Luego de la cuarta guerra contra los oscuros, objetos fueron confiscados por la diosa luna y fueron guardados en el único lugar que en el que nadie se atrevería a poner un pie.
La Academia Luna Sangrienta...
Cuyo sitio mantiene bajo resguardo las reliquias de Selene...
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Capítulo 22: Las Catacumbas de la Diosa Luna
SELENE
Pasaron dos días desde que Aeryn, Dmitri y Jayden regresaron del Desierto con el Guardián Adler. El talismán fue llevado a un ala alejada de las reliquias para evitar que el talismán provocara tantos problemas.
Sin embargo, Aeryn había regresado de una forma distinta. No físicamente. Si no en el sentido de que algo le había pasado. De eso estaba completamente segura.
Pero lo más frustrante era que nadie quería decir nada, por más que pregunté qué había pasado.
Le pregunté a Jayden, este prácticamente fue sacado a rastras por Dmitri, que por cierto al preguntarle simplemente me gruñó y negó con la cabeza. En verdad que era un gruñón.
Entonces no tuve otra opción más que preguntarle a Aeryn.
—¿Qué rayos pasó en Arabia Saudita?—pregunté por cuarta vez en la mañana. Aeryn suspiró mientras guardaba un libro en su mochila. Me miró.
—No pasó nada.—Eso era mentira.
—Es mentira.
Volvió suspirar con más fuerza.
—No puedo hablar de eso.
—¿Qué? ¿Porque no quieres?
—Porque tengo prohibido hablar de ello.—Eso hizo que mi curiosidad creciera.
—¿Prohibido?—Asintió.
—¿Por quién?
—Por los Guardianes de alto rango que tienen el poder de hacer que me expulsen de aquí.
Eso me hizo cerrar la boca. Aeryn muy rara vez exageraba con algo, por lo general respondía de modo sarcástico y burlón. Si decía que tenía prohibido decir algo, entonces era en serio.
Aun así...
Algo no encajaba. Durante los últimos dos días profesores parecían observarla de forma constante. No de forma evidente. Pero sí suficiente para que yo lo notara.
Cada vez que lanzaban un hechizo. Cada vez que entrenaba. Cada vez que hacía prácticamente cualquier cosa. Y los regaños...
Los regaños eran mucho peores... Porque parecían demasiado específicos.
Como si corrigieran algo que los demás no podíamos ver.
—Eso es demasiado sospechoso—murmuré.
Aeryn negó lentamente. En ese momento alguien entró a la sala común. Y todos nos pusimos rectos. En automático.
La Guardiana Cecilia Volakis. La tía de Aeryn.
Una mujer capaz de sonreír mientras te destruye emocionalmente.
—Selene...
—Guardiana.
—Deja de interrogar a mi sobrina por chismes baratos.
Me atraganté con mi propia saliva. Lucien se rio. Y Elijah también. Malditos traidores.
Cecilia me ignoró por completo. Y se acercó a Aeryn. Sacó un libro viejo envuelto en cuero oscuro. El símbolo del Clan Volakis estaba grabado en la portada.
—Tu abuela te le envió.—Aeryn parecía sorprendida. Lo tomó con cuidado.
—¿La abuela?
—Dice que ya es la hora.—Eso sonó misterioso. Y claramente nadie iba a explicarlo.
Aeryn asintió. Guardó el libro en su mochila. Luego Cecilia giró lentamente la cabeza. Fue aterrador. Fijó su mirada en Lucien y Elijah.
Ambos palidecieron.
—¿No tienen nada mejor qué hacer?
—No.
—Sí.
Los dieron dos respuestas diferentes y patéticas.
Cecilia sonrió y eso fue peor.
—Perfecto. Vayan por provisiones y un café.
—Pero...
—Que sean dos.
—Guardiana...
—Tres.—Lucien se levantó inmediatamente.
—Nos vamos.—Elijah prácticamente corrió hacia la puerta. Yo me reí. Y Aeryn también. Cecilia incluso se mostró satisfecha.
...****************...
Poco después partimos hacia nuestra misión. Y seguía sin saber qué había pasado en el desierto.
—Cuando vuelva buscaré ese informe—le dije a Aeryn antes de irme. Ella me señaló con un dedo.
—No lo hagas.
—Sí, sí lo haré.
Suspiró.
—Selene.
—¿Qué?
—Te lo digo en serio.—Su expresión se endureció. Eso me inquietó.
—¿Tan grave es?
Aeryn dudó. Luego negó con la cabeza.
—Solo no lo hagas...
Y eso fue todo. No obtuve más respuestas.
...****************...
Las Catacumbas de la Diosa Luna. El lugar era tan inquietante así como fascinante, precisamente como el archivo lo describió.
Corredores antiguos de piedra. Runas divinas grabadas en las paredes. Una magia tan antigua que incluso respirar allí dentro se sentía diferente.
Cecilia caminaba delante de nosotros. Lucien observaba todo con extrema atención. Y Elijah no dejaba de tocar las paredes.
—Deja de hacer eso—le dije.
—¿Por qué?
—Porque seguramente está maldito.
—Todo en este lugar está maldito.—No podía discutir ante esa lógica. Después de unos minutos caminando, Lucien habló.
—¿Soy el único que cree extraño lo de Aeryn?
—No—Respondimos Elijah y yo a la vez.
—Los profesores también.—Elijah asintió.—La han estado observando demasiado.
—Y los regaños extraños.—agregó Lucien—Parecen un entrenamiento disfrazado.
Exactamente eso. Todos lo notaban. Lucien cruzó los brazos.
—Cuando volvamos buscaré ese informe.
—Yo también.—Dijeron esos dos. Nos giramos al mismo tiempo al sentir que la mirada de Cecilia sobre nosotros. Y allí estaba completamente inmóvil. Mirándonos.
Y por la diosa... Esa mirada daba mucho miedo.
—No lo hagan.—Su voz fue tranquila. Demasiado tranquila y calmada. Y eso fue mucho peor.
—¿Por qué?—Preguntó Elijah.
—Porque lo sucedido en el desierto es confidencial.
—Pero...
—Es confidencial.—Ambas palabras cayeron como una piedra.
—El clan Volakis lo solicitó. Y la Academia lo aceptó. Y la propia Aeryn pidió discreción.
Eso nos calló. Porque Aeryn jamás habría pedido algo como eso sin tener una buena razón. Cecilia continuó caminando. Y ninguno volvió a tocar el tema. Al menos no en voz alta.
Seguimos descendiendo, cada vez más profundo. Y entonces...
Lo sentimos. Algo estaba mal. Muy mal. La magia divina continuaba presente. Pero había otra cosa. Algo ajeno. Una sensación incómoda.
Como si alguien hubiese alterado algo que no debía ser perturbado. Elijah lo sintió primero.
Elijah lo sintió primero. Lucien también. Y yo igual. Nos pusimos en modo de alerta. Las armas aparecieron en nuestras manos.
Cecilia redujo la velocidad.
—No se alejen.—Nadie discutió. Avanzamos por otro corredor. Luego otro. Y finalmente llegamos a una enorme cámara.
Fue entonces cuando la vimos.
Una mujer inconsciente. Tirada sobre el suelo de piedra. Cubierta de polvo. Tenía la ropa rasgada. Y claramente llevaba varios días allí. Mi corazón se aceleró.
Porque las catacumbas estaban protegidas. Nadie podía entrar por accidente. Lo que significaba una sola cosa.
Aquella mujer había llegado por un motivo. Y tenía la sospecha de que esa razón iba a complicar muchísimo esta misión.
—Guardiana...—Susurró Lucien.
Cecilia ya había desenvainado su espada. Y eso fue suficiente para que todos comprendiéramos la gravedad de la situación. Porque Cecilia no estaba sorprendida, sino preocupada.