Scarlet siempre ha vivido al límite: cuchillos afilados, fuego constante y una cocina donde el control lo es todo. Lo último que necesita es Alaska, el frío eterno… y un hombre que parece decidido a desordenar su vida.
Luke solo quiere paz. Silencio. Distancia de todo aquello que alguna vez lo rompió. Pero cuando Scarlet llega a la montaña, su mundo se sacude de una forma que su lobo no sabe explicar. La reconoce por su aroma a cerezas, la desea con una intensidad peligrosa… y aun así, no la acepta como su mate.
Entre discusiones, roces inevitables y una tensión que arde incluso bajo la nieve, ambos luchan contra un vínculo que se resiste a ser nombrado. Porque a veces el destino no llega con claridad, y el amor verdadero aparece cuando menos estás dispuesto a reconocerlo.
En Alaska, donde el invierno observa en silencio, negar al mate puede ser el error más grande de todos.
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Capitulo 20: Sigues siendo un idiota
Nunca pensé que una boda pudiera ser tan larga. O tan intensa.
Pero los lobos… los lobos se la gozaron como si no existiera el mañana.
La música no paraba, las risas tampoco, y aunque al principio me limité a observar desde un rincón, terminé contagiándome. Bailé con los jóvenes de la manada, con chicas que no conocía pero que me sonreían como si lo hicieran de toda la vida. Bailé con Emma, riéndonos como cuando éramos niñas y nada pesaba tanto.
Incluso bailé con Damián.
Bueno… bailé es una forma generosa de decirlo.
—Ni lo sueñes —gruñó al principio, cruzándose de brazos.
—Vamos, lobo gruñón —le dije, tirando de él—. No muerde… mucho.
Terminó cediendo a rastras, protestando todo el camino, pero cuando la música subió el ritmo ya estaba riendo, moviéndose sin darse cuenta. Lo vi feliz. Libre. Y eso me arrancó una sonrisa.
El tiempo pasó sin que lo notara.
No volví a ver a Luke.
Ni una sola vez hasta que el cielo empezó a oscurecerse y las luces colgadas entre los árboles tomaron protagonismo. No sabía si era alivio o decepción lo que sentía… probablemente ambas.
Cuando llegó el momento de lanzar el ramo, las chicas se agruparon enseguida, emocionadas, gritando y empujándose con risas. Yo me quedé a un lado, observando la escena con una copa en la mano.
—¿No vas a ir? —me preguntó Damián, mirándome con curiosidad.
—Ni loca —me burlé—. Una boda no está en mis planes.
Él ladeó la cabeza, con esa expresión demasiado sabia para su edad.
—Nunca digas nunca.
Antes de que pudiera responderle, el ramo voló por los aires y cayó directo en las manos de una jovencita que pegó un salto de felicidad. Sin pensarlo dos veces, salió corriendo… directo hacia nosotros.
—¡Oh no! —exclamó Damián, alarmado.
Se escondió detrás de mí en una fracción de segundo, gruñéndole a la chica como si eso fuera a ahuyentarla.
—¡Ni se te ocurra! —protestó, asomándose apenas por mi hombro.
La chica se quedó mirándolo, confundida… y luego se rio.
Yo no aguanté más.
Me doblé de la risa ahí mismo, con lágrimas en los ojos, mientras Damián me reclamaba desde su escondite y la boda seguía, viva, ruidosa y llena de una alegría que, sin darme cuenta, ya también era un poco mía.
Desde mi perspectiva, en primera persona
Llegó el momento de las despedidas.
Emma y Andrew se marcharon entre risas, abrazos y promesas, rumbo a esa cabaña en medio del bosque que, según Emma, era su lugar especial. Mañana partirían a su luna de miel, y por la forma en que se miraban, el mundo podía acabarse que a ellos no les importaría.
Por nuestro lado, Aria y yo regresamos a la casa de Luke.
Él no vino con nosotras.
El trayecto fue silencioso, tranquilo, como si el cansancio por fin nos hubiera alcanzado. Al llegar, Aria se trono la espalda y soltó un gemido dramático.
—Estoy en uno por ciento… —murmuró—. No existo.
Me dio las buenas noches entre bostezos, caminó arrastrando los pies hasta su habitación y se encerró sin más.
Me quedé sola.
Me senté en el sillón sin saber muy bien qué hacer, mirando la televisión apagada como si en cualquier momento fuera a empezar algo interesante. Pasaron varios minutos así, con la cabeza llena y el cuerpo agotado.
Suspiré.
Subí a la habitación de Luke, tomé mi maleta y regresé al cuarto solo lo justo para cambiarme. Me quité el vestido con cuidado, como si pudiera oler del costo en ella, y me puse unos shorts de jean y una blusa sencilla. Ropa un poco incómoda para dormir, sí, pero no iba a usar la ropa de Luke.
No otra vez.
Agarré una almohada de su cama, luego una cobija, y bajé de nuevo.
En el sillón improvisé una pequeña cama, acomodando todo con más dedicación de la necesaria. Cuando terminé, me dejé caer de espaldas y miré el techo.
El silencio de la casa era distinto.
Más pesado.
***
No podía dormir.
Me di mil vueltas en el sillón hasta que me rendí. Encendí la tele, bajito, cualquier cosa para callar mi cabeza.
No funcionó.
A los pocos minutos lo único que sentía era un hueco en el estómago.
—Genial… —murmuré.
Me levanté y fui a la cocina. Cocinar siempre había sido mi refugio, incluso cansada, incluso nerviosa. Saqué un par de cosas del refrigerador y me puse a preparar algo sencillo, moviéndome en silencio, concentrada en los sonidos conocidos, el cuchillo contra la tabla, el aceite calentándose.
Estaba tan metida en lo mío que no lo escuché llegar.
—¿No puedes dormir?
La voz de Luke me atravesó el pecho.
Me giré de golpe y ahí estaba, apoyado en el marco de la puerta. Se veía cansado, el cabello un poco revuelto, la camisa abierta en el cuello. Mi corazón se aceleró sin pedir permiso y sentí cómo el calor me subía a las mejillas.
—Eh… no —respondí, aclarando la garganta—. Me dio hambre.
Las hormonas se me fueron al carajo.
Literalmente.
—¿Quieres? —le ofrecí, señalando la estufa—. Estoy haciendo algo rápido.
—No, estoy bien —dijo.
Pero no dejó de mirarme.
Sentí su mirada recorrerme sin pudor, de pies a cabeza, deteniéndose demasiado tiempo en mis piernas, en el short, en la blusa suelta que definitivamente no era para dormir.
—¿Vas a dormir así? —preguntó finalmente.
Tragué saliva.
—Sí… —respondí—. No traje más ropa. No venía preparada para quedarme tantos días.
Él no dijo nada. Solo asintió una vez, lento, como si estuviera pensando demasiado.
Sin agregar una sola palabra, se dio la vuelta y subió las escaleras hacia su habitación, dejándome sola otra vez con la sartén y mis pensamientos desordenados.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Agradecí el silencio.
Agradecí que se fuera.
Porque si se quedaba un minuto más mirándome así…
No estaba segura de poder seguir fingiendo que todo estaba bajo control.
Ganas de saltarle encima no me faltan. Dios, como me toco en esa pista de baile, aún tengo la sensación de sus manos en mi y su boca en mi cuello.
No habían pasado ni dos minutos cuando lo escuché bajar de nuevo.
Yo ya había terminado de cocinar y estaba sirviendo todo en mi plato, concentrada en no pensar demasiado, cuando sentí su presencia detrás de mí. Luke no dijo una palabra. Simplemente pasó a mi lado y dejó algo sobre la encimera.
Una camisa.
Y un short de tela.
Luego se dio la vuelta y se fue, como si no acabara de desarmarme por completo.
Me quedé inmóvil unos segundos, parpadeando, hasta que me acerqué despacio.
Tomé la camisa entre mis dedos… y entonces lo supe. Era esa camisa. La misma con la que había estado durmiendo toda la semana. La misma que aún conservaba su olor, ese aroma a bosque, a madera, a algo que ya se me había metido demasiado bajo la piel.
Una sonrisa tonta se me escapó sin permiso.
—Muy dulce… —murmuré en voz baja.
Luego negué con la cabeza, aún sonriendo.
—Pero sigues siendo un idiota.
Apreté la tela contra mi pecho un segundo de más de lo necesario, como si ese pequeño gesto fuera una tregua silenciosa entre los dos.
Que paso con los otros capítulos /Cry/