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La Menor De Los Sergeyev

La Menor De Los Sergeyev

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Romance
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: milu carrera

Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.

NovelToon tiene autorización de milu carrera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 15

El invierno en Moscú no daba tregua.

 Pero el frío exterior era nada comparado con la quietud tensa que se había instalado dentro de la mansión Sergeyev.

 Habían pasado cinco días desde la reunión con Morozov en San Petersburgo.

 Cinco días sin ataques.

 Sin amenazas.

 Sin movimientos visibles.

 Y eso era lo que más inquietaba a Isabella.

 El enemigo inteligente no grita.

 Observa.

 Isabella estaba en el gimnasio privado de la casa, golpeando el saco con una precisión brutal. No entrenaba por disciplina. Entrenaba para mantener la mente en silencio.

 Cada impacto era control.

 Cada golpe, cálculo.

 Cada respiración, contención.

 El recuerdo de la jeringa clavándose en el brazo de Sasha aún regresaba en flashes.

 No había permitido que nadie notara cuánto la había afectado.

 Pero su lobo sí lo sabía.

 La puerta se abrió.

 —Vas a romper el soporte —dijo Milan desde el umbral.

 Isabella no se detuvo.

 —Resistirá.

 —No hablo del saco.

 Eso hizo que ella se detuviera.

 Giró lentamente, el sudor deslizándose por su cuello.

 —Di lo que viniste a decir.

 Milan cruzó los brazos.

 —Morozov está moviendo piezas.

 —¿Dónde?

 —No en Rusia.

 Isabella frunció el ceño.

 —Entonces, ¿dónde?

 Milan sostuvo su mirada.

 —Nueva York.

 El silencio cayó como un golpe seco.

 Isabella se quedó inmóvil.

 Nueva York no era solo territorio comercial.

 Era donde todo había comenzado con Sasha.

 —¿Qué exactamente? —preguntó con voz baja.

 —Inversores. Contactos. Rumores sobre tu estabilidad.

 Eso sí era un ataque estratégico.

 No sangre.

 No secuestro.

 Reputación.

 Isabella se limpió el sudor con una toalla.

 —Quiere obligarme a elegir dónde defender.

 —Exacto.

 Milan la observó con atención.

 —Si vuelves a Nueva York, dejas Moscú vulnerable.

 Si te quedas aquí, parece que huyes de tu propio terreno.

 Isabella dejó la toalla sobre el banco.

 —Quiere dividirme.

 —Sí.

 —Entonces no lo hará.

 Milan sonrió levemente.

 —Eso esperaba escuchar.

 Sasha estaba en la biblioteca cuando Isabella entró.

 El lugar estaba silencioso, con luz cálida reflejándose en las estanterías de madera oscura. Sasha estaba leyendo un informe financiero, no una novela.

 Eso le gustaba a Isabella.

 No era alguien que necesitara distracción. Necesitaba información.

 —Nueva York —dijo Isabella sin preámbulos.

 Sasha levantó la vista.

 —¿Qué pasa?

 —Morozov está moviendo piezas allá.

 Sasha cerró el documento con calma.

 —Entonces es una guerra de percepción.

 —Sí.

 Sasha se levantó.

 —¿Qué vas a hacer?

 Isabella caminó hasta quedar frente a ella.

 —Quiero saber qué harías tú.

 Sasha no respondió de inmediato.

 Caminó lentamente por la sala, pensando.

 —Si él quiere dividir tu atención… no la dividas.

 Isabella inclinó ligeramente la cabeza.

 —Explícate.

 —No regreses a Nueva York.

 —Eso parece rendición.

 —Solo si reaccionas.

 Sasha se detuvo frente a ella.

 —En lugar de ir tú… envía algo que represente tu poder sin que tengas que moverte.

 Isabella la observó con atención.

 —Milan.

 Sasha sonrió apenas.

 —Exacto.

 La estrategia encajó como pieza perfecta.

 Isabella dio un paso más cerca.

 —Y tú, ¿qué harías?

 Sasha sostuvo su mirada.

 —Me quedaría aquí.

 —Eso es arriesgado.

 —Lo sé.

 El silencio entre ellas se volvió denso.

 —Morozov no espera que yo sea algo más que un símbolo —continuó Sasha—. Y ahí es donde podemos sorprenderlo.

 Isabella sintió esa chispa otra vez.

 No miedo.

 No fragilidad.

 Sociedad.

 —Eres peligrosa —murmuró Isabella.

 Sasha sostuvo su mirada sin retroceder.

 —Por eso me elegiste.

 Esa noche, en el despacho principal, Aleksander escuchaba el plan.

 —Enviarás a Milan a Nueva York —repitió—. Y tú te quedarás.

 —Sí.

 Aleksander miró a Sasha.

 —Y ella también.

 Isabella no bajó la vista.

 —Sí.

 El silencio fue largo.

 —Morozov intentará algo aquí si no reaccionas allá.

 —Que lo intente.

 Aleksander estudió el rostro de su hija.

 Ya no veía solo impulso.

 Veía cálculo.

 Finalmente asintió.

 —Muy bien.

 Era una aprobación peligrosa.

 Porque significaba que confiaba en ella.

 Tres días después, Milan partió hacia Nueva York.

 Los informes comenzaron a llegar rápidamente.

 Inversores retractándose de acuerdos con Morozov.

 Socios dudando.

 Contactos cerrando puertas.

 El mensaje era claro:

 La heredera Sergeyev no necesitaba estar presente para ejercer poder.

 Pero esa misma noche, algo cambió.

 Sasha estaba en el ala oeste cuando las luces parpadearon.

 Una vez.

 Dos.

 Luego se apagaron.

 La casa tenía generadores de respaldo.

 Pero el corte duró exactamente ocho segundos.

 Ocho segundos suficientes para enviar un mensaje.

 Cuando la electricidad regresó, Isabella ya estaba en el pasillo.

 —¿Estás bien? —preguntó.

 —Sí.

 Pero algo estaba mal.

 Muy mal.

 Uno de los guardias apareció corriendo.

 —Señorita… encontramos esto en la entrada lateral.

 Un sobre.

 Isabella lo tomó.

 No había nombre.

 Solo una fotografía dentro.

 La imagen mostraba a Sasha en Nueva York. Meses atrás. Antes de Rusia.

 La tinta roja marcaba un círculo alrededor de su rostro.

 Sin texto.

 Sin firma.

 Solo advertencia.

 El silencio en el pasillo se volvió helado.

 Sasha observó la fotografía sin temblar.

 —Está más cerca de lo que creíamos.

 Isabella apretó el papel hasta arrugarlo.

 —Entró en mi casa.

 —No —corrigió Sasha suavemente—. Entró en tu sistema.

 Eso fue peor.

 En el despacho, Alexei revisaba cámaras y protocolos.

 —El corte fue externo —informó—. Interferencia calculada.

 —No hubo intrusión física —añadió Idris.

 Isabella permanecía de pie, inmóvil.

 —Quiere que reaccione emocionalmente —dijo finalmente.

 Sasha la miró.

 —Entonces no lo hagas.

 Isabella giró hacia ella.

 —Te está marcando.

 Sasha dio un paso adelante.

 —Entonces deja que lo haga.

 El silencio fue brutal.

 —No —dijo Isabella.

 —Si reaccionas con violencia ahora, eso es lo que quiere.

 Isabella respiró profundo.

 Control.

 Control.

 Control.

 Aleksander habló desde el fondo de la sala.

 —Morozov está probando límites.

 No quiere destruir todavía.

 Quiere medir.

 Isabella cerró los ojos un segundo.

 Cuando los abrió, el fuego había vuelto.

 Pero esta vez era frío.

 —Entonces mediremos nosotros también.

 Esa noche, bajo el roble, la tensión era distinta.

 No había romance.

 Había realidad.

 —Podría irme —dijo Sasha en voz baja.

 Isabella la miró de inmediato.

 —No.

 —Escúchame.

 —No.

 Sasha dio un paso más cerca.

 —Si su objetivo soy yo…

 —No lo es.

 —Sí lo es.

 El silencio se tensó.

 —Tu enemigo no me odia a mí —continuó Sasha—. Te odia a ti. Yo soy la grieta que intenta usar.

 Isabella apretó la mandíbula.

 —No eres una grieta.

 —Entonces no me trates como si pudiera romperme.

 Eso la hizo callar.

 Sasha sostuvo su mirada con firmeza.

 —No me lleves a esta guerra si no vas a dejarme pelearla contigo.

 El viento sopló más fuerte.

 Isabella bajó la mirada un segundo.

 Cuando volvió a mirarla, había algo distinto.

 No posesión.

 Respeto.

 —Entonces peleamos juntas.

 Sasha asintió.

 —Juntas.

 En la distancia, la nieve comenzó a caer otra vez.

 Pero esta vez no parecía tranquila.

 Parecía advertencia.

 Morozov había enviado un mensaje claro.

 No buscaba solo negocios.

 Buscaba presión.

 Buscaba fisuras.

 Pero lo que aún no entendía era que la elección de Isabella no la debilitaba.

 La volvía más peligrosa.

 Porque ahora no luchaba solo por poder.

 Luchaba por decisión.

 Y cuando una alfa pelea por lo que eligió…

 No retrocede.

 El punto de quiebre se acercaba.

 Y cuando llegara…

 Alguien no sobreviviría al invierno.

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