de poder político. Sabía que si lograba capturar al joven príncipe Vetmi y decapitar al capitán, el Consejero Val cumpliría su promesa de respaldar su nombre ante el Cónclave, asegurándole el trono de Yalnizlik.
De golpe, Saevus tiró de las riendas de su caballo, deteniendo la marcha en seco sobre la cima de una duna colosal. Los jinetes ligeros frenaron detrás de él, con las picas de gancho bajas, rígidos en sus asientos.
Un teniente de la guardia se adelantó por el flanco, con el rostro cubierto de polvo de greda.
—¿Qué pasa, Príncipe Saevus? —preguntó el oficial en un susurro—. Los rastreadores dicen que el viento ha borrado las últimas marcas de los caballos. No hay señales de Lin en esta ladera. ¿Debemos virar hacia el desfiladero del Este para reagruparnos con Armoton?
Saevus no respondió de inmediato. Cerró los ojos, levantando el rostro hacia el aire denso de la tarde. En el Reino de Yalnizlik, nadie poseía magia; el yugo del Cónclave y los implacables castigos de la Orden de la Luz habían purgado a cualquier usuario de la fe mística en las plazas públicas hacía décadas. El pueblo del sur vivía en una ignorancia absoluta, temeroso de lo desconocido. Sin embargo, al haber pasado noches enteras en los aposentos privados del palacio escuchando los discursos oscuros del Consejero Val, Saevus había aprendido a reconocer los síntomas de los fenómenos extraños.
En ese preciso instante, el aire que entraba en sus pulmones no se sentía común. Estaba cargado de una pesadez artificial, una densidad que le erizaba los vellos de la nuca. Además, la brújula de bronce que colgaba de su cinturón enjoyado había empezado a girar de forma errática, con la aguja magnética apuntando hacia el centro del cráter del frente.
—La arena está vibrando —susurró Saevus, y una sonrisa astuta estiró sus labios delgados—. No necesitamos las huellas de los caballos, teniente. Hay magia cerca. Una energía muy antigua y poderosa está despertando bajo estas dunas rojas.
El teniente parpadeó con temor, persignándose por puro instinto ante la mención de lo antinatural.
—¿Magia, mi señor? Val nos aseguró que el capitán Lin era solo un mercenario del norte que buscaba saquear las bóvedas de oro de Kala-Zul para financiar la reconstrucción de los Blackshield.
Saevus soltó una risa corta y despectiva, acomodándose las hombreras de hierro negro. Su mente calculadora ya había descartado las mentiras que el consejero usaba para manipular al viejo y borracho Rey Erke.
—Val es una serpiente que solo sabe asustar a los ancianos con fantasmas de oro, teniente. Si Lin fuera un simple cazador de tesoros, se habría quedado en el barrio de los tintoreros repartiendo las monedas que le robó a los inspectores. Un soldado con ese adiestramiento no cruza la meseta profunda y arriesga el cuello contra la maza de Armoton solo por unas barras de metal común. Lin busca algo mucho más grande aquí dentro. Busca un artefacto, un poder capaz de cambiar el equilibrio de este continente. Y yo me voy a quedar con ese poder antes de que sus botas puedan tocarlo.
El estratega sacó su espada larga, apuntando hacia el horizonte carmesí donde el vaho caliente distorsionaba las formas de los riscos. Sabía que estaba muy cerca de su presa, aunque el relieve de la pirámide negra del Faro todavía permaneciera oculto tras las inmensas lomas de la frontera.
—¡Mantengan la línea ligera armada! —ordenó Saevus con una frialdad que heló la sangre de sus soldados—. Avanzaremos al trote corto por la grieta del cuarzo blanco. Si Lin está desenterrando un secreto, esperaremos a que termine el trabajo sucio. En cuanto baje la guardia, caeremos sobre ellos con las picas de ganchos. Quiero al pequeño Vetmi encadenado; a los otros tres, los entregaremos en pedazos al consejo de mi padre. ¡Muévanse!
Los jinetes espolearon a sus caballos con desesperación, adentrándose en el llano flotante bajo la guía de un príncipe asesino que avanzaba con la ambición de un traidor, ajeno por completo al hecho de que en el fondo del cráter, las aberraciones de hierro frío líquido ya habían despertado con el hambre de la muerte misma, listas para triturar a cualquiera que osara violar las leyes del templo sagrado.
⚠️🌟⬇️Nueva obra finalizada. Un amor hermoso. Vale la pena cada palabra. ⬇️🌟⚠️