En medio de una guerra que destruyó mundos, un niño será preparado para proteger un Imperio y una heredera será enviada a la Tierra para sobrevivir.
Mientras que él creció para aceptar su destino, ella creció sin saber quién era realmente ni por qué el universo parecía perseguirla en silencio.
Pero la mayor batalla que librarían ambos no sería por un trono, sería por el amor.
A lo largo de sus vidas, amarán con una intensidad que los llevará a tocar el cielo y a enfrentarse a pérdidas que marcarán su historia para siempre.
Descubrirán que no todo amor basta, que no siempre es suficiente querer quedarse, y que hay destinos que se interponen incluso cuando nadie está dispuesto a rendirse.
Mientras fuerzas antiguas despiertan y el poder que duerme en ellos reclaman su lugar, tendrán que decidir qué significa realmente ser fuerte, porque gobernar un imperio es sencillo comparado con proteger aquello que amas, aun cuando amar también tenga un precio.
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14. Recuerdos que vuelven
Mientras tanto, en Andovia sus soles estaban por ocultarse, sin saber completamente lo que estaba sucediendo, salvo la llegada de un mensaje de auxilio que alguien recién estaba revisando.
Desde las enormes ventanas del ducado KaoB podían verse las rutas aéreas atravesando el cielo en líneas luminosas que se perdían entre las estructuras suspendidas de la ciudad.
A aquella hora, la actividad disminuía lentamente y las corrientes energéticas que alimentaban el planeta iluminaban la oscuridad que empezaba a formarse con suaves tonos azulados. Todo parecía normal.
Dentro de la residencia principal, mientras que estaba que Nahor y Alnair llegarán de la Tierra, Aluna permanecía sola en uno de los salones privados revisando documentos del Alto Tribunal. Frente a ella, varias proyecciones holográficas flotaban silenciosamente mientras ordenaba información con movimientos precisos.
De pronto, tuvo una sensación difícil de describir. Una ligera presión en el pecho que aparecía y desaparecía sin razón aparente.
Frunció levemente el ceño, apartando la mirada de los documentos y tomó la taza de té que descansaba junto a ella.
Fue entonces cuando ocurrió. El dolor atravesó su cabeza con una violencia tan brutal que la taza escapó inmediatamente de sus dedos. El cristal se rompió contra el suelo.
Aluna llevó una mano a la sien mientras intentaba incorporarse, sintiendo que algo desgarraba violentamente su mente. No era un dolor físico, era una sensación mucho peor, como si una puerta sellada durante años hubiese sido arrancada desde el interior y entonces todo volvió.
El recuerdo de despertar dentro de aquella habitación médica creyendo que apenas habían pasado algunos días desde el ataque en Fentosabia. Las luces suspendidas sobre ella le parecían demasiado intensas y durante unos segundos la confusión fue absoluta. Después escuchó una voz.
- “¡Mamá!”, gritó Alnair de unos cinco años.
Antes de comprender qué ocurría, sintió los pequeños brazos de Alnair rodeándola con fuerza.
Su hijo lloraba mientras escondía el rostro contra ella y se aferraba a su cuerpo como si tuviera miedo de que desapareciera nuevamente.
- “Mamá…”, susurraba el pequeño en sus brazos.
Aluna volvió a sentir el peso de aquel abrazo. Y volvió a levantar la mirada hacia Nahor. Lo vio exactamente como aquella vez, no como el comandante general de las fuerzas armadas, no como el hombre sereno y firme que Andovia conocía.
Lo vio llorando. Lo vio sonriendo mientras las lágrimas descendían por su rostro. Y recordó la sensación de alivio que la envolvió entonces, porque creyó que estaba regresando a casa, porque creyó que todo estaba bien, pero a la vez no entendía porqué no antes no recordaba nada de eso, porque su vida tenía otras recuerdos que ahora parecían una falsa grabada en su cerebro.
Los recuerdos siguieron avanzando sin detenerse.
Aluna volvió a encontrarse caminando por uno de los corredores privados del ducado años después de su regreso. Recordaba perfectamente aquella tarde, las enormes ventanas permitían el ingreso de una luz suave y varias proyecciones suspendidas permanecían abiertas sobre una mesa de trabajo donde Nahor había dejado algunos registros administrativos antes de salir.
No estaba buscando nada, ni siquiera tenía una razón real para detenerse allí; simplemente vio un archivo abierto y por curiosidad lo observó. Recordó acercarse lentamente y extender una mano hacia la proyección. Después comenzó a leer. Al principio no entendió lo que estaba viendo. Sus ojos recorrieron varias líneas sin comprender realmente el significado de las palabras.
Entonces volvió a leer. Y después una vez más. Era el registro de unión matrimonial, de Lord Nahor de KaoB con otra mujer, sintió que el aire desaparecía de sus pulmones, continuó bajando lentamente la información. Había fechas, registros legales, modificaciones familiares, era documentación oficial. Todo estaba allí. Todo era real.
Y luego, también recordó pedir explicaciones, aquella discusión con Nahor, cuando él le dijo, que ella no había desaparecido de Fentosabia por un corto tiempo, sino que por más de un año la creyó muerta, que sí, se volvió a casar, y también que cuando ella volvió a aparecer, él pidió la anulación del segundo matrimonio, que la había elegido a ella.
Recordó perfectamente aquella sensación atravesándole el pecho. No fue rabia. No fue celos.
Fue algo mucho peor. Fue la sensación insoportable de comprender que mientras ella había desaparecido, el tiempo continuó avanzando. Nahor había llorado por ella. Alnair había sufrido por ella. Pero poco a poco ambos habían aprendido a seguir viviendo, sin ella.
Y entonces recordó con más nitidez, las preguntas, las discusiones, las noches enteras llorando sola. El miedo constante a perder aquello que más amaba. Recordó la angustia creciendo lentamente dentro de ella hasta volverse algo que ni siquiera podía controlar; buscando como retroceder el tiempo e impedir su supuestamente muerte y arrastrando con ella al pequeño Alnair.
Y finalmente apareció Anymza. Su amiga estaba sentada frente a ella sosteniendo suavemente sus manos entre las suyas, la observaba con tristeza, no con lástima, con dolor. Con la expresión de alguien que sabe que está a punto de hacer algo terrible creyendo que es lo correcto.
- “Lo hago porque te amo, Aluna”, dijo Anymza.
Recordó aquella mano apoyándose lentamente sobre su frente. Recordó la luz envolviéndolo todo. Y recordó la oscuridad.
Aluna había estado bajo una técnica llamada "imbre heugen" que permite borrar recuerdos importantes y cubrir la falta de los mismos con otros falsos por mucho tiempo; y que muy pocos podían lograr solo fentosabianos o andovianos muy poderosos en control mental podrían mantenerlo por meses, solo sabían de una persona que lo haya podido sostener por muchísimos años y esa fue la reina Anymza.
Ahora con la reina Anymza muerta, el “imbre heugen” había dejado sin efecto, y mientras en la Tierra Sabrina había asumido solo una confusión ilógica de su cabeza haber recordado un rostro de una pequeña recién nacida diferente al de Yamileth al día siguiente; para Aluna fue algo sencilla, porque la Magistrada si sabía inferir lo que había ocurrido.
Aluna abrió los ojos de golpe, volvía a estar en el salón. Las proyecciones seguían fallando alrededor suyo y los fragmentos de cristal permanecían esparcidos sobre el suelo.
Permaneció inmóvil, no estaba confundida, no necesitaba ordenar nada. Lo recordaba absolutamente todo. Lentamente bajó la mirada hacia sus manos que temblaban.
Durante años había vivido tranquila creyendo que nada había ocurrido. Había amado. Había sonreído.
Había sido feliz. Sin saber que una parte completa de su vida había desaparecido.
Y entonces comprendió algo que hizo que una presión insoportable naciera dentro de su pecho.
Anymza decidió por ella. Decidió qué debía recordar. Decidió qué debía olvidar. Decidió qué dolor podía soportar. Y jamás le preguntó.
Las lágrimas descendieron lentamente por sus mejillas, porque aunque una parte de ella entendía las razones de su amiga, otra parte simplemente no podía perdonarlo.
Caminó lentamente hasta el enorme ventanal. Las luces de Andovia seguían atravesando la noche con tranquilidad, todo seguía igual, pero algo dentro de ella acababa de cambiar para siempre; y ni siquiera podía imaginarse que los recuerdos volvieron porque Anyzma había dejado de existir.
Porque mientras observaba el reflejo de su propio rostro sobre el cristal, una idea comenzó a crecer lentamente dentro de ella. Ya sabía lo que se sentía perder a las personas que más amaba. Y jamás volvería a permitirlo. Nunca otra vez.