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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3: En Directo

En psicología de la comunicación hay un fenómeno que explica por qué algunas personas se quedan en blanco delante de una cámara: la Ansiedad de Ejecución. Es ese bloqueo cognitivo que ocurre cuando el cerebro, saturado por la presión de hacerlo bien, decide que la mejor estrategia es no hacer nada. Como un ordenador que se reinicia en el peor momento posible. Como un actor que olvida su papel en pleno estreno. Como una psicóloga que ha estudiado este fenómeno durante años y aun así se queda sin palabras cuando el presentador del Today Show le hace la pregunta que no había anticipado.

—Señora Núñez —dijo Michael Brenner, el presentador, con esa sonrisa profesional que había entrevistado a presidentes, estrellas de cine y algún que otro criminal de guerra—. Sus libros han vendido millones de ejemplares en todo el mundo. Sus lectoras dicen que usted les ha enseñado a entender el amor. Pero, ¿quién le enseñó a usted?

Eran las ocho y siete de la mañana. Hora de Nueva York. El estudio estaba iluminado por focos cegadores. Las cámaras me apuntaban como armas de destrucción masiva. Y Andrés, sentado a mi lado en el sofá de invitados, me apretó la mano.

Nuestro código. Aquí estoy. Esto es real.

—Es una buena pregunta —dije, ganando tiempo mientras mi cerebro buscaba una respuesta que no sonara a lugar común—. Supongo que... la vida. Y los errores. Sobre todo los errores.

—¿Errores? —Michael Brenner arqueó una ceja. El gesto del periodista que huele un titular—. ¿Puede ponernos un ejemplo?

Andrés me apretó la mano de nuevo. Esta vez, el apretón fue más largo. No tienes que responder si no quieres.

Pero yo sí quería. Por primera vez en mucho tiempo, quería.

—Mi exnovio —dije—. El filósofo existencialista. El que me aplicaba Refuerzo Intermitente sin saberlo. El que me dejó llorando en el baño de un congreso comiendo galletas de máquina expendedora.

El público del estudio soltó una risa nerviosa. Michael Brenner sonrió. Era una sonrisa genuina, no profesional. Le había gustado la respuesta.

—¿Y qué aprendió de ese... filósofo existencialista?

—Aprendí que el amor no es una tesis doctoral. No se defiende delante de un tribunal. No se aprueba con matrícula de honor. El amor es un borrador perpetuo. Lleno de tachones, de notas al margen, de capítulos que preferirías no haber escrito. Pero también de páginas que, cuando las relees, te hacen sonreír.

—Hermosas palabras. —Michael Brenner se giró hacia Andrés—. Señor Montenegro. Usted es el afortunado que comparte ese borrador con la señora Núñez. ¿Cómo se siente al ser el protagonista de sus novelas?

Andrés me miró. Sus ojos color avellana brillaban bajo los focos. No había nervios en su expresión. Solo esa calma que tanto envidiaba.

—Es un honor —dijo—. Y una responsabilidad. Porque sé que cualquier error que cometa puede acabar en el capítulo siete de su próximo libro.

El público rió. Yo también.

—Hablando de errores —continuó Michael Brenner—. Tengo entendido que usted, señor Montenegro, es famoso por corregir las inexactitudes anatómicas de los besos que la señora Núñez escribe en sus novelas. ¿Es cierto?

—Totalmente cierto. —Andrés sonrió—. El beso del capítulo catorce de "Bajo el cielo de tus ojos" es anatómicamente imposible. Lo comprobé.

—¿Cómo se comprueba eso?

—Con práctica. Mucha práctica.

El público estalló en carcajadas. Michael Brenner se llevó la mano al pecho, fingiendo un ataque de risa. Yo me tapé la cara con las manos, roja como un tomate.

—Señora Núñez —dijo Michael Brenner cuando los aplausos se calmaron—. Última pregunta. La que todas sus lectoras quieren saber. ¿Habrá boda?

Silencio.

El estudio entero contuvo la respiración. Las cámaras hicieron zoom sobre mi rostro. Sobre el de Andrés. Sobre nuestras manos entrelazadas.

—Esa pregunta —dije lentamente— es material para el próximo capítulo. Y no me gusta hacer spoilers.

—Así que... ¿es un sí?

—Es un "sigan leyendo".

Michael Brenner asintió, respetando el juego. El público aplaudió. La entrevista terminó con una foto de familia y la promesa de volver cuando el próximo libro estuviera en las librerías.

Cuando las cámaras se apagaron, Andrés me abrazó.

—Lo has hecho increíble —susurró en mi oído.

—He estado a punto de vomitar. Dos veces.

—No se ha notado.

—¿De verdad?

—Bueno. Un poco. En la parte de las galletas de máquina expendedora.

—Era verdad.

—Lo sé. Por eso ha funcionado.

Salimos del estudio cogidos de la mano. La ciudad nos recibió con un frío cortante y un sol pálido que apenas calentaba. Los taxis amarillos pasaban a nuestro lado como exhalaciones. Los neoyorquinos caminaban con esa urgencia característica, ajenos por completo al hecho de que acabábamos de sobrevivir a una entrevista en directo.

—¿Quieres que vayamos a celebrarlo? —preguntó Andrés—. He visto un sitio cerca de Central Park que sirve un brunch espectacular.

—¿Tienen café?

—Tienen café.

—Entonces trato hecho.

Caminamos por la Sexta Avenida, esquivando peatones, aspirando el olor a pretzel y a castañas asadas. La vida seguía. La ciudad seguía. Y nosotros, dos barceloneses perdidos en Manhattan, seguíamos también.

—Andrés —dije, deteniéndome de repente.

—¿Sí?

—¿Tú quieres boda?

La pregunta flotó entre nosotros como un copo de nieve en el aire frío de enero. Ligera. Frágil. A punto de derretirse.

Andrés me miró. Sus ojos color avellana se clavaron en los míos. Su expresión era seria, pero no tensa. Reflexiva, pero no preocupada.

—Valeria —dijo—. Yo quiero todo contigo. Boda, no boda. Hijos, no hijos. Gatos, más gatos. Lo que tú quieras. Lo que nosotros queramos. Sin prisas. Sin guiones. Sin presiones editoriales.

—Eso es muy bonito.

—Lo he aprendido de una escritora que conozco.

—¿Ah, sí? ¿Y es buena?

—La mejor. Pero a veces se olvida de que el amor no es una novela que hay que publicar. Es una historia que hay que vivir.

Me besó. Allí, en mitad de la Sexta Avenida, con los taxis pitando a nuestro alrededor y los neoyorquinos esquivándonos como si fuéramos un obstáculo más en su camino.

El beso número incontable de nuestra historia. Pero uno de los buenos. De los que no necesitan teoría psicológica ni precisión anatómica para ser perfectos.

Cuando nos separamos, el sol de enero se reflejaba en los rascacielos como un presagio de primavera.

—Vamos —dijo Andrés, tomándome de la mano—. Que se enfría el café.

—El café siempre se enfría. Es su naturaleza.

—Entonces pediremos otro. Y otro. Y todos los que hagan falta.

Y así, un viernes cualquiera de enero, en la ciudad más ruidosa del mundo, supe que el amor no era una pregunta que necesitara respuesta.

Era una respuesta que no necesitaba preguntas.

---

Aquella noche, en la habitación del hotel, con Andrés dormido a mi lado después de un día agotador, recibí un mensaje de Clara.

"Schrödinger ha vuelto a abrir la nevera. Esta vez se ha comido el salmón entero. También ha derribado la silla. Y ha dejado una nota. No es broma. HA DEJADO UNA NOTA. Dice: 'Gracias por el pescado. Seguiremos informando.' Valeria, ¿seguro que este gato no escribe tus novelas?"

Reí en silencio, para no despertar a Andrés. Luego abrí Noveltoom y escribí una nueva línea en el borrador del capítulo siete:

"A veces, el amor no es un gato que abre neveras. Es un gato que deja notas. Y lo que importa no es lo que roba. Es lo que te recuerda: que la vida es absurda, maravillosa y, sobre todo, impredecible."

Cerré la aplicación. Apagué el móvil. Besé la frente de Andrés, que murmuró algo en sueños sobre tapas de mantequilla.

Y supe, con la certeza de quien ha aprendido que los finales felices no existen, que nuestra historia no los necesitaba.

Nuestra historia solo necesitaba seguir escribiéndose.

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