Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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Banderas rojas
...CAPÍTULO 18...
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...ANGELA SALLES...
La presencia de Max en Harbour Island era una pesadilla hecha realidad, la manifestación física de todo lo que había intentado dejar atrás al subirme a ese avión.
Max dio un paso al frente, ignorando la brisa tropical, manteniendo esa postura aristocrática y peligrosa que usaba para intimidar a todos en Londres.
Clavó sus ojos en Asher, escaneándolo de arriba abajo con profundo desprecio, antes de mirarme a mí de forma amenazante.
—¿Quién es este sujeto, Ángela? —preguntó.
Asher se tensó de inmediato. Vi cómo sus puños se apretaban a los costados y dio medio paso hacia adelante, plantándole cara a Max sin dejarse amedrentar. La diferencia de tamaños era evidente; Asher era mucho más corpulento, pero Max cargaba con la arrogancia de quien se cree dueño del mundo.
El pánico se mezcló con la rabia en mi pecho. No iba a permitir otra escena pública. No después del desastre de Verónica.
—Relájate, Max —le dije, forzando una voz firme y fría, aunque por dentro me temblaba todo—. Es mejor que vayamos a hablar a la villa en privado. No vayas a montar una escena aquí a propósito, y menos cuando el que tiene que explicar qué demonios hace en las Bahamas eres tú.
Tratando de mantener el control de la situación, estiré la mano y lo agarré del brazo para obligarlo a caminar lejos de Asher. Pero en cuanto mis dedos tocaron la tela de su saco, Max reaccionó con una violencia.
Se soltó bruscamente de mi agarre, dándome un empujón con el antebrazo que me hizo perder el equilibrio sobre la arena. El tirón fue tan seco que sentí un dolor agudo recorrer el tendón de mi muñeca. Solté un pequeño quejido, sosteniéndome el brazo.
—¡Ey! ¡No la vuelvas a tocar! —rugió Asher.
Esta vez no se contuvo. Asher se abalanzó hacia adelante, interponiéndose por completo entre Max y yo, con el rostro desencajado por la furia.
Parecía listo para destrozarle la cara a golpes ahí mismo si daba un solo paso más.
—¡Asher, no! —le grité, poniéndome de pie como pude y sujetando a Asher por la espalda de su camiseta, frenándolo con todas mis fuerzas—¡Detente, por favor! ¡Vete!
Asher se giró a mirarme, con los ojos inyectados en rabia y la respiración agitada.
—No te voy a dejar sola con este imbécil, Ángela. ¿Estás bien? Te lastimó —insistió él, con desesperación en la voz, negándose a moverse.
—¡Que te vayas! —le grité, perdiendo los estribos por completo, con las lágrimas de frustración finalmente desbordándose por mis mejillas—¡Vete, Asher, por favor! Esto es un problema privado entre los dos. ¡No tienes nada que hacer aquí! ¡Vete!
Asher me miró fijamente. Vi el conflicto interno en sus ojos, la impotencia de querer defenderme chocando contra el límite implacable que le estaba poniendo.
Finalmente, apretó la mandíbula, asintió despacio con una mirada de advertencia hacia Max, y dio media vuelta, perdiéndose a paso rápido entre las sombras del sendero de regreso al hotel.
En cuanto el sonido de los pasos de Asher desapareció por completo y quedamos a solas bajo la fría luz del farol, el silencio duró apenas un segundo.
El impacto fue tan rápido que ni siquiera vi venir su mano.
Una cachetada limpia y seca me golpeó la misma mejilla que Verónica había lastimado horas antes.
La fuerza del golpe me obligó a girar el rostro hacia el suelo. El sabor metálico de la sangre apareció de inmediato en mi labio inferior.
—¡¿Me quieres tomar por estúpido, Ángela?! —me siseó Max, tomándome bruscamente del mentón para obligarme a mirarlo, con el rostro desfigurado por la furia —. Nos regresamos para Londres. Ahora mismo.
Sentí sus dedos enterrarse en mi piel, lastimándome, pero no aparté la mirada. Mis ojos se clavaron en los suyos con todo el odio que le tenía guardado.
—Fui el maldito hazme reír en la junta directiva por tu culpa —continuó, escupiendo las palabras con desprecio—. Todos murmurando a mis espaldas porque la perfecta prometida de los Cavendish se escapó a las bahamas. ¿Y tú qué? ¿Tú estás aquí bien recreada, tomándote vacaciones en el Caribe y revolcándote con otros tipos? Eres una vergüenza, Ángela. Camina.
Me solté de su agarre en el mentón con un movimiento brusco de la cabeza, ignorando el dolor del labio roto.
—¡No tienes ningún derecho a reclamarme absolutamente nada, Maximilien! —le respondí, levantando la voz, encarándolo sin dar un solo paso atrás—. ¡Porque eres un maldito y un sucio infiel! ¡Te revuelcas con cualquier mujer que se te cruza enfrente y pretendes que yo tenga que aguantar esas cosas agachando la cabeza! ¡Entiende de una vez, Max: ya no estamos juntos! ¡Ya te terminé!
Max soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor. Dio un paso hacia mí, acorralándome contra la barandilla de madera.
—Te equivocas, Ángela —me dijo, y su voz bajó a un tono gélido, rozando la locura—. A mí ninguna zorra me termina. Y menos por una estupidez como esa. Además, ya estamos comprometidos por nuestras familias, las acciones ya están cruzadas y los contratos firmados. Es completamente normal que este tipo de cosas pasen, porque yo soy un hombre, Ángela. Las cosas son así. Además... tú te habías descuidado últimamente. Bastante.
Me quedé helada por un segundo, asqueada por el nivel de su descaro. La audacia de culparme a mí de sus porquerías me revolvió el estómago.
—Eres un descarado... —solté, mirándolo con un profundo desprecio—. O sea que, según tu lógica enferma, ¿yo tengo que aguantar que te acuestes con quien se te dé la gana y seguir siendo la prometida sumisa que te espera en casa como una tarada? Estás completamente loco si piensas que voy a quedarme contigo bajo esas condiciones. Prefiero perderlo todo antes que seguir a tu lado.
El rostro de Max se transformó. La mención de romper el compromiso de verdad y su falta de control sobre mí hirieron su maldito orgullo.
Sus ojos se oscurecieron por completo y se abalanzó sobre mí, agarrándome fuertemente de los dos brazos, hundiéndome los dedos en la carne.
—¡Mejor cállate y vámonos! —me siseó cerca de la cara,—. Ya mismo nos vamos para Londres. El avión privado está en el aeropuerto de Eleuthera esperando y te vas a subir a él, quieras o no.
—¡Suéltame! —le grité, reuniendo todas mis fuerzas y dándole un empujón en el pecho.
Logré soltarme de su agarre bruscamente, dando tres pasos hacia atrás en la arena para alejarme de su alcance. La respiración me faltaba, pero la adrenalina me mantenía firme.
—¡No voy a ir a ningún lado contigo, Max! ¡No vas a volver a obligarme a hacer nada! —sentencié, plantándole cara.
Max se quedó estático, mirándome en la penumbra del jardín. Se acomodó lentamente las mangas de su traje oscuro, y en su rostro se dibujó una expresión fría.
Dio un paso lento hacia mí, como un depredador acorralando a su presa.
—¿Ah, sí? ¿Así serán las cosas ahora, Ángela? —preguntó en un susurro—. ¿A las malas? ¿De verdad quieres que hagamos esto a las malas?
Tragué saliva con dificultad, sintiendo un frío genuino recorrerme la columna. Sabía perfectamente de lo que Max era capaz cuando se le contradecía.