"La Emperatriz Renacida" narra el brutal regreso de Leticia, una huérfana de los barrios bajos convertida en déspota de la moda, quien reencarna como la humillada Adelfa Sterling en una novela rosa. Armada con una astucia letal, frialdad despiadada y tres hijos genios, Leticia desmantela a quienes la oprimieron en su vida pasada y presente, tejiendo una intriga de venganza y poder que reescribe el destino de los inocentes y los villanos por igual.
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15 Contraataque letal
Pasaron unos minutos, y decidí levantarme para servirme algunos bocadillos exquisitos que ofrecían en las mesas del bufé. Al pasar justo por delante de la mesa donde estaban Julieta, Lorena, Marisa y compañía, sucedió lo que ya preveía: Marisa, con una sonrisa maliciosa y calculada, sacó su pie con destreza y me lo puso en medio del paso, buscando hacerme tropezar y caer de bruces al suelo, para así burlarse de mí ante todos. Leonel, que no me quitaba la vista de encima, observó cada movimiento con atención depredadora.
—¡Ay, lo siento muchísimo! —exclamó Marisa con voz dulce y falsa, mientras una sonrisa burlona se extendía por su cara—. Fue sin querer, se me escapó el pie, perdóname Adelfa, no fue con mala intención.
En la mesa estallaron las risas. Julieta se llevaba la mano a la boca fingiendo elegancia mientras se burlaba, Lorena y la madre de Gabriel soltaban carcajadas llenas de veneno, creyendo que habían ganado esa pequeña batalla.
Pero yo no caí. Me detuve con una gracia y equilibrio perfectos, como una pantera que solo ha sido molestada por una mosca. Lentamente, giré mi rostro hacia ellas, y mi sonrisa se transformó en una expresión fría, helada y aterradora, de esas que anuncian tormentas y sangre. Regresé sobre mis pasos, caminando lentamente hacia donde estaba sentada Marisa. Ella dejó de reír al instante al ver mis ojos, pero ya era demasiado tarde.
Me incliné sobre ella, y con una mano le tapé la boca con fuerza, impidiendo que gritara o pidiera ayuda. Con la otra mano, sujeté el respaldo de su silla, y levantando mi pierna, bajé mi pie con toda mi fuerza y mi peso corporal sobre el pie descalzo de ella, que asomaba bajo el vestido. El filo de metal afilado y brillante de mi tacón de aguja se clavó profundamente en la carne blanda, atravesando piel, músculo y llegando hasta rozar el hueso.
El sonido fue desagradable, húmedo y crujiente. Las lágrimas brotaron de los ojos de Marisa como ríos desbordados, su cuerpo se convulsionó bajo mi pie y sus manos intentaron quitarme, pero yo era de acero. Julieta y todos los que estaban en esa mesa quedaron petrificados, con los ojos desorbitados por el horror. Don Julio Díaz, que miraba desde lejos, estaba perplejo y boquiabierto. Leonel, por su parte, observaba la escena con una sonrisa fría y orgullosa, brillando sus ojos con admiración pura.
Cuando sentí que el dolor era ya insoportable, levanté lentamente mi pie, arrastrando la punta metálica que rasgaba la carne al salir, provocando que Marisa se retorciera en espasmos de dolor agónico, soltando gemidos ahogados contra mi mano que le tapaba la boca.
Me agaché a su altura, muy cerca de su oído, y hablé con una dulzura que parecía demente:
—¡Ay, Marisa! —exclamé con fingido pesar—. No te enojes, por favor. Fue un accidente, igual que el tuyo. No quise hacerte daño, te lo juro ante todos. Señorita Julieta —dije mirando a la anfitriona que estaba pálida como el papel—, espero que no le moleste mi torpeza, fue sin querer, tal como lo fue el tropezón de su amiga.
Don Julio no podía creer lo que veía, y sus pensamientos eran claros: Esta mujer es mucho más vil, malvada y peligrosa de lo que jamás imaginé. Con razón Leonel está tan fascinado e interesado en ella… no es una mujer, es una piraña letal disfrazada de dama.
Julieta Fontana, recuperándose del shock, estalló en rabia incontrolable, sus ojos echaban chispas de pura furia. Se puso de pie de golpe, golpeando la mesa con ambas manos.
—¡Has arruinado mi fiesta, Adelfa! —gritó con voz ronca y alterada, perdiendo por completo la elegancia que tanto presumía—. ¡Me has arruinado la fiesta y humillado a mis invitados! ¡Pagarás caro esto!
Sin pensarlo dos veces, agarró una copa de cristal llena de vino tinto que tenía frente a ella y la lanzó con fuerza directo hacia mi rostro. Me moví apenas un milímetro, pero el cristal me golpeó en el antebrazo izquierdo, cortando la piel fina y dejando salir un hilo de sangre roja y brillante que contrastaba con mi vestido negro. El líquido se derramó manchando la tela.
Sentí cómo la sangre bajaba por mi brazo, y algo oscuro y peligroso despertó en mi interior. Mi mirada se tornó aterradora, vacía y llena de odio, una mirada que hizo que los que me rodeaban dieran un paso atrás por instinto. Con calma absoluta, me agaché y recogí un trozo grande y afilado de aquel cristal que yacía en el suelo. Caminé hacia Julieta, que comenzó a retroceder asustada, y antes de que pudiera correr o pedir ayuda, levanté mi mano y con un movimiento rápido y certero, rasgué y destrocé el escote de su costoso vestido de diseñador desde el cuello hasta la cintura.
La tela se rasgó con un sonido fuerte, y ante la mirada atónita de todo el mundo, sus pechos quedaron totalmente al descubierto, desnudos, expuestos y vulnerables ante cientos de personas. El silencio que se hizo en el salón fue absoluto, solo roto por el jadeo de ella al llevarse las manos al pecho para cubrirse desesperadamente, con el rostro descompuesto por la humillación más grande que había sufrido en su vida.
Me incliné hacia ella, sosteniendo aún el cristal manchado de sangre y vino, y le hablé con voz firme, potente y letal, para que todos escucharan mi advertencia:
—¡Escucha bien, Julieta, porque solo lo diré una vez! Ya no soy la misma Adelfa Sterling que conociste hace años, esa mujer débil que todos pisoteaban y maltrataban. La que tienes enfrente es una fiera, es la reina del infierno, y quien se meta conmigo o con lo que es mío, pagará mil veces peor de lo que puedes imaginar. ¡Aquí tienes! —tiré un fajo de billetes grueso a sus pies, que cayeron esparciéndose por el suelo—. Ahí tienes el dinero exacto de tu vestido, no quiero que digas que no soy generosa. ¡Úsalo para comprarte uno nuevo, o mejor aún, cómprate algo de dignidad, aunque dudo que eso tenga precio!
Los guardias de seguridad del club comenzaron a acercarse corriendo hacia nosotras, listos para sacarme a la fuerza, pero al llegar a mi lado y verme fijamente, se detuvieron en seco, bajaron la cabeza en señal de respeto absoluto y se quedaron inmóviles, sin atreverse a ponerme una mano encima.
—¡Alto ahí! —ordené con voz de trueno que retumbó en todo el salón—. Tengo una noticia muy importante para todos los presentes, especialmente para ti, Julieta. Esta guarida de lujo, este club exclusivo que tanto presumes, es mío. ¡Yo soy la verdadera dueña de este lugar!
Hice una pausa dramática, disfrutando de los rostros de asombro y confusión de todos.
—Hace cinco años, cuando este edificio estaba destinado a ser derribado y nadie le daba valor, yo, con visión y astucia, lo compré por una suma irrisoria. Desde entonces, todo esto me pertenece. Así que estás en mi casa, Julieta, y en mi casa yo pongo las reglas.
Todos quedaron petrificados, con la boca abierta sin poder creer lo que estaban escuchando. Julieta temblaba de rabia y vergüenza, agachada cubriéndose como podía entre los billetes que estaban tirados en el suelo.
—¡Sáquenlas de aquí ahora mismo! —ordené señalando a Julieta, a Marisa que aún lloraba sentada y al resto de sus acompañantes—. ¡Tirenlas a la calle como la basura que son! ¡Que se vayan y no vuelvan a poner un pie en mis propiedades nunca más!
porfis no te olvides de actualizar, gracias y perdona el abuso y fastidio.
un abrazo 🤗
solo que le cambiaron el nombre😬🫣🤔🤔